miércoles, 2 de junio de 2021

La importancia de educar en el asombro y en la realidad


Catherine L’Ecuyer -Doctora en Educación y Psicología-, artículo publicado en el Periódico Escuela 

“Ahora vamos a hacer una ficha. Vamos a pintar un conejo que vive en una granja. Luego vamos a ver unas letras en la tableta. Y luego vamos a escuchar una grabación en inglés. Y, finalmente, os voy a explicar por qué hay que ser generosos.” ¿Qué ocurre en un niño de 4 años que se encuentra en una clase así? ¿Cómo aprenden los niños? ¿Aprenden a través de fichas, pantallas y discursos?  

Los niños nacen con asombro. El asombro es “no dar el mundo por supuesto”. Decía Tomás de Aquino que el asombro es “el deseo de conocer”. ¿Qué asombra? La belleza de la realidad. Los niños necesitan realidad para aprender, porque el cerebro humano está hecho para aprender en clave de realidad. Los niños, por ejemplo, aprenden a través de experiencias sensoriales concretas para comprender el mundo y comprenderse a sí mismos. De hecho, los últimos estudios en neurociencia nos confirman que la memoria semántica (de conocimientos conceptuales) y la memoria biográfica (de los acontecimientos vividos a través de las experiencias percibidas) todavía no están diferenciadas en la infancia. Esas dos memorias se diferenciarán poco a poco a lo largo de la adolescencia, hasta la edad adulta, lo que nos indica que los niños no aprenden las cosas a través de discursos, fichas o pantallas, sino que necesitan experiencias reales y relaciones interpersonales “en directo”. 

Necesitan tocar al conejo, no pintarlo en un fichero. Necesitan ver y oler la granja, no escuchar hablar de ella. Para interiorizar la generosidad, necesitan ver la belleza de esa virtud en acción, no escuchar discursos sobre ella. Para aprender un idioma, necesitan escuchar hablarlo por una persona en carne y hueso que les quiere (su principal cuidador). Por ejemplo, los estudios confirman que los niños no aprenden idiomas ni por CD ni por DVD, y que esos medios pueden contribuir incluso a la reducción del vocabulario en niños más pequeños. Estudios sobre el Video Deficit Effect (efecto deficitario del vídeo) confirman que existe un déficit de aprendizaje cuando un niño aprende a través de la pantalla en vez de “en directo”. Y, por eso, si le decimos a un niño pequeño que deje de gritar, pero se lo decimos gritando, puede ocurrir el efecto contrario al deseado. Susurrando conseguiríamos más resultados… 

Los niños triangulan entre la realidad y la persona que asume el rol de mediador entre ellos y esa realidad. En casa ese mediador son los padres mientras en el aula es el maestro. ¿Qué es lo primero que hace un niño cuando descubre un caracol en el patio del colegio? “¡Mira!”, va diciendo corriendo a su maestro. Como decía Rachel Carson, “para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro, se necesita la compañía de al menos un adulto con quien poder compartirlo (…)”. Si su maestro se asusta del caracol, el niño hará lo mismo y lo tirará al suelo. Si el maestro aprueba, el niño empezará a jugar con el molusco sin miedo. Por eso decía la Madre Teresa de Calcuta, “no te preocupes porque tus hijos no te escuchan, te observan todo el día”. Los niños calibran la realidad a través de nuestra mirada, que hacen suya. 

¿Cuál es el pilar que fundamenta ese triángulo entre el niño y la realidad? Es el vínculo de apego. Por ese motivo, es tan importante que cada niño pueda desarrollar un apego seguro con su maestro. Ese vínculo convierte al maestro en una base de exploración segura para que el niño pueda lanzarse a aprender, movido por el asombro. El apego seguro es un vínculo de confianza que es consecuencia de haber atendido con prontitud las necesidades básicas del niño. ¿Cómo un maestro puede atender con prontitud las necesidades básicas de cada niño en una clase de 15 o 20 niños? Buena pregunta, quizás podríamos hacer esa pregunta a las personas que marcan los ratios en la etapa de Infantil. 

En definitiva, el rol del maestro es triple. Primero percibir las necesidades del niño, a través de la sensibilidad. Segundo, calibrar la realidad para el niño. Tercero, acompañar el niño discretamente en su exploración. Ninguna de esas tareas pueden ser realizadas por una pantalla, pues tanto la sensibilidad, “calibrar la realidad” como el acompañamiento discreto son actos profundamente humanos que ni un dispositivo ni los algoritmos de una aplicación, por muy perfectos que sean, pueden replicar.

En conclusión, en un mundo educativo cada vez más “digitalizado”, hemos de recordar que el papel del maestro tiene mucha más trascendencia de la que nos imaginamos. No solo porque el maestro es base de exploración hacia la realidad, sino también porque transmite a sus alumnos las actitudes que haya encarnado con su vida. Porque la belleza que asombra, solo se transmite a través de la belleza. Es necesario que los maestros se den cuenta del impacto que tienen y tendrán, no solo en toda una generación de niños, sino también en el futuro de la humanidad, porque como decía Kundera: “Los niños no son el futuro porque algún día vayan a ser mayores, sino porque la humanidad se va a aproximar cada vez más al niño, porque la infancia es la imagen del futuro”.

martes, 1 de junio de 2021

Depresión mayor: síntomas, causas y tratamiento


JONATHAN GARCÍA-ALLEN      |      Psicología y Mente

Un trastorno del estado de ánimo muy grave y que requiere terapia psicológica. 

