lunes, 12 de junio de 2023

Silvia Congost, psicóloga: "No hay un gen de la autoestima, es una consecuencia de lo que hemos vivido y se puede reforzar"


LAURA MIYARA       |      lavozdegalicia.es      |      09/05/2023

 

La psicóloga Silvia Congost es reconocida a nivel mundial por su trabajo sobre las relaciones tóxicas, la autoestima y la dependencia emocional. Su charla Claves para evitar la dependencia emocional cuenta con casi 20 millones de visualizaciones en YouTube y sus libros aportan información crucial para superar esta forma nociva del apego y construir relaciones sanas.

 

Con veinte años de experiencia ayudando a sus pacientes y al público general a lograr estos avances, Congost llega por primera vez a Vigo para presentar Objetivo amarte, una experiencia interactiva que está a medio camino entre una charla y una sesión de terapia grupal. A través de este innovador formato, la experta propone estrategias y herramientas para mejorar la autoestima. En su paso por Galicia, Congost nos resume algunos de los conceptos centrales de su trabajo y el aporte que representan para el bienestar emocional.

 

—¿Cómo marcan las relaciones que construimos nuestra autoestima?

 

—La relación que tenemos con nosotros mismos y la que creamos a partir de ahí con los demás, tanto a nivel de relación de pareja, relaciones familiares, amistades o en el trabajo, todo eso determina si sentimos o no que nuestra vida vale la pena, que somos felices, que estamos a gusto. Entonces, como no hay una educación en la escuela ni, muchas veces, por parte de los padres, sobre relaciones, sobre dónde poner límites, qué es lo que nos sienta bien y qué es tóxico, hay una carencia importante en este sentido y hace falta aportar esta información. Las tres partes más importantes que determinan nuestra vida son la relación con nosotros mismos, la relación con nuestros padres y la relación con las demás personas una vez que somos adultos. El tema de la autoestima es algo que nos afecta siempre a todos, a cualquier edad. Siempre estamos a tiempo de iniciar un proceso para mejorarla y siempre vale la pena hacerlo. Desde adolescentes que empiezan a abrirse a estos temas, hasta personas de edad avanzada.

 

—¿Cómo podemos saber si nuestra autoestima es sana o si necesitamos trabajarla?

 

—La autoestima es básicamente el valor que nos damos a nosotros mismos: si sentimos o no que somos personas valiosas, que somos capaces, que estamos a la altura de aquello que la vida nos ponga delante, que merecemos que nos amen, que merecemos tener éxito. Cuando no sentimos eso, nos vemos a nosotros mismos como personas inseguras, nos comparamos mucho con los demás, sintiéndonos peor; somos personas con un alto nivel de autoexigencia y, por mucho que hagamos y consigamos, es como si nunca fuera suficiente. A veces, tenemos miedo a no encontrar pareja o a que nuestra pareja nos deje y no encontremos a nadie más. Generamos dependencia emocional con personas que resultan ser tóxicas. A veces, nos cuesta expresar lo que pensamos, poner límites, decir que no. Renunciamos a oportunidades que nos permitirían crecer. La falta de autoestima puede manifestarse de muchas formas distintas. Por eso es importante saber detectarla, para hacer algo al respecto.

 

—¿Qué podemos hacer para fortalecer la autoestima?

 

—Lo primero es tener consciencia de ella, hacer ese despertar. Una vez que la vemos, es muy importante entender por qué tenemos la autoestima que tenemos. Es decir: no hay un gen de la autoestima que determine que la tengamos bien o mal, sino que es una consecuencia de las cosas que hemos vivido, de nuestra infancia, de nuestras experiencias. Y entender por qué tengo la autoestima que tengo me ayuda a ver que no es que yo sea defectuosa, sino que he vivido unas circunstancias determinadas, pero que puedo, en cualquier momento, reforzarla y cambiar eso.

 

—¿Cómo podemos detectar la dependencia emocional?

 

—La dependencia emocional es la incapacidad que sentimos a la hora de cortar una relación cuando deberíamos terminarla porque es tóxica, porque ya no nos aman, porque nos tratan mal o porque no podemos crecer en ella. La persona que sufre dependencia, a pesar de ver en determinados momentos, con mucha claridad, que aquello no es bueno ni es sano, conecta con un sentimiento de incapacidad total, un temor terrible a quedarse sin esa persona. Lo veo, pero no soy capaz de salir. Como una adicción. Es muy destructivo, muy desgastante y nos impide crecer en todas las áreas de nuestra vida, nos va anulando.

