lunes, 22 de marzo de 2021

Por qué son tan importantes los tres primeros meses de vida del bebé


EVA MILLET      |     La Vanguardia     |     20/03/2021
 
Encarna Muñoz, médico y psicoanalista, publica 'El principio de la vida' (Vergara), dedicado a los primeros meses del bebé.
Defensora del concepto de la madre 'adecuada', no 'perfecta', asegura que el arranque de una nueva vida es  período abrumador pero que, bien hecho, es una garantía para el bienestar del niño.
 
En su consulta, la doctora Encarna Muñoz atiende a muchas madres primerizas. Mujeres “ansiosas y desorientadas”, describe, ante el torbellino físico y emocional que supone la llegada de un bebé. Muchas han leído todos los libros de crianza que toca leer y se han suscrito a las webs por las que toca navegar. Pero, como señala esta psicoanalista clínica, tanta información puede confundir: “Y llegar a perturbar el acercamiento a nuestros hijos a partir del instinto, que debería ser el que mandara en la crianza”.
 
Pese a ello, Muñoz ha escrito un libro; El principio de la vida (Vergara), dedicado a los primeros meses del bebé. Especialmente, el primer trimestre, que califica de “trascendente": “Porque es el periodo en el que se establece el primer vínculo, la primera forma de relación, y nacen las bases para el establecimiento de la salud mental del niño”.
 
“Los tres primeros meses son de dedicación y adaptación al máximo a las necesidades del bebé, para crearle la sensación de que el mundo es seguro”.
 
En estos primeros tres meses, explica Muñoz, el recién nacido no sabe que es distinto a la madre. Se siente parte de ella, como una misma persona. “La fusión es total”, resume Muñoz. “Pero será durante este periodo cuando el bebé tendrá que tomar conciencia de que es distinto. Cuando empieza a diferenciarse y a percibir lo que la madre siente”. Y es en este proceso de diferenciación cuando se estructura la base para el psiquismo: los procesos psicológicos (percepciones, emociones, motivaciones…), que forman la actividad mental de una persona.
 
“La madre, en este momento”, cuenta esta especialista, “hace como de pantalla frente a las alteraciones que pueda sufrir el hijo, para que nada le perturbe el crecimiento”. La madre protege, alimenta y mima al bebé en una etapa que suele ser extenuante pero que podría verse como una inversión para un buen futuro. Y no solo para el bebé, sino para toda la familia. “Sí, exactamente. Los tres primeros meses son dedicación y adaptación al máximo a las necesidades del bebé, para crearle la sensación de que el mundo es seguro. Pero si este periodo funciona, el niño después se siente seguro y todo será más cómodo cuando la madre vuelva a trabajar… Las mamás deben saber que la dedicación tan absoluta que implican estos tres primeros meses se ve recompensada”.
 
“Cuando mi tercer hijo era muy pequeño me fui a un congreso a Nueva York y, aunque fue un período corto, cuando volví… ¡No me conocía!”
 
Precisamente por ello ha escrito este libro. Para todas esas madres abrumadas que creen que esta intensidad dura años o, simplemente, son ajenas a la importancia de este primer periodo. Ella lo era cuando fue madre: “Este libro surge también de la experiencia de mi inconsciencia. Cuando mi tercer hijo era muy pequeño me fui a Nueva York, a un congreso. Y aunque fue un periodo corto y lo dejé bien atendido, cuando volví… ¡No me conocía!”, recuerda. “Al cabo de un par de horas el bebé ya se tranquilizó pero fue una impresión brutal…¡Pero es que yo no tenía ni idea de que esto podía suceder!”.
 
Por eso quiso estudiar y escribir sobre la trascendencia de la madre durante los primeros meses. Un tema sobre el que psicoanálisis ya teorizó y que la neurociencia está ratificando. “Creo que si las madres están informadas van a tolerar mejor esta etapa y van a ser más adecuadas”. Porque el requerimiento es tan grande que muchas sienten que pierden el mundo, su vida: “Parece que todo quede muy lejos y que el niño las vaya a absorber para siempre… Pero no, es solamente este periodo el que implica tanta demanda”.
 
