martes, 4 de mayo de 2021

Tipos de emociones explicadas con ejemplos y su significado ( II )


Psicología General     |     grullapsicologiaynutrición.com    |    13/02/2021

 

Las enfermedades y las emociones

Todos sabemos que las emociones son muy importantes, pero somos consciente de hasta qué punto pueden afectar a la salud ¿?.

Seguramente no lo suficiente. Una rama de la psicología llamada psicosomática, es la encargada de comprender cómo el malestar psicológico o emocional se traduce en malestar físico.

 

Y esto no es decir nada mágico, cuando las personas no nos encontramos bien, nuestro cuerpo comienza a generar una serie de sustancias químicas como por ejemplo son las citoquinas, que van poco a poco debilitando nuestro sistema inmune.

 

Por ejemplo, numerosos estudios han relacionado el patrón de personalidad tipo A con el infarto de miocardio, y el patrón de personalidad tipo B, con el cáncer.

Ambos tienen problemas con la emoción rabia. Mientras el primero por exceso, el segundo, por reprimirla. Esto son sólo dos ejemplos de cómo las enfermedades y las emociones pueden interactuar.

De modo que para cuidar nuestra salud, debemos cuidar también nuestros sentimientos y emociones.

Libros para aprender sobre las emociones

Siempre que hago un artículo me gusta recomendar alguna lectura para aquellas personas más curiosas y que quieren profundizar en el tema.

Sobre emociones hay muchísimos libros, pero a mí, hay particularmente uno que me encanta: El rostro de las emociones de Paul Ekman.

Paul Ekman es bajo mi punto de vista, el mejor investigador en el campo de la psicología de las emociones y la motivación. Este libro explica paso a paso como se manifiesta en el cuerpo y qué sentido tiene cada emoción.

Leerlo es una forma de entender nuestras respuestas naturales, como lo que son, naturales. Esto nos ayudará a poder controlarlas:

Este libro también nos enseña como leer las emociones en el rostro de otras personas y su fisiología.

¿Existen las emociones positivas y negativas?

Seguro que has oído hablar sobre esto o tú mismo te refieres a ellas de esta manera. Uno de los grandes culpables de que esto fuese así, es Daniel Goleman, quién hizo una clasificación entre emociones positivas y negativas.

Como imagino sabrás, todas las emociones tienen un valor adaptativo y sirven para algo. Esto quedó muy bien reflejado en la película Inside Out.

Emociones como la tristeza no son negativas, ya que esta es necesaria para la supervivencia. Sería más correcto hablar de emociones agradables y desagradables. 

 

Emoción y aprendizaje

Sin emoción no hay aprendizaje. La emoción es el marcador de la memoria. Las emociones actúan como marcador de la memoria, es decir, le dicen a nuestro hipocampo la importancia que tiene o no recordar aquello en cuestión.

Es por esta razón por la que apenas nos acordamos de las cosas que hemos estudiado en el instituto. El tipo de enseñanza al que estamos acostumbrados tiene como esencia aprobar un examen (urgencia-emoción). En el momento que lo pasamos, nuestro recuerdo se diluye, ya que incorporamos información ajena a nuestro interés solamente para poder seguir avanzando.

En resumen:  la emoción es a la memoria, lo que el sabor a una comida. 

Aprendemos de la experiencia

Esta es la razón por la que cuando nos ocurre algo con un impacto emocional muy fuerte nos quedamos “pillados”. Así, es cómo se construye el trauma.

Cuando tenemos una experiencia traumática es porque su valor emocional ha sido tanta alto que ha cambiado nuestra forma de pensar o sentir respecto a algún aspecto relacionado con la vida o nosotros mismos.

Cómo identificar mis emociones

Saber cómo identificar emociones no es siempre una sencilla tarea. Para algunas personas, conseguir entender qué es lo que sienten consigue ser una auténtica odisea. A las personas que les cuesta hacerlo, suelen llamar “ansiedad” a sentimientos y sensaciones muy diferentes.

¿Emociones y sentimientos son lo mismo?

La emoción es una reacción universal e inmediata, de duración generalmente corta. Sin embargo, los sentimientos se producen por un mix de nuestras emociones y pensamientos.

Dicho de otro modo, los sentimientos tienen mucho que ver con lo que hemos aprendido a pensar sobre la vida. Siguiendo con el ejemplo anterior: quizás en Sudán pasearse desnudo no sea motivo de vergüenza, pero atrévete a subir a lo alto de la Torre Eiffel como Dios te trajo al mundo.