A lo largo de nuestras vidas, es posible sentir tristeza por algún motivo o pasar una mala racha en el terreno emocional. Y a pesar de que a nadie le gusta pasar por estos baches, lo cierto es que el sufrimiento puede incluso hacerte crecer como persona, y, en definitiva ser positivo para tu desarrollo personal.

Sin embargo, es necesario ser conscientes que, en algunos casos, lo que podríamos pensar que es simple tristeza o un bajón emocional, en realidad es un proceso depresivo; es decir, patológico. Existen distintos tipos de depresión, y en este artículo hablaremos sobre el trastorno depresivo más grave: la depresión mayor. Veamos en qué consiste este fenómeno psicopatológico.

 

Depresión mayor: ¿qué es?

La depresión mayor, también conocida como depresión unipolar, es un trastorno del estado de ánimo que se caracteriza por la aparición de uno o varios episodios depresivos de mínimo dos semanas de duración, y presenta un conjunto de síntomas de predominio afectivo (tristeza patológica, apatía, anhedonia, desesperanza, decaimiento, irritabilidad, etc.). Sin embargo, también suelen estar presentes síntomas de tipo cognitivo, volitivo y somático durante su curso.

Así pues, las personas que presentan depresión mayor no están simplemente "tristes", sino que tienden a mostrar una extrema falta de iniciativa para hacer cualquier cosa, así como incapacidad para estar alegres y sentir placer, fenómeno que se conoce como anhedonia. También experimentan otros problemas tanto físicos como psicológicos que dañan significativamente su calidad de vida.

Por otro lado, la depresión mayor también afecta a cómo se piensa y se razona. En general, la falta total o parcial de motivación hace que las personas que han entrado en una crisis de este tipo parezcan ausentes y no tengan ganas de hacer nada, ni siquiera pensar mucho (lo cual no significa que presenten discapacidad mental).

El cuadro depresivo mayor puede dividirse en leve, moderado o grave, y suele tener su inicio durante la adultez joven, si bien puede surgir en prácticamente cualquier etapa de la vida. El individuo que padece esta condición puede experimentar fases de estado de ánimo normal entre las fases depresivas que pueden durar meses o años.

Por otro lado, la depresión mayor es un tipo de depresión unipolar, es decir, que no presenta fases de manía (lo cual la diferencia de la bipolaridad), y el paciente puede tener problemas muy serios si no recibe el tratamiento adecuado.

 

¿Es un fenómeno psicopatológico único?

Si bien la depresión mayor es uno de los conceptos más importantes del mundo de la psiquiatría y la psicología clínica y de la salud, muchos investigadores cuestionan que sea algo más que un conjunto de trastornos similares entre sí y que en realizad no comparten causas ni lógicas de funcionamiento. Esto es así porque las personas que experimentan depresión pueden manifestar los síntomas de una manera variada, y responden al tratamiento de un modo que es también muy diverso.

Es probable que, a medida que se investiga más acerca del tema, vayan surgiendo nuevas maneras de clasificar estos síntomas. Sin embargo, hoy por hoy el constructo psicológico de "depresión mayor" ayuda a tratar a muchas personas que necesitan tratamiento por parte de profesionales y que pueden beneficiarse de la terapia, algo importante si tenemos en cuenta que esta alteración de la salud mental está vinculada al riesgo de suicidio y que además normalmente produce un gran sufrimiento.

 

Síntomas frecuentes

Según la quinta edición del Manual Diagnóstico Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-V), para el diagnóstico de la depresión mayor, el sujeto debe presentar cinco (o más) de los siguientes síntomas durante el periodo depresivo (al menos dos semanas).

·        Estado de ánimo depresivo la mayor parte del día, casi todos los días

·        Pérdida de interés en las actividades que antes eran gratificantes

·        Pérdida o aumento de peso

·        Insomnio o hipersomnia

·        Baja autoestima

·        Problemas de concentración y problemas para tomar decisiones

·        Sentimientos de culpabilidad

·        Pensamientos suicidas

·        Agitación o retraso psicomotores casi todos los días

·        Fatiga o pérdida de energía casi todos los días

Es importante no confundir la depresión mayor con otros trastornos del estado de ánimo similares, como la distimia. Esta alteración psicológica también está asociada a muchos de los síntomas de la depresión mayor, pero presenta algunas diferencias. Principalmente, lo que permite distinguir la distimia de la depresión mayor es que la primera se desarrolla a lo largo de ciclos más largos (de al menos dos años), la intensidad de los síntomas es menor, y típicamente no se presenta anhedonia.

 

Tipos de depresión mayor

Además, el DSM-V especifica que los síntomas han de causar malestar clínicamente significativo o deterioro en lo social, laboral u otras áreas importantes del funcionamiento. El episodio no se puede atribuir a los efectos fisiológicos de una sustancia o de otra afección médica, y el episodio de depresión mayor no se explica mejor por un trastorno esquizoafectivo, esquizofrenia, trastorno esquizofreniforme, trastorno delirante, u otro trastorno especificado o no especificado del espectro de la esquizofrenia y otros trastornos psicóticos.

Existen dos tipos de depresión mayor:

·        Depresión mayor con episodio único: solamente existe la presencia de un sólo acontecimiento depresivo en la vida del paciente.

