lunes, 14 de marzo de 2022

"Tenemos que individualizar al máximo la elección del antidepresivo" - ( II )

 

Elaborado por el equipo de Redacción Médica     |     17/01/2022

El psiquiatra Javier de Diego destaca la importancia de formar al MIR en depresión para 'desenmascarar' a esta patología.

(Viene del artículo anterior) -Ya en fase de remisión, suelen persistir algunos síntomas residuales de la depresión. Entre los más comunes están los síntomas cognitivos, tales como dificultades de atención y concentración, toma de decisiones, planificación, memoria. ¿Cómo debe valorarse su presencia y correcto abordaje desde la consulta?
-Bueno, para que nos hagamos una idea de la importancia de esos síntomas, déjeme que le de unas cifras: se estima que los síntomas cognitivos están presentes el 94% del tiempo durante el episodio agudo, pero hasta un 44% del tiempo en los meses posteriores, cuando ya se ha alcanzado la presunta remisión. Es decir, cuando la mayor parte de síntomas depresivos ya han desaparecido, esos síntomas cognitivos siguen presentes de forma persistente en un buen número de pacientes y tienen un impacto notable, ya que representan uno de los dominios que más compromete la recuperación del rendimiento laboral previo.

Y el caso es que el psiquiatra está más habituado a preguntar y seguir la evolución de los síntomas emocionales, la ansiedad, los problemas de sueño… primero porque los pacientes recuerdan esos síntomas como fuente de mayor sufrimiento subjetivo en el episodio agudo, y segundo porque históricamente no hemos dispuesto de buen arsenal terapéutico para atajarlos.

Cada vez estamos más sensibilizados a interrogar estos síntomas, incluso a solicitar una exploración neuropsicológica detallada cuando sea preciso. La aparición de vortioxetina, un antidepresivo de acción multimodal con efectos sobre diversos receptores serotoninérgicos específicos, ha despertado el interés en este campo, ofreciendo un efecto diferencial sobre estos síntomas. En algunos casos, especialmente en aquellos pacientes con antecedentes de recurrencias y larga historia de enfermedad refractaria, estos síntomas se hacen persistentes y cabrá implementar además estrategias de estimulación cognitiva.

-Por otro lado, el embotamiento emocional también es frecuente, en ocasiones asociado al tratamiento con antidepresivos clásicos y, en otras, como parte de la propia depresión no resuelta. Tanto este fenómeno como la presencia de síntomas residuales cognitivos dificultan la recuperación funcional del paciente. ¿Hasta qué punto están integrados estos aspectos en la formación médica y, posteriormente, en la práctica clínica?
-Aunque esto del embotamiento emocional secundario a los antidepresivos no es algo nuevo, sí es cierto que las investigaciones en torno a ello y su potencial impacto habían sido minoritarias hasta los últimos años. No estamos nada habituados a profundizar sobre este fenómeno en las entrevistas ni en la formación, quizás porque históricamente se había considerado un tema menor. Un buen estudio de 2017 dirigido por Guy Goodwin, de la Universidad de Oxford, demostró que casi la mitad de los pacientes bajo tratamiento antidepresivo presentan embotamiento emocional durante el tratamiento, aunque no todos lo viven de forma negativa.

El paciente con depresión que ha pasado mucho tiempo sufriendo y con grandes niveles de ansiedad, puede agradecer ese efecto desestresante del tratamiento, que le ayuda a poner distancia y no sentirse sobrepasado con los nuevos contratiempos que puedan surgir. Sin embargo, cerca de un 40% de los pacientes que experimentan embotamiento emocional lo perciben con incomodidad y parece que es más común que se produzca en aquellos con alteraciones cognitivas persistentes, dificultando la sensación de plena recuperación.
 
Precisamente vortioxetina cuenta este año con un estudio abierto con resultados interesantes al respecto. Casi la mitad de los pacientes que no habían respondido adecuadamente al primer antidepresivo y presentaban niveles significativos de embotamiento emocional, lograban la remisión completa y la desaparición del embotamiento emocional con el cambio a vortioxetina. Pero quizás lo más interesante es que la reducción del embotamiento emocional correlacionaba con la mejoría en el funcionamiento general del paciente, por lo que es una dimensión nada desdeñable de cara a monitorizar la evolución del paciente.

-Por último, la falta de adherencia terapéutica sigue presente en muchas patologías, entre ellas, la depresión. A su juicio, ¿qué puede hacer el profesional sanitario para favorecer esa adherencia?
-Como dijo el cirujano Everett Koop, los medicamentos no funcionan en aquellos pacientes que no los toman. Y esto es una obviedad que adquiere aún más importancia en una enfermedad como la depresión, capaz de envolver al paciente en una lógica oscura y una desesperanza tal que le lleve a pensar que no hay nada más que hacer para mejorar, que todos sus males son irreversibles, que no vale la pena ir a consultar o incluso que la única forma de acabar con ese sufrimiento es quitarse la vida. No olvidemos que el diagnóstico y tratamiento adecuado de la depresión es una de las estrategias más contrastadas para prevenir el suicidio. Pero entre un 40-60% de los pacientes con depresión presentan alguna forma de mala adherencia al antidepresivo a lo largo del seguimiento, bien porque no lo llegan a iniciar, o porque lo toman de forma irregular o porque lo abandonan antes de tiempo.

