martes, 21 de junio de 2022

"La felicidad está en tu cabeza, no depende de la realidad."

 

ANA ABELENDA       |       La voz de Galicia     |     19/05/2022

El psiquiatra Enrique Rojas, autor de «Todo lo que tienes que saber sobre la vida», asegura que una vida feliz tiene sobre todo cuatro notas. 

«Saber perder es fundamental. Las derrotas a mí me han educado mucho», revela el prestigioso médico que dirige el Instituto Español de Investigaciones Psiquiátricas. «Las únicas personas sin dificultades de pareja son los solteros y los viudos», nos advierte

Con una anécdota de una parada imprevista en una gasolinera, la fortaleza de su matrimonio y su sentido del humor, Enrique Rojas (Granada, 1949), psiquiatra hijo de psiquiatra y padre de psiquiatra (de Marián Rojas Estapé), «médico del alma», explica sin ambigüedades ni fórmulas complejas de qué va la felicidad, cómo superar una depresión o afrontar la vida en pareja. El autor de Todo lo que tienes que saber sobre la vida (quinta edición) nos atiende recién llegado de su conferencia de clausura del Congreso Internacional de la Juventud en Roma, a la que asistieron jóvenes de 22 países. ¿Cómo vio a esos jóvenes? «Una de las preguntas que me hicieron fue qué hacer con el bombardeo informativo. Hoy, hay un síndrome que es el síndrome por exceso de información. Excesiva información, y casi toda, negativa: la guerra en Ucrania, el problema del 9,8 % de la inflación en España, la pandemia...», comienza el director del Instituto Español de Investigaciones Psiquiátricas. «Todo eso genera un fondo depresivo. Hay una sensación de falta de horizonte».

—¿Qué ve más hoy en consulta?

—Lo primero, depresiones. Lo segundo, ansiedad, la ansiedad flotante o las crisis de pánico. Lo tercero, los trastornos de la personalidad, que hoy se han multiplicado (tiene que ver la falta de madurez o de autoestima, con no haber superado heridas del pasado, con complejos o con la tendencia a convertir los problemas en dramas...) y el cuarto motivo de consulta son las crisis de pareja.

—Su fórmula de la felicidad es ya un clásico: buena salud y mala memoria. Pero a menudo se nos olvida...

—La fórmula mía de tener buena salud y mala memoria significa que la capacidad para olvidar y para perdonar, para perdonarte a ti mismo y a los que te han ofendido, es salud mental.

—Vemos felicidades por todas partes, pero cómo se encuentra la real, la que no necesita filtros. ¿Es genética o depende de las circunstancias?

—Hay dos tipos de felicidad. La felicidad absoluta, que no existe, que se da en el otro barrio cuando te mueres, y la relativa, que es la real. La felicidad relativa consiste en lo siguiente: que haya buena relación entre lo que yo siento, lo que yo pienso y lo que yo hago.

—Así que la felicidad es coherencia...

—Coherencia de vida.

—La memoria escoge lo bueno, edulcora. ¿Fuimos más felices en la infancia o solo somos capaces de ver lo felices que fuimos a toro pasado?

—Hay una relación entre la felicidad y la temporalidad. La felicidad en relación con el pasado es sufrimiento superado. En relación con el presente, es carpe diem, saber disfrutar de la vida cotidiana, con lo que uno hace, y en relación con el futuro, la felicidad consiste en ilusión. El hombre viejo es aquel que mira más hacia el pasado que hacia el futuro. El joven, el que tiene siempre ilusiones por cumplir, aunque tenga 80 años. La juventud va por dentro.

—¿Por qué aumentan hoy las cifras de ansiedad, autolesiones y suicidios entre los adolescentes? ¿No tienen nuestros chicos las ilusiones del joven?

—Los adolescentes viven un fenómeno nuevo. Los jóvenes están siendo bombardeados permanentemente. Se aprieta un botón y se tiene lo que se quiere, esa inmediatez. El móvil y las redes sociales favorecen esto y los jóvenes no aprenden a tener capacidad para afrontar y superar las frustraciones. De ahí vienen la ansiedad, el estrés...

—¿Qué pasa con el alto índice de suicidios en jóvenes, cómo se explica?

En Francia hay actualmente muchos suicidios juveniles. ¿Por qué? Porque la gente está perdida. Estás perdido cuando no tienes claro lo que quieres hacer. Cuando uno no sabe lo que quiere no puede ser feliz.

—¿Qué significa saber lo que uno quiere? No es lo mismo querer tener un coche que querer tener hijos...

—Saber lo que uno quiere tiene que ver, primero, con haber luchado por tener una personalidad de cierta madurez, estructurada, y en segundo lugar, con tener un proyecto de vida, un programa vital con cuatro grandes notas, que son amor, trabajo, cultura y amistad. En fútbol se habla del proyecto deportivo del año... Así debería ser en la vida. Las dos grandes patas del proyecto de vida son amor y trabajo; vida afectiva y vida profesional.