·        Depresión mayor recidivante: Los síntomas depresivos aparecen en dos o más episodios en la vida del paciente. La separación entre episodios depresivos debe ser de al menos 2 meses sin presentar los síntomas

 

Causas de este trastorno del estado de ánimo

La depresión mayor es un fenómeno multifactorial, por lo que diferentes factores podrían causar esta psicopatología: factores genéticos, vivencias de la infancia y adversidades psicosociales actuales (contexto social y aspectos de la personalidad).

Además, las dificultades en las relaciones sociales, las disfunciones cognitivas o el estatus socio-económico podrían ser factores de riesgo para el desarrollo de este trastorno. Probablemente, pero, la interacción de factores biológicos, psicológicos y sociales favorezca la aparición de la depresión mayor.

También se ha vinculado la depresión mayor con una falta de dopamina en el sistema de recompensa del cerebro, lo cual hace que la persona no tenga objetivos. Este hecho puede ser el desencadenante de un estilo de vida sedentario y monótono y de los graves problemas de autoestima que suelen aparecer en estos casos.

 

Tratamiento

La depresión mayor es una patología seria pero, afortunadamente, tratable. Las opciones de tratamiento suelen variar dependiendo de la gravedad de los síntomas, y en casos graves, la administración de psicofármacos (de tipo antidepresivo) combinado con la psicoterapia parece ser el tratamiento más apropiado.

Ahora bien, en los últimos años se ha mostrado la eficacia de otros tratamientos, por ejemplo, el de la Terapia Electroconvulsiva (TEC), que suele emplearse cuando la sintomatología depresiva es severa o la terapia con fármacos no da resultado. Eso sí, esta terapia no es comparable al viejo electroshock, ya que la intensidad de las descargas es mucho menor y es indolora, dado que se realiza con anestesia.

En las sesiones de psicoterapia se entrena a los pacientes con depresión a desarrollar hábitos para participar en actividades del día a día de forma activa. Este tipo de intervenciones basadas en la activación conductual hacen que la persona vaya descubriendo nuevas formas de auto-motivarse. Como veremos, también se potencia las habilidades de auto-conocimiento y reconocimiento de emociones y el cuestionamiento de creencias disfuncionales mediante reestructuración cognitiva.

Por otro lado, mientras que el Mindfulness ha mostrado cierta eficacia al intervenir en casos de depresión leve, con la depresión mayor no parece funcionar más que para prevenir la recaída. Las personas diagnosticadas con depresión mayor pueden recaer con facilidad en este tipo de crisis, de modo que el tratamiento se plantea como una ayuda de por vida (aunque no necesariamente con frecuencia semanal). Además, los métodos utilizados para evitar las recaídas son diferentes a los utilizados cuando el paciente está viviendo una crisis de depresión.

 

Tratamiento con psicoterapia

La terapia psicológica ha demostrado ser una herramienta eficaz para el tratamiento de la depresión, especialmente la terapia cognitivo-conductual. Este tipo de terapia considera al paciente como un sistema que procesa información del medio antes de emitir una respuesta. Es decir, el individuo clasifica, evalúa y da significado al estímulo en función de su conjunto de experiencias provenientes de la interacción con el medio y de sus creencias, suposiciones, actitudes, visiones del mundo y autovaloraciones.

En la terapia cognitivo conductual se emplean distintas técnicas que pretenden tener un efecto positivo sobre la autoestima baja, los estilos negativos de resolución de problema o la manera de pensar y evaluar los acontecimientos que ocurren alrededor del paciente. A continuación se muestran algunas de las técnicas cognitivo conductuales más habituales:

·        La autoobservación, las hojas de registro o el establecimiento de metas realistas técnicas son técnicas que se suelen emplear y han mostrado su eficacia.

·        Reestructuración Cognitiva: La reestructuración cognitiva se emplea para que el paciente pueda tener conocimiento sobre sus propias emociones o pensamientos y pueda detectar pensamientos irracionales y sustituirlos por ideas o creencias más adaptativas. Entre los programas más conocidos para el tratamiento de la depresión, se encuentran: el programa de reestructuración cognitiva de Aaron Beck o el de Albert Ellis.

·        Desarrollo de habilidades de resolución de problemas: Los déficits en solución de problemas están relacionados con la depresión, por lo que el entrenamiento en resolución de problemas es una buena estrategia terapéutica. Además, el entrenamiento en habilidades sociales y el entrenamiento asertivo también son tratamientos útiles para esta condición.

Otras formas de terapia psicológica también han demostrado su efectividad para el tratamiento de la depresión. Por ejemplo: la psicoterapia Interpersonal, que trata la depresión como una enfermedad asociada a una disfunción en las relaciones personales; o la terapia cognitiva basada en mindfulness.

Tratamiento farmacológico

Aunque en casos menos graves de depresión o en otros tipos de depresión no siempre es necesaria la aplicación de psicofármacos, en casos graves del trastorno depresivo se aconseja la administración de distintos medicamentos durante un periodo de tiempo determinado.

Los fármacos antidepresivos más empleados son los siguientes:

 

·        Antidepresivos tricíclicos (TCAs): Estos se conocen como fármacos antidepresivos de primera generación, aunque raramente son empleados como primera alternativa farmacológica por sus efectos secundarios. Los efectos secundarios comunes provocados por estos medicamentos incluyen boca seca, visión borrosa, estreñimiento, dificultad para orinar, empeoramiento del glaucoma, alteración del pensamiento y cansancio. Estos fármacos también pueden afectar a la presión arterial y la frecuencia cardíaca, por lo que no son recomendables para personas mayores. Algunos ejemplos son: Amitriptilina, Clomipramina o Nortriptilina.