 

—¿Cómo se sale de ella?

 

—Lo primero es fortalecer la autoestima. Cuanto más aprendes a amarte, cuidarte e identificar aquello que te está dañando y te impide crecer y evolucionar, más sabes dónde tienes que poner los límites. Se trata de aprender a amarnos, primero, y después plantearnos cómo queremos que sea una relación, cómo concebimos una relación sana, y darnos cuenta de que aquello a lo que nos hemos acostumbrado y que hemos normalizado no encaja con lo que nosotros queremos y buscamos. Entonces, hay que empezar a poner límites y aprender a tomar distancia de esa persona. No siempre se puede por uno mismo. Hay personas que, leyendo un libro, toman consciencia y cogen las riendas y salen. Pero hay otras personas que, a lo mejor, necesitan algunas sesiones de terapia.

 

—¿Por qué para algunas personas es tan difícil poner límites?

 

—Nos cuesta mucho poner límites y creo que tiene que ver con esa necesidad de buscar el reconocimiento y la aprobación en los demás. Al final, para el ser humano, el miedo más grande es a ser abandonado, a ser rechazado, a quedarse solo. Y cuando tú pones límites, tienes un miedo intrínseco a que el otro se enfade, a que no lo entienda, a que te dé la espalda y, en última instancia, te abandone. Es un miedo irracional, pero muchas veces conectamos con él y eso es lo que hace que queramos ceder o permitir determinadas cosas. Si sentimos que, si esa persona nos abandona, no podremos continuar con nuestra vida, preferiremos, lamentablemente, estar mal acompañados antes que quedarnos sin esa persona.

 

—¿Cómo saber si hace falta poner un límite?

 

—Cuando tenemos dudas en ese sentido es bueno hablarlo con alguien de confianza o incluso con un profesional, si lo estamos pasando mal. Porque, si nuestros padres, las personas de las que hemos aprendido a relacionarnos, han sido una referencia tóxica, puede que nos parezca normal permitir determinadas cosas, porque nos han enseñado a permitirlas con su ejemplo. Y puede que nos estén dañando y no veamos claramente dónde poner los límites. Yo aconsejo, en caso de duda, hacer una consulta. Porque si dudamos, es porque hay algo allí que nos está molestando, que nos está doliendo. Si no, ni nos lo plantearíamos. Hay que acostumbrarnos a consultar a un profesional, igual que quien tiene un dolor en una muela va al dentista, deberíamos normalizar acudir a un psicólogo para aprender y para entender mejor lo que nos pasa.

 

—¿Cómo podemos saber si nuestra relación es sana?

 

—Normalmente, cuando estamos bien, ni nos planteamos todo esto, porque no nos tenemos que preocupar por la relación. Es una parte de nuestra vida que fluye y funciona sin demasiada dificultad. No tenemos que invertir grandes dosis de esfuerzo para que funcione, que es lo que pasa cuando es tóxica: estamos cayendo una y otra vez en lo mismo, discutiendo, sintiéndonos mal. Cuando es sana, estamos a gusto con esa persona, hay equilibrio entre nosotros, nos entendemos, tenemos paz y sentimos que podemos crecer. Estamos con una persona que se alegra de que las cosas nos vayan bien y que, si estamos mal, sentimos que está ahí, que se preocupa y nos apoya. Es una persona en la que podemos confiar y no nos genera dudas.

 

—¿Qué podemos hacer para ayudar a una persona cercana que está en una relación tóxica?