Una madre ‘corriente’ – La terapeuta Encarna Muñoz es partidaria del concepto de una madre ‘corriente’, acuñado por Donald Winnicott a mediados del siglo pasado. Ese pediatra y psicoanalista fue pionero en utilizar la psicología como herramienta de crianza y reivindicó lo que él llamó «la madre suficientemente buena». Winnicott instaba a huir de la idea las madres perfectas, que cumplían a rajatabla los dictados de crianza del momento. Animó a confiar en el instinto y a no agobiarse por alcanzar la perfección. ‘El niño’, concluye Muñoz, se tiene que desarrollar sin la mirada competitiva y autocastigadorade la madre de hacerlo todo bien.  
Una madre corriente, que decía Winnicott, es una madre que falla”. Y esto es bueno: “Porque, al no ser perfecta, el hijo podrá soportar las imperfecciones del mundo y de sí mismo. Y podrá relacionarse con los seres humanos tranquilamente sin tener que estar agobiado por un ideal inalcanzable”.
 
Un periodo que no es tan largo como propugna un estilo de crianza hoy en boga, la llamada “crianza respetuosa” o “de apego”. Esta tendencia estipula que para un buen desarrollo del niño son necesarias la lactancia a demanda y prolongada, el porteo (cargarlo con un portabebés, renunciando al cochecito) y el colecho (compartir cama con la criatura), hasta que el niño decida que quiere dejar de mamar, de ser porteado o de dormir con los padres. El apego hoy se entiende como una crianza muy intensiva y sin límites, que puede abrumar a la madre.  
"Las tendencias son como un péndulo: van de un lado a otro y no se quedan en el punto medio”, reflexiona Muñoz. “Y hace tiempo que he detectado este fenómeno del apego extremo y, también, el problema: las dificultades que tienen las mamás para separarse de los hijos, para dejarlos crecer”.
 
Ella, que ha escrito un libro sobre la importancia de la dedicación durante los tres primeros meses, recalca, que la madre tiene que tener vida propia. “La madre tiene que ser una persona que esté ahí, por supuesto; pero si ella no puede mirar hacia otro lugar, el niño no podrá mirar hacia otro lugar que no sea ella. Se quedan ahí pegados… Y la vida familiar se convierte en una tragedia. En consulta vemos los estragos que puede llegar a hacer una madre posesiva”.
 
“El apego extremo también genera problemas: las dificultades que tienen las mamás para separarse de los hijos, para dejarlos crecer”
 
Por ello, pasado este primer periodo, tan intenso, hay que empezar a dejar ir, paulatinamente y con confianza. Es cierto, añade, que lo ideal sería tener bajas maternales más largas: “Pero no para estar pegada a la criatura sino para organizar su mundo. Para que la madre esté presente y que ellos tengan suficiente mamá pero, también, ganas de bajarse de sus brazos y explorar”. Sin embargo, su experiencia le dice que “si se hacen bien estos tres meses”, el niño se adapta y si va a la guardería o se queda con un cuidador, conseguirá recrear ese mundo seguro que construyó la madre. “Ella podrá ir a trabajar más tranquila y él la esperará, porque sabe que mamá es un sitio seguro. Y siempre lo reitero, porque si no las pobres madres que tienen que trabajar se pueden sentir fatal, como si estuvieran cometiendo un crimen.”
 
El sentimiento de culpa existe, como también la competición por quien es la madre más sacrificada y devota, la que amamanta más o la que estimula más. A esta terapeuta le parece que el concepto de super madre no es sano: “Esta autoexigencia es una imposición de las propias mujeres y llegas a ver algunas que viven muy mal lo que consideran fracasos personales, como no poder dar el pecho. Es algo que sucede y causa gran desazón, pero yo me pregunto: ¿No sería mejor para el niño a lo mejor un buen biberón, dado con tranquilidad, que una madre estresada por el pecho?”.
 
¿Qué ocurre si, por la razón que sea (prematuros, enfermedad…) no se puede atender al bebé durante los primeros meses? ¿Y qué pasa con los niños adoptados? La doctora Muñoz nos recuerda que esta etapa es muy importante pero no determinante: “Estamos hablando de las condiciones ideales, pero si estas no se han producido, el niño -a no ser que el primer entorno haya sido muy hostil-, encontrará el camino”. Si la madre está enferma, puede ser sostenido por otra persona hasta que ella mejore. “Y si ese vinculo ha sido bueno y se ha sentido querido; el niño espera. Los bebés que han estado en un hospital, por ejemplo, maduran antes. Se sostienen”. Incluso los niños adoptados parecería que están a la espera que venga alguien. “Y cuando eso sucede, todo lo que no han hecho antes se desarrolla, florece.”
 