En el lenguaje cotidiano a menudo usamos indistintamente emociones y sentimientos.

Otro ejemplo más simple: mientras el rencor es un sentimiento, la rabia sería una emoción. El rencor suele incluir a la rabia, y esta deja una resaca emocional que se activa cuando pensamos en aquello que nos hicieron.

Como podéis ver, la emoción, en este caso la rabia, actúa como color del sentimiento. Mientras que el sentimiento es algo mucho más elaborado y lleno de matices.

Tipos de estados emocionales

Los estados emocionales son en realidad los sentimientos y existen tantos como estrellas hay en el cielo.

Mediante las palabras tratamos de ponerles nombres, pero en realidad, nos podemos sentir de millones de maneras.

Los tipos de estado emocionales más populares son: rencor, melancolía, apatía, ilusión, esperanza, decepción, arrepentimiento, etc.

Emociones y educación

La razón por la a menudo tenemos tantas dificultades para comprender esta diferencia entre emociones y sentimientos, o cualquier otro aspecto relacionado con el mundo de las emociones, tiene que ver con la falta de entrenamiento emocional.

Algunas familias prescinden de la emoción y se enfocan principalmente sobre los elementos prácticos. Cada vez las escuelas se enfocan más sobre esta cuestión, sin embargo, la mayoría de personas adultas no hemos recibido nunca educación emocional.

No obstante, es algo que podemos entrenar. Nuestro cerebro es flexible y es capaz de crear nuevas rutas neurológicas para aprendizajes adquiridos.

¿Para qué sirven las emociones y cómo controlarlas?

Yo no soy muy fan de los tips o soluciones mágicas para las cosas. Si tenemos alguna emoción o trastorno emocional, deberíamos plantearnos acudir a un profesional que nos ayude con ello.

Lo que voy a hacer a continuación es daros algunas pautas generales sobre cómo abordar o afrontar las principales emociones básicas y como se sienten en el cuerpo.

¿Qué es la inteligencia emocional?

Muchas personas piensan que tener una alta inteligencia emocional consiste en ser capaces de entender a otras personas. Sin embargo, la IE va mucho más allá.

identificar y comprender las emociones, son sólo dos de las primeras ramas de la mayoría de modelos en inteligencia emocional. Las dos siguientes, y más complejas, tienen que ver con la regulación y la expresión emocional.

En otras palabras, no basta con saber lo que sentimos, sino, saber qué hacer con ello.

 

 

Tipos de emociones explicadas con ejemplos y su significado ( I )


Psicología General     |     grullapsicologiaynutrición.com    |    13/02/2021                      

Estamos acostumbrados a escuchar a los profesionales sobre la importancia de trabajar nuestras emociones, pero ¿qué son las emociones? ¿se pueden controlar?

En este artículo daremos respuesta a estas preguntas y muchas otras. Cuando lleguemos a como identificar las emociones, podrás hacer un ejercicio muy sencillo para que desde ahora sepas entender que son las emociones y cuales estás sintiendo. Pero antes, déjame que te cuente un poco sobre ellas:

 

Qué son las emociones y su significado

Las emociones son por definición reacciones. Todas las personas en el mundo las tenemos en mayor o menor medida (los psicopatillas también, aunque su resonancia emocional sea menor).

En psicología, el significado de las emociones básicas humanas, consiste en aquellas que vienen con nuestro manual básico para la vida. Es decir, da igual que hayas nacido en Sudán que en París, que las vas a sentir.

Las emociones guían nuestro comportamiento

Es algo que repito mucho en consulta, las emociones son como unas gafas que hacen que veamos las cosas de una manera u otra. Guía nuestra forma de pensar y por tanto, nuestro comportamiento.

Siempre recordaré cuando en una clase del máster un profesor nos dijo: cuando estés felices disfrutadlo, pero nunca toméis decisiones importantes ni hagáis promesas.

 

¿Qué emociones básicas hay?

Las emociones básicas son: rabia, vergüenzaculpa, alegríatristeza, y miedo. Aunque esto puede variar en función del autor, ya que algunos no reconocen la culpa como una emoción principal, y otros además de las ya citadas, incluyen otras como el asco o la sorpresa que son tradicionalmente emociones secundarias.