Muchos pacientes llegan a la consulta desesperanzados, pero también con dudas y prejuicios erróneos respecto al tratamiento, muchos siguen creyendo que van a estar atontados con el tratamiento o que pueden hacerse adictos a la medicación, ¡lo que es rotundamente falso! El antidepresivo no es un euforizante ni una sustancia de abuso, y va a ayudar al paciente a sentirse como antes. Sabemos que esos prejuicios con respecto al tratamiento tienden a mejorar entre aquellos pacientes que los inician y es clave, sobre todo en las primeras etapas de seguimiento, que ayudemos a los pacientes a expresar esos temores, a mejorar sus expectativas respecto al tratamiento y a garantizarles que, en caso de aparecer efectos secundarios, podremos manejarlos. Nuestra empatía es una de las mejores armas para crear confianza y estimular la buena adherencia al antidepresivo. Piense que la adherencia al antidepresivo ha demostrado no solo mejorar los resultados del tratamiento en depresión sino incluso aumentar la esperanza de vida de los pacientes que la sufren.

"Tenemos que individualizar al máximo la elección del antidepresivo" - ( I )


Elaborado por el equipo de Redacción Médica     |     17/01/2022

El psiquiatra Javier de Diego destaca la importancia de formar al MIR en depresión para 'desenmascarar' a esta patología.

Hablamos con Javier de Diego, psiquiatra e investigador en el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona, sobre la importancia de la formación en depresión de los médicos residentes, tras su reciente participación en el Curso para Residentes de Psiquiatría, organizado por Lundbeck y avalado por la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica.

-La depresión es una enfermedad prevalente e incapacitante. Entre un tercio y la mitad de los casos son derivados desde primaria a la atención especializada. ¿Sobre qué ejes debe girar la formación del médico interno residente en psiquiatría en esta patología?
-Efectivamente es una de las enfermedades más habituales que atendemos, una enfermedad que afecta a casi 300 millones en el mundo. Quizás por ser tan común y por el hecho de que un gran volumen de depresión sea inicialmente atendido por el médico de familia, el residente de psiquiatría podría cometer el error de considerarla como una patología menos atractiva, pero es una de las causas médicas más importantes de discapacidad y de deterioro de la calidad de vida, con un tremendo sufrimiento emocional para el que la sufre y para su entorno. Cualquiera de nosotros podríamos sufrir una en algún momento de la vida, por eso creo que es tan fácil empatizar con el paciente con depresión y tan gratificante ayudarle a recuperarse. Así que diría que uno de los primeros ejes en la formación del residente de psiquiatría en depresión tiene que ser el entusiasmarle con su manejo. 

Además, como en tantas otras patologías en psiquiatría, la formación del residente tiene que ir dirigida a mejorar sus habilidades en el reconocimiento clínico de la patología -contando con los criterios diagnósticos de los sistemas de clasificación, pero sabiendo ir más allá- y conocer bien las distintas posibilidades de abordaje terapéutico, farmacológico y psicoterapéutico, especialmente cuando las cosas no acaban de ir bien desde un principio. Pero, además, pondría el acento en conocer al máximo las bases neurobiológicas de la depresión y despertar en los residentes el deseo de investigar en la búsqueda de biomarcadores, un campo en absoluto auge cuyos descubrimientos espero que vayan impregnando poco a poco nuestra forma de entender la enfermedad y nuestra práctica clínica.

-La propia dificultad diagnóstica de esta entidad clínica, que muchas veces cursa de forma atípica, ¿se percibe también en Psiquiatría? ¿Qué estrategias debe desarrollar el especialista para su correcta detección?
-Cómo siempre digo, los extremos son muy fáciles de reconocer: la presentación paradigmática de una depresión en la que el paciente describe un cambio claro en su estado de ánimo con una profunda sensación de tristeza, incapacidad para disfrutar de aquello que antes le llenaba, pesimismo, ideas de muerte… ¡ésta no se le va a escapar a nadie! El problema es que en muchas ocasiones el principal motivo de consulta del paciente pueden ser molestias de lo más variopintas: cefaleas, otros dolores, palpitaciones, estreñimiento, fatiga, problemas de memoria y de concentración, dificultades para dormir, etc. que “enmascaran” todo un síndrome depresivo completo.