 

sábado, 20 de marzo de 2021

Nerviosismo, tristeza, frustación... Cómo afrontar la crianza cuando tú no estás bien


ROCÍO NAVARRO MACÍAS     |   La Vanguardia     |     28/01/2021

 

Expresar los estados anímicos negativos ante los hijos puede ayudar en su educación emocional siempre que no se crucen ciertos límites 

Educar a los hijos nunca es tarea fácil. Y poner el foco en la crianza cuando el bienestar emocional está mermado plantea un gran reto. Nerviosismo, desesperanza, tristeza, frustración son algunos de los sentimientos que circulan actualmente de forma recurrente y que pueden despertar respuestas exageradas ante actuaciones de los hijos. “A todos nos afecta la situación actual de una forma u otra. Debido a ello, pueden producirse reacciones desproporcionadas ante comportamientos normales de los niños”, explica la psicóloga Silvia Álava.

 

Las emociones desagradables aparecen de forma natural, sobre todo cuando ocurren cambios drásticos en el entorno o situaciones que afectan directamente a la seguridad o al bienestar personal. Pero parece que los progenitores deban mantener estoicamente una calma aparente pese a que su panorama interno se revele desolador.

 

No obstante, puede que expresar abiertamente estados anímicos poco agradables delante de los niños no sea tan mala idea, ya que puede ayudar a educar emocionalmente a los hijos.

 

Las líneas rojas

Pero para que esta propuesta sea provechosa los padres deben tener en cuenta algunos aspectos. “Por un lado, han de transmitir que ciertas reacciones son perfectamente normales en determinadas situaciones y que eso no significa que mamá o papá estén completamente descompuestos y sean incapaces de ocuparse de ellos”, comparte Rafael San Román, psicólogo de iFeel.

 

Sentirse abrumado por la crisis sanitaria, nervioso ante la potencial pérdida de un trabajo o preocupado por una enfermedad son reacciones naturales. El problema se desencadena cuando estos sentimientos se tornan cotidianos. “Si el adulto se ha instalado en esas emociones y se convierten en su estado emocional habitual pueden interponerse en la crianza. Además, transmitirán a sus hijos, sobre todo si son muy pequeños, una sensación de inseguridad o fragilidad superiores a lo que ellos pueden asumir como fragilidad normal”, explica San Román.

 

Más allá de este escenario, que debe ser tratado por un profesional, que a un adulto le sobrevengan las lágrimas o muestre su tristeza no debe ser motivo de preocupación. “No pasa nada porque los padres lloren delante de los hijos. Lo podemos hacer dentro de la naturalidad del contexto. Pero una cosa es expresar la emoción, decir cómo me siento, y otra muy distinta, compartir las preocupaciones”, comparte Álava.

 

Los hijos no son confidentes

Esta misma línea es la que mantiene San Román, que invita a los progenitores a tomar ciertas precauciones ante la exposición de emociones delante de los menores: “Debe haber una combinación de apertura y de límites. Los padres pueden admitir con sus hijos que están de mal humor, que hay algo que les preocupa o entristece; los niños pueden tolerar esto. Pero no deben hacerlo buscando la ayuda y el consuelo de los hijos, sobre todo si son muy pequeños”.

 

Los padres son los responsables del bienestar de los hijos, y no al revés

El experto aconseja evitar mostrar reacciones emocionales muy intensas, porque los los pequeños no sabrían contextualizarlas. Asimismo, es importante tener en cuenta que la relación paterno-filial es asimétrica, los padres son los responsables del bienestar físico y emocional de los hijos, y no al revés. “No es una relación de ‘hoy por ti, mañana por mí’ como, por ejemplo, ocurre en una amistad”, añade San Román.

 

Mejorar la inteligencia emocional

Manifestar abiertamente en la familia las emociones es clave para que los hijos desarrollen inteligencia emocional. “Los padres pueden educar emocionalmente hablando de sus propias emociones, y expresándolas dentro de unos límites, pero siempre demostrando que son adultos, cuidadores responsables y que un mal día no implica que papá o mamá dejen de proteger y estar disponibles para los niños”.