Siguiendo el paralelismo entre una persona de Sudán y otra de París, lo que va a diferir van a ser las situaciones en las que las vas a sentir. Profundizaré sobre esta cuestión más adelante.

 

Listado con los 9 tipos de emociones y sus ejemplos

Existen diferentes tipos de emociones. Este listado te puede ser para aprender a identificar cada una de tus emociones y saber cómo gestionarlas. Sin embargo, ten en cuenta que las personas somos un sistema complejo, donde muchas veces estas se cruzan o sentimos varias de ellas a la vez.

Estos son los principales tipos de emociones:

Rabia o ira

La rabia es una emoción defensiva, nos sirve para refirmarnos. Solemos sentirla en el pecho y/o en forma de tensión en todo el cuerpo.

La rabia en cierta manera nos empodera y nos hace, hablando en plata, que todo nos la sople. El problema de esto son las nefastas consecuencias que después suele tener sobre nuestra vida.

Para cuidar nuestra salud, lo peor que podemos hacer con ella es reprimirla. Tenemos que aprender a canalizarla. La rabia es energía y debemos aprender a soltarla de forma dosificada.

Asco

Sí, como lo oyes. El asco es una de las emociones básicas que existen y no solamente aparece cuando olemos algo desagradable o consumimos un alimento en mal estado.

Incluso puede suceder en el vínculo con nosotros mismos. Es la emoción que sienten las personas con complejos físicos cuando se miran al espejo.

 

Vergüenza

El cometido que tiene la vergüenza es aprender a regularnos socialmente. Gracias a ella sabemos que es apropiado y que inapropiado en según qué circunstancias. Se siente generalmente en el rostro (los famosos coloretes).

Es una mezcla entre el miedo y la rabia. bas El miedo hace que nos retrotraigamos. La similitud con la rabia es bastante aunque no lo parezca a priori. La diferencia consiste en que mientras esta última va dirigida

hacia fuera, la vergüenza lo hace hacia dentro: como se te ocurre decir eso…¿eres tonto?

La vergüenza es una emoción que cuanto más intentas apagarla a lo bruto, más se activa. Es una emoción un poco rebelde. Lo mejor que podemos hacer cuando la sintamos es aceptarla y reconocerla. Aceptar nuestra vulnerabilidad.

Miedo

Existe actualmente una gran campaña de descrédito al miedo, con aquello de no tenerle miedo a nada. Sin embargo, seguramente sea la emoción de la que más depende nuestra supervivencia por motivos obvios. Es habitual sentirla en el estómago o en el pecho.

El miedo se orienta hacia el futuro, es la emoción que media tanto en que no nos atropelle un coche, como en que no perdamos todos nuestros ahorros.

El miedo se nutre de la incertidumbre y de la preocupación. Sus respuestas favoritas para sentirse tranquilo son el control y la evitación. La forma de trabajar el miedo es con exposición y afrontamiento.

Culpa

La culpa tiene una función parecida a la vergüenza. De hecho, son dos emociones que suelen coincidir en algunos tipos de personas con miedo a hacer daño o molestar. Sirve para recapacitar y sobre todo para remediar. Lo habitual es sentirla en la garganta, pecho o estómago.

La culpa es una emoción muy engorrosa y de la que cuesta deshacerse. Me gustaría decir muchas cosas sobre ella ya que es una emoción principal en consulta, pero lo dejaré para otro artículo.

Es importante adquirir con ella un nuevo modelo de relación. Habitualmente hemos aprendido que cuando hacemos algo mal merecemos un castigo, en vez de un remedio. Este castigo es la tortura mental a la que nos sometemos cuando nos equivocamos, fallamos a alguien, etc.

Tristeza

Gracias a Inside out muchas personas reconocen actualmente el valor adaptativo de la tristeza. Nos sirve para echar de menos, sentir compasión e incluso para conectar con nosotros mismos.

Es raro sentir tristeza en alguna parte del cuerpo concreto, suele ser una sensación que nos invade por completo apagándonos. A veces podemos sentirla en forma de vacío en el pecho o estómago.

También sirve para rendirnos. A priori cabría pensar que eso no es algo positivo, pero claro que lo es. En muchas ocasiones es necesario dejar de luchar contra algo que no va a cambiar. Desde haber perdido el tren, hasta aceptar el fallecimiento de un ser querido.

Con la tristeza deberemos aprender a darle espacio y aceptarla. Pasado un tiempo adecuado, debemos dejar de prestarle tanta atención. Si la negamos malo, pero si nos quedamos en ella, se extenderá.

