lunes, 6 de junio de 2022

Vivir fuera de la realidad: los síntomas de una persona que sufre psicosis


JUAN MONTAGU     |     elconfidencial.com     |     02/06/2022 

En España hay cerca de un millón y medio de individuos que la padecen. La periodista británica Erica Crompton recoge en un libro su experiencia con la enfermedad

 

Los afectados sufren alucinaciones, tienen visiones y oyen voces. “En psiquiatría sufro de lo que se conoce como 'falsas creencias' o 'delirios': tengo la creencia fija de que soy, o pronto seré, el criminal más buscado de Gran Bretaña. Psicosis significa literalmente 'fuera de contacto con la realidad' y durante dos décadas he vivido con ella. Para mí, la psicosis significa perder el contacto con la realidad y esto ha sido casi fatal en ocasiones, ya que mi paranoia puede hacerme sentir suicida”

 

Este es el testimonio de Erica Crompton, periodista freelance, que recoge en ‘La guía para principiantes sobre la cordura: un libro de autoayuda para personas con psicosis’. Lo confirma con el profesor Stephen Lawrie, director de Psiquiatría de la Universidad de Edimburgo.

 

 “Durante los episodios psicóticos agudos me he encerrado en casa porque he sentido que aquí es donde pertenecen los criminales buscados. Incluso desde un lugar tan seguro como debajo del edredón, la psicosis todavía me afecta. Durante un episodio, a menudo provocado por el estrés, si escucho un helicóptero afuera, creo que es la policía acercándose a mí. También creo que la policía ha instalado un equipo de espionaje en mi dormitorio para verme sufrir. En el momento del episodio, estas creencias son inquebrantables”, documenta.

 

Psicosis en desarrollo

 

La psicosis no es un diagnóstico en sí mismo, pero puede ser la punta del iceberg para muchas afecciones, como la esquizofrenia, el trastorno bipolar y la depresión psicótica, todo lo que esta mujer ha tenido en algún momento. “A mí me llevó la mayor parte de una década diagnosticar la esquizofrenia y, con apoyo, mi diagnóstico cambió a trastorno esquizoafectivo”, agrega el ejemplar. 

 

Ocurre cuando una persona pierde el contacto con la realidad, lo que se conoce como episodio psicótico. La psicosis es un síndrome psiquiátrico que ocurre con mayor frecuencia en adultos jóvenes. Aproximadamente 1 de cada 50 personas experimentará un episodio en su vida.  

 

Según el 'Libro blanco de intervención temprana en psicosis en España', afecta a alrededor de 1.400.000 españoles y suele aparecer antes de los 35 años. El problema en el número de casos ha aumentado por culpa del covid-19.

 

Un ejemplo: se han disparado en los últimos dos años en Reino Unido coincidiendo con la pandemia de coronavirus. Según datos de las autoridades sanitarias, la NHS, que ha recogido el diario británico 'The Guardian', entre abril de 2019 y abril de 2021 hubo un aumento del 75% en el número de personas derivadas a los servicios de salud mental por su primer episodio de psicosis. 

 

Aclara el profesor Lawrie: “Cuando los trabajadores de la salud mental usan la palabra psicosis, generalmente se debe a que la persona a la que atienden tiene uno o más síntomas psicóticos. Suelen ser delirios (creencias extrañas) y/o alucinaciones auditivas (oír voces)”.

 

Algunos signos y síntomas

 

No es una enfermedad específica, sino un síndrome. La característica central es la pérdida de la realidad, lo que da como resultado un cierto grado de deterioro del juicio y comportamiento anormal. Los síntomas psicóticos pueden presentarse con una alteración de la percepción, como alucinaciones (cuando se escuchan voces o se ven cosas que no existen), o una alteración del pensamiento, como trastornos de este o delirios (falsas creencias de que se van a sufrir daños o que las personas están hablando de ellos). Además, puede afectar al estado de ánimo (tristeza, ira, desconcierto…).