 

De hecho, el psicólogo incide en que los niños necesitan ver que existen emociones asociadas a unas sensaciones poco placenteras, como el miedo, la rabia, la culpa, la tristeza, la vergüenza. Además, requieren contar con modelos que les indiquen qué se hace en esos casos.

 

Asimismo, puede ser una herramienta para que los adultos también tomen conciencia de lo que les ocurre. “Muchas veces vamos acelerados y este estado recae sobre nuestros hijos”, indica Álava. Es común que los padres utilicen frases como “vístete que tenemos prisa” o les empujen a comer a un ritmo que no se corresponde con el propio de la edad. Estas reacciones pueden indicar que algo pasa a nivel interno.

 

 “El problema no es la situación, sino cómo reaccionamos ante ella”, comparte la psicóloga. Se trata de un aspecto especialmente importante ya que los hijos absorben toda la información verbal y no verbal de sus cuidadores. “Los padres deben ser conscientes de que son modelos para sus hijos, y que estos aprenden a regular sus emociones, expresarlas y darles un significado en función de, entre otras cosas, lo que ven en casa”, expone San Román.

 

Se puede hacer partícipes a los hijos de la gestión emocional. Álava propone pedirles, por ejemplo, un abrazo para sentirnos mejor, o bailar y cantar una canción con ellos, hacer un descanso y luego seguir.

 

Estrategias de regulación activa

Cuando los padres se sienten desbordados emocionalmente el primer paso es que observen lo que está sucediendo. “Es necesario identificar con honestidad las causas del malestar emocional, para detectar si tienen que ver con la familia, el trabajo u otra faceta. Es la manera de empezar a buscar una solución y también de contener el problema dentro de su esfera, para que no se expanda a otras áreas”, recomienda San Román. Una vez reconocido el estado e identificada la causa, pueden llevar a cabo diferentes acciones para gestionar el estado anímico.

 

Pedir ayuda. “Muchas personas se sienten frustradas al pedir ayuda. Sin embargo, debe verse como un gesto de valentía. Se trata de reconocer que nuestros conocimientos tienen un límite y hay personas especialistas que nos pueden proporcionar herramientas para gestionar la situación”, explica Álava.

 

No pretender ser perfectos. La perfección no existe e intentar alcanzarla supone un alto peaje. “Nadie llega a todo durante mucho tiempo sin desgastarse por el camino y sin desatender cada una de las facetas que pretende abarcar. Hay que exigirse y ser autocríticos, porque la crianza de los hijos se tiene que hacer lo mejor posible, pero también saber distinguir un error que cometería cualquiera, de manera puntual, de una negligencia”, recomienda San Román.

 

Usar estrategias activas para regularnos. Son procesos de recuperación que ayudan a bajar el nivel de ansiedad. Es una herramienta a la que todos acudimos, pero la pandemia ha limitado muchas de las que se tenían integradas.

 

“Puede que me funcionase quedar con mis amigos, pero debido a la situación actual no podemos hacerlo. Es necesario encontrar técnicas reguladoras que funcionen a nivel personal. Sabemos que las estrategias activas tienen mejor resultado que las pasivas. Por ejemplo, ver una serie sería pasiva, y cocinar o hacer manualidades, activas”, comparte Álava. La psicóloga añade que este tipo de técnicas ayudan a educar mejor y ser un modelo más deseable para los hijos.

 

Cuidar la comunicación entre los progenitores (cuando son dos). “La crianza es cosa de dos y tiene que haber una buena comunicación para que los distintos estilos de crianza que pueden coexistir en una misma familia no generen incoherencias o desorden”, dice San Román. Por otra parte, es fundamental pedir ayuda a la otra parte y sentirse acompañados en la crianza.

 

Llevar una vida ordenada. Esto no va a evitar los problemas ni hacer que desaparezcan las preocupaciones, pero sí favorece el buen clima. “Evita que los nervios se crispen demasiado rápido. Además, las cosas no se ven igual si se ha dormido bien y la casa está recogida, que si cada pequeña cosa está manga por hombro, en cuyo caso voy a tener siempre una sensación de saturación”, concluye San Román.

miércoles, 17 de marzo de 2021

Al mal tiempo mala cara (o cómo aprovechar las ventajas de tener un mal día)

 

ROCÍO CARMONA     |    La Vanguardia     |     15/02/2020
 
Hay días en que parece que las estrellas se alinean a nuestro favor. Salimos de casa a tiempo, el sol brilla, el conductor de autobús nos espera en la parada y sonríe cuando entramos, encontramos asiento a la primera y hasta parece que el pelo nos queda especialmente bien. Y luego, hay días en los que la Ley de Murphy se empeña en demostrarnos que existe y todo sale de la peor manera posible: el gato se hace pis en nuestro sillón favorito, se pone a llover justo cuando no llevamos paraguas, perdemos el autobús, llegamos tarde a la reunión del colegio, nos echan la bronca en el trabajo y, por si fuera poco, mientras intentamos conseguir un taxi, el coche que pasa por delante a toda velocidad nos empapa.
 