Esto pasa con mayor frecuencia en ancianos. Si solo nos quedamos en la superficie y no interrogamos bien todo lo que puede estar acompañando a esas molestias, el diagnóstico se va a ir retrasando y esto tiene consecuencias pronósticas: en uno de los estudios que publicamos unos años atrás, observamos que aquellos pacientes con depresión que tardaban menos en recibir el tratamiento antidepresivo eran también los que se recuperaban con mayor probabilidad y en menor tiempo. Tenemos que estar siempre ojo avizor con una posible depresión frente a pacientes que acuden con quejas somáticas o cognitivas, especialmente cuando las presentan con una intensidad y vivencia subjetiva desproporcionada. Por otro lado, el residente se tiene que conocer los criterios diagnósticos “de pe a pa”, pero debe recordar que la fenomenología en depresión es mucho más rica y no olvidar revisar, de vez en cuando, alguno de los tratados clásicos de psiquiatría y psicopatología.

-La depresión comórbida con otras enfermedades, tanto físicas como mentales, es algo habitual en la práctica clínica. ¿Qué supone la presencia de comorbilidad médica en depresión a la hora de abordar esta situación? ¿Qué consecuencias tiene para el paciente?
-En primer lugar, la presencia de comorbilidades físicas y mentales en depresión van a aumentar las dificultades diagnósticas. Hay un montón de enfermedades generales que pueden cursar con síntomas propios de la depresión como fatiga, bajo apetito, insomnio, problemas de concentración, etc. Por otro lado, sentirse triste o abatido poco después de ser diagnosticado de un cáncer -por poner un ejemplo- es común y del todo comprensible, pero cuando ese estado se vuelve intenso y persistente en el tiempo, cuando impacta hasta tal punto que hace entrar a la persona en un estado de abatimiento, irritabilidad, pensamiento rumiativo, aislamiento social… es posible que se haya pasado la barrera. Ese error de dar por sentado que alguien con una enfermedad grave tiene que sentirse naturalmente deprimida y casi conformarse con ese estado, es una de las razones que contribuye al riesgo de infra-diagnóstico e infra-tratamiento, mientras que es un hecho probado que las personas con cáncer, con diabetes, con cardiopatía o con un sinfín de enfermedades que pueden asociarse a depresión, evolucionan mejor cuando la depresión se aborda a la vez que la enfermedad de base.

Pero, además, hay un montón de trastornos psiquiátricos que se presentan también junto a cuadros depresivos: alcoholismo, trastornos de ansiedad, trastornos de conducta alimentaria, trastornos de personalidad… Si no reconocemos estas comorbilidades y las abordamos específicamente, esa depresión tiene menos números de responder como nos gustaría.

-Nos decía que el tratamiento temprano de la depresión es uno de los pilares fundamentales para el mejor pronóstico de la enfermedad. A la hora de elegir el antidepresivo de primera línea, ¿es suficiente con evaluar el equilibrio entre eficacia, seguridad y tolerabilidad? ¿Qué otros elementos se deben considerar?
-Una depresión moderada o grave, la práctica totalidad de las que acuden a consulta, precisará de un tratamiento antidepresivo, más allá de todas las intervenciones psicoeducativas y psicoterapéuticas que vayamos implementando a lo largo del seguimiento de ese paciente. Desde luego, en depresión, como en la mayoría de campos de la medicina, no existe una bala mágica, es decir, un medicamento que resalte claramente por encima de todos los demás y que pueda ser dirigido a la totalidad de pacientes. Las guías clínicas aconsejan, de forma genérica, iniciar el tratamiento con un antidepresivo de la familia de los ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina) dado que son mejor tolerados que los antiguos tricíclicos, pero las posibilidades siguen siendo muy amplias y contamos con nuevas opciones que se quedan fuera de este grupo y que también podrían ser excelentes opciones en primera línea.

El perfil clínico de la depresión, su gravedad o incluso el predominio de algunos síntomas sobre otros pueden orientarnos hacia antidepresivos que presenten un espectro de acción más amplio o más específico en torno a esos síntomas. Por otro lado, el equilibrio entre eficacia y aceptabilidad será fundamental: de nada servirá prescribir un buen antidepresivo si el paciente lo dejará tempranamente por sentirse embotado con él o con problemas de disfunción sexual.  Además, en la práctica clínica tenemos que considerar también potenciales problemas de interacción con fármacos que ya esté tomando el paciente o posibles comorbilidades asociadas dado que la presencia de obesidad o problemas metabólicos, sin ir más lejos, pueden desaconsejar algunas opciones. Tenemos que individualizar al máximo la elección.
 

-¿Qué factores pueden condicionar una respuesta insuficiente al tratamiento? ¿Con qué estrategias terapéuticas cuenta el profesional sanitario para resolver esta situación?
-Como antes decía, cuando una depresión no va bien, lo primero que tenemos que preguntarnos es si no se nos está escapando algo en el diagnóstico y, a menudo, la clave podría ser alguna enfermedad física o mental comórbida, sin olvidar el consumo de alcohol u otros tóxicos. Pero no podemos olvidar algo tan obvio como la persistencia de factores psicosociales estresantes o la ausencia de apoyo social o familiar, factores que impactan negativamente en el resultado del tratamiento. Recuerdo un interesante estudio de la Universidad de Módena hecho con ratas y publicado en Molecular Psychiatry en 2017 que nos mostraba algo que observamos a diario con las personas en depresión: los antidepresivos favorecen la recuperación especialmente cuando el ambiente que les rodea es favorable. De alguna manera los antidepresivos disminuyen el estrés descontrolado y devuelven al cerebro las condiciones ideales para volver a responder a los cambios favorables, pero esos cambios también se tienen que producir. Los antidepresivos son aliados indispensables cuando tratamos una depresión mayor y todos los psiquiatras, de forma más o menos explícita, asociamos su prescripción con intervenciones psicoterapéuticas a lo largo de todo el tratamiento.