 

Probablemente, cada persona interpretará estas perturbaciones de manera distintas. Unos como síntomas de estrés. Otros pueden verlos como parte de la personalidad. Las influencias culturales también pueden desempeñar un papel en su interpretación de los síntomas de la psicosis y dificultar la búsqueda de ayuda.

 

Causas

 

Se cree que la causa exacta de la psicosis está relacionada con los cambios neurológicos y bioquímicos que ocurren en el cerebro de una persona durante la adolescencia y los primeros años de la edad adulta. También con la herencia genética o un familiar cercano con un problema psicótico y el uso de drogas recreativas. Así lo demuestra un estudio publicado en ‘Nature’, que la asocia al consumo de cannabis. 

 

Asimismo, un historial de síntomas breves e intermitentes puede predisponer a alguien a desarrollar un trastorno psicótico. “El diagnóstico de un trastorno (o condición) psicótico generalmente solo se realiza si los síntomas son angustiantes o interfieren con la vida cotidiana, pero a menudo también significa que la persona no se da cuenta de que está enferma; en otras palabras, en la jerga psiquiátrica, 'carecen de perspicacia' de que sus experiencias son productos de su mente en lugar de reales”, comenta el profesor de Edimburgo.

 

Tratamiento

 

Consiste en la administración de fármacos antipsicóticos, en la terapia causal (tratamiento de las causas que generan la psicosis) y en la psicoterapia. Las técnicas más practicadas son la terapia cognitivo-conductual, que ayuda al paciente a reconocer y dominar los comportamientos problemáticos, y la terapia familiar.

 

No obstante, un problema grave al que se enfrentan los afectados son las recaídas por la no adhesión del tratamiento. Así lo demuestra un trabajo de ‘Schizophrenia Research’. En él se ha evaluado la adherencia al tratamiento y el curso clínico durante los 18 meses posteriores a la presentación en 136 pacientes consecutivos. 

 

Como resultados, se vio que tuvieron lugar interrupciones en el tratamiento antipsicótico de más de un mes en más de la mitad de los pacientes (73,58%). Cuando ocurrieron antes de haberse recuperado (17%), el tiempo hasta la remisión fue casi el doble que en los que seguían terapia continua. Los pacientes en los que se interrumpió el tratamiento tenían 5 veces más probabilidades de recaer que aquellos en los que fue continuo. El tiempo promedio de recaída después de una interrupción en el tratamiento fue de 3 meses

 

Según insiste Erica Crompton, “ser psicótico" o "fuera de contacto con la realidad" afortunadamente se puede manejar. Y prosigue: "He vivido con esta afección durante casi dos décadas y la controlo con una combinación de medicamentos antipsicóticos, terapias de conversación y opciones de estilo de vida, como ejercicio regular y una buena alimentación. Si bien ha sido difícil de sobrellevar, sobre todo por el estigma de los demás, no es una cadena perpetua”.

viernes, 3 de junio de 2022

¿Qué es la esencia de una persona?


JOSÉ PADILLA        |     La Mente es Maravillosa     |     25/03/2022 

A pesar de todos los cambios por los que atravesamos, tenemos siempre la convicción y la sensación de que hay algo que se mantiene, que es siempre reconocible. ¿Es esa nuestra esencia? ¿Qué es la esencia de una persona? 

Vivimos en un mundo cambiante, donde cada día nos tenemos que enfrentar a nuevos desafíos. Aunque la rutina pueda hacernos creer que todos los días son iguales, en realidad cada día es diferente al anterior. La realidad muta, y nosotros también. Entonces, ¿por qué nos tenemos una sensación de cambio menor que la que en realidad existe?

Es precisamente esta percepción de inmutabilidad y permanencia la que en buena medida nos induce esta sensación de permanencia. ¿Qué es exactamente esta esencia? ¿Nacemos con ella o la construimos? Si nacemos con ella, ¿estamos determinados a ser como somos? Si es una construcción, ¿cómo la edificamos?

¿Qué es la esencia?

Entendemos por “esencia de una persona” al conjunto de cualidades, rasgos o características que hace que una persona sea lo que es. La esencia es invariable o prácticamente invariable, puesto que si variase, la persona ya no sería la misma tal como se reconoce y como es reconocida.