Casi todos preferimos el primer escenario, pero es inevitable que haya días en los que todo vaya a contrapié. Aunque, ¿sabían que tener un mal día tiene algunas ventajas? Aunque pueda parecer un contrasentido, así lo explica la psiquiatra Anabel González en su nuevo libro Lo bueno de tener un mal día (Planeta), un manual que busca enseñar a los lectores a regular sus emociones.
 
“Los malos días están ahí, porque la vida siempre nos va trayendo cosas”, afirma González. “Si ante ellos reaccionamos de la manera más útil para nosotros, en cierto modo es como si estuviéramos haciendo un entrenamiento. Estamos ensayando todos nuestros sistemas de regulación para que cuando venga una situación realmente dura la sepamos llevar. Pero si en los días malos intentamos no sentir, o pasamos por encima de nuestras emociones, cuando venga una gorda nos va a pillar completamente desprevenidos”.

Esta psiquiatra y psicoterapeuta explica que en su consulta ha comprobado muchas veces cómo las personas que consiguen superar situaciones difíciles no son las que son felices sin importar lo que suceda a su alrededor. Tampoco las que siempre están “bien” y se muestran alegres y sonrientes todo el tiempo. A decir de González, lo más importante es tener la capacidad de gestionar las emociones, positivas o negativas, y ayudarnos a manejar lo que la vida nos va dando. La clave para sentirnos a gusto con nosotros mismos y con nuestra vida está precisamente en saber llevar bien los días malos, asegura.

Se habla mucho hoy ya de educación emocional, incluso en las escuelas. Pero lo cierto es que todavía nos falta mucho camino a la hora de entender y sabernos relacionar con nuestras emociones. Lo más habitual es que escojamos a alguna de nuestras favoritas, como la alegría, y optemos por buscarla a toda costa, mientras que a otras, las que nos gustan menos –como el miedo–, tratemos de evitarlas por todos los medios.

Si a una de las indeseadas se le ocurre aparecer, algo que inevitablemente sucederá, entonces le cerramos las puertas o tratamos de hacer lo posible para que se vaya cuanto antes. ¿Cómo? Pues a menudo negándola, resistiéndonos o luchando contra ella. La regulación emocional es un conjunto de procesos por el que las personas podemos influir en nuestras emociones. Esos procesos pueden ser automáticos, como por ejemplo, cerrar los ojos cuando una película nos da mucho miedo, o más conscientes, como por ejemplo cuando le sonreímos a alguien aunque nos sentimos nerviosos.

Pero para muchas personas, sentir sus emociones con la seguridad de que pueden influir en ellas, y a la vez, influir en cómo se desarrollan, constituye todo un desafío. Lo que parece claro es que el camino siempre pasa por sentir.

“Las emociones siempre están”, explica Anabel González, “y si no notamos que están, entonces las cosas no nos irán bien. Si no nos permitimos sentir una emoción esta se queda estancada y se acumula. Esto puede tener efectos a todos los niveles, porque muchas veces no somos conscientes de que la emoción sigue ahí y está influyendo en las decisiones que tomamos sin que nos demos cuenta”.

Y continúa: “También puede llegar un día en que las emociones acumuladas se desborden y de repente tengamos una tristeza terrible que no sabemos ni de dónde viene. Y a veces también sucede que las emociones acumuladas afloran sin que tengan forma de emoción, sino en forma de una enfermedad física. Podemos empezar a notar agotamiento, o directamente enfermarnos, porque las emociones no están en aire, sino en el cuerpo”.

Algunas de las que más nos cuestan son, según esta autora, la tristeza y el miedo. A la tristeza, afirma González, hay que cuidarla. Una idea que seguramente nos llamará la atención, inmersos como estamos en una cultura que valora la felicidad obsesiva por encima de todo. ¿Y por qué es tan importante mimarla? Pues porque la tristeza nos informa de que hay algo que nos importa mucho.

“Nos ponemos tristes cuando sentimos que perdemos algo, sobre todo cuando perdemos algo en relación con cosas o personas que nos importan. Gracias a la tristeza nos mantenemos unidos a esas cosas y a esas personas y sabemos que son importantes”.

¿Y cómo se cuida esta emoción? “Cuidarse mucho a uno mismo y dejarse cuidar por las personas cercanas neutraliza un poco la sensación. Hay que dejar que, mientras la cuidamos, la tristeza se vaya aliviando y deshaciendo. Los problemas con la tristeza vienen cuando la contengo”, advierte. “Es como poner un dique a un río que el día que se desborde va a dar un problema grande.

sepultarla, y entonces va por debajo como una corriente subterránea que acaba saliendo más adelante por sitios que quizá no nos va a gustar que salga”, asegura la psiquiatra.

Otra emoción con mala prensa es la de la ira. Pero González advierte aquí que enfadarse es algo imprescindible. Eso sí, debemos aprender a enfadarnos bien: “Las personas que no se enfadan nunca suelen tener problemas porque la gente las toma por el pito del sereno. Y es que los demás no siempre miden lo que nos piden, quizá ni les importa. Somos nosotros los responsables de marcar los límites. Y eso lo hacemos a través del enfado. Pero enfadarse bien significa notar que algo no me gusta, decirlo, pero a la vez seguir pensando, eligiendo las palabras según a quién tenemos delante. Nos podemos enfadar con toda elegancia, con arte y con moderación”, aclara González.

“Las personas que explotan suelen ser de dos tipos”, continúa explicando. “Algunos son personas que cuando están enfadadas no son capaces de pensar y se desbordan, y otras son personas que nunca se permiten enfadarse. Son tan contenidas que el día que ya rebosan arde Troya. Enfadarse bien significa que me enfado cuando toca, lo que toca, de una forma proporcionada y apropiada para la situación. Si lo hago así siempre voy a modular cuánto enfado corresponde en cada ocasión”.

¿Y dónde aprendimos a manejarnos tan mal con nuestro mundo emocional? ¿Por qué nos cuesta aprender a regular nuestras emociones? “Cada familia tiene un lenguaje emocional distinto, y es en su seno donde aprendemos a manejarnos con lo que sentimos” asegura González. “Y es que en la infancia somos emoción pura. La manera en que los demás reaccionan ante lo que nos pasa, lo que nos dicen, la cara que ponen, si nos hacen caso o nos ignoran… Es ahí donde aprenderemos a tratarnos de una u otra manera”.

Y detalla: “La peor frase del mundo es decirle a un niño que llora que no pasa nada. Se dice con la mejor de las intenciones, pero para quien lo recibe lo que significa es: pasamos por encima del malestar. La interacción buena es reconocer el malestar, ponerle nombre, hacer un gesto de cuidado… y ahí veremos cómo al niño se le pasa. Si nos saltamos esos pasos le acostumbramos a interiorizar que lo que siente no importa”.

Con el paso de los años muchas personas se convierten en auténticos “pozos radiactivos”, en palabras de esta psiquiatra, repletos de emociones no permitidas. Otros, en cambio, pasan a ser dictadores de su país emocional, incapaces de aceptar lo que sienten aunque sí lo noten.

Algunas estrategias para soltar el control pueden ser practicar la flexibilidad, acostumbrarnos a cometer errores, aunque sea a propósito, cogerle cariño a la incertidumbre y a la confusión e incluso ser un poco irresponsables. Entre pensar siempre las cosas demasiado y no tomar ninguna responsabilidad se abre paso el maravilloso mundo de la espontaneidad.

“Hay una sabiduría natural de las emociones que podemos recuperar, aunque nuestra forma de funcionar con ellas no haya sido saludable hasta ahora. Aprender a identificarlas, a escucharlas y a ver hacia dónde nos mueven nos ayudará a entendernos a nosotros mismos, a relacionarnos con los demás y a tomar decisiones saludables”, afirma Anabel González.

Y a navegar con la cabeza alta nuestros malos días, como explica en su libro. “Una vida buena no es una vida en la que no pasan cosas, sino una vida en la que llevamos las cosas que pasan de la mejor manera posible”, concluye.