Ahora bien, hay depresiones “guerreras” en las que, aún a pesar de haber hecho un buen barrido diagnóstico y correcto abordaje de todas las comorbilidades, los intentos con los primeros antidepresivos no hayan resultado o no hayan sido bien tolerados. En esos casos, a groso modo, contamos con la posibilidad de usar potenciadores (es decir, sustancias sin efecto terapéutico antidepresivo per se pero que pueden aumentar la eficacia del antidepresivo), combinaciones de antidepresivos con mecanismos de acción complementarios o cambios por antidepresivos de un espectro más amplio o de mejor tolerabilidad. 

(Continua en el siguiente artículo con – II )

viernes, 11 de marzo de 2022

Esto es lo que le sucede al cerebro de un niño si sufre una experiencia traumática en su vida

 

BEATRIZ BENÉITEZ BURGADA     |     La Vanguardia     |     10/01/2022
La infancia es una etapa crucial en la vida de todo ser humano. Y es una obviedad que todos los niños necesitan un hogar y un entorno seguro. Las experiencias dolorosas a una edad temprana pueden dejar en nuestra mente una huella indeleble. ¿Qué sucede en el cerebro de un niño cuando vive un trauma? Como recuerda la Asociación Española del Trauma Psicológico, muchas veces la cuestión no es lo que has vivido, sino "cómo lo has vivido". 
La prestigiosa publicación Healthy Children, el único sitio web sobre la crianza de los niños respaldado por 60.000 pediatras de todo el mundo, explica que un evento traumático es el que atenta contra el amor y la seguridad y adopta muchas formas. Quizá se deba a un accidente, a situaciones violentas alrededor, malos tratos, negligencias… Un niño atemorizado “puede sentirse fuera de control y desamparado” y, cuando esto sucede, “se activa la respuesta de lucha o huida, incluso de pánico”.
Aunque la respuesta no es igual en todos los casos, porque hay niños más sensibles que otros. Tal y como explica Lucía Zumárraga, presidenta de la Asociación Madrileña de Neuropsicología, "el niño puede sufrir las consecuencias de un acontecimiento traumático o estresante, no solo por vivirlo en su propia persona sino por haber estado presente en dicho acontecimiento". Quizá se deba a un accidente, a situaciones violentas alrededor, malos tratos, negligencias, una pandemia…
Otro factor importante es la resiliencia. Es la capacidad de dar una respuesta adecuada ante una situación adversa. "La buena noticia es que a pesar de que unos niños son más sensibles y otros más resilientes podemos fomentar la resiliencia", explica.
Cuando sucede algo que causa temor, el cerebro se asegura de que no lo olvidemos, por eso los traumas se recuerdan de manera especial y, a menudo se mezclan varios desencadenantes: sensaciones y sentimientos con olores, posturas, lugares, sonidos... Estos pueden ayudar una sensación que recuerde lo vivido como si estuviera sucediendo de nuevo.
Los desencadenantes podrían incluso generar conductas traumáticas en el adulto que revive un trauma que sucedió en la niñez. Por eso, a quien no sabe, le puede parecer que un niño, adolescente o adulto está reaccionando “de forma exagerada” ante un hecho. Otras veces, aparece la parálisis emocional. Hay personas que, tras haber sufrido abusos de niños, transitan por otras etapas de su vida nerviosos y con dificultades para controlar sus emociones, “porque su cuerpo está siempre predispuesto a paralizarse, huir o escapar de lo que les atemoriza”.
Otro problema frecuente en los niños que sufren o han sufrido traumas es la dificultad para concentrarse, “la hiperactivación o hipervigilancia”, que no es lo mismo que “hiperactividad ni falta de atención”, aunque a veces puedan confundirse fácilmente. Una reacción común es la necesidad de control y una menos frecuente es el “Trastorno oposicionista desafiante” o trastorno explosivo intermitente.
Según la Academia Americana de Pediatría, Podemos ayudarle a reconocer o evitar los desencadenantes que le hacen revivir el suceso, establecer rutinas para que él sepa qué esperar, ofrecerle opciones sencillas y respetar sus decisiones (para que gane sensación de control), no tomar sus reacciones como una afrenta personal y tratar de mantener la calma y permanecer disponible y receptivo. 
También le ayudará poder expresar lo que siente, ser constantes y predecibles, así como afectuosos y pacientes. Podemos enseñarle que puede confiar en los demás, pero con paciencia, porque llevará tiempo. También podemos pedir ayuda a un profesional si la situación se nos escapa de las manos.
Lo más importante es recordar que los niños se adaptan fácilmente y es tarea de los adultos “brindarles las herramientas que necesiten y guiarlos mientras crecen”. Quizá no podamos evitar que sufran un trauma pero, sin duda, podemos ayudarles a superarlo. Porque el futuro de su salud emocional, puede estar en nuestras manos.
De todas formas, como explica Zumárraga, "el cerebro de un niño o un adolescente está preparado para vivir situaciones de estrés". Entonces, ¿el estrés o trauma son negativos y perjudiciales para el desarrollo cerebral? Según la experta, no todo el estrés es malo, por eso distinguimos entre el estrés positivo, tolerable y tóxico. 
La diferencia entre ellos radica en dos factores principalmente:
 