Este concepto lo podemos equiparar al de identidad, el cual es comprendido como conjunto de creencias, patrones conductuales y modos de sentir que nos hacen ser lo que somos y nos diferencian de las demás personas. Esta identidad deviene como una construcción que nos proporciona un sentido de permanencia y singularidad. 

Pero, ¿qué sustenta este sentido de permanencia?, ¿nuestra contextura física o nuestros rasgos psicológicos? Veamos. Hemos partido del supuesto de que la esencia es lo constante, lo que permanece en la persona. ¿Es nuestra morfología invariable? La experiencia empírica nos demuestra cada día que no. Con el paso del tiempo, nuestro cuerpo cambia y envejece. Así que este sentido de permanencia no viene de nuestra biología.

¿Son las características de nuestros rasgos psicológicos la base para este sentido de permanencia? Tampoco. Nuestros pensamientos cambian, las formas de sentir y experimentar el mundo varían de un momento a otro.

En ningún plano, y tampoco en el psicológico, somos iguales a los 5 años y a los 20 años. El desarrollo cognitivo y afectivo fluctúan de una etapa a otra de la vida. Así que, psicológicamente, no somos iguales siempre. Hay variaciones, aunque sean leves. Por lo tanto, nuestra percepción de permanencia no viene de la experiencia directa de nuestros rasgos psicológicos.

Entonces, si todo cambia: mente y cuerpo, ¿de dónde procede este sentido de permanencia? De la convicción de que no cambiamos y del sesgo de confirmación que nos lleva a buscar información que confirma dicha concepción. Esta creencia es la que parece mantenerse inmutable, pero no porque en esencia lo sea, sino porque nos resistimos a cambiarla y al cambio en sí mismo.

Cuando todo cambia y la persona no, podemos afirmar que no es que la persona en sí misma no cambie, sino más bien que se resiste a hacerlo. Esto no debe extrañarnos, todos lo hacemos porque la idea de inmutabilidad que hemos asociado a la identidad nos proporciona la seguridad de ser alguien. Si yo cambio constantemente, entonces ¿quién soy ahora? Es mejor evitar la angustia de no saberlo y sentir la seguridad de que realmente soy algo. 

La esencia: ¿nace o se hace?

¿Venimos al mundo predefinidos por una esencia que determina lo que somos por el resto de nuestra vida o construimos esa esencia? Desde una postura existencial y psicológica, podemos decir que toda esencia se construye a partir de la existencia. En palabras de Jean Paul Sartre, la existencia precede a la esencia. Primero existimos, luego somos. No venimos a este mundo preconfigurados, nos configuramos en él. 

Entonces, primero existimos, es decir, emergemos al mundo, aparecemos y entramos en escena en una estructura social establecida, y luego nos definimos a nosotros mismos: “soy un doctor”, “soy padre de familia”, “soy una persona carismática”. Así pues, no nacemos siendo ya lo que somos, nos hacemos al relacionarnos con el mundo y los demás. 

Ahora bien, ya tenemos claro que la esencia se hace, se construye. Pero, ¿cómo? Para ello, vamos a centrarnos en una explicación biopsicosocial, en la que entenderemos que la construcción de la esencia de una persona se hace a partir de la interdependencia o interrelaciones de varios factores: el biológico, el psicológico y el social.

Construcción biopsicosocial de la esencia de una persona

Nuestra biología es una parte importante de lo que somos. Los genes juegan un papel relevante en nuestra personalidad. Así, una parte de nuestra esencia depende de la herencia genética de nuestros padres. Pero no hay que entender esta influencia como determinante, sino como probabilística. Tenemos una predisposición que puede o no activarse dependiendo del entorno.

El factor psicológico desempeña otro papel importante en la construcción de la esencia. Lo que pensamos, lo que creemos, la manera de sentir y de emocionarnos en el mundo va configurando un patrón cognitivo, conductual y afectivo de relacionarnos y de ser.

