RAQUEL NOGUEIRA |
EL ESPAÑOL | 24/11/2021
Entrevista
a Laura Rojas-Marcos, Silvia P. Cabeza
Pero
hay mucho hater.
Están
esas personas a las que les gusta crear confusión, y ese concepto que quizás
antes no era tan evidente, pero probablemente sí existían: los haters, que aunque se utiliza el término
anglosajón, se traduce como odiadores. Se
te ponen los pelos de punta: hay personas que se dedican a odiar, que viven y
conviven con la negatividad, con el odio, la rabia y la envidia, y eso mueve
miedos y hace mucho daño.
Más
allá de los haters, se suele decir que las redes sociales
muestran versiones irreales de la vida de la gente.
Primero
tenemos que partir de que el ser humano siempre quiere mostrar la mejor versión
de sí mismo. En general, cuando nos hacemos una foto, aunque sea de grupo, la
mayoría –y esto está probado científicamente– lo primero que busca en la foto
es si sale bien: cómo se ve la propia imagen. A todos nos preocupa nuestra
imagen. Hay personas que utilizan las redes sociales para dar una imagen de sí
misma que no es tan realista, y no porque utilicen filtros. Quizás lo que
necesitamos pensar es, sobre todo, en esas personas que quieren manipular o
transmitir un mensaje que en un momento dado puede influir negativamente en
otros.
¿Por
ejemplo?
Hay
personajes, ya sean públicos o no, hombres o mujeres, que utilizan esas
imágenes, por ejemplo sobre el cuerpo, que pueden despertar en otros cierta
inseguridad o incluso alimentar inseguridades hasta el punto de que puede
llevar a gente joven a desarrollar trastornos alimenticios o dismorfofobia.
¿Qué es lo que a alguien le puede llevar a querer competir o producir eso? Ahí
hay mucho que rascar e investigar.
¿Por
qué estamos tan obsesionados por nuestra imagen?
Ya
lo describía el psicólogo Abraham Maslow: queremos ser queridos, aceptados,
pertenecer, pero también ser admirados. Todos tenemos un ego, pero no hay que
confundirlo con el amor propio.
¿Cuál
es la diferencia?
El
amor propio es sano, como hay una parte del ego que es positiva: quererse,
respetarse, hacerse respetar y saber marcarse ese límite. Pero después hay un
ego que es muy peligroso, tanto para uno como para los demás, que es el que
despierta ese narcisismo que lleva a las personas a utilizar a otras, a
manipular, a utilizar con intenciones negativas.
En
las redes sociales, los que trabajamos en salud mental observamos que esos egos
son muy evidentes, pero a la vez tienen unas consecuencias muy negativas en la
vida y en los sentimientos de otras personas. No hay filtro.
¿Y la solución?
Sobre
todo, a la hora de educar, a los estudiantes, a los jóvenes, incluso de
educarnos a cualquier edad, con respecto a las nuevas tecnologías y las redes
sociales, la clave está en aprender a identificar los bulos, las fake news, y esa otra pandemia que estamos viviendo que
se denomina infodemia, toda esa desinformación y manipulación. Todos
necesitamos aprender a detectar lo que no es real, lo que está manipulado, y no
siempre es fácil, todos caemos en algún momento sin darnos cuenta.
Viajemos
un momento en el tiempo, hace 20 años viviste en primera persona el 11-S. ¿Qué
recuerda de aquel día?
Recuerdo
ese día con horror, uno de los peores de mi vida, y uno de los más traumáticos
no solamente para mí, sino para muchas personas. Porque lo que ocurrió no solo
cambió a Estados Unidos, sino al mundo entero: cambió la economía, las
relaciones internacionales, la política… hay un antes y un después.
Hubo
unas consecuencias conscientes, como la parte económica o el miedo. Y otras de
las que no somos tan conscientes, pero que afectan a nuestra vida: desde las
relaciones familiares a la economía familiar, al trabajo y a cómo miramos el
mundo, cómo viajamos y cómo sentimos nuestra libertad. Y, sobre todo, un
concepto que nos marcó a todos: la seguridad. El sentimiento de seguridad
cambió y seguimos sintiéndola diferente.