Serenidad

No está claro que la serenidad sea una emoción, ni tan siquiera un sentimiento, más bien hablaríamos de un estado. Sin embargo, conviene cómo mínimo hablar de ella.

Cuando estamos serenos nuestro cuerpo produce acetil colina, esto es lo que ocurre por ejemplo cuando miramos la felicidad. Este estado de paz mental es el más parecido a la “felicidad” y no la alegría.

Alegría

Siempre se ha dicho que la serotonina es la hormona de la felicidad. Pues el neurotransmisor principal de esta emoción no es esta, si no la dopamina.

La dopamina es la encargada de provocar motivación y euforia. Sobre la alegría sólo tengo que decirte una cosa que me dijo mi profesor de máster: “Cuando estés feliz disfrútalo, pero no tomes decisiones”.

Es

sábado, 1 de mayo de 2021

El arte de pensar bien para vivir mejor


VALERIA SABATER    |    La Mente es Maravillosa    |    01/04/2020

   

Pensar bien, tener un mayor control sobre el flujo de nuestros pensamientos es invertir en calidad de vida. Porque quien controla el rumor de la negatividad es capaz de influir directamente sobre sus emociones. Porque quien piensa y siente mejor influye en su comportamiento, en su organismo e incluso en su propia salud. Al fin y al cabo, la felicidad parte de lo que ocurre dentro de nosotros, no fuera.

 

A pesar de que todos tengamos claros estos principios, en nuestro día a día sigue pesando en exceso esa voz crítica y amante de la negatividad. Es ella la que nos recuerda los fallos del ayer. Es esa presencia la que tira de nosotros para llevarnos al umbral de la ansiedad, anticipándonos lo que puede o no puede ocurrir si no hacemos esto o lo otro. Lejos de desesperarnos por este estilo de pensamiento que a menudo nos caracteriza, vale la pena tener claro un aspecto.

“Ningún pesimista ha descubierto nunca el secreto de las estrellas o abierto la esperanza a otro ser humano”. – Hellen Keller

Los neurocientíficos nos recuerdan que el cerebro humano está programado para centrarse en lo negativo. No es una maldición ni un castigo impreso en nuestro ADN. Es nuestro mecanismo de supervivencia. Al anticipar los peligros (aunque estos no sean reales) preparamos a nuestro organismo para defendernos de ellos. Dimensiones como la preocupación, la inquietud o la ansiedad liberan al instante diversas sustancias químicas como el cortisol, para permitirnos estar siempre “alerta”.

 

Por otro lado, algo que nos señalan también los neuropsicólogos es que los pensamientos negativos actúan como el humo del tabaco. No solo impactan sobre nuestra salud y bienestar. A menudo, quedan impresos en nuestros entornos, afectando a nuestras familias, amigos, compañeros de trabajo… Porque el cerebro de quien nos escucha también cambia, también acaba sintiéndose nervioso e irritable…

 

Aprendamos por tanto a pensar mejor, invirtamos en calidad de vida entrando el estilo de nuestros pensamientos.

Pensar bien para entrenar a tu cerebro hacia el bienestar

Barbara Fredrickson es una conocida científica de la Universidad de Stanford, famosa por sus estudios sobre psicología positiva. Tal y como nos explica en sus trabajos, superar el sesgo de la negatividad es un reto que, al conseguirlo, se transforma en una inversión rentable. Más que un arte, pensar bien es el resultado de un entrenamiento continuado con el cual cambiar la programación de “fábrica” de nuestro cerebro.

 

Como ya sabemos, la inclinación natural de nuestra mente es focalizarnos en lo negativo para garantizar nuestra supervivencia. Por tanto, debemos ser capaces de incluir en nosotros otro plan de ruta, otro programa más sofisticado con el cual invertir no solo en evitar riesgos, sino también en bienestar, en felicidad. Al fin y al cabo, un buen pensamiento genera claridad, equilibrio y dirección. Es dejar de perdernos en las marismas del miedo para ser más proactivos, más seguros de nosotros mismos.

Veamos a continuación cómo podemos entrenar a nuestro cerebro para que aprenda a pensar bien, a pensar en positivo.