1.      Intensidad y duración: nuestro cuerpo desencadena una respuesta hormonal de “lucha o huye” ante las situaciones traumáticas. Si esta inundación hormonal se mantiene o repite en el tiempo y es muy intensa puede alterar el desarrollo cerebral.
2.      Apoyo por parte de los adultos del entorno: si el niño o adolescente cuenta con un entorno que le apoya y le da herramientas para hacer frente a la situación estresante estará ante un estrés positivo y tolerable.
"Nuestra labor como adultos es ofrecer entornos de protección ante las diferentes situaciones de riesgo, para así reducir la intensidad del estrés y prevenir la alteración del desarrollo cerebral. Son muchas las situaciones que pueden suponer un trauma, el primer día de escuela, asistir a un evento multitudinario, etc. Este estrés es positivo siempre y cuando no sea mantenido y repetido en el tiempo y cuente con apoyo de adultos", destaca.
Los padres tienen la enorme responsabilidad de mejorar la resiliencia de los niños. Es la mejor herramienta personal para minimizar el impacto de las situaciones traumáticas en la salud mental y física. No todos nacemos con la misma resiliencia, pero podemos construir y mejorarla para prevenir alteraciones del desarrollo neurológico.

miércoles, 9 de marzo de 2022

La importancia de la familia en la salud mental


NAHUM MONTAGUD RUBIO         |      Psicología y Mente

Así es como el contexto familiar actúa favoreciendo o previniendo los trastornos psicológicos.

La familia condiciona cómo somos en muchos aspectos. Nuestros padres, hermanos, abuelos y hasta tíos y primos nos enseñan valores, costumbres, nuestra lengua materna y forma de relacionarnos con los demás, aspectos que conforman nuestra identidad y personalidad.

Sin embargo, para bien o para mal la familia también condiciona nuestra estabilidad emocional, ofreciéndonos un entorno estable y saludable en el que nos podemos desarrollar de forma adecuada o, por el contrario, un entorno marcado por la inseguridad e incerteza, que nos desestabiliza.

La importancia de la familia en la salud mental es un hecho, una realidad que vamos a explorar y analizar a continuación.

¿Por qué importa la familia en la salud mental?

La familia ejerce un papel fundamental en la vida de la mayoría de las personas. No son pocas las situaciones en las que se toman decisiones importantes en función de la familia, de lo que nos ha enseñado a lo largo de la vida, de su bienestar y de la forma cómo nos relacionamos con ella una vez somos adultos.

Las relaciones con nuestro núcleo familiar determinan mucho nuestra forma de ser y cómo nos relacionamos con otras personas, siendo un factor que repercute mucho también en nuestra salud mental.

En todas las familias se dan eventos que ponen a prueba nuestra salud mental y la condicionan. Los hay más leves, como puede ser una discusión momentánea entre nuestros padres, y los hay de más serios, como puede ser un divorcio o la pérdida de un padre a temprana edad. Vivir estas situaciones cuando se es pequeño influye en nuestra estabilidad emocional, pudiéndose vivir de forma especialmente intensa y, en caso de no acabar bien, desembocar en problemas psicológicos.

La familia: un entorno que condiciona nuestra vida

La familia es un entorno que condiciona nuestra vida y, claro está, nuestra salud mental. El medio ideal para que una persona crezca siempre es la familia sana y funcional, al margen de cuál sea su estructura y si hay lazos de sangre o no entre sus miembros. A día de hoy sabemos que el hecho de que una familia tenga un papá y una mamá, sea monoparental o se trate de un matrimonio homosexual no condiciona la salud del individuo, sino el estilo parental que ejerzan los padres para con sus hijos.

Toda familia funcional es aquella en la que los padres y madres saben educar bien a sus hijos, los crían en un entorno en el que el cariño y el amor está bien presente, pero sin dejar que los niños y niñas hagan todo lo que les venga en gana. La clave está en saber dar amor a la vez que se es responsable en el cuidado de los niños, aplicando un sistema democrático de crianza, y cumpliendo las tres principales funciones que todo buen padre y madre debe cumplir: protección, cuidado y afecto.