·        Inhibidores de la Monoaminooxidasa (IMAOs): Los IMAOs son antidepresivos que actúan bloqueando la acción de la enzima monoamino oxidasa. Como los anteriores, se emplean con menos frecuencia debido a sus efectos secundarios graves: debilidad, mareos, dolores de cabeza y temblores. La Tranilciprominao la Iproniazida son algunos ejemplos de este fármaco.

·        Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina (ISRS): Son los más empleados y suelen ser la primera opción en el tratamiento farmacológico de la depresión. Estos medicamentos suelen tener menos efectos secundarios que otros antidepresivos, aunque también pueden provocar boca seca, náuseas, nerviosismo, insomnio, problemas sexuales y dolor de cabeza. La Fluoxetina (Prozac) es el ISRS más conocido, aunque también suelen emplearse otros fármacos de este grupo, como: Citalopram, Paroxetina o Sertralina."

domingo, 30 de mayo de 2021

¿Son nuestros alumnos nativos digitales?

 

Catherine L’Ecuyer -Doctora en Educación y Psicología-, publicado en EDUforics el 26/10/18. 

“Nuestros alumnos han cambiado radicalmente. Los alumnos de hoy no son los alumnos para los que fue diseñado nuestro sistema educativo… Nuestros profesores son Inmigrantes digitales, que hablan un lenguaje arcaico (el de la era pre-digital), luchan para enseñar a una población que habla un idioma completamente nuevo.” En un artículo publicado en 2001 en la revista New Horizon, (Mark Prensky, 2001) acuñaba un término que en poco tiempo fue popularizado en todo el mundo: Nativo digital.

El nativo digital se define como aquel que, por haber nacido en la era digital, concretamente después del 1984, está acostumbrado a recibir y procesar la información de una forma que no puede hacerlo el que nació antes de esa era (el llamado Inmigrante digital). Según esa “hipótesis”, los nativos digitales tendrían ventajas cognitivas que afectan positivamente en su aprendizaje, sobre la generación que les precede. Por ejemplo, tendrían una ventaja respecto a la multitarea tecnológica.

A pesar de su popularidad, ese concepto fue puesto en cuestión en varios estudios, desde 2008. Concretamente, un informe publicado por un grupo de académicos (Rowlans et al., 2008), estima que el concepto de Nativo digital está sobrevalorado. Si bien, reconoce que los jóvenes demuestran una gran familiaridad y agilidad técnica con las tecnologías, el informe concluye que dependen demasiado de los motores de búsqueda y carecen de las competencias críticas y analíticas para poder entender el valor y la originalidad de la información en la Web. En conclusión, el informe considera que la llamada “Generación Google” no alcanza el nivel de alfabetización digital que se le atribuye. 

En 2017, la revista Teaching and Teacher Education publica un artículo en el que se hace una revisión de la literatura sobre el concepto de Nativo digital (Kirschner y De Bruyckere, 2017). Los autores concluyen que el concepto carece de fundamento científico. La creencia de que una persona nacida en la era tecnológica tiene más capacidades cognitivas relacionadas con el uso de la tecnología es un mito. Y la multitarea tecnológica también lo es.

Si bien es cierto que el ser humano tiene una gran capacidad de adaptación al entorno, una aplicación demasiado simple y sin matices del concepto de plasticidad cerebral en el contexto educativo se puede prestar a malas interpretaciones. Tal como indica el Consejo Interamericano para el Desarrollo Integral, la plasticidad tiene sus limites. Por lo tanto la tensión a la que una persona esta sujeta es posible dentro de unos márgenes, más allá de los cuales los estímulos pueden inducir cambios que comprometen su integridad, y por lo tanto el aprendizaje (Executive Secretariat for Integral Development: Department of Education and Culture, 2007). De hecho, un estudio realizado por Clifford Nass (Ophir, Nass y Wagner, 2009), en la Universidad de Stanford, habla de las tres facturas que pasa la multitarea tecnológica1) un empeoramiento de la memoria de trabajo 2) una pérdida de la eficacia en la oscilación de una tarea a otra y 2) una pérdida del sentido de relevancia. Nass concluye: “los que hacen multitarea tecnológica están enamorados de la irrelevancia”. 

Respecto a la educación digital, una recomendación europea de 2006 describe la importancia de desarrollar las siguientes competencias digitales: el uso del ordenador para poder encontrar, valorar, producir, presentar e intercambiar información, así como la participación en redes de comunicación en las redes. Ahora bien, desde 2006, ha pasado tiempo y el uso de los dispositivos electrónicos (Smartphone, redes, Internet, tabletas, ordenadores) ha cambiado y se ha multiplicado y normalizado entre jóvenes y también entre adultos, hasta el punto de convertirse en una preocupación a nivel educativo y social. En ese sentido, los resultados de muchos de los datos sobre los cuales se apoyan esos documentos están completamente desfasados. 