1. Entrena tu atención para focalizarla en el presente

Daniel Goleman nos recuerda en su libro “Focus” la importancia de entrenar nuestra atención. Debemos verla casi como un músculo, una entidad que poner a nuestro servicio, y no al servicio de una mente errática. El objetivo, es que este proceso psicológico básico esté más controlado por nosotros que por los estímulos externos o un pensamiento anárquico.

·        Como curiosidad, cabe recordar que el circuito del pensamiento se extiende a lo largo del giro cingulado posterior y el córtex prefrontal medial. Nuestros razonamientos fluyen a través de estas estructuras cerebrales. En ocasiones, esa carretera de células, conexiones y neuronas está tan hiperactivada que es difícil tener un control sobre ella. Al poco aparece el agotamiento, el estrés, la apatía, la negatividad…

 

·        Un modo de tener control sobre el pensamiento es controlando nuestra atención. Para lograrlo, nada mejor que “desconectar” ese flujo de pensamientos. Intentemos durante al menos 15 minutos, no pensar en nada. Imaginar la superficie de un lago silenciosa y lisa como un espejo. Todo es equilibrio, no hay sonidos. Solo calma.

·        Una vez logremos silenciar el rumor de pensamientos, centraremos nuestra atención en lo que nos envuelve. En el momento presente.

2. Pensar bien, el arte de tener un propósito

Pensar bien exige tener un propósito. La negatividad y todo ese rumor de pensamientos invalidantes es como un ciclón sin rumbo que todo lo atrapa. Por tanto, para romper con ese sesgo mental improductivo es necesario definir nuestro propósito.

Quiero sentirme bien, quiero tener calma, quiero lograr mis objetivos, quiero estar bien conmigo mismo…

 

Todas esas metas tienen una direccionalidad, un sentido claro. Así, y una vez tengamos nuestra atención focalizada en el momento presente, lo que haremos es enunciar uno por uno todos nuestros propósitos con convencimiento. La fijación de objetivos es clave de bienestar, es dar sentido a la vida, es ilusionarnos y dejar que esas emociones positivas influyan en nuestra conducta.

3. Entrena la capacidad de tu cerebro para trabajar con información positiva

Pensar bien no solo requiere de un buen enfoque, de una adecuada atención, propósitos y voluntad. Requiere a su vez extender redes en nuestro cerebro para recordarle la importancia de trabajar con información positiva. ¿Qué queremos decir con esto? Básicamente que en ocasiones, aunque nos digamos aquello de “tengo un objetivo que cumplir” nuestra mente, a veces, sigue posicionada en mecanismos antiguos, en rutas de acción negativas e invalidantes.

 

·        Para trabajar con información positiva hay que derribar nuestras actitudes limitantes.


·        Asimismo, hay que dar forma a un yo más relajado, abierto a la experiencia y optimista. Debemos dejar a un lado los errores del ayer para ver las oportunidades del presente.


·        Asimismo, nos será muy útil aprender a poner filtros para quedarnos solo con la información útil, la que ayuda, la que estimula y no la que nos coloca una vez más en nuestra zona de confort.


Para concluir, sabemos que pensar bien nos permite sin duda vivir mejor y disfrutar de un adecuado equilibrio interior. Ahora bien, el “buen pensamiento” exige a su vez un profundo trabajo personal. Debemos reconciliarnos con nuestro “yo” presente para sentirnos merecedores de algo mejor. Solo así nuestro “yo” futuro se consolidará como alguien más fuerte, creativo y amable consigo mismo.

miércoles, 28 de abril de 2021

Detrás de un niño hiperactivo, ¿traumas o estrés infantil?

 

VALERIA SABATER     |    La Mente es Maravillosa    |    15/07/2020

Detrás de un niño hiperactivo, a veces, puede existir la marca de un trauma. Caer en un diagnóstico desacertado podría traer efectos muy serios en la vida del pequeño.


Detrás de un niño hiperactivo pueden existir realidades muy delicadas. Así, y por llamativo que nos parezca, en ocasiones nos dedicamos a medicar comportamientos sin comprender primero qué factores impulsan y subyacen detrás de determinadas conductas. Hay pequeños que sufren estrés, otros que viven en entornos desestructurados y otros que padecen problemas de apego…

 

Empezaremos señalando antes de nada que estamos ante un tema muy sensible. Sensible para los profesionales de la salud y complejo también para las familias con niños diagnosticados con TDAH. En primer lugar, son muchos los psicólogos, psiquiatras y neurólogos que se quejan de esa posición por parte de quienes asumen que el trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad no es real.