Si de pequeños nos dieron protección, cuidado y afecto de forma adecuada, también aprendimos que son aquello que le debemos brindar a nuestros hijos, lo cual funciona como factor de protección tanto a la hora de que desarrollemos trastornos mentales como que lo desarrollen nuestros hijos. En cambio, si estas necesidades no nos fueron satisfechas, es más difícil que se las ofrezcamos a nuestros hijos sin ayuda de otros compañeros en la crianza, puesto que no se puede brindar aquello que no tenemos ni recibimos, a no ser que lo aprendamos de forma consciente y voluntaria una vez somos adultos.

Que hayamos reducido a tres funciones básicas la crianza no quiere decir que estas sean fáciles. Dar protección, cuidado y afecto a nuestros hijos e hijas es una tarea complicada, que requiere de una profunda reflexión, paciencia y autoconocimiento, con tal de identificar errores que podamos cometer en nuestra forma de criar que, aunque no nos demos cuenta, pueden afectar de forma muy negativa a la salud de nuestros hijos. Si bien todos los buenos padres quieren lo mejor para sus hijos, esto no quiere decir que lo cumplan, aunque no lo hagan con mala intención.

Por ejemplo, comentarios como “estás tonto”, “no me seas dramática”, “lo podrías hacer mucho mejor” y demás, lejos de “motivarlos” puede hacer que piensen que no valen nada, que no son valorados ni por sus propios padres y, teniendo en cuenta la importancia que adquieren nuestros padres y otras figuras de autoridad en nuestro crecimiento, esto perjudica mucho en su salud mental, especialmente en su autoestima, autoconcepto y forma de relacionarse con los demás.

Además, los hijos, sean niños o adolescentes, aprenden a comportarse según lo que ven en sus padres. Si un hijo o hija se comporta de forma irrespetuosa con sus padres, lejos de pensar que es porque es mala persona o porque es una oveja negra, es bastante probable que se comporte así porque considera que sus padres no lo respetan o, también, porque sus padres se han comportado de forma irrespetuosa tanto con él como con otras personas del entorno familiar, como abuelos, hermanos, tíos o primos.

Salud mental de una familia con un miembro con psicopatología

En la mayoría de las ocasiones, que un miembro de la familia presente un trastorno mental supone un duro revés para la familia, en especial para la persona que se va a encargar de cuidarlo. Los familiares se pueden sentir muy agobiados y estresados al ver como una persona que conocían de toda la vida cambia, deja de ser cómo era antes y ahora requiere muchos cuidados. La psicopatología de un ser querido se vive como una pérdida y, a la vez, como la adquisición de una pesada carga.

Los familiares de personas con trastornos mentales son más propensos a experimentar sentimientos de dolor y pérdida, que aunque aumentan y disminuyen a lo largo de la vida acaban convirtiéndose en un profundo e intenso dolor crónico. Viven en una constante montaña rusa, cuyas subidas y bajadas dependen directamente de las recaídas y remisiones de la psicopatología del familiar a su cargo.

Al igual que las familias en general, las familias que tienen un miembro con un trastorno mental representan un grupo diverso. Cada miembro familiar tiene experiencias únicas, necesidades y preocupaciones distintas. Así pues, cada familia se puede comportar de forma distinta con su familiar, en función del diagnóstico y de los recursos que posean.

Con el paso del tiempo, aunque con gran dificultad y con ayuda de psicólogos y grupos de apoyo, los familiares que cuidan del miembro con un trastorno mental acaban aceptando sus síntomas, aprendiendo a hacerle frente al trastorno y gestionarlo de la mejor manera posible. Sin embargo, esto no les quita el profundo dolor emocional, estrés y ansiedad que viven como consecuencia de tener que atender a una persona mentalmente inestable, problemas que pueden hacer que ellos presenten también un trastorno mental.

Esto es especialmente notorio en las familias cuyo miembro con psicopatología presenta algún trastorno de la personalidad, esquizofrenia o trastorno bipolar y tiene poca conciencia de su trastorno. Es duro tener que aguantar a una persona que es incoherente en su comportamiento, que cambia de opinión de forma constante y que encima culpabiliza de sus errores a los demás o, incluso, se inventa que recibe algún tipo de agresión cuando, quizás, es él o ella que, sin darse cuenta, ejerce maltrato psicológico a las personas que le cuidan.

Familia como origen de psicopatología

Las familias que no saben enfrentarse sanamente a momentos de crisis y no ofrecen un entorno de paz y estabilidad emocional acaban debilitándose. De hecho, este tipo de familias, en lugar de promover el sano desarrollo de cada uno de sus miembros, puede convertirse en un factor de riesgo en su salud mental. Los abusos, los malos tratos, las adicciones y la crianza demasiado autoritaria contribuyen en la aparición de traumas, frustraciones y síntomas psicopatológicos varios que acabarán cristalizándose y convirtiéndose en un trastorno mental en la adultez de no ser tratados.