A nivel cognitivo, las narraciones que construimos sobre lo que nos sucede y sobre nosotros mismos dan pie a una consolidación de dicha esencia. A través de estas narraciones, mantenemos una historia coherente que refuerza lo que somos.

Estos dos factores se despliegan dentro de un contexto particular, dentro de una estructura social en la que no solo intervienen variables socioeconómicas o políticas, sino también familiares.

La crianza que nos dan nuestros padres o familiares son un elemento clave en lo que somos y en la activación de nuestras predisposiciones genéticas. El ambiente instaura un ideal de ser para nosotros, lo refuerza, lo moldea, lo define de acuerdo con sus propias expectativas.

La esencia y el cambio

Si queremos definir la esencia de una persona o del ser humano en general, podemos aventurarnos a decir que es el cambio y la interacción de lo biológico, lo social y lo psicológico. Aunque tengamos la impresión de que no cambiamos o nos resistamos a él para seguir reafirmando lo que creemos ser, no implica que no seamos un continuo cambio, un devenir constante.

Si bien cierto, que hay elementos más estables que otros en nuestra dimensión humana, como la genética o el ADN, no debemos tomar por sentado, entonces, que somos inmutables, porque, recordemos, un solo factor no hace la esencia, sino la interrelaciones de ellos.

¿Cuál crees que es tu esencia como persona? ¿Qué variables biológicas, psicológicas y sociales consideras que te han hecho ser lo que eres?

miércoles, 1 de junio de 2022

Cómo criar niños seguros y ayudarles a desarrollar su autoestima

SARA HORMIGO     |     Madrid     |     hola.com     |     09/03/2022

La crianza positiva parte de la educación emocional, la autonomía, la comprensión, el razonamiento... todo ello no es posible si los padres no son los primeros en experimentar estos comportamientos, ya que son el principal referente para sus hijos. Aquí tienes algunos consejos para ayudarles a desarrollar su autoestima y construir la seguridad en ellos mismos.

 

Enfrentarse a distintos retos y dificultades son algunas de las situaciones que nuestros hijos van a tener que vivir, para ir adquiriendo autoestima y construyendo la seguridad en sí mismos. Sin duda, no es una tarea nada fácil inculcar la seguridad en uno mismo, saber cuándo intervenir como padres, darles su espacio... pero, ¿hasta qué punto? Y es que, en ocasiones, debido a la hiperseguridad de los progenitores, estos suelen anticiparse a cualquier problema que pueda surgir al niño y, en consecuencia, ponerles todo muy fácil.

 

Elisa Ramos, Psicóloga Infantil especializada en crianza (www.elisaramosgil.com), nos cuenta que, ante todo: “Para que los niños se sientan seguros es imprescindible que dejemos a un lado acciones muy dañinas como la sobreprotección, el control excesivo, transmisión de miedo, etc. Criar niños seguros es sinónimo de educar en la educación emocional, en la autonomía, en el razonamiento y la comprensión; esto significa que debemos ‘soltarlos’ hacia la vida y no tenerlos ‘agarrados’ a nuestro lado. Cuando digo esto, muchos padres y madres me suelen decir: ‘Es que si hago eso se caerá, se equivocará, romperá esto, etc’, y siempre les digo lo mismo, eso es parte de su maduración”.

 