De hecho, las competencias en las TICs se han enfocado, en muchas ocasiones, desde un punto de vista demasiado técnico (ej. manejo técnico de la herramienta, motores de búsqueda, etc.). Sabemos que el uso técnico de esas herramientas es relativamente fácil, puesto que la tecnología está diseñada para ser intuitiva. Es Plug & Play. La verdadera preparación para un buen uso de las tecnologías reside en la comprensión del contexto, que no se desarrolla en un entorno descontextualizado como es el contexto online. La mejor preparación se adquiere en el entorno offline, que es el mundo real. Lo que a menudo falta en el joven usuario es el criterio para poder valorar la información que se le propone. En realidad, ese espíritu crítico, poco tiene que ver con unas competencias digitales meramente técnicas. De hecho, el UNESCO propone ahora un concepto mucho más actual y pertinente: la competencia (alfabetización) mediática o informacional. 

Por otro lado, es crucial no confundir aprendizaje “individualizado” (un dispositivo por niño) con aprendizaje “personalizado”, o que se adapta al aprendiz mediante la sensibilidad del educador (sensibilidad de la que carecen los algoritmos). Un estudio realizado en el 2007 por McKinsey (Barber y Mourshed, 2007), compara 25 sistemas educativos exitosos en todo el mundo y concluye diciendo: “la calidad de un sistema educativo nunca estará por encima de la calidad de sus docentes”. ¿Por qué? El docente es aquel que conoce y ama a su materia y la trasmite con pasión, afecto, intuición y sensibilidad, cualidades que nunca tendrán los dispositivos tecnológicos, por mucho que el Silicon Valley esté dispuesto a invertir todo lo que quiera en ello. La educación es un asunto profundamente humano, no tecnológico. 

La tecnología es una herramienta estupenda, pero como decía Steve Jobs:

“Había llegado a pensar que la tecnología podría ayudar en la educación. Probablemente haya encabezado esa creencia …. Pero llegué a la conclusión inevitable de que el problema no es algo que la tecnología pueda esperar solucionar. Lo que no funciona con la educación no se arregla con la tecnología (Wolf, 1996).”

Quizás entonces nuestros hijos no hayan cambiado demasiado con respecto a como nosotros aprendíamos. Si es así, habrá que buscar otras explicaciones y soluciones a la desmotivación y el desencanto que encontramos hoy en nuestras aulas. Steve Jobs también dijo, en otra ocasión, que cambiaría si pudiese toda su tecnología por una tarde con Sócrates. Siguiendo sus buenos consejos, quizás haya llegado el momento de retroceder y de preguntarnos ¿qué podemos hacer para que nuestros hijos vuelvan a enamorarse de lo relevante?. Como decía Newton, “solo se puede entender algo que tiene sentido”. Quizás no nos vendría mal entonces hablar un poco menos de alfabetización digital, y un poco más de alfabetización filosófica.   

jueves, 27 de mayo de 2021

Reafirmación positiva: cómo ser tú mismo sin herir a los demás


VALERIA SABATER      |     La Mente es Maravillosa      |     19/04/2021 

Reafírmate de manera positiva y verás cambiar tu realidad. Nadie peca de egoísmos o altanería por confiar en su potencial, por priorizarse cuando lo necesita y por validar su autoestima para hacer frente a entornos estresantes.

La reafirmación positiva es un ejercicio de bienestar psicológico que todos deberíamos practicar. No hay nada malo en validarnos a nosotros mismos. Nadie debe sentirse herido o molesto si defendemos nuestros propios derechos con asertividad. Asimismo, pocas dimensiones refuerzan tanto la identidad, la motivación y la autoconfianza como reforzar lo que somos y lo que valemos.

Todos nosotros estaremos de acuerdo en dichas dimensiones. Sin embargo, en un mundo que en ocasiones se excede en materia de individualismos, llama la atención cómo el cuidado del yo se ve en ocasiones con malos ojos. De ahí, por ejemplo, que se le llame “egoísta" a quien se prioriza a sí mismo en medio de contexto familiar adverso y disfuncional.

Por tanto, siempre es buen momento para abrirnos camino sin miedo al arte de la reafirmación. Aunque nos cueste al principio, a largo plazo el beneficio se nota. Lejos de parecernos un simple recurso sacado de los manuales de crecimiento personal sin mucha base científica, lo cierto es que existe un gran respaldo académico detrás. Lo analizamos.

“Te has estado criticando a ti mismo durante años y no ha funcionado. Intente aprobarse a sí mismo y vea qué sucede". – Louise Hay - 

Claves para practicar la reafirmación positiva 

La reafirmación positiva es una estrategia que se usa de manera frecuente en terapia psicológica. Es una forma de identificar muchos de los mensajes negativos que nos decimos a nosotros mismos y cambiar ese discurso interno. De esta manera, podemos disminuir la rumia y los procesos de estrés (Koole et al., 1999; Wiesenfeld et al., 2001).

No basta con decirnos aquello de “yo soy valiente, yo puedo con todo". Esta técnica va mucho más allá porque permite detectar lo que no es saludable ni funcional para activar otro tipo de respuestas cognitivas y conductuales. Investigaciones, como los realizados en la Universidad de Pensilvania, señalan que las reafirmaciones activan los sistemas de recompensa cerebrales. 

Es decir, validarnos y reforzarnos a nosotros mismos no solo fortalece la autoestima, sino que además eleva nuestra percepción de logro. Nos sentimos más motivados para lograr cosas, para esforzarnos por aquello que queremos y deseamos. Todo ello nos demuestra sin duda algo innegable. Aquello que nos decimos a nosotros mismos tiene un impacto en el universo neurológico.

Ahora bien, ¿cómo poner en práctica la reafirmación positiva en nuestro día a día? ¿Cómo hacerlo sin que los demás nos tilden de individualistas o egoístas por elegir validarnos a nosotros mismos? Lo analizamos. 