Un programa de televisión que refleja esta triste realidad es la serie documental estadounidense “My 600-lb Life”. Este programa narra la historia de personas que tienen obesidad tipo IV y que se han quedado postradas en su cama, sin poder moverse libremente ni siquiera para hacer sus necesidades y que para poder sobrevivir a largo plazo necesitan una intervención quirúrgica.

Las personas que alcanzan pesos superiores a los 250 kilos no alcanzan este peso por puro descuido o pereza. Una persona no alcanza un índice de masa corporal de 80 sentándose un día en el sofá, abriendo una bolsa de patatillas y comiendo hasta que un día se da cuenta de lo mucho que ha engordado. Las “estrellas” de este programa tienen problemas de conducta alimentaria, una adicción a la comida que es el resultado de haber tenido una infancia marcada por la violencia, la pobreza económica y, en muchos casos, las adicciones y abusos sexuales de personas cercanas.

La relación entre los participantes del programa y sus familias es extremadamente disfuncional, y no únicamente por el pasado familiar sino también por el presente. La familia, lejos de ser un soporte emocional para la persona con obesidad extrema y motivador para el cambio, en muchas ocasiones configura el entorno que ha hecho que se llegue a esa situación, provocándole mucho estrés que la empuja a comer.

En otros casos, suele pasar que los padres sienten mucha culpa por lo que le pasó a su hijo durante la infancia, especialmente si un tío o un amigo de la familia abusó sexualmente de su hijo y no se dieron cuenta o ellos mismos eran unos padres drogadictos y negligentes. Para compensar el no haber estado por ellos en su infancia, suele pasar que los padres se convierten en “enablers” (“facilitadores”), trayendo y cocinando ellos la comida, puesto que su hijo adulto de casi 300 kilos está postrado en la cama y no puede ir a comprar él por su cuenta.

Todo esto evidencia el poder que tiene la familia en el desarrollo de psicopatología y en su conservación. Las infancias disfuncionales ejercen como un importante origen en los trastornos mentales, y las adulteces disfuncionales contribuyen a mantener la psicopatología. Las familias con dinámicas tóxicas, disfuncionales y patológicas hacen que los pacientes, en este caso obesos mórbidos, no puedan progresar ni alcanzar sus metas a corto, medio y largo plazo.

lunes, 7 de marzo de 2022

Pensamiento positivo: detén el diálogo interno negativo para reducir el estrés


Escrito por el personal de MAYO CLINIC

El pensamiento positivo es útil para el manejo del estrés e incluso puede mejorar tu salud. Practica superar el diálogo interno negativo con los ejemplos que te ofrecemos.

¿Está tu vaso medio vacío o medio lleno? La forma en que respondas a esta vieja pregunta sobre el pensamiento positivo puede reflejar tu visión de la vida, tu actitud hacia ti mismo y si eres optimista o pesimista, e incluso puede afectar tu salud.

De hecho, algunos estudios muestran que los rasgos de personalidad como el optimismo y el pesimismo pueden afectar muchas áreas de tu salud y bienestar. El pensamiento positivo que suele venir con el optimismo es una parte clave del manejo del estrés eficaz. Y el manejo del estrés eficaz está asociado con muchos beneficios para la salud. Si tiendes a ser pesimista, no te desesperes, puedes aprender a pensar de forma positiva.

Información sobre el pensamiento y el diálogo interno positivo

El pensamiento positivo no significa que no quieras ver la realidad o ignores las situaciones menos agradables de la vida. El pensamiento positivo solo significa que enfrentas lo desagradable de una manera más positiva y productiva. Crees que lo mejor va a pasar, no lo peor.

El pensamiento positivo suele comenzar con el diálogo interno. El diálogo interno es ese flujo interminable de pensamientos no manifestados que te pasan por la cabeza. Estos pensamientos automáticos pueden ser positivos o negativos. Parte del diálogo interno proviene de la lógica y la razón. Otra parte puede surgir de las ideas erróneas que tú creas por falta de información.

Si los pensamientos que te pasan por la cabeza son en su mayoría negativos, es más probable que tu perspectiva de la vida sea pesimista. Si tus pensamientos son mayormente positivos, es probable que tú seas un optimista, alguien que practica el pensamiento positivo.

Los beneficios para la salud del pensamiento positivo

Los investigadores continúan explorando los efectos del pensamiento positivo y el optimismo en la salud. Los beneficios para la salud que el pensamiento positivo puede proporcionar incluyen:

·        Aumento de la expectativa de vida

·        Menores tasas de depresión

·        Niveles más bajos de angustia

·        Mayor resistencia al resfriado común

·        Mayor bienestar psicológico y físico

·        Mejor salud cardiovascular y menor riesgo de muerte por enfermedades cardiovasculares

·        Mejor capacidad de afrontar una situación difícil durante las dificultades y los momentos de estrés

 

No está claro por qué las personas que se enfocan en el pensamiento positivo experimentan estos beneficios para la salud. Una de las teorías es que tener una perspectiva positiva te permite afrontar mejor las situaciones estresantes, lo que reduce los efectos nocivos para la salud del estrés en tu cuerpo.