—Y perseverancia en ellas, ¿no?

—Decía Miró que la clave del éxito de su pintura era un poco de talento, y orden y constancia. La constancia es la madre de las mayores conquistas personales, esa perseverancia en lo pequeño.

—¿Cómo se entrena la felicidad?

—La felicidad está en tu cabeza, en tu mente, no depende de la realidad. Te voy a contar una anécdota. Volvía yo de Ávila con mi mujer de visitar a una de mis hijas. Íbamos con un par de nietos y paré en una gasolinera, la más cutre de la zona, pero uno de mis nietos quería ir al baño y otro tenía carraspera... Cuando entro a preguntar por el baño, me dice la chica que estaba atendiendo la gasolinera: «¡Mire usted qué suerte tiene, que acabo de arreglar el baño!». Le digo que quiero unos caramelos porque mi nieto tiene carraspera de garganta y me dice: «Mire, la mejor miel de la zona la hace mi abuela, se la traigo ahora. Y además me dice: «¿Quiere llevarse un saco de naranjas, que son de aquí y son buenísimas?». Y yo, que no sé decir que no, salgo con las naranjas, con los caramelos, con la miel, con unos bollos... Asombrado con la chica. Vuelvo al coche con todo y le pregunto a la chica: «¿Usted es feliz?». Y responde: «¿Cómo no voy a ser feliz si lo tengo todo?». La felicidad no depende de la realidad, sino de cómo interpretas la vida. La chica también me preguntó a qué me dedicaba yo y le dije: «Soy médico, médico de la cabeza». «¿De toda la cabeza?». «No, de la frente para dentro. Soy psiquiatra». «El de los nervios...». La felicidad depende de la capacidad para interpretar de forma positiva la realidad personal, depende de enfatizar lo positivo y minimizar lo negativo.

—¿Todas las cabezas tienen arreglo?

—Pues sí. La psicología y la psiquiatría han cambiado el mundo. Me quedo asombrado con lo que es hoy la psicoterapia, el arte de ver el lado bueno de las cosas. La derrota es el gran aprendizaje, la derrota te enseña lo que el éxito oculta.

—¿Hay que saber perder?

—Saber perder es fundamental. Yo he tenido en mi vida unas cuantas derrotas que me han educado mucho. Hay que moderar las ambiciones, no pedirle a la vida lo que no te puede dar. Conozco mucha gente que vive modestamente y muy feliz. Y conozco gente en Madrid que lo tiene casi todo y siempre está insatisfecha...

—Igual tiene todo, salvo lo esencial...

—Claro. El argumento esencial de la vida, para la felicidad, es el amor. Decían los clásicos, los escolásticos, que el amor es el primer movimiento de la voluntad hacia el bien. El amor es un trabajo, es artesanía, dedicación. No es un señor que está a tu lado y te dice: «Te amo, te adoro, eres maravillosa». La convivencia conyugal, ese es el gran examen.

—El amor que nos alucina, que nos venden, no tiene que ver con eso...

—El amor es entrega y magia, códigos secretos. Su meta es hacer feliz al otro, preguntarse: «¿Qué puedo hacer por hacer feliz a mi mujer?». El amor es sentirse feliz haciendo feliz al otro. Y esto lo saben las madres... Uno ama como ha sido amado.

—¿Y si no te amaron bien de niño?

—Entonces te diré que hay dos tipos de aprendizaje, el aprendizaje por imitación y el aprendizaje por contraste. Un problema de hoy es que en el terreno afectivo se han puesto de moda las revistas del corazón. Y un periodista español de cuyo nombre no quiero acordarme me decía: «Me interesa mucho la vida de los famosos cuando está rota». Es muy importante tener buenos modelos de identidad en la vida. Yo he tenido a mi padre, que era un tipazo, psiquiatra; mi madre, que hablaba francés y alemán, y me enseñó a leer a Valera y a Galdós. Mi hermano Luis era ejemplar... y la gran suerte de mi vida es mi mujer. Yo no me creo aún estar casado con Isabel, y llevamos 39 años. Cuando llega la Navidad y me dicen que compre lotería, digo: «¡Si me tocó el premio gordo hace años, es mi mujer!». Ella es rápida, dinámica; yo, lento, tranquilón.

—¿Las parejas que funcionan son entonces de complementarios? Los diferentes se atraen y, muchas veces, encajan.

—Sí. Mi mujer y yo tenemos, eso sí, un fondo común: la curiosidad por la cultura, el ser disfrutones, la fe, la familia. Mi suegro, cuando empecé a salir con mi mujer, le dijo a uno: «Hemos tenido muy mala suerte. Es andaluz, que allí no trabaja nadie, y es psiquiatra, que están mal de la cabeza». Ese fue mi suegro. Luego me lo metí en el bolsillo, con trabajo. Pasados los años, me dijo: «Tampoco eres tan malo...».

—¿El que algo quiere algo le cuesta?

—La voluntad es la joya de la corona de la conducta. Si tienes voluntad, tus sueños se hacen realidad. La realidad forma un binomio estrella con la motivación.

—¿De qué cosas o actitudes nos arrepentimos más en la vida?

—La enfermera australiana Bronnie Ware hizo un estudio sobre las cinco cosas de las que más se arrepiente la gente en su lecho de muerte. La primera era haber trabajado demasiado, y la segunda, haberle dado una importancia decisiva a cosas que, realmente, no merecían la pena. Es importante saber perdonarse a sí mismo. La vida es arte y oficio, y la experiencia, sabiduría acumulada. Aprendes a base de aciertos y errores, por eso debes ser tolerante contigo y con los demás.

—Denos tres buenos consejos para una pareja que atraviesa dificultades.

—El que no tiene dificultades conyugales es que está soltero o está viudo. Saber esto es importante. Y luego, lo primero es evitar discusiones innecesarias. Segundo, no sacar la lista de reproches del pasado. Tercero, aprender a darle a las cosas que nos pasan la importancia que tienen, no convertir una discusión en una tragedia griega. Y cuarto, aprender a perdonar y evitar el rencor. La diferencia entre una persona infeliz y una feliz es que el feliz no tiene rencor, pasa página, y la persona infeliz se queda atrapada, no sabe pasar página.

sábado, 18 de junio de 2022

Tratar con gente difícil

 

ALEJANDRA VALLEJO-NÁJERA       |     Telva      |     01/06/2022

Alejandra Vallejo -Nájera nos da las claves para entender la neurosis, una condición mental que afecta a la vida de quien la sufre y a quienes conviven con ella. ¿Quién no conoce "gente difícil"?

¿Quién determina qué es normal y qué no lo es? ¿Hasta qué punto las personas que dan problemas pueden considerarse patológicas? ¿Cuánto duran las bizarrías mentales?

Así da comienzo uno de los capítulos de mi libro Eres más de lo que piensas, en el que repaso algunas rarezas, excentricidades o chifladuras que campan a sus anchas en la sociedad actual.

ESTAR SANO ES LO NORMAL

Cuerpo y mente actúan al unísono y están diseñados para funcionar con precisión. Estar sano es lo normal. La enfermedad, por tanto, suele contemplarse como un desequilibrio que rompe una dinámica perfecta del organismo. Y su severidad depende de la agudeza del desequilibrio, los órganos que perjudica y cuánto distancia a la persona de la normalidad.

Pero, ¿quién decide qué es normal? Las sociedades funcionan en base a criterios que marcan qué es aceptable o inaceptable. Conviene que en el fluir de la convivencia entre unos y otros haya los mínimos tropiezos posibles. Y para eso hay normas que decretan el tipo de límites queda vetado pasar. Quien no sigue tales normas es tachado de anormal. Tal calificación resulta especialmente peliaguda cuando lo que falla no es la contribución al buen manar social, sino que son los sentimientos los que están involucrados. Personas de sensibilidad frágil, reactividad desmesurada, dolores, sufrimientos sostenidos o adaptación al medio deficitaria donde la capacidad de recuperación es más lenta de lo habitual.

Si la complicación es fisiológica: quebrantos musculares, infecciones, dolor de cabeza, sabemos más o menos qué hay que hacer para solucionarlo. Sin embargo, el remedio se convierte en un misterio cuando el órgano afectado no es físico, sino mental.

Lo que pensamos y hacemos después de pensarlo o, más aún, lo que hacemos sin pensar, puede incurrir en malformaciones de carácter que hacen sufrir tanto a la persona como a todos los que están a su alrededor. Hay desequilibrios marcados o sutiles, estables en el tiempo o fruto de un golpe del destino. Aunque pasen inadvertidas al observador ocasional, conviene considerar si en la biografía de la persona se han dado episodios con alteraciones bruscas del estado de ánimo, compulsiones, exageraciones, conflictos y rupturas frecuentes o fracasos profesionales abundantes. También si es proclive al exceso de introversión, al chismorreo (como método para no ver las goteras de su propia vida), al fanatismo que hace de ella alguien inasequible al razonamiento lógico, tendente a grupos sectarios e incapaz del pensamiento crítico.

RAREZAS

¿Hasta qué punto son anormales estas personalidades?

Una neurosis es una locura menor. Casi todos tenemos algún rasgo neurótico: ser perfeccionistaintransigente, con tendencia a ver el lado problemático de las situaciones o excesivamente optimista (con lo que se toman decisiones precipitadas que desembocan en la ruina). Ser alguien tozudo, procastinador, desordenado, alguien que va a su bola... Neuróticas son esas grandes o pequeñas manías que a veces dificultan una parte de la convivencia, pero que pueden pasarse por alto si su expansión no abarca y eclipsa el todo. La neurosis no es peligrosa ni grande como puedan serlo las psicosis, es decir los trastornos mentales severos: esquizofrenia, trastorno bioplar o de personalidad, delirio paranoide, impulsos alocados, aberraciones sexuales, adicciones, etc.

DE PRONTO SE LE PELA UN CABLE.

En los primeros contactos, los neuróticos pueden pasar por personas completamente normales. La percepción cambia cuando se convive con ellos.

La persona neurótica se aleja relativamente poco de la realidad. Lo que falla es cómo responde a la misma. Al definirle, los demás dicen de él o ella que es especial, que es raro, que salta por bobadas. La gente neurótica reacciona como si se le hubiese pelado un cable. Es de trato difícil, variable, a veces atormentada, a veces inmadura y sus rarezas pueden aumentar con los años. En las neurosis suele darse una adaptación deficiente al contratiempo y al sufrimiento. La persona neurótica no aguanta ni logra superar lo antes posible la indecisión y el conflicto. Puede que salte sin previo aviso y sin conmiseración alguna a los demás, o teme demasiado cometer un error, así que vuelve una y otra vez sobre el mismo tema, atrasa la toma de decisiones o declina comprometerse y responsabilizarse. O, directamente, suelta un exabrupto. La gente circundante se queda atónita con el cambio tan brusco de actitud y para orientarse hace algo que empeora las cosas: pregunta:

- ¿Pero qué he hecho? ¿Qué te pasa?

En ese momento la persona no está capacitada para responder. Sólo quiere salvarse a toda prisa.

Entre un estallido y otro, entre una caída y otra, la gente neurótica puede ser simpatiquísima, sentirse a tope, notarse de lo más animosa y social. Sin embargo, para su desgracia, un buen día se le cambia el chip. Y pasa de ser cordial a ser hipersensible y recelosa. Estar fuera de ruta la inclina a llorar, juzgar, exigir, tiranizar y despreciar sin lograr controlarse.

Normalmente la persona es consciente de que se sale del surco más de lo deseable y la mayoría siente enormes ganas de corregirse. El primer sorprendido ante sus incoherencias es el propio neurótico, que no entiende de dónde le vienen esas manías, ni tampoco encuentran la forma de modificar la angustia que las promueve. No están chiflados, no deliran, no son enfermos, saben empatizar y tienen clara conciencia de su estado, a diferencia de lo que sucede con los auténticos locos.

TRATAMIENTO DE LA NEUROSIS

En 1975 el psicólogo Seligman (padre de la psicología positiva) publica su libro Indefensión en el que relaciona las bases de los ataques neuróticos con la forma en que las personas en pleno bajón verbalizan sus experiencias. Las caídas de ánimo o los exabruptos, según los estudios de Seligman, guardan un paralelismo con la desmesura de creencias y expectativas utópicas que resultan casi imposibles de alcanzar.

De modo que en la terapia psicológica cognitivo-conductual puede la persona encontrar un gran remedio. Para bien propio y de todos aquellos que conviven y trabajan con ella.

jueves, 16 de junio de 2022

Esquizofrènia: de la psiquiatria a la genètica i la bioquímica


Xavier Pujol Gebellí     |     Diari ARA    |     27/05/2022 

Un consorci internacional verifica alteracions de base biològica associades a la malaltia

No és res que hagi de sorprendre ningú ni que cap especialista no sospités de fa temps. L’esquizofrènia, classificada en tots els manuals clínics com a malaltia psiquiàtrica, té un fort component genètic que té traducció en forma de reaccions bioquímiques que explicarien els seus mecanismes més bàsics i, de fet, fins i tot el seu origen. L’explicació rau en la sinapsi i la presència anormalment alta de gens mutats o amb alteracions. Ho ha vist el consorci internacional Psychiatric Genomics, en què participen investigadors de 45 països i que busca identificar els gens implicats en malalties i trastorns mentals. En aquest consorci hi ha la iniciativa SYNGO, focalitzada en l’estudi molecular de la sinapsi. En el seu darrer treball han identificat 120 gens alterats o mutats associats a l’esquizofrènia. Els resultats s’han publicat a la revista Nature.

 

Entre els centenars de signants del treball, liderats per Michael O’Donovan i James Walters, de la universitat britànica de Cardiff, destaca la presència d’Àlex Bayés, cap del grup de Fisiologia Molecular de la Sinapsi, de l’Institut de Recerca de l’Hospital de Sant Pau. “Qui més qui menys, tothom s’ho pensava”, diu Bayés sobre els resultats de l’estudi. “Semblava lògica l’existència d’un fonament biològic en l’esquizofrènia”. El que no se sabia amb certesa era quin.

 

El treball posa de manifest que hi ha una manca d’equilibri entre les anomenades sinapsis excitatòries i les seves contràries, les inhibitòries. Per tant, que en els pacients esquizofrènics hi ha una alteració en els senyals químics i elèctrics que es transmeten a través de les connexions sinàptiques de les neurones. Aquesta alteració està mediada per gens mutats o sobreexpressats que participen en el procés. Ara bé, quin dels 120 que s’han trobat fins ara és el més rellevant encara és una incògnita.

 

A la recerca de noves teràpies

Pensar-hi és un repte a llarg termini i no és el primer cop que es planteja. Ja hi ha fàrmacs que controlen el que es coneix com a símptomes positius, com les ideacions, els deliris o les al·lucinacions. Són els neurolèptics, que actuen sobre el sistema dopaminèrgic. Els símptomes negatius, que afecten les capacitats cognitiva, relacional o executiva i que poden ser incapacitants, “estan fora de control farmacològic”, assegura Bayés.

 

El cas és que s’entén que l’esquizofrènia es manifesta -normalment al final de l’adolescència o en els primers anys de l’edat adulta- quan es trenca l’equilibri entre senyals excitatòries i inhibitòries que tenen a veure amb els símptomes positius i negatius. En aquest mecanisme hi participen milers de proteïnes, cosa que implica un nombre elevat de gens. “Hi ha una disfunció de la sinapsi donada pel desequilibri entre senyals i que podria tenir un rol important com a causa de la malaltia”, afegeix l’expert, que admet que no és una idea ni nova ni revolucionària.

 

El que aquest estudi canvia, i per això és rellevant, és la magnitud. S’han recaptat dades de 76.755 pacients esquizofrènics i 243.649 individus de control. Com que les alteracions genètiques són “molt poc freqüents”, la inclusió de tantes persones ha permès que afloressin. Estudis posteriors han de veure quins dels 120 gens mutats són rellevants o si n’hi ha més. Haver identificat els gens i la seva funció serà fonamental per dissenyar teràpies i explicar què fa que aquesta malaltia sigui hereditària entre el 60% i el 80% dels casos.

miércoles, 15 de junio de 2022

Rumiación mental: cuando le das vueltas a lo mismo todo el tiempo

 

AMINIE FILIPPI     |     telva.com     |     11/03/2022 

¿No consigues deshacerte de ese pensamiento que se repite una y otra vez en tu cabeza? Si tienes tendencia a rumiar, conviene que encuentres la forma de ponerle freno a esa cavilación en bucle. Ese pensamiento rumiante se ha instalado allí y no te va a dejar tranquila hasta que lo desbloquees. No hacerlo llega a producir una gran ansiedad. Una psicóloga y docente nos explica de qué se trata la rumiación mental y nos da algunas pautas para evitar que nos atrape.

 

Según la definición de RAE el término rumiar es 'masticar por segunda vez, volviéndolo a la boca, el alimento que ya estuvo en el depósito'. Seguramente esta fue la inspiración que hace la psicología de este mecanismo y lo lleva a su terreno para describir lo que pasa en nuestra mente. Tal y como reflexiona la psicóloga clínica y profesora de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) María Pilar Berzosa Grande "la rumiación es el exceso de movimiento del pensamiento. Tener uno o varios pensamientos que se mantienen constantemente en la cabeza, impide que el pensamiento se libere, bloqueándonos y generando mucho malestar".

 

PERO, ¿POR QUÉ RUMIAMOS?

Pensar, pensamos todo el día y a cada rato. Es normal. De hecho, hay estudios que describen que producimos unos 60.000 pensamientos diarios. Pero, cuando lo normal deja de ser normal, y no te puedes quitar de la cabeza un mismo pensamiento que vuelve reiteradamente, puede que tengas tendencia a la rumiación. Si alguna vez has caído en este estado, sabrás que las personas que rumian quedan atoradas en un bucle negativo, se bloquean, por lo que les son muy difíciles las tomas de decisiones y las resoluciones de sus problemas. La experta nos tranquiliza: "pero, no hay que darle siempre tanta validez al pensamiento; en ocasiones, es mejor desbloquearlo".

 

Generalmente, los pensamientos rumiantes son manifestaciones de ansiedad, debido a que estamos preocupadas por algo. "El cerebro interpreta esa preocupación y quiere liberar esa ansiedad de alguna manera. El pensamiento, digamos, se apodera de la ansiedad e intenta buscar una salida. Pero se ha producido un bloqueo justo en las áreas emocionales vinculadas en los procesos ansiosos, mandando la señal a la parte cognitiva; como el pensamiento no encuentra salida, entra en bucle".

 

LOS PENSAMIENTOS RUMIANTES INTOXICAN

Habitualmente estos pensamientos son repetitivos, negativos, tóxicos y autodestructivos. "Tenemos que recordar que nuestra mente funciona en tres dimensiones: la emocional, la cognitiva o del pensamiento, y la de la conducta. Para que estemos en equilibrio, estas tres dimensiones tienen que funcionar armónicamente. Esto no siempre es fácil, ya que nos acechan muchas situaciones de estrés y preocupación. Hay personas que por sus tendencias de personalidad, crianza, valores y otras variables, tienden a quedarse con la parte de pensamiento más desarrollada, y empiezan a darle vueltas y vueltas a las cosas".

Cuando rumias es habitual que te repitas mentalmente que 'no vales', 'no te lo mereces', 'te va a pasar lo peor', 'no puedes conseguirlo' y que no ayudan en nada. "Los rumiantes están todo el tiempo yéndose al pasado o yéndose al futuro, en lugar de vivir en el presente".

 

Por otra parte, los pensamientos enfrascados giran en torno a lo que la persona cree que carece o por alguna situación traumática experimentada en el pasado y que tema que vuelva a ocurrir.

 

DESCUBRE SI TIENES MÁS PREDISPOSICIÓN

Si bien todos podemos darle vueltas a un tema en determinada oportunidad, "las personas más introvertidas, aquellas a quienes les cuesta más expresar sus emociones, las internalizantes (que se guardan todo), las de mayor rigidez de pensamiento, las más inseguras o ansiosas" suelen tener más tendencia a rumiar. Si es tu caso, es posible que tu atención se centre solo en el problema que estás rumiando y el entorno lo retroalimente. "Esta es una característica de nuestro cerebro. Nos preocupa especialmente en los jóvenes, ya que encuentran en las redes sociales un espacio donde muchas veces se 'da cuerda' a ese problema concreto, con los peligros que aquello conlleva".

 

¿CÓMO SABER QUE EXISTE UN PROBLEMA?

No hay que olvidar que los pensamientos rumiantes generan mucho sufrimiento. "Por ejemplo, tienes un problema con tu pareja, pero luego, como te tienes que ir a trabajar, lo aparcas; al regresar a casa, vuelves a pensar en el problema, pero nuevamente lo aparcas porque atiendes a los niños o las cuestiones de la casa. Llega la noche y, en cuanto te acuestas, vuelves a rumiar. En este caso, estás acotando tu pensamiento al tiempo: sabes que, durante un par de días, llevas ese runrún en la cabeza", sostiene Berzosa. Pero si sigues rumiando más de una semana, la psicóloga sugiere que es el momento idóneo para pedir ayuda. "Si el problema no se te va ni cuando te vas al trabajo ni con los niños ni con nada, entonces no esperes una semana y acude a un psicólogo ya, porque quiere decir que ese pensamiento se está instalando profundamente". No se trata de que cada vez que tengamos un malestar vayamos al psicólogo, pero sí que cuando llevemos unos días dándole vueltas a un problema y no podamos pensar en otra cosa, no dejemos pasar tantos días para pedir ayuda. "Si sostenemos el pensamiento rumiante en el tiempo, este podría derivar en más ansiedad, depresión, obsesión o trastorno obsesivo compulsivo (TOC)".

Por otra parte, no siempre tiene que haber pasado algo concreto. "Se van acumulando microrrumiaciones que, como no se resuelven, se están moviendo todo el tiempo en la cabeza, sin darle salida", señala la experta. 

¿QUÉ PODEMOS HACER EN CASOS DE RUMIACIÓN?

Si nos damos cuenta de que estamos dándole vueltas a las cosas más de la cuenta, la psicóloga nos recomienda las estrategias básicas que podemos llevar a cabo para desconectar y desatascar el bloqueo. "Lo bueno es que los pensamientos rumiantes son problemas que tienen solución, pero es muy importante que aprendamos a coger el control de nuestras vidas". Antes, habrá que bajar la ansiedad física: la relajación, respiración y ejercicio prepararán adecuadamente el terreno para un trabajo interior más profundo.

 

"Hay múltiples estrategias de relajación que cada una puede adaptar a sí misma. De la misma forma, hay que aprender a utilizar la respiración, que es nuestro mayor ansiolítico, que encima es gratis y ya lo tenemos. Luego, movernos: si no es con un deporte, caminar a paso ligero también vale".

 

Una vez conseguida esta primera fase, estaremos más receptivas para frenar ese pensamiento rumiante. "Meditar puede ser una ayuda extra porque nos permitirá centrar el pensamiento en el presente. Pero solo podremos conseguirlo cuando ya hayamos bajado la ansiedad, porque, de lo contrario, será imposible hacerlo con ruido mental". En terapia, la meditación es una buena herramienta para trabajar en la toma de conciencia de las emociones, en su comprensión, en la resolución de problemas, el aumento de la seguridad en una misma y de la autoestima, por ejemplo.

 

  • Dar una salida. Cuéntaselo a alguien. Hablarlo puede constituir un vía de escape. Al menos temporalmente. Pero, ojo, que tu interlocutor debe ser alguien de confianza. Hay personas que son muy externalizantes, con mucha verborrea, pero eso tampoco soluciona el problema. «Realmente el rumiante no es quien está hablando todo el rato de su problema, sino el que está pensando en él, sin contar nada», dice María del Pilar Berzosa.
  • Escribe frente a la rumiación. A los pensamientos rumiantes conviene sacarlos fuera. "Siempre que tengamos las posibilidades de expresar aquello que sentimos, estaremos minimizando la rumiación". Se puede expresar de varias maneras: hablando con alguien de confianza, a través del arte, de la pintura, de la narrativa... Por eso, escribir lo que te pasa es una excelente idea. "Los procesos de pensar y de escribir son muy diferentes. Cuando escribimos, ya estás dándole salida al pensamiento, organizándolo; es como si lo oficializaras. Y eso, será de ayuda para contárselo mejor a tu terapeuta, quien podrá reestructurar ese pensamiento. Siempre recomiendo tener un cuaderno a mano y ponerle el título: 'Para mi bienestar'. Si ves que estás sobrecargada, bastan 5 o 10 minutos para escribir porqué te sientes de esa manera y qué crees que te ayudaría a resolverlo».
  • Elige una estrategia de bienestar. Cuando lo hayas escrito, reléelo, y luego haz algo de lo que has puesto como solución posible. Quizá es darte una ducha, un paseo, llamar a alguien, salir de la zona de confort... cualquiera acción que te haga sentir mejor. "Estas estrategias no cuestan nada, son como lavarse los dientes y recuerda tener todos los días el hábito de relajarte, respirar, hacer ejercicio, aunque sea una vez al día, porque esto será bueno para tu mente. Hay que sembrar esta higiene mental para enfrentarte a la ansiedad y a un pensamiento rumiante".
  • Tener un pensamiento positivo. "Si eres negativa, buscarás a personas negativas, pero hay que entender que eso es un hábito que conviene erradicar», afirma la experta, quien añade que tener cada día un pensamiento de agradecimiento es ganarle a uno rumiante. Disponer de una cama cómoda y calentita, un desayuno rico, poder charlar con una amiga, las flores de tu jardín..."Un pensamiento positivo te va a preparar frente a uno tóxico. Después de un mes, seguro que habrás reducido los pensamientos en bucle".
  • Cuando el que rumia es otro. Los pensamientos rumiantes también generan malestar en las personas que rodean a quienes los tienen. Cuando ves a alguien que siempre se queja por las mismas cosas o que se considera continuamente desagraviado por los demás, también puedes aportar tu granito de arena y echar una mano. Si eres cercano, pareja o familiar de un rumiante mantén una actitud de ayuda y escucha activa: «si necesitas que te escuche, le escuchas; tú misma puedes coger un papel y apuntar lo que a la persona rumiante le está distorsionando. Lo importante es que se sienta acompañada. La que está más calmada (en esta caso, tú) no necesita ofrecer la solución, pero sí la oportunidad de que hable y se abra para desatascar ese pensamiento rumiante".

lunes, 13 de junio de 2022

La vanidad: "yo, el mejor de todos"


Marcelo R. Ceberio      |     La Mente es Maravillosa     |     01/02/2022

Un vanidoso se suele comportar como si fuera el rey del mundo y trata al resto de las personas como seres inferiores, puesto que tiende a desvalorizar cualquier opinión o posición que no sea la suya. Solo él vale. Solo lo que haga o diga es válido. 

Solemos pensar que el hecho de valorarse consiste en tomar todas las habilidades personales y recursos, y recortar los aspectos negativos. Haciendo esto, muchos creen que pueden con todo o que son los mejores en todo y que tienen “buena autoestima”. Ahora, ¿es así? No. Eso es vanidad.

Una autoestima saludable implica el reconocimiento tanto de los aspectos positivos como de los aspectos defectuosos, lo que a su vez permite reconocer el equilibrio interno. Sin embargo, la mayoría de las personas no tienen una autoestima equilibrada y por ello muchas veces apelan a múltiples trampas para lograr compensar esa desvalorización interna que las caracteriza. 

La pobreza de los vanidosos

La vanidad se define como ‘el amor exacerbado hacia uno mismo, así como la creencia excesiva en las propias habilidades y en la necesidad de mostrárselas a los demás’. Esto quiere decir que un vanidoso no solo cree en exceso en sí mismo, sino que busca constantemente que otros lo noten o destaquen, porque tiene el deseo compulsivo de ser reconocido y valorado.

El vanidoso no tiene la incapacidad de reconocer y valorar a los demás. Está tan centrado en sí mismo, que permanentemente hace ostentación de sus cualidades geniales con el fin de que los demás las noten y las reconozcan. Por esto mismo, es arrogante y engreído. También tiene una actitud soberbia que lo hace sentirse superior, ya sea desde un punto de vista intelectual o físico.   

Por otra parte, el vanidoso trata de hablar siempre de lo que sabe, pero también de lo que no y hace ostentación vox populi de lo que considera que son sus valores personales. Es experto en ningunear o invisibilizar a las personas. Por ello, descalifica y desvaloriza cualquier opinión, solo la suya será la acertada en todo caso. Además, la persona que tienen al lado no existe para ellos, excepto cuando le aplaude. 

El vanidoso tiene tan hipertrofiado su Yo, que no admite personas en su mundo y es tal el alardeo sobre sí mismo que no permite la entrada de otros, con quienes apenas se relaciona de manera superficial. Tiende a establecer relaciones muy asimétricas y puede fácilmente convertir a las que lo rodean en especie de súbditos aduladores de sus propios atributos (así es como considera que la relación puede funcionar). 

Por si fuera poco, un vanidoso no va a aceptar nunca que haya otro que quiera estar a su par y no “reconozca” su supuesta superioridad. Además, si esa persona intenta discutirle -para hacerle entrar en razón o por el motivo que sea-, no llegará a ningún sitio, pues el vanidoso solo estará interesado en su propia opinión, en “su versión” de experto de las cosas, que además considera como “la verdad”. 

Por todo esto, no resulta sencillo vincularse con personas vanidosas. 

La vanidad no es más que la defensa contra el vacío interno 

Volvamos a la definición de lo que es la “vanidad” para entender la pobreza del mundo interior de los vanidosos. La primera acepción del Diccionario de la Lengua Española indica que es la cualidad de vano. Luego, lo “vano” está definido como ‘vacío, hueco o falto de sustancia o solidez’. 

Teniendo en cuenta estas dos definiciones, podemos ver que la vanidad viene a ser una defensa contra el desvalor propio; es decir, la persona siente un vacío personal y para defenderse de ello, se coloca por encima de los demás. La vanidad viene a ser entonces un reactivo de sobrevalorarse por la ausencia de valor personal.

Pero contrariamente a lo que pretende, el vanidoso produce rechazo en el resto de las personas. Su actitud petulante y soberbia hace que la gente no lo tolere y más bien lo margine. Entonces, la intensidad del deseo de ser reconocido puede ser igual al rechazo que recibe.

¿Cómo reconocer a un vanidoso?

 

·        Cree que su punto de vista es la verdad única y el único que vale.

·        Se muestra seguro, potente y valorizado.

·        Es rimbombante con sus logros.

·        Publica en las redes sociales tras la imagen de triunfador.

·        Suele creer que tiene razón en todo y desoye a los demás.

·        Trata de mostrar indiferencia, pero le importa muchísimo que los demás tengan una buena imagen. Se desvive para generar una imagen perfecta.

·        Viste bien o al menos usa ropa de marca, para hacer que el resto se dé cuenta.

·        Se enoja con mucha facilidad cuando se le trata de discutir.

·        Se expresa de forma teatral, con entonaciones, para captar la atención de su audiencia.

·        Tiene una actitud explicativa. Siempre está dando cátedra de temas variados y parece que habla encima de una tarima como si los demás fuesen ignorantes. 

La vanidad tiene varias caras, incluyendo la falsa modestia

Los vanidosos pueden ser -en mayor o menor medida- omnipotentes, ególatras, pedantes, y soberbios… Esto quiere decir que hay distintos tipos de vanidosos. 

El vanidoso fanfarrón es el que monopoliza la atención en las reuniones sociales, conduciendo diversos temas. Habla y habla sin dar lugar a los otros y, a veces, queda en ridículo porque intenta proporcionarle conocimientos técnicos de construcción a un ingeniero o explicarle los mecanismos del inconsciente al psicólogo, por ejemplo.

Generalmente, el vanidoso todo lo puede, todo lo sabe, todo lo entiende y no hay nadie mejor que él. Tampoco hay nadie más que sea portador de “la verdad” como él. Luego, si a la vanidad, la egolatría y la omnipotencia se le agregan la pedantería y a la soberbia, el resultado podría ser una conducta delirante, digna de un emperador romano que se cree Dios. 

El vanidoso de tipo falso modesto es quien intencionadamente muestra un perfil de “humildad” y se las ingenia para que sea el interlocutor quien alardee y resalte las condiciones que él “trata de ocultar” para que se evidencien.

En cambio, las personas humildes son aquellas que no alardean ni se vanaglorian de sus conocimientos o habilidades. Muchas de ellas reconocen que las poseen, pero no por esa razón andan por la vida haciéndole recordar sus virtudes a la gente. Son justo aquellas personas que nos sorprenden por sus capacidades puesto que nunca se nos hubiese ocurrido que fuesen de su repertorio.