¿Cómo
le afectó a nivel psicológico estar en Nueva York hace 20 años?
Afectó
a mi salud emocional y me perjudicó, pero intenté trabajarlo, superarlo, pedir
ayuda. Hacer algo al respecto y cuidarme primero para poder hacer mi trabajo.
Para muchos que lo vivimos de cerca, nos llevó a revisar nuestra vida, a tomar
decisiones personales, a priorizar, a hacer limpieza… Después de eso, me
especialicé en trauma y lo sigo trabajando, no solo para las situaciones
relacionadas con el terrorismo sino para otras situaciones.
¿Qué
aprendizajes saca de una situación como la del 11-S?
Una
de las cosas que aprendí es que no puedo cambiar el pasado, forma parte de mí,
así que trabajo mi trauma, porque no lo olvidaré jamás. De hecho, hace un par
de semanas estuve en Nueva York y fui por segunda vez a la zona cero. Y lo he
sentido y vivido diferente: por primera vez he encontrado paz y serenidad.
Convivo
con ello como estamos conviviendo todos con esta situación pandémica, pero la
vida sigue. Y Nueva York es una ciudad que se regenera, que cae, que vuelve a
resurgir… y por eso estoy totalmente convencida de que de esta pandemia, o de
cualquier situación personal que no tenga que ver con la covid, se puede trabajar
para superarla.
¿Cómo
afecta a la salud emocional eventos traumáticos como un atentado?
La
experiencia traumática deja un recuerdo terrible. Marca, deja huella en tu
memoria emocional para siempre. Hay situaciones, sonidos u olores que forman parte
de ti y que a veces hacen de máquina del tiempo y te teletransportan
psicológicamente a esos momentos tan dolorosos. Dejan secuela, porque mientras
que tengamos memoria estará la secuela emocional de ese recuerdo. Pero la
mayoría de las personas aprenden a superarlo, que no es olvidarlo.
Si
se hace un trabajo personal bueno y se trabaja ese trauma, uno puede crecer y,
sobre todo, desarrollar la personalidad resistente, que es resiliencia, donde
uno aprende de la experiencia vivida pasando por todas las dificultades. Pero
procesar el duelo es fundamental y forma parte de la vida, como gestionar esas
emociones de tristeza, de pérdida, de desazón, de incertidumbre –ya sea con
ayuda o por uno mismo–. ¿Qué es lo que yo necesito para superar este dolor? No para
olvidarlo y guardarlo en un cajón, sino para tratarlo con cariño.
Porque,
muchas veces, las personas se enfadan con ellas mismas porque sienten algo
negativo y no saben cómo deshacerse de ello, como si fuera un parásito. Y no,
el dolor, la tristeza, el duelo, la pérdida… hay que tratarlos con amor, aunque
tampoco quedarse sentados en el charco, sino hacer algo también cuando uno esté
listo para ello.
Otros
eventos traumáticos, cada vez más frecuentes, son los derivados del
calentamiento global y el cambio climático.
Con
respecto al clima, podemos tener una actitud, primero, responsable. Ser
responsable y estar pendiente, contribuir al cuidado del entorno, a cómo
gestionar nuestra basura, que existe y va a existir, que no podemos borrarla.
Es como las emociones negativas, no podemos anularlas, vamos a sentirlas –la
ira, la tristeza, la inseguridad–, pero todo depende de qué hagamos con ellas
cuando las sentimos.
Lo
mismo cuando hablamos del clima: si lo tratamos de manera responsable, contribuimos
a un entorno y tenemos una actitud ecológica, será positivo porque nos ayudará
a nosotros mismos como a nuestra casa.
El
tener una actitud responsable, pero también realista es fundamental. No
pensando sólo en el ahora, en el presente, sino en el futuro. Y en ese futuro
tener una visión y una misión, y tener un propósito sin obsesionarse. Porque
todo lo que lleva a la obsesión nos lleva a vivir en el miedo, y no pensamos
bien cuando vivimos en el miedo, no resolvemos los problemas cuando estamos atascados
en la parálisis por análisis. Cuando estamos asustamos tenemos visión túnel, no
podemos analizar, ni explorar, ni pensar, ni usar bien la imaginación.