También se cree que las personas positivas y optimistas tienden a llevar un estilo de vida más saludable: realizan más actividad física, siguen una dieta más sana y no fuman ni beben alcohol en exceso.

Cómo identificar pensamientos negativos

¿No estás seguro de si tu diálogo interno es positiva o negativa? Las siguientes son algunas formas comunes de diálogo interno negativo:

·        Filtrar. Exageras los aspectos negativos de una situación y filtras todos los positivos, dejándolos de lado. Por ejemplo, tuviste un gran día en el trabajo. Terminaste tus tareas antes de tiempo y te reconocieron por haber hecho un trabajo rápido y completo. Esa noche, te concentras solamente en tu plan para terminar todavía más tareas y te olvidas del reconocimiento que recibiste.

·        Personalizar. Cuando sucede algo malo, tú automáticamente te echas la culpa. Por ejemplo, te enteras de que se canceló una salida con amigos y supones que el cambio de planes se debe a que nadie quería estar cerca tuyo.

·        Dramatizar. Tú automáticamente anticipas lo peor. La cafetería se equivoca en el pedido y automáticamente piensas que el resto del día será un desastre.

·        Polarizar. Ves las cosas solamente como buenas o malas. No hay término medio. Sientes que tienes que ser perfecto, o de lo contrario eres un fracaso total. 

Cómo enfocarte en el pensamiento positivo 

Puedes aprender a convertir el pensamiento negativo en pensamiento positivo. El proceso es simple, pero requiere tiempo y práctica: en definitiva, estás creando un nuevo hábito. Las siguientes son algunas formas de pensar y comportarse de manera más positiva y optimista:

·        Identifica las áreas para cambiar. Si quieres ser más optimista y tener un pensamiento más positivo, primero identifica las áreas de tu vida en las que sueles pensar de forma negativa, ya sea el trabajo, tu trayecto diario al trabajo o una relación. Puedes empezar de a poco, enfocándote en una sola área en la que te debes enfocar con mayor optimismo.

·        Evalúate tú mismo. Cada tanto, durante el día, detente y evalúa lo que estás pensando. Si encuentras que tus pensamientos son mayormente negativos, trata de encontrar una manera de darles un giro positivo.

·        No olvide el sentido del humor. Permítete sonreír o reír, especialmente durante momentos difíciles. Busca el humor en situaciones cotidianas. Cuando uno puede reírse de la vida, se siente menos estresado.

·        Mantén un estilo de vida saludable. Trata de hacer ejercicio durante unos 30 minutos la mayoría de los días de la semana. Incluso puedes dividirlo en intervalos de 10 minutos a lo largo del día. El ejercicio puede influir positivamente en el estado de ánimo y reducir el estrés. Mantén una dieta saludable para alimentar tu mente y tu cuerpo. Y aprende técnicas para controlar el estrés.

·        Rodéate de gente positiva. Rodéate de personas positivas que te apoyen y en quienes puedas confiar para que te den consejos y opiniones útiles. Las personas negativas pueden aumentar tu nivel de estrés y hacerte dudar de tu capacidad para controlarlo de manera saludable.

·        Practica la charla positiva con uno mismo. Comienza siguiendo una simple regla: no te digas nada a ti mismo que no le dirías a otra persona. Sé amable y alentador contigo mismo. Si un pensamiento negativo ocupa tu mente, evalúalo en forma racional y responde con afirmaciones de lo que está bien sobre ti mismo. Piensa en las cosas por las que estás agradecido en tu vida. 

Aquí hay algunos ejemplos de diálogo interno negativo y maneras de darles un giro positivo:

Pon en práctica el pensamiento positivo

Diálogo interno negativo

Pensamiento positivo

Nunca antes lo hice.

Es una oportunidad para aprender algo nuevo.

Es demasiado complicado.

Lo abordaré desde un ángulo diferente.

No tengo los recursos.

La necesidad es la madre de la invención.

Soy demasiado perezoso para hacer esto.

No he podido adaptarlo a mi agenda, pero puedo reevaluar algunas prioridades.

No hay forma de que funcione.

Puedo intentar que funcione.

Es un cambio demasiado radical.

Me arriesgaré.

Nadie se molesta en comunicarse conmigo.

Veré si puedo abrir los canales de comunicación.

No voy a mejorar en esto.

Lo intentaré de nuevo.

Practicar el pensamiento positivo todos los días

Si tienes una actitud negativa, no esperes convertirte en un optimista de la noche a la mañana. Pero con la práctica y el tiempo, tu diálogo interno contendrá menos autocrítica y más autoaceptación. También puedes ser menos crítico con el mundo que te rodea.

Cuando tu estado mental es generalmente optimista, eres más capaz de manejar el estrés diario de una manera más constructiva. Esa capacidad puede contribuir a los beneficios para la salud ampliamente observados del pensamiento positivo.