Probablemente, ser padre sea uno de los retos más complicados que se tienen en la vida, ya que el esfuerzo por su educación es siempre constante, y muy preocupante para muchos. Los padres son siempre el mayor referente para un hijo, hasta tal punto de que muchas veces puedes los propios progenitores descubren comportamientos a través de tus hijos, sin darse ni siquiera cuenta de que los tienen. ¡Así es de sorprendente la crianza! Y es por ello que la seguridad de tus hijos, depende en gran medida de su educación y de cómo es la relación con los padres durante la niñez y la adolescencia, dos de las etapas más importantes y con más desafíos de sus vidas. “Todo lo que le digamos y cómo nos relacionemos con ellos determinará, en gran parte, creencias que irán adquiriendo y que determinarán lo que hagan o piensen en su día a día”, comenta la experta. Y continúa: “A un niño que le dices constantemente: ‘No puedes, no puedes’ o ‘lo estás haciendo mal’, interiorizará ese mensaje y se sentirá que no es capaz de realizar determinadas cosas. Cuando llegue el momento de afrontar situaciones relacionadas se sentirá completamente inseguro e incapaz de afrontarlas. Si, desde que es muy pequeño, le transmites que es importante que tenga confianza, transmitirle la importancia de intentar las cosas, enseñarles herramientas para enfrentar dichas situaciones difíciles y que puede pedir ayuda cuando lo necesite, se irá sintiendo más capaz y seguro de afrontar aquello que se proponga. Por lo tanto, no dudéis de la posibilidad de inculcar seguridad a edades muy tempranas. Somos el agua que riega a nuestros hijos y parte de eso es alimentar su seguridad”. 

lunes, 30 de mayo de 2022

Masoquismo: cuando nuestro verdugo somos nosotros


DRA. MÓNICA CASTRO DAVID     |     TopDoctors     |     11/10/2021


Es muy curioso cómo solemos hablar con gran preocupación sobre la violencia: violencia en las calles, escuchamos sobre ella en la radio, la televisión, en el transporte público, y con frecuencia podemos encontrarnos sumergidos en un mar de lamentaciones preocupándonos por esto. Y es una preocupación muy válida, pero ¿nos hemos preguntado alguna vez de dónde proviene esa violencia, o la necesidad de ejercerla?

 

Podemos decir desde la academia que brinda la psiquiatría y la psicología evolucionista, que la violencia es la perversión de la agresividad, la cual está al servicio de la supervivencia, pero cuando su fin no es este sino dañar, inicialmente al otro, se transforma en violencia y ejercer maldad desde estos principios sin duda no es nada bueno. Pero, para que un ser humano ejerza violencia sobre otro, resulta poco probable que no lo haga sobre sí mismo. Y no estoy queriendo decir que toda persona que se haga daño a sí misma lo inflija sobre alguien más, pero resulta difícil entender cómo alguien que daña a otros no lo hace precisamente desde el daño sobre sí mismo. Y este daño al otro también puede ser desde la no acción (tiene un poco de lo que llamamos pasivo agresividad), pues, el silencio, el no hacer nada, el omitir, también son agresiones: el no hacer es una acción en sí mismo.

 

En esta oportunidad quiero centrarme en la violencia no como un fenómeno sociológico y antropológico que abate a los grupos de personas, quiero hacerlo desde una perspectiva diferente y desde mi punto de vista, poco explorada, y es precisamente la violencia hacia nosotros mismos, que se enlaza directamente con el masoquismo, la agresión más frecuente al merecimiento.

 

Para muchos el tema del masoquismo no es algo claro, en especial porque responde a motivaciones inconscientes que por serlo no están al alcance de la percepción consciente y pueden no ser comprendidas, asumiéndolas como una vivencia más, un sentimiento más, una desdicha más, cuando sus raíces profundas en realidad se encuentran en una fuerte necesidad de aliviar la culpa a través del castigo, y como es de esperarse, no existe mejor juez para darnos esta sentencia que nosotros mismos (nos gusta que nos hagan sufrir en la medida en que necesitamos sufrir), lo que lo hace más cruel, pues siempre está la idea de “no soy lo suficientemente bueno, podría soportar más, debo aguantar, pude haberlo hecho mejor”, y ante este imaginario resulta aliviador para el yo encontrar una justificación a esa sensación de culpa, por lo que hemos aprendido a hacernos daño, a lastimarnos, a ser injustos con nosotros mismos y soportarlo.