Confío en mí, tengo en cuenta las propuestas ajenas, pero la última decisión siempre es mía.

Reafirmarnos para posicionarnos en la vida. Hacer uso de la reafirmación positiva para fortalecer la autoconfianza. ¿Practicas a menudo estos ejercicios? Si no es así es momento de hacerlo sin miedo porque para avanzar tu cotidianidad es necesario tomar buenas decisiones y estas necesitan como valioso ingrediente el poder de la confianza en uno mismo.

En estos contextos complicados, siempre es bueno tener en cuenta consejos ajenos. Atender toda propuesta, perspectiva y sugerencia. Sin embargo, nada es tan importante como decidir por ti mismo hacia dónde quieres ir. Todo ello también es autoafirmación.

Asertividad para reafirmarme y comunicar con eficacia 

Amabilidad, franqueza, respeto y valentía. La asertividad también conjuga esa reafirmación positiva con la que proteger tus necesidades y valores ante los demás.

De este modo, la persona hábil en esta competencia es capaz de expresar de manera directa y adecuada aquello que quiere sin recurrir a la agresividad. Es dejar a un lado la pasividad para alzarnos como protectores de las propias esencias.

Reafirmación positiva para recordarme todo lo bueno que me envuelve

En tu vida tienes cosas realmente valiosas. En tu realidad habitan personas extraordinarias y cuentas con tesoros únicos: buenos amigos, pareja, familia, etc. Reconocerlo no es de narcisistas, es de mentes inteligentes que saben apreciar lo que vale la pena. Asimismo, hay otro factor que debes considerar. 

La reafirmación positiva te recuerda todo lo mágico que tienes en tu vida, pero también te ayuda a clarificar lo que no te es beneficioso, ni útil ni satisfactorio. Siempre que detectes esto último, es adecuado que decidas si vale la pena o no mantenerlo en tu día a día.

En cada circunstancia y en cada momento, me comprometo a cuidar de mí 

Una reafirmación positiva no va de repetirte a ti mismo frases como “me libero de los pensamientos negativos para abrazarme a la felicidad" o “soy mejor que nadie y por eso me quiero". Hablamos de ir más allá; estas ideas, aunque inspiradoras, no siempre son prácticas. 

Para que tenga un impacto en el universo neurológico, la autoafirmación debe ser útil y aplicable a cualquier circunstancia. Por ejemplo, requiere que pensemos en lo siguiente: “en el viaje de mi vida me encontraré con situaciones complicadas y con instantes de calma. Sea cual sea el contexto que me rodee, confío en mí y en mis recursos. No siempre puedo cambiar mis circunstancias, pero sí el modo en que me enfrento a ellas". 

Esa es la clave. Nutrir la confianza, alimentar la autoestima en cada momento y tratarse como al mejor de los aliados. No como al peor enemigo. Piensa en ello, perspectivas como estas pueden traerte mucho bien. 

 

lunes, 24 de mayo de 2021

¿Quieres criar un adulto exitoso?. Implica al niño en las tareas de casa.

ROXANA IBAÑEZ MACHADO     |   La Vanguardia     |     21/08/2020 

La colaboración de los peques en el hogar aporta unos valores educativos que los padres no deberían despreciar

Limpiar la casa, hacer la cama, tirar la basura, poner la ropa en la cesta… ¡las tareas de la casa siempre están a la orden del día! Y a nadie le gustan, pero toca hacerlas, y sin excusas de edad y mucho menos de sexo. Pero, además, repartir las tareas entre todos los miembros de la familia aporta unos valores educativos que los padres no deberían despreciar. ¿Por qué es tan importante que los hijos colaboren en casa? ¿Qué tareas son aconsejables según su edad?

 

Los niños que realizan tareas en casa terminan convirtiéndose en adultos exitosos en su vida profesional, apunta un estudio realizado en la Universidad de Harvard y en el cual se basa el libro Cómo criar un adulto, de Juie Lythcott-Haims, exdecana de la Universidad de Stanford. Pero además es una manera ideal de contribuir a reducir la brecha de género ya en edad temprana, porque la realidad es que la desigualdad entre hombres y mujeres empieza muy pronto.

 

Hay múltiples razones para ponerlos a colaborar

 

Los datos corroboran la discriminación de género. Una investigación del Centro de Estudios Demográficos de la Universitat Autónoma de Barcelona (UAB) publicado en 2019 concluía que la desigualdad es patente en la adolescencia, pues las niñas dedican media hora más, de promedio, que los niños a las tareas domésticas. La diferencia se va ensanchando con los años y aumenta quince minutos de media en la franja de edad de 18 a 29.

 

A menudo tenemos tendencia a pensar que los niños no deberían hacer nada en casa. Pero es fundamental que se impliquen en las tareas del hogar porque les ayuda desde el punto de vista moral o ético, en el sentido de que es de justicia que cada uno se responsabilice de aquello que le corresponde, señala Roger Ballescà, psicólogo infantil y coordinador del Comité de Infancia y Adolescencia del Colegio Oficial de Psicología de Catalunya (COPC).

 

También desde el punto de vista práctico les ayuda a organizarse como personas mentalmente, y a afianzar el valor de la responsabilidad. Pero sobre todo les hace más autónomos, agrega el experto. “Aunque en nuestra sociedad hay cierta tendencia a la sobreprotección – reflexiona Ballescà –, se debe tener en cuenta que cuando a un niño o a una niña no se le deja hacer aquellas cosas para las cuales ya está preparado, lo que hacemos es limitar sus propias capacidades y autonomía”.