Lo
mismo ocurre con la pandemia, ¿no?
Uno
de los aprendizajes que hemos tenido dentro de esta tragedia pandémica es que
todos hemos recibido un impacto: se ha visto afectada nuestra salud mental, y
eso nos ha hecho ser más conscientes, buscar e informarnos más. La necesidad es
lo que lleva al ser humano a cubrir las necesidades posteriormente.
En
España hay muy buenos profesionales tanto en la salud pública como en la
privada, pero no son suficientes. Mi objetivo durante este periodo tan difícil
no ha sido solo concienciar o sensibilizar, sino naturalizar que es esperable
que estés teniendo ataques de ansiedad o angustia por la situación, o que el
trauma lleve a desarrollar el síndrome de estrés postraumático.
La
salud mental en España ha sido una de las grandes olvidadas en el sistema
sanitario.
Ahora
hace falta hacer una inversión importante en salud mental, a partir de esta
concienciación, porque si no vamos a tener unas consecuencias devastadoras. Y
todo eso no solamente va a afectar a la salud de la población o a nuestro día a
día y bienestar, sino que va a afectar a la economía, a las políticas, al
sistema de salud…
Una
población que esté sufriendo, que esté dañada, y que no reciba los cuidados que
necesita, va a dejar secuelas. Tener una actitud responsable en estos momentos
es fundamental.
Respecto
al trauma, hay un tiempo para actuar: tenemos un tiempo para poder abordarlo y
prevenir lo que puede ocurrir después. Si no nos ocupamos ahora, lo que vendrá
es diez veces peor que lo que estamos viviendo.
Las
cifras son alarmantes, en 2020, solo en España, 3.941 personas se quitaron la
vida. ¿Estamos fracasando como sociedad?
El
suicidio es un indicador, más que de fracaso, de que aquí hay un problema al
que hay que prestar atención. Quizás el término fracaso es la conclusión a la
que llegamos, pero estamos a tiempo. Esos números son devastadores. Pero no
solamente en términos de suicidio.
Investigaciones
de la revista Lancet señala que durante el
2020 y el 2021 –los años de pandemia– han aumentado en un 170% las ventas de
antidepresivos y ansiolíticos, por ejemplo. También ha aumentado de manera
drástica –y me preocupa profundamente porque no se le está prestando la
suficiente atención– las adicciones al alcohol o a las drogas –las adicciones a
sustancias– y a lo que se denomina las adicciones sin sustancias, como a las
nuevas tecnologías, a las redes sociales o la ludopatía.
En
España ya hay más de medio millón de ludápatas.
La
ludopatía no es solo apostar dinero, es que hay plataformas que aparentemente
parecen un juego para niños que tienen monedas virtuales. Son los creadores de
los futuros ludópatas. En las investigaciones se ha encontrado que la ludopatía
ha subido en porcerntajes altísimos en chicos y chicas de entre 14 y 25 años.
Están
pasando una serie de cosas que no estamos haciendo bien. Estamos fracasando en
no prestar atención, pero tenemos la oportunidad de hacer algo al respecto, así
que vamos a hacerlo.
¿Eres
optimista?
Ya
en muchas situaciones y círculos se está haciendo algo. Ahora bien, ¿vamos al
ritmo que necesitamos? No. Vamos lentos. Pero vamos avanzando. Aunque necesitamos
meter un poco más de presión, porque si seguimos por el mismo camino vamos a
dejar en la cuneta a muchas personas que después provocan consecuencias no solo
en su propia vida, sino en sus entornos.
Las adicciones
son los destructores de familias, es devastador y si lo podemos prevenir, ¿por
qué no? Vamos a esforzarnos por el bien de todos, para crear una sociedad
saludable, con un buen sistema inmune a nivel social, que pueda reaccionar para
protegernos y proteger a otros.