 

Me pregunto ahora, ¿de verdad es necesario hacernos tanto daño? ¿de verdad nos merecemos eso? Viéndolo desde la perspectiva del merecimiento, podríamos argumentar que ejercemos tal violencia sobre nosotros mismos porque lo merecemos, o porque quizás consideramos que no merecemos nada bueno sino este castigo, asumiendo que es lo justo al no ser lo suficientemente buenos, capaces o mejores. Resulta contradictorio entonces que nos aterre la idea de evidenciar violencia en otros que no seamos nosotros mismos, porque la culpa no nos permite hacer conciencia del daño que nos hacemos al funcionar desde el martirismo (traigo a colación aquí la máxima freudiana “detrás de todo gran mártir se esconde un gran sádico”, habla por sí misma). Y esta palabra es crucial, porque como bien sabemos, los mártires son aquellos seres que ganan cierto reconocimiento (por otros mártires, casi siempre) al ser víctimas de atrocidades, de perjuicios, de experiencias traumáticas y difíciles que, a diferencia de los majaderos (su contraparte), mueren en el intento por superarlas, y morir en estas circunstancias es motivo de honra, sin la recompensa esperable (por lo menos en vida), pero confiando que tras su partida se les recuerde por tan nobles actos (como sucede con tantos personajes en las distintas religiones y culturas). Pero el punto es que ser mártir es poco útil en la vida terrenal, en especial porque la recompensa sólo es más y más culpa, y la culpa se paga con culpa: es entonces un bucle infinito.

 

A nadie le gusta sufrir en realidad, pero a veces el merecimiento alcanza unos niveles tan subterráneos, que no pareciera claro lo que en realidad deseamos o lo que estamos buscando, y la necesidad de gratificación es tanta, que preferimos que esta provenga del sufrimiento y no de una experiencia realmente placentera, como si experimentar placer fuera algo malo. De hecho si nos procuráramos más experiencias tranquilas, de regocijo, de armonía, viviríamos mejor, y eso disminuiría (o anularía) la necesidad de hacernos daño y de hacerle daño a los demás (por la sencilla razón de que el drama necesita compañía, no puede estar solo, la necesidad está en que no suframos a solas y alguien más lo haga con nosotros), lo que traería consigo seres humanos más dispuestos a buscar la felicidad de una manera sana y dejando de lado el hacer el mal.

 

Invito a reflexionar cuánto provecho en realidad se obtiene del sufrir por sufrir y si este supera el provecho de procurarse el bienestar según las necesidades y anhelos de cada quien, sin esperar ser juzgado por la sociedad, sino por mera tranquilidad y merecimiento. Si nos aterra la violencia hacia los demás, la violencia autoinfligida debería causarnos pavor.

sábado, 28 de mayo de 2022

11 rasgos de las personas auténticas


GEMA SÁNCHEZ CUEVAS     |     La Mente es Maravillosa     |     29/03/2022 

Las personas auténticas reúnen una serie de rasgos que las hace únicas desde un punto de vista natural, honesto y claro.

¿Conoces personas auténticas? ¿Eres una de ellas? ¿Sabes cómo son? Es posible que hayas convivido o convivas con una persona de este tipo y ni lo sabes. Las personas auténticas son una ráfaga de aire que refresca tu vida y llenan cualquier espacio en el que están. Son fáciles de identificar porque cuando llegan a tu vida te inundan de buena vibra, alegría e inspiración.

Su forma de ser es agradable y cualquiera a su lado se siente bien y confiado. Las personas auténticas te hacen sentir, tan bien que te permiten ser tú mismo. Con ellos te podrás olvidar de poses e ideas preconcebidas. Saben que cada uno es especial y te harán sentir único y especial. Aquí te decimos los principales rasgos de las personas auténticas.
 
1. Hacen escuchar sus opiniones y se expresan sin temor
Las personas auténticas saben que existen pocos motivos por los que las opiniones deben mantenerse ocultas. Si estas personas tienen algo que decir, simplemente lo hacen. Eso sí, siempre tienen cuidado de no lastimar ni herir a los demás con sus opiniones. Buscan hacerse escuchar y hacen valer su opinión, pero no quieren dañar a nadie.
Muchas veces preferimos ocultar nuestras opiniones porque tememos ser criticados. Las personas auténticas saben que la crítica es muy común pero que no siempre se relaciona con quienes son. Entienden que la opinión que los demás se hagan de ellos es algo exterior. Una de sus mejores cualidades es que saben que las opiniones no se deben tomar como algo personal.
 
2. Actúan con base en motivos internos y no externos
¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo porque tenías ganas de hacerlo?  Las personas auténticas rigen su vida por su propia escala de valores y hacen solo aquello que desean. Saben que no pueden depender de los demás para ser felices ni lograr sus objetivos. Son independientes y están dispuestos a arriesgarse para llegar a donde desean.

3. Su mejor amigo es su “yo interior”
Las personas auténticas son muy distintas entre sí. Algunas tienen muchos amigos porque se les da bien relacionarse. Otras son más introvertidas y prefieren tener pocos amigos que sean muy cercanos. Nunca les verás hacer algo que vaya en contra de su escala de valores y su conversación interior es positiva. Las personas auténticas no se autosabotean ni hacen cosas que les puedan afectar.

4. Evitan juzgar
Las personas auténticas saben que no es fácil seguir tu propio camino por eso no pierden el tiempo juzgándote. Es probable que si tienen algo que decirte, lo hagan. Después se olvidarán del asunto y dejarán que tomes tus propias decisiones. Puedes contar con ellos de forma honesta y puedes esperar una opinión sincera.

5. Conocen y valoran sus características físicas
Aunque la publicidad nos busca convencer de que ciertos estándares de belleza son los apropiados, las personas auténticas saben que cada uno es especial. Ellos no se preocupan por cumplir con patrones de belleza. Se concentran en conocerse a sí mismos y se valoran por lo que son. También conocen sus defectos o puntos flacos y han aprendido a sacarles provecho o disminuir sus efectos negativos.

6. No te dan consejos que no seguirían ellos mismos
Las personas auténticas saben que criticar, juzgar o hablar de más es negativo. También saben que dar una opinión o consejo es más fácil que seguirlo. Por ello, cuando les pides un consejo se lo piensan bien antes de hablar. Los reconocerás porque son las personas que te dan los consejos más realistas. Y es que hablan desde su propia experiencia porque no sugerirían hacer algo que ellos mismos no harían.
 
7. Se cuidan física y emocionalmente
Las personas auténticas valoran quiénes son y hacen todo lo posible por mantener su cuerpo y mente en forma. Se dan el tiempo de realizar rituales de belleza, salen a hacer ejercicio, cuidan su alimentación y sus relaciones interpersonales. Saben que la vida consiste en poner prioridades y darle a cada cosa su importancia y tiempo.

8. Son curiosas y preguntan cuando quieren saber más
Cuando hay algo que no saben o no conocen demasiado, no dudan en preguntar. Las personas auténticas son honestas y reconocen cuando son ignorantes antes los demás con naturalidad. No temen no saber sobre algo, todo lo contrario. Además, tienen ese rasgo de curiosidad que les lleva a indagar.
 
9. No les avergüenza hacer cumplidos ni recibirlos
Saben que, al igual que se deben manifestar las disconformidades, también se deben señalar aquellas cosas que se consideran hermosas. Por eso, nunca les verás titubear al hacer un cumplido o al recibirlo, pues para estas personas es natural sincerarse también de este modo.
 
10. Muestran sus sentimientos
Una persona auténtica sabe que los sentimientos son algo inevitable, válido y de lo que alguien nunca debería avergonzarse. Por eso, su expresión emocional es natural y solo se reprime o modera con base en las normas sociales que fomentan el respeto y la buena comunicación.
 
11. Piden ayuda
Al igual que un buen amigo siempre se ofrece a ayudar, las personas auténticas saben que, a veces, no pueden conseguir sus logros solas. Por eso, conocen sus límites y piden ayuda cuando la necesitan. El apoyo de los demás (y el suyo propio) es algo que consideran imprescindible en cualquier círculo social que frecuenten.
 
Las personas auténticas respiran libres y permiten que quien los rodee sea honesto. Quizás tú mismo eres una de estas personas, pero no te habías dado cuenta o tienes a tu lado a una persona auténtica. Si tienes a una de estas personas a tu lado, valórala y acéptala porque ella hará lo mismo contigo.