 

Asimismo, cuando los hijos colaboran con las tareas del hogar y ayudan a sus padres se ven como uno más dentro del seno familiar, con sus tareas, obligaciones y responsabilidades, como el resto de miembros de la casa, lo que favorece su autoestima y confianza, comenta Laura Aguilera, psicóloga infantil y fundadora de la web psicoayudainfantil.com.

 

Y hay más razones de peso para hacerles participar de los trabajos domésticos, según Aguilera. Además de ser autónomos y organizados, son capaces de incorporar nuevas rutinas, por lo que se adaptan con más facilidad. “Fomenta su desarrollo motor ya que deben trabajar la coordinación ojo-mano en las tareas, y ganarán en seguridad, ya que se verán capaces de hacer sus quehaceres, lo que les prepara para verse capaces de afrontar nuevas tareas en ámbitos distintos de su vida, como son los estudios y la escuela, así como su adaptación social con sus compañeros y amigos”, reflexiona Aguilera.

 

¡Hay una edad para empezar con los quehaceres de la casa?

 

Ya sabemos que hay más de una razón para implicar a los niños en los quehaceres del hogar. Pero, ¿a partir de qué edad es aconsejable inculcarles este hábito? Los niños son capaces de hacer ciertas cosas que tienen que ver con ellos desde que son bien pequeñitos; por ejemplo, coger un pañal y lanzarlo ellos mismos a la papelera, comenta el experto del COPC. “Y hay que aprovecharnos de eso –aconseja Ballescà–, porque si les acostumbramos desde temprana edad, lo viven como una tarea incorporada y muy asumida para ellos, y les cuesta mucho menos, porque lo han incorporado como una rutina o un hábito”.

 

Si empezamos a pedirles que hagan cosas en casa a una edad más avanzada puede que cueste más, agrega Roger Ballescà, quién además insiste en que el peor momento para empezar a enseñar estas tareas es la adolescencia. Porque si a algo le tiene alergia el adolescente es a sentirse obligado o forzado por el adulto a hacer determinadas cosas. Pero si desde pequeños han interiorizado las tareas del hogar como algo habitual, a esa edad probablemente no sea tan difícil, matiza.

 

Tanto en los pequeños como en los adolescentes lo más prudente es seguir el ritmo evolutivo de cada niño, puntualiza el psicólogo. Y la clave para implicarlos está en la perseverancia, la firmeza y el cariño de los padres. Se puede ser cariñoso con los peques pero al mismo tiempo firmes. Una cosa no está reñida con la otra, añade. También es importante tener claro que si no cumplen con una de sus responsabilidades a quien le debería generar un problema es a ellos, no a los que están a su alrededor. Por ejemplo, si un adolescente no lleva la ropa a lavar debería quedarse sin ropa limpia hasta el momento que eso le cause el suficiente problema como para que empiece a moverse y aprenda una cierta lección de ello. Pero si los padres convierten su problema en el de ellos, entonces va ser muy complicado que se muevan, advierte el experto.

 

Errores que los padres deben evitar

 

Pero también es cierto que hay ciertas actitudes o errores que los padres deben evitar a la hora de designarles ciertas tareas. Ballescà enumera algunos. El primero es pensar que es una elección del niño o la niña. Según el experto, se debe dejar claro que es una responsabilidad suya que, si no la cumple, tendrá consecuencias para él o ella.

 

Otro fallo sería exigirle por debajo o por encima de sus capacidades, de lo que puede hacer el niño en cada momento evolutivo.

 

Un tercer error, y garrafal a juicio del especialista, sería repartir las tareas dividiéndolas por su género, “porque además de generar una serie de estereotipos que son absurdos en la época en la que estamos es muy contraproducente para su desarrollo”, puntualiza.

 

Además, cuando los niños no cumplen con ciertas responsabilidades, los padres deberán evitar hacerlas en su lugar. Por ejemplo, cuando el niño o la niña no ordena su habitación y nos pasamos el día persiguiéndoles para que lo hagan o acabamos haciéndolo nosotros. ¡Error! Porque el que no está cumpliendo la norma es el pequeño, y es quién debería salir perjudicado de esa situación. No es un castigo, es que la vida funciona de esta manera. Tenemos una serie de responsabilidades y después de nuestro trabajo o desempeño nos retornan una serie de beneficios; esto es así para todas las personas, dice Roger Ballescà.

 

Más errores frecuentes: perdonar las tareas domésticas cuando los hijos están estudiando. “Igual que los adultos tenemos nuestro trabajo y a la vez nuestras obligaciones domésticas, los niños y los adolescentes deben tenerlas”, opina Ballescà, quien concede algunas contadas excepciones. “A veces los adultos nos liberamos de esas tareas cuando vamos sobrecargados, pero una cosa es una excepción, y la otra es que se convierta en una norma: niños y adolescentes deben incorporar dentro de sus rutinas diarias el hecho de cuidar de sus propias cosas y colaborar en las tareas familiares”, argumenta el psicólogo infantil.