 

Este síndrome conductual presenta un amplio espectro de manifestaciones y según Según Murphy y Gordon (1998), suele afectar entre un 2 y un 5% de la población infantil. Aparece antes de los 7 años y, en caso de no recibir un diagnóstico adecuado, es muy probable que en edades adultas aparezcan otros problemas asociados, como trastornos de ansiedad e incluso depresiones.

 

La existencia de niños hiperactivos, impulsivos, y con problemas de atención viene documentada desde el siglo XIX.  El pediatra británico Sir George Frederic Still (1868–1941) fue el primero en describir esta condición. A día de hoy, tanto psicólogos clínicos como psiquiatras siguen defendiendo la realidad del TDAH.

 

No obstante, hay un hecho que enfatizan por encima de todas las cosas: la necesidad de realizar un diagnóstico correcto.

 

Detrás de un niño hiperactivo no siempre hay TDAH (trastorno de déficit de atención con o sin hiperactividad)

Hay niños nerviosos, pequeños que presentan conductas desafiantes, violentas y disrruptivas en clase. Asimismo, y por otro lado, también hay niños inquietos e incapaces de desplegar todo su potencial cognitivo porque las condiciones del aula no se ajustan a sus necesidades educativas.

 

En este caso tenemos dos realidades muy distintas que no pueden etiquetarse de igual modo bajo el término TDAH. Y es aquí donde se abre la auténtica raíz del problema. No todos los alumnos vagos, revoltosos, molestones o tendentes a las rabietas pueden caer en una misma categoría. Los habrá que se beneficien enormemente de una adaptación curricular específica para este síndrome conductual.

 

Sin embargo, otros pequeños necesitarán otro tipo de asistencia. Porque a veces, detrás de un niño hiperactivo subyace un trauma. En estos casos, ni las adaptaciones escolares ni las medicaciones pueden arreglar por ejemplo, un entorno familiar abusivo, caótico o desestructurado.

La historia de un caso

Nicole Brown, es una psiquiatra infantil que trabaja en el Hospital Johns Hopkins de Baltimore. Su caso particular fue publicado en numerosos medios con un fin muy concreto: sensibilizar a los colegios, a los médicos, psicólogos y psiquiatras de la necesidad de llevar a cabo diagnósticos más precisos, sensibles y ajustados.

 

En la reunión anual de Sociedades Académicas Pediátricas, la doctora Brown presentó una amplia información recabada a lo largo de sus años de trabajo en el hospital psiquiátrico. Informó que una buena parte de los niños diagnosticados con TDAH no lo eran en realidad, de hecho tras un niño hiperactivo lo que había muchas veces era hipervigilancia estrés y disociación, es decir, un trauma.

 

Eran esos casos donde ni la terapia conductual ni los estimulantes funcionaban. Eran situaciones más delicadas donde el origen estaba ni más ni menos que una familia disfuncional o un hecho traumático sufrido en algún momento.

 

La importancia del diagnóstico 

Los doctores Marc Ferrer, Óscar Andió y Natalia Calvo, realizaron un interesante estudio donde diferenciar la sintomatología en edades adultas de los traumas, de los trastornos límite de personalidad y del TDAH. Se sabe, que las marcas traumáticas originan comportamientos muy similares a la hiperactividad y que a medida que el niño crece y se convierte en adulto, sus efectos son mucho más adversos.

·        Detectar por tanto en edades tempranas la existencia de este tipo de realidades es por tanto indispensable.

·        Porque el comportamiento desatento, impulsivo y nervioso no responde en el 100% de los casos al TDAH y esto es algo que deben saber los educadores así como cualquier persona que trabaje a diario con niños.

·        En algunas ocasiones, detrás del niño hiperactivo lo que hay es adversidad, sufrimiento familiar y estrés infantil.

·        De este modo, los buenos profesionales, los psiquiatras infantiles y psicólogos clínicos saben bien que cualquier evaluación incluye también a la  familia y ese entorno a veces complejo en el que viven algunos pequeños.


Asimismo, y por otro lado, también cabe puntualizar otro aspecto: los padres y las madres con niños diagnosticados de forma acertada con TDAH, saben que ellos no son responsables de este síndrome conductual.

Lo que tienen por delante, eso sí, es todo un proceso donde atender (en conjunción con la escuela) esas necesidades particulares que exigen estos pequeños a menudo tan brillantes y llenos de posibilidades.