 

—Es complicado. Cuando alguien está sufriendo una relación que es tóxica y no se da cuenta, es difícil poder ayudarla desde fuera. Porque, si estás en este tipo de relaciones, como tú lo que no quieres es perder a esa persona, no estás dispuesto a escuchar a nadie que te lleve por ese camino, que te diga de alguna forma que tienes que cortar esa relación. Entonces, cuando tratas de hacérselo ver, la persona se cierra y se aparta de ti. Lo mejor es intentar aportar un poco de luz cuando la persona viene a nosotros porque está mal. En el momento en el que tiene la crisis, el bajón que en una relación tóxica siempre hay, si lo comparte, ahí es cuando podemos dar nuestro punto de vista y tratar de aportar algo de información: regalar un libro, recomendar a un profesional, enviar una conferencia por internet, intentar ayudar a que acabe de entender qué es lo que pasa. Pero sin duda, está comprobado que lo mejor es intentar que la persona pida ayuda profesional. Porque cuando alguien viene a la consulta, muchas veces dice: «Esto siempre me lo ha dicho mi madre, mi amiga o mi hermana, pero ahora lo entiendo de otra forma». Cuando tú vas a un experto en ese tema y le explicas a alguien que no te conoce de nada, ahí la sanación se produce de forma más rápida, porque tienes un nivel de apertura distinto.

 

—¿Qué herramientas pueden ayudar a fortalecer la autoestima tras una relación tóxica?

—No hay unos ingredientes o una receta que si la sigues, tu autoestima vaya a mejorar. Por lo general, es un proceso terapéutico que se realiza. Pero tiene que haber un trabajo emocional, es decir, empezar a sentir autocompasión por ti mismo, volver a sentir amor hacia ti, porque solo cuando te amas vas a poner límites cuando alguien te esté dañando y no lo vas a permitir. Eso hará que conectes con tu dignidad y empieces a poner barreras. También hay que trabajar con las creencias, con esos mensajes que nos damos a nosotros mismos. Porque cuando estamos mal, caemos fácilmente en decir: «Soy un inútil, no soy capaz, nunca lo voy a lograr, no lo merezco», y eso nos daña muchísimo. Imagina que le dices eso a otra persona, cómo se sentiría si estás todo el día repitiéndole esto. En cambio, a nosotros mismos nos hablamos así, ya estamos acostumbrados y es como si no nos doliera tanto, pero el daño es el mismo. Hay que trabajar también a nivel de actividades externas: hacer cosas nuevas, hacer cambios en nuestra vida y analizar con quién pasamos tiempo, cuáles son las personas que tenemos alrededor, si son sanas o no y de quién debemos defendernos. Porque todo eso afecta a nuestra autoestima.

 

—¿Las personas tienden a aislarse cuando están en ese proceso interno de reconstrucción?

 

—Cuando uno se siente mal, tiene menos ganas de compartir y de estar con gente, tiende a encerrarse más y quedarse sin que nadie la vea. Pero, al contrario, es importante que nos esforcemos un poco. Siempre hay un momento en el que tienes que permitirte estar solo, abrazarte y llorar, estar contigo. Pero no puedes quedarte ahí anclado, porque va a ser perjudicial. Entonces, siempre es bueno que, cuando estás en el proceso de salir de una relación tóxica y aprender a quererte, aunque no te apetezca nada ahora ir a ese sitio al que te han invitado, vayas. Cada uno tiene que responsabilizarse. Aunque no te apetezca, por ejemplo, ir al gimnasio, es importante que vayas, tienes que poner de tu parte para ir saliendo y mejorar tu autoestima.

domingo, 11 de junio de 2023

Cinco sugerencias para el buen camino hacia la búsqueda de la felicidad

 

Dr. ENRIQUE ROJAS     |      Alimente.elconfidencial.com     |     09/10/2022

 

La felicidad consiste en hacer algo que merezca la pena con la propia vida, algo grande, pero cada uno dentro de sus posibilidades y puntos de partida. Es estar contento con uno mismo, es un estado positivo.

 

Ser feliz es, por tanto, aquella operación que hace el hombre, gracias a la cual tiene una personalidad equilibrada, hecha, sólida, firme, con sello propio, con la cual se siente identificado, a gusto, satisfecho, tranquilo, en paz interior. Esta es la puerta inicial de entrada a la felicidad. Una persona desequilibrada, desajustada, neurótica, inmadura, sin hacer, será muy difícil que se sienta feliz, porque no se ha encontrado consigo misma, no ha hallado la clave para armonizarse por dentro y tener una conducta adecuada y positiva por fuera.

 

El proyecto de vida no es otra cosa que anticipar el futuro programándolo de forma aproximada. El proyecto personal debe tener cuatro ingredientes esenciales: amor, trabajo, cultura y amistad. Estas van a ser las notas fundamentales que lo definen. Si la felicidad es proyecto, futuro, anticipación quiere decir que la felicidad consiste en vivir