 

Qué tarea aplicar según la edad

 

No se trata de promover el trabajo infantil o de poner toda la carga en los niños, sino de ver las responsabilidades que pueden ir asumiéndose en función de la edad y la evolución de cada pequeño. Además, siempre hay que tener presente que los niños necesitan su tiempo para jugar, y este debe respetarse, por lo que las tareas domésticas deberán ser equilibradas y permitir que el hijo tenga tiempo para él o ella, para disfrutar o hacer sus actividades extraescolares, puntualiza la psicóloga infantil Laura Aguilera.

 

Para discernir qué tareas y en qué edades, Aguilera ofrece algunos ejemplos:

Ø 2-3 años. Comer solo, ordenar sus juguetes, tirar cosas a la basura, recoger su ropa y regar las plantas.

 

Ø 4-5 años. Asearse y vestirse solo, poner y quitar la mesa cuando sea la hora de comer, pueden ayudar a fregar los platos pero siempre con supervisión, ordenar sus juguetes y darle de comer a la mascota si tienen, lo que implica cuidarse no solo a si mismo, sino la responsabilidad de cuidar a otro.

 

Ø 6-7 años. Hacer su cama, ordenar sus juguetes, preparar la mochila del colegio, organizar su escritorio y zona de estudio, barrer o pasar la aspiradora, y quitar el polvo de los muebles.

 

Ø 8-9 años. Barrer el suelo, ordenar sus juguetes, cuidar de su mascota, limpiar el polvo de los muebles, bañarse solo, escoger y preparar su ropa, usar el lavavajillas, preparar el desayuno y cocinar platos sencillos.

 

Ø 10-11 años. Limpiar su habitación, ordenar sus juegos, sacar de paseo a su mascota, sacar la basura, tender la ropa y cuidar de un hermano menor si tiene.

 

Ø Mayores de 12 años. Sacar la basura, limpiar los platos, coser un botón, hacer pequeñas compras y cuidar del jardín.

 

Niños que se resisten a las tareas del hogar… ¿qué hacer?

 

Claro que hay niños a los que les cuesta ayudar, que se resisten a hacer las tareas. Tampoco se puede pretender que los hijos obedezcan a la primera. Cuando el niño no sea precisamente colaborador a la hora de hacer las tareas del hogar, se deben buscar refuerzos positivos para que encuentre motivos para serlo, comenta Laura Aguilera. “Cuando empiece a ayudar irá viendo por sí mismo las ventajas de cooperar en casa e irá interiorizando sus rutinas de forma natural, al inicio siempre con la guía de sus padres – continúa-. Es decir, lo primero que se debe hacer es explicarle el motivo por el que debería ayudar, hacerle ver las ventajas, como que si ayuda a recoger la mesa después de comer, acabaréis todos antes y antes podréis poneros a ver esa película que tanto queríais ver juntos en el sofá…”, ejemplifica la psicóloga.

 

Es importante que se genere esa responsabilidad de forma real, y que comprenda que ayudar a los padres para acabar antes de hacer las tareas domésticas le permite disfrutar juntos del tiempo de ocio. Las tareas domésticas jamás deben plantearse de forma negativa, sino como algo positivo que le permite crecer, colaborar y aportar su granito de arena, resalta la experta en psicología infantil.

 

Los deberes y obligaciones de cada persona forman parte del día a día. Y si nosotros las vivimos como algo negativo, el niño también las vivirá como algo negativo, apunta Roger Ballescà. “De modo que tenemos que acostumbrarnos a trasladarles la idea de que todas las personas, no solo los niños, los adultos también, estamos sujetos a una serie de normas y de obligaciones y que si las asumimos con naturalidad podemos vivir tranquilamente con ellas.

 

¿ Y si no reacciona a la hora de hacer una tarea? Se le puede recordar, dice Aguilera. Pero siempre dándole cierto tiempo para que acabe de hacer lo que está haciendo, ya que si no, verá sus obligaciones desde una perspectiva negativa que le interrumpe sus momentos de disfrute. Es mejor no presionarle, aunque sí estar al tanto y recordarle si no las hace, matiza.

 

Las recompensas en contadas ocasiones

 

Las tareas domésticas no deberían recompensarse, responden de manera tajante los especialistas. Forman parte de la convivencia familiar y los miembros de la casa deben aportar y colaborar, enfatiza Aguilera. “Pero -prosigue- hay que tener en cuenta que las principales tareas que debe atender un hijo son las de encargarse de sus propias cosas (como ordenar su habitación, hacerse la cama, etcétera) y lo relacionado con las tareas escolares (tener preparada su mochila, hacer los deberes…)”.


Ahora bien, hay excepciones a la hora de recompensar alguna tarea doméstica, puntualizan los expertos en psicología infantil. Es decir, aquello que es extraordinario o que no forma parte de la responsabilidad del niño pero que se hace para ayudar a los padres en un momento dado y que requieren de un esfuerzo extra. Por ejemplo, si los padres están cocinando porque vienen invitados a casa y tienen mucha faena con la elaboración de los platos, el hijo podría ayudarle a cortar las verduras, a escoger los platos para los comensales, a poner la mesa y decorarla para que quede bonita, etcétera.

 

Si simplemente ese niño está haciendo la tarea que le corresponde de forma habitual la recompensa ya viene implícita en el propio hecho de cumplir con el deber y de que los padres estén satisfechos con su desempeño, añade Ballescà. “Es decir, a veces es un premio verbal, una caricia o una frase de refuerzo. Pero no necesariamente tendríamos que mercantilizar las tareas porque entonces le quitamos todo ese sentido de lo que es justo, de lo que es éticamente adecuado, y lo convertimos todo en un comercio”, concluye.