viernes, 26 de marzo de 2021

Estrés crónico: causas, síntomas y tratamiento


JONATHAN GARCÍA-ALLEN     |     Psicología y Mente 

Una fuente de ansiedad constante que, si no se trata, puede tomar el control de nuestras vidas.

 

El estrés es un fenómeno muy extendido en la actualidad. Las causas que propician la aparición de sus síntomas son muchas, sin embargo, el estilo de vida y la cultura de las sociedades occidentales contribuyen notablemente al surgimiento de esta afectación.

 

Existen distintos tipos de estrés: estrés agudo, estrés crónico, estrés post-traumático, etc. Si quieres saber más sobre las distintas clases de estrés, puedes visitar nuestro artículo: “Tipos de estrés y sus desencadenantes”.

 

Estrés crónico y estrés agudo

Es importante diferenciar entre el estrés agudo y el estrés crónico. El estrés agudo se produce en momentos puntuales y de forma temporal, como respuesta a la experimentación de uno o varios sucesos altamente estresantes, y como resultado la persona padece un cuadro de ansiedad. Aunque el estrés puede ser positivo en pequeñas dosis, en dosis elevadas puede afectar a nuestra salud tanto mental como física: dolores musculares, dolores de cabeza, agotamiento, problemas gástricos, taquicardia, etc.

 

El estrés, sin embargo, también puede ser crónico, que es una forma más dañina de experimentar esta condición. Cuando el estrés se prolonga en el tiempo, se produce un agotamiento físico, emocional o mental que tiene consecuencias en la autoestima y la salud de la persona afectada, provocando incluso una severa depresión. Ya sea porque la persona vive en un entorno hostil en tiempos de guerra, es incapaz de pagar una deuda hipotecaria, sufre el síndrome del quemado en el trabajo o no es capaz de afrontar el divorcio, el resultado es devastador y tiene un fuerte impacto en su bienestar emocional y general.

 

Causas

El estrés crónico tiene una característica particular que le diferencia de otros tipos de estrés. Y es que el evento o factor estresante se manifiesta una y otra vez, es decir, que el estresor no es temporal y permanece inmodificable a lo largo del tiempo.

 

Por ejemplo, un estudiante universitario puede vivir una situación estresante cuando se acercan los exámenes y se da cuenta de que ha dejado pasar el tiempo este curso. Durante un mes intenta estudiar todo lo que debería haber estudiado durante el año, pero no tiene suficiente tiempo ni recursos para aprobar la asignatura. Una vez superada la época de exámenes, ese evento estresante desaparecerá, y el estudiante podrá planificar y gestionar mejor su tiempo para el curso siguiente. El alumno ha vivido una situación de estrés agudo.

 

Un ejemplo de estrés crónico

No ocurre lo mismo en el estrés crónico, porque el evento estresante se presenta una y otra vez, de forma repetida a lo largo del tiempo. Puede ocurrir que se sienta quemado en el trabajo porque el estilo de liderazgo de su superior le está provocando una situación angustiosa día sí día también, pues su jefe no tiene en cuenta su potencial, le critica constantemente y, al no darle órdenes claras y concretas, le está provocando ambigüedad y conflicto de rol.

 

También puede ocurrir que un individuo se vea envuelto en una deuda hipotecaria que le obliga a pagar una cantidad a la que no puede hacer frente. Los meses pasan y cada vez está más endeudado, lo que le está provocando ansiedad, desesperación, insomnio, una depresión severa y, además, no le ve salida. Ambos casos son ejemplos de estrés crónico.

 

Como ves, las causas pueden ser variadas, no obstante, la frecuencia de presentación del estresor es lo que provoca las consecuencias dañinas para la salud mental. Ahora bien, hay que tener claro que, en ocasiones, no es el evento estresante en sí lo que provoca el estrés, sino cómo interpretamos este evento y cómo lo afrontamos. Nuestras creencias y nuestros recursos tienen gran importancia. Por eso, lo que para una persona puede ser estresante, para otra no lo es.


Síntomas del estrés crónico 

La persona con estrés crónico, a diferencia de la que sufre estrés agudo, muchas veces no es consciente de lo que le está ocurriendo, pues se ha acostumbrado a esta situación pese a no haberla superado. Esto puede provocar un efecto muy perjudicial, lo que se conoce como indefensión aprendida (pincha aquí para saber más). La indefensión aprendida dificulta seriamente la búsqueda de ayuda y el tratamiento.

 

Así que es importante prestar atención a sus síntomas tanto físicos como psicológicos para poder salir de esta situación. Generalmente, el estrés crónico se manifiesta de distintas maneras:

·        Enfermedades del aparato digestivo, enfermedades cutáneas y problemas cardíacos.

·        Sentimientos de inseguridad y el sentimiento de indefensión aprendida.

·        Insomnio

·        Ansiedad

·        Depresión

·        Fatiga emocional

·        Abuso de alcohol o sustancias

 

Estos síntomas y muchos otros no solo afectan a la persona, sino también a su entorno más cercano, dificultando, en muchas ocasiones, las relaciones interpersonales sanas con su familia o su pareja.

 

Burnout o estrés crónico en el trabajo

Uno de los tipos de estrés crónico más frecuentes es el burnout o síndrome del quemado, que ocurre en el entorno laboral y que, en los últimos años, se ha agravado en muchos sectores profesiones debido a la crisis y los recortes de personal.

 

Las causas del burnout pueden ser diversas, y tienen su origen tanto en las expectativas de los empleados o su capacidad de hacer frente al problema, como en distintos factores que dependen pura y exclusivamente de las prácticas de la empresa o la organización. Por ejemplo: los estilos de liderazgo, el fracaso en los procesos de selección o la sobrecarga de rol.

 

Los estudios en esta línea de investigación señalan que el burnout se manifiesta de la siguiente manera:

 

·        Desgaste y agotamiento emocional: fatiga y cansancio mental.


·        Despersonalización: actitudes negativas hacia la empresa y el trabajo, por ejemplo, irritabilidad o pérdida de motivación.


·        Falta de realización personal y profesional: efecto negativo en la autoestima personal, expectativas frustradas y manifestaciones de estrés a nivel fisiológico, cognitivo y conductual.

 

Tratamiento del estrés crónico

Desde las primeras investigaciones sobre el estrés, llevadas a cabo por Hans Selye, en la década de los 50, muchos expertos han ido aportando más y más conocimiento sobre qué es, cómo funciona y cuál es la mejor manera de tratar esta condición. Una de las teorías que más se ha empleado es el Modelo demanda-control-apoyo social de Karasek y Johnson (1986), que funciona especialmente bien para en lo que respecta al estrés laboral.

 

Desde este modelo se entiende que la fuente de estrés se encuentra en el desajuste entre las demandas existentes y el control que tiene la persona para afrontar dichas demandas. En otras palabras, lo que determina la aparición del estrés es la interacción entre la persona y la situación estresante. Por tanto, el problema puede atacarse de dos maneras: cambiando o evitando el evento estresante o, por contra, cambiando la manera como la persona percibe y afronta esta situación.

 

Acudir al psicólogo para superar el estrés

La mejor manera de superar el estrés crónico, evidentemente, es erradicando el factor causante, aunque esto no siempre es posible. Puede ser una alternativa dejar el trabajo o divorciarse cuando el problema esta en nuestro empleo o la relación con nuestra pareja, pero, ¿qué ocurre con un parado de larga duración o un miembro de una familia sin recursos económicos que es incapaz de pagar su deuda?.


Estos casos requieren ayuda psicológica profesional, porque esta situación puede suponer graves problemas en el futuro si no se combate adecuadamente este fenómeno. Dicho de otro modo, es necesario buscar tratamiento y aprender herramientas prácticas para afrontar esta situación negativa. La necesidad de acudir a un psicólogo clínico puede ser clave para aprender a gestionar las emociones y sensaciones negativas asociadas al estrés.

 

En el mejor de los casos, bastará con un cambio radical del estilo de vida, como cuidar la alimentación, practicar ejercicio físico de manera regular, dedicar tiempo al ocio y buscar momentos para la relajación.

miércoles, 24 de marzo de 2021

El sesgo de representatividad: el peligro de las etiquetas sociales


SARA GONZÁLEZ JUÁREZ     |     La Mente es Maravillosa   |    25/01/2021    

A nadie le gusta que le etiqueten sin motivo. En este artículo, podrás leer acerca de cómo y por qué todos lo hemos hecho alguna vez. En concreto, hablaremos del sesgo de representatividad, que tiene la culpa en muchos casos.

Los humanos estamos sometidos a una cantidad de estímulos y de información tan grande que, a veces, resulta casi imposible manejar todas las ideas a la vez. Para ello, la categorización es casi imprescindible, pero ¿cómo funciona este proceso? Muchas veces, el sesgo de representatividad es necesario.

Este sesgo es necesario para manejar las toneladas de información que pasan por el cerebro, pero en ocasiones puede convertirse en un problema a nivel social. En este artículo podrás leer la relación entre un fenómeno y otro.

El sesgo de representatividad

Un sesgo cognitivo es un procesamiento de la información que se hace de forma rápida, una especie de “truco” que tiene la mente para ordenar las ideas y procesar la información de una forma más eficiente en cuanto a supervivencia se refiere. Sin embargo, el problema es precisamente ese: nos puede llevar a conclusiones erróneas o poco lógicas.

Hay multitud de sesgos cognitivos, pero el sesgo de representatividad es uno de los que más tienen que ver con la categorización social. ¿En qué consiste?

Cuando conocemos a una persona, tendemos a clasificarla en un grupo en función de lo que coincidan sus características principales o más salientes con las de este. De hecho, cuando se cae en el sesgo de representatividad, solemos cometer cuatro errores principales. Los describimos a continuación. 

Insensibilidad al tamaño de la muestra

Cuando se conoce la frecuencia real de aparición de un suceso, se tiende a juzgar que en episodios individuales también se mantendrá esta proporción. Por ejemplo, sabiendo que tirando una moneda al aire la probabilidad de que salga un lado u otro es aleatoria, cuando han salido muchas cruces seguidas, se tiende a prever que la siguiente será cara.

Insensibilidad a las probabilidades previas

Es la tendencia a encasillar a alguien o algo en una categoría basándose en información nueva y sin tener en cuenta la que pudiese haber antes. Por ejemplo, si se acaba de conocer a alguien que dice ser metódico y aficionado a los ordenadores, es más probable que se piense que ha estudiado ingeniería en vez de humanidades.

Falacia de la conjunción

Se tiende a pensar que es más probable que dos sucesos ocurran a la vez a que aparezcan por separado, en contra del axioma de la probabilidad, que dice lo contrario. Un ejemplo de esto es asumir que una persona inteligente y buena trabajará en algo importante y hará acciones benéficas cuando lo más probable es que sólo haga una de ellas. 

Insensibilidad al fenómeno de la regresión a la media

Por lo general, los eventos que se sitúan en extremos suelen mejorar o empeorar volviendo hacia la media. Los alumnos que sacan buenas notas tienden a empeorar en éstas si se relajan y los que suspenden suelen querer mejorar, por ejemplo. Un profesor que caiga en esta insensibilidad al fenómeno de la regresión podría pensar que echar la bronca a los alumnos que sacan malas notas puede ser mejor que premiar a los buenos estudiantes.

Los peligros de las etiquetas sociales

Ya has visto los errores que se cometen habitualmente con el sesgo de representatividad. Para reunirlo todo en un ejemplo, toma en cuenta lo siguiente: si conocemos a una persona que viste con ropa negra, lleva cadenas y pulseras con pinchos de complementos y su peinado es una cresta mohicana teñida de verde, es muy posible que la etiquetemos como punky.

Es decir, una persona con esa estética sería representativa del grupo de “los punkies“, de ahí el nombre del sesgo. Sin embargo, a esta persona podría gustarle esta estética pero escuchar música clásica. O que sólo se vista así para salir y el resto del tiempo vaya con traje.

El ejemplo de arriba es relativamente neutral porque atañe únicamente a la forma de vestir, pero ¿qué pasa cuando a los punkies se les relaciona con otras etiquetas más peyorativas, como el vandalismo? Desde aquí se puede partir al siguiente punto: los peligros de las etiquetas sociales.

A nadie le gusta que lo encasillen. Cuando se trata de definirse a una misma, los juicios y las denominaciones se difuminan porque, habitualmente, se tiene más información propia que de los demás. 

Sin embargo, los sesgos cognitivos nos proveen de juicios tan rápidos y absolutos que es difícil desprenderse de ellos en situaciones con poca información. Es en estos momentos cuando nacen los prejuicios y los tratos discriminatorios.

El sesgo de representatividad nos anima de alguna manera a etiquetar a las personas. Es un proceso natural de la mente, pero cuando enlaza automáticamente con características indeseables es necesaria la revisión de las ideas y echar el freno con los juicios.

A pequeña escala puede quedarse en una asunción precipitada, pero cuando escala hacia la violencia y la discriminación, merece la pena pararnos a pensar e intentar modular la influencia de este sesgo.

lunes, 22 de marzo de 2021

Por qué son tan importantes los tres primeros meses de vida del bebé


EVA MILLET      |     La Vanguardia     |     20/03/2021
 
Encarna Muñoz, médico y psicoanalista, publica 'El principio de la vida' (Vergara), dedicado a los primeros meses del bebé.
Defensora del concepto de la madre 'adecuada', no 'perfecta', asegura que el arranque de una nueva vida es  período abrumador pero que, bien hecho, es una garantía para el bienestar del niño.
 
En su consulta, la doctora Encarna Muñoz atiende a muchas madres primerizas. Mujeres “ansiosas y desorientadas”, describe, ante el torbellino físico y emocional que supone la llegada de un bebé. Muchas han leído todos los libros de crianza que toca leer y se han suscrito a las webs por las que toca navegar. Pero, como señala esta psicoanalista clínica, tanta información puede confundir: “Y llegar a perturbar el acercamiento a nuestros hijos a partir del instinto, que debería ser el que mandara en la crianza”.
 
Pese a ello, Muñoz ha escrito un libro; El principio de la vida (Vergara), dedicado a los primeros meses del bebé. Especialmente, el primer trimestre, que califica de “trascendente": “Porque es el periodo en el que se establece el primer vínculo, la primera forma de relación, y nacen las bases para el establecimiento de la salud mental del niño”.
 
“Los tres primeros meses son de dedicación y adaptación al máximo a las necesidades del bebé, para crearle la sensación de que el mundo es seguro”.
 
En estos primeros tres meses, explica Muñoz, el recién nacido no sabe que es distinto a la madre. Se siente parte de ella, como una misma persona. “La fusión es total”, resume Muñoz. “Pero será durante este periodo cuando el bebé tendrá que tomar conciencia de que es distinto. Cuando empieza a diferenciarse y a percibir lo que la madre siente”. Y es en este proceso de diferenciación cuando se estructura la base para el psiquismo: los procesos psicológicos (percepciones, emociones, motivaciones…), que forman la actividad mental de una persona.
 
“La madre, en este momento”, cuenta esta especialista, “hace como de pantalla frente a las alteraciones que pueda sufrir el hijo, para que nada le perturbe el crecimiento”. La madre protege, alimenta y mima al bebé en una etapa que suele ser extenuante pero que podría verse como una inversión para un buen futuro. Y no solo para el bebé, sino para toda la familia. “Sí, exactamente. Los tres primeros meses son dedicación y adaptación al máximo a las necesidades del bebé, para crearle la sensación de que el mundo es seguro. Pero si este periodo funciona, el niño después se siente seguro y todo será más cómodo cuando la madre vuelva a trabajar… Las mamás deben saber que la dedicación tan absoluta que implican estos tres primeros meses se ve recompensada”.
 
“Cuando mi tercer hijo era muy pequeño me fui a un congreso a Nueva York y, aunque fue un período corto, cuando volví… ¡No me conocía!”
 
Precisamente por ello ha escrito este libro. Para todas esas madres abrumadas que creen que esta intensidad dura años o, simplemente, son ajenas a la importancia de este primer periodo. Ella lo era cuando fue madre: “Este libro surge también de la experiencia de mi inconsciencia. Cuando mi tercer hijo era muy pequeño me fui a Nueva York, a un congreso. Y aunque fue un periodo corto y lo dejé bien atendido, cuando volví… ¡No me conocía!”, recuerda. “Al cabo de un par de horas el bebé ya se tranquilizó pero fue una impresión brutal…¡Pero es que yo no tenía ni idea de que esto podía suceder!”.
 
Por eso quiso estudiar y escribir sobre la trascendencia de la madre durante los primeros meses. Un tema sobre el que psicoanálisis ya teorizó y que la neurociencia está ratificando. “Creo que si las madres están informadas van a tolerar mejor esta etapa y van a ser más adecuadas”. Porque el requerimiento es tan grande que muchas sienten que pierden el mundo, su vida: “Parece que todo quede muy lejos y que el niño las vaya a absorber para siempre… Pero no, es solamente este periodo el que implica tanta demanda”.
 
Una madre ‘corriente’ – La terapeuta Encarna Muñoz es partidaria del concepto de una madre ‘corriente’, acuñado por Donald Winnicott a mediados del siglo pasado. Ese pediatra y psicoanalista fue pionero en utilizar la psicología como herramienta de crianza y reivindicó lo que él llamó «la madre suficientemente buena». Winnicott instaba a huir de la idea las madres perfectas, que cumplían a rajatabla los dictados de crianza del momento. Animó a confiar en el instinto y a no agobiarse por alcanzar la perfección. ‘El niño’, concluye Muñoz, se tiene que desarrollar sin la mirada competitiva y autocastigadorade la madre de hacerlo todo bien.  
Una madre corriente, que decía Winnicott, es una madre que falla”. Y esto es bueno: “Porque, al no ser perfecta, el hijo podrá soportar las imperfecciones del mundo y de sí mismo. Y podrá relacionarse con los seres humanos tranquilamente sin tener que estar agobiado por un ideal inalcanzable”.
 
Un periodo que no es tan largo como propugna un estilo de crianza hoy en boga, la llamada “crianza respetuosa” o “de apego”. Esta tendencia estipula que para un buen desarrollo del niño son necesarias la lactancia a demanda y prolongada, el porteo (cargarlo con un portabebés, renunciando al cochecito) y el colecho (compartir cama con la criatura), hasta que el niño decida que quiere dejar de mamar, de ser porteado o de dormir con los padres. El apego hoy se entiende como una crianza muy intensiva y sin límites, que puede abrumar a la madre.  
"Las tendencias son como un péndulo: van de un lado a otro y no se quedan en el punto medio”, reflexiona Muñoz. “Y hace tiempo que he detectado este fenómeno del apego extremo y, también, el problema: las dificultades que tienen las mamás para separarse de los hijos, para dejarlos crecer”.
 
Ella, que ha escrito un libro sobre la importancia de la dedicación durante los tres primeros meses, recalca, que la madre tiene que tener vida propia. “La madre tiene que ser una persona que esté ahí, por supuesto; pero si ella no puede mirar hacia otro lugar, el niño no podrá mirar hacia otro lugar que no sea ella. Se quedan ahí pegados… Y la vida familiar se convierte en una tragedia. En consulta vemos los estragos que puede llegar a hacer una madre posesiva”.
 
“El apego extremo también genera problemas: las dificultades que tienen las mamás para separarse de los hijos, para dejarlos crecer”
 
Por ello, pasado este primer periodo, tan intenso, hay que empezar a dejar ir, paulatinamente y con confianza. Es cierto, añade, que lo ideal sería tener bajas maternales más largas: “Pero no para estar pegada a la criatura sino para organizar su mundo. Para que la madre esté presente y que ellos tengan suficiente mamá pero, también, ganas de bajarse de sus brazos y explorar”. Sin embargo, su experiencia le dice que “si se hacen bien estos tres meses”, el niño se adapta y si va a la guardería o se queda con un cuidador, conseguirá recrear ese mundo seguro que construyó la madre. “Ella podrá ir a trabajar más tranquila y él la esperará, porque sabe que mamá es un sitio seguro. Y siempre lo reitero, porque si no las pobres madres que tienen que trabajar se pueden sentir fatal, como si estuvieran cometiendo un crimen.”
 
El sentimiento de culpa existe, como también la competición por quien es la madre más sacrificada y devota, la que amamanta más o la que estimula más. A esta terapeuta le parece que el concepto de super madre no es sano: “Esta autoexigencia es una imposición de las propias mujeres y llegas a ver algunas que viven muy mal lo que consideran fracasos personales, como no poder dar el pecho. Es algo que sucede y causa gran desazón, pero yo me pregunto: ¿No sería mejor para el niño a lo mejor un buen biberón, dado con tranquilidad, que una madre estresada por el pecho?”.
 
¿Qué ocurre si, por la razón que sea (prematuros, enfermedad…) no se puede atender al bebé durante los primeros meses? ¿Y qué pasa con los niños adoptados? La doctora Muñoz nos recuerda que esta etapa es muy importante pero no determinante: “Estamos hablando de las condiciones ideales, pero si estas no se han producido, el niño -a no ser que el primer entorno haya sido muy hostil-, encontrará el camino”. Si la madre está enferma, puede ser sostenido por otra persona hasta que ella mejore. “Y si ese vinculo ha sido bueno y se ha sentido querido; el niño espera. Los bebés que han estado en un hospital, por ejemplo, maduran antes. Se sostienen”. Incluso los niños adoptados parecería que están a la espera que venga alguien. “Y cuando eso sucede, todo lo que no han hecho antes se desarrolla, florece.”
 
 

sábado, 20 de marzo de 2021

Nerviosismo, tristeza, frustación... Cómo afrontar la crianza cuando tú no estás bien


ROCÍO NAVARRO MACÍAS     |   La Vanguardia     |     28/01/2021

 

Expresar los estados anímicos negativos ante los hijos puede ayudar en su educación emocional siempre que no se crucen ciertos límites 

Educar a los hijos nunca es tarea fácil. Y poner el foco en la crianza cuando el bienestar emocional está mermado plantea un gran reto. Nerviosismo, desesperanza, tristeza, frustración son algunos de los sentimientos que circulan actualmente de forma recurrente y que pueden despertar respuestas exageradas ante actuaciones de los hijos. “A todos nos afecta la situación actual de una forma u otra. Debido a ello, pueden producirse reacciones desproporcionadas ante comportamientos normales de los niños”, explica la psicóloga Silvia Álava.

 

Las emociones desagradables aparecen de forma natural, sobre todo cuando ocurren cambios drásticos en el entorno o situaciones que afectan directamente a la seguridad o al bienestar personal. Pero parece que los progenitores deban mantener estoicamente una calma aparente pese a que su panorama interno se revele desolador.

 

No obstante, puede que expresar abiertamente estados anímicos poco agradables delante de los niños no sea tan mala idea, ya que puede ayudar a educar emocionalmente a los hijos.

 

Las líneas rojas

Pero para que esta propuesta sea provechosa los padres deben tener en cuenta algunos aspectos. “Por un lado, han de transmitir que ciertas reacciones son perfectamente normales en determinadas situaciones y que eso no significa que mamá o papá estén completamente descompuestos y sean incapaces de ocuparse de ellos”, comparte Rafael San Román, psicólogo de iFeel.

 

Sentirse abrumado por la crisis sanitaria, nervioso ante la potencial pérdida de un trabajo o preocupado por una enfermedad son reacciones naturales. El problema se desencadena cuando estos sentimientos se tornan cotidianos. “Si el adulto se ha instalado en esas emociones y se convierten en su estado emocional habitual pueden interponerse en la crianza. Además, transmitirán a sus hijos, sobre todo si son muy pequeños, una sensación de inseguridad o fragilidad superiores a lo que ellos pueden asumir como fragilidad normal”, explica San Román.

 

Más allá de este escenario, que debe ser tratado por un profesional, que a un adulto le sobrevengan las lágrimas o muestre su tristeza no debe ser motivo de preocupación. “No pasa nada porque los padres lloren delante de los hijos. Lo podemos hacer dentro de la naturalidad del contexto. Pero una cosa es expresar la emoción, decir cómo me siento, y otra muy distinta, compartir las preocupaciones”, comparte Álava.

 

Los hijos no son confidentes

Esta misma línea es la que mantiene San Román, que invita a los progenitores a tomar ciertas precauciones ante la exposición de emociones delante de los menores: “Debe haber una combinación de apertura y de límites. Los padres pueden admitir con sus hijos que están de mal humor, que hay algo que les preocupa o entristece; los niños pueden tolerar esto. Pero no deben hacerlo buscando la ayuda y el consuelo de los hijos, sobre todo si son muy pequeños”.

 

Los padres son los responsables del bienestar de los hijos, y no al revés

El experto aconseja evitar mostrar reacciones emocionales muy intensas, porque los los pequeños no sabrían contextualizarlas. Asimismo, es importante tener en cuenta que la relación paterno-filial es asimétrica, los padres son los responsables del bienestar físico y emocional de los hijos, y no al revés. “No es una relación de ‘hoy por ti, mañana por mí’ como, por ejemplo, ocurre en una amistad”, añade San Román.

 

Mejorar la inteligencia emocional

Manifestar abiertamente en la familia las emociones es clave para que los hijos desarrollen inteligencia emocional. “Los padres pueden educar emocionalmente hablando de sus propias emociones, y expresándolas dentro de unos límites, pero siempre demostrando que son adultos, cuidadores responsables y que un mal día no implica que papá o mamá dejen de proteger y estar disponibles para los niños”.

 

De hecho, el psicólogo incide en que los niños necesitan ver que existen emociones asociadas a unas sensaciones poco placenteras, como el miedo, la rabia, la culpa, la tristeza, la vergüenza. Además, requieren contar con modelos que les indiquen qué se hace en esos casos.

 

Asimismo, puede ser una herramienta para que los adultos también tomen conciencia de lo que les ocurre. “Muchas veces vamos acelerados y este estado recae sobre nuestros hijos”, indica Álava. Es común que los padres utilicen frases como “vístete que tenemos prisa” o les empujen a comer a un ritmo que no se corresponde con el propio de la edad. Estas reacciones pueden indicar que algo pasa a nivel interno.

 

 “El problema no es la situación, sino cómo reaccionamos ante ella”, comparte la psicóloga. Se trata de un aspecto especialmente importante ya que los hijos absorben toda la información verbal y no verbal de sus cuidadores. “Los padres deben ser conscientes de que son modelos para sus hijos, y que estos aprenden a regular sus emociones, expresarlas y darles un significado en función de, entre otras cosas, lo que ven en casa”, expone San Román.

 

Se puede hacer partícipes a los hijos de la gestión emocional. Álava propone pedirles, por ejemplo, un abrazo para sentirnos mejor, o bailar y cantar una canción con ellos, hacer un descanso y luego seguir.

 

Estrategias de regulación activa

Cuando los padres se sienten desbordados emocionalmente el primer paso es que observen lo que está sucediendo. “Es necesario identificar con honestidad las causas del malestar emocional, para detectar si tienen que ver con la familia, el trabajo u otra faceta. Es la manera de empezar a buscar una solución y también de contener el problema dentro de su esfera, para que no se expanda a otras áreas”, recomienda San Román. Una vez reconocido el estado e identificada la causa, pueden llevar a cabo diferentes acciones para gestionar el estado anímico.

 

Pedir ayuda. “Muchas personas se sienten frustradas al pedir ayuda. Sin embargo, debe verse como un gesto de valentía. Se trata de reconocer que nuestros conocimientos tienen un límite y hay personas especialistas que nos pueden proporcionar herramientas para gestionar la situación”, explica Álava.

 

No pretender ser perfectos. La perfección no existe e intentar alcanzarla supone un alto peaje. “Nadie llega a todo durante mucho tiempo sin desgastarse por el camino y sin desatender cada una de las facetas que pretende abarcar. Hay que exigirse y ser autocríticos, porque la crianza de los hijos se tiene que hacer lo mejor posible, pero también saber distinguir un error que cometería cualquiera, de manera puntual, de una negligencia”, recomienda San Román.

 

Usar estrategias activas para regularnos. Son procesos de recuperación que ayudan a bajar el nivel de ansiedad. Es una herramienta a la que todos acudimos, pero la pandemia ha limitado muchas de las que se tenían integradas.

 

“Puede que me funcionase quedar con mis amigos, pero debido a la situación actual no podemos hacerlo. Es necesario encontrar técnicas reguladoras que funcionen a nivel personal. Sabemos que las estrategias activas tienen mejor resultado que las pasivas. Por ejemplo, ver una serie sería pasiva, y cocinar o hacer manualidades, activas”, comparte Álava. La psicóloga añade que este tipo de técnicas ayudan a educar mejor y ser un modelo más deseable para los hijos.

 

Cuidar la comunicación entre los progenitores (cuando son dos). “La crianza es cosa de dos y tiene que haber una buena comunicación para que los distintos estilos de crianza que pueden coexistir en una misma familia no generen incoherencias o desorden”, dice San Román. Por otra parte, es fundamental pedir ayuda a la otra parte y sentirse acompañados en la crianza.

 

Llevar una vida ordenada. Esto no va a evitar los problemas ni hacer que desaparezcan las preocupaciones, pero sí favorece el buen clima. “Evita que los nervios se crispen demasiado rápido. Además, las cosas no se ven igual si se ha dormido bien y la casa está recogida, que si cada pequeña cosa está manga por hombro, en cuyo caso voy a tener siempre una sensación de saturación”, concluye San Román.