ROCÍO NAVARRO MACÍAS (para la Vanguardia) Clarín.com | 30/09/2020
Un
nivel de autoexigencia muy alto y no permitirse fallar supone un problema para
el desarrollo y el bienestar de los chicos. Cómo identificarlo y qué hacer.
Borrar y volver a escribir decenas
de veces una letra, o repetir un selfie durante horas son ejemplos de cómo
el perfeccionismo interfiere en el desempeño de muchos niños. Este rasgo de
la personalidad, lejos de ser un incentivo para mejorar, se
relaciona con el sufrimiento y la frustración, ya que el pequeño
perfeccionista nunca queda satisfecho con su ejecución.
Sacar un ocho y recibir la noticia
desde el enojo es otro típico caso de que algo falla. Aunque en el entorno
académico se pueden reconocer más fácilmente estos perfiles, el perfeccionismo se
manifiesta en todos los terrenos de la realidad. Los padres que afrontan estas
situaciones pueden encontrarse con hijos que pasan noches en vela terminando
proyectos, o con enojos recurrentes al intentar alcanzar un imposible.
Cómo
darte cuenta si tu hijo es un perfeccionista
Hacer las cosas
lo mejor posible es
la filosofía que deben seguir padres e hijos para reconducir el perfeccionismo
hacia una versión más saludable y realista del esfuerzo.
Los errores nos
ayudan a aprender,
aunque los perfeccionistas no los perciben de esta forma. Más bien lo entienden
como una autoconfirmación de que no son lo suficientemente buenos en algo. Es
entonces donde comienzan a complicarse la existencia. “Estos niños la
pasan mal porque consideran que no han hecho las cosas suficientemente
bien. Objetivamente hay un buen resultado, pero se frustran. No existe una
correlación entre el rendimiento y sus sentimientos”, explica la psicóloga
Silvia Álava.
Esta cualidad afecta, entre otras
variables, a la seguridad, la autoestima y provoca sensaciones desagradables en
quienes la padecen. Sin embargo, la especialista en psicología educativa
advierte que no hay que confundir este tipo de reacciones con las derivadas de
una baja tolerancia al esfuerzo.
“Lo que ocurre en el último
escenario –el de la baja tolerancia al esfuerzo– es que los niños se enfrentan
a una tarea difícil y, como no sale con la facilidad que esperan, se frustran,
gritan, chillan… El perfeccionismo es diferente, ya que no consideran
que hayan hecho las cosas suficientemente bien”, continúa la experta.
De alguna manera, el perfeccionismo
incapacita, al requerir más recursos de los necesarios para realizar una
acción. “Por ejemplo, los niños perfeccionistas ponen mucha atención al pintar,
borrando muchas veces. Necesitan más tiempo para realizar cualquier tarea, algo
que a otro niño sin tal nivel de exigencia le costaría la
mitad”, indica Abel Domínguez, psicólogo infantil.
En los más pequeños puede identificarse
a través de determinados rasgos de rigidez: “Las cosas tienen que
hacerse como ellos quieren y se frustran mucho si se hacen de otra forma”, suma
Domínguez. Es algo que va en contra de la flexibilidad y la espontaneidad.
¿Por
qué mi hijo es perfeccionista?
Tanto la
genética como los factores ambientales influyen
en la gestación de un perfeccionista. “Es un concepto muy aprendido. A través
de fórmulas como ‘no está suficientemente bien’ o ‘sí, muy bien, pero…’ se
fomenta este rasgo”, advierte Álava. Por eso, es muy importante analizar el
modelo de comportamiento que los padres transmiten. “Los niños aprenden copiando
a sus adultos de referencia, que suelen ser su padre y su madre, por eso
hay que tener mucho cuidado con lo que proyectan”, añade.
Como recomienda la psicóloga: “Es
fundamental pararse y observar el propio comportamiento. Por ejemplo, si un
adulto entra en la habitación de los chicos y dice: “Esto está hecho un
desastre”, pero solo hay un juguete en el suelo, se puede generar ese
sentimiento de forma desintencionada”, comenta la psicóloga.
Domínguez también relaciona este
rasgo con modelos de aprendizaje muy rígidos. Se trata de los casos
en los que se enseña una sola forma válida de hacer las cosas. “Esto va a hacer
que se sientan inseguros”, añade el profesional. Para evitar esta falta de
flexibilidad, Domínguez recomienda preguntar a los niños cómo quieren o
prefieren hacer las cosas, ya que existen muchas propuestas válidas.
¿Cuándo
la perfección es un problema?
Los profesionales coinciden en que
el perfeccionismo es un problema serio cuando aparece un
desgaste emocional y social en los niños. “Sobre todo, en el colegio, en el
tiempo que dedican a las tareas, en su interacción social…”, subraya Domínguez.
Este tipo de niños tienen un nivel
de autoexigencia muy alto y no se dan permiso para fallar en
el proceso de aprendizaje. Esto les impide disfrutar de las experiencias. Un
aspecto que puede afectarles para fluir en el juego creativo o aplicar la creatividad
al dibujo.
A nivel social también puede
interferir. “En muchos casos, intentan imponer su forma de pensar, ya que
suelen tener un ideal sobre cómo se deben hacer las cosas”, comparte Domínguez.
Llevado al extremo, el
perfeccionismo puede derivar en problemas serios. “Si no ofrecemos recursos
para que lo sobrelleven, superen y manejen puede desembocar en trastornos
de la conducta alimentaria o del espectro obsesivo”, advierte el psicólogo.
Qué
hacer ante el perfeccionismo de los chicos
Evitar fomentar
el perfeccionismo no está relacionado con educar en la mediocridad. “Siempre debemos inculcar que las
cosas se hagan lo mejor posible, educar en crecer y superarse, ya que si no,
los niños no podrán desarrollar su potencial”, explica Álava. No obstante, si
los niños no son conscientes de sus propios méritos es el momento de actuar.
Estas son algunas
técnicas para redirigir el perfeccionismo:
·
Poner
el foco en el esfuerzo. No
se trata de replicar un modelo o de aspirar a metas que trasciendan de las
posibilidades personales reales. Se trata de premiar el valor del esfuerzo. “En
este marco, también hay que tener en cuenta las circunstancias. Por ejemplo, si
al niño le duele una muela, tiene fiebre o ha ocurrido algo en la familia, es
importante considerar y reconocer el trabajo realizado”, recomienda Álava. La
psicóloga insiste en que los padres manifiesten que valoran ese esfuerzo.
·
Centrarse
en la emoción, más que en el resultado. El proceso importa y las sensaciones que aparecen
durante el mismo. “Los niños deben confiar en cómo se sintieron al hacer algo.
‘¿Cómo te sentiste haciendo la tarta? ¿La hiciste lo mejor posible?’ Es algo a
lo que hay que darle valor”, confirma la psicóloga.
·
Favorecer
la proactividad. Preguntar
directamente a los chicos cómo quieren hacer las cosas es una manera de
fomentarla. También se pueden sugerir alternativas a un modelo dado.
·
Plantear
determinadas tareas de creatividad. Es una forma de favorecer la flexibilidad mental. “Que
sean ellos los que encuentren una de las posibles soluciones anticipando que
siempre van a existir muchas”, recomienda Domínguez.
·
Evitar
los términos absolutos. “Si
hablamos de forma probabilística, desterrando conceptos del tipo “todo o nada”,
“siempre o nunca”, también se favorece la flexibilidad que estos niños
necesitan”, incide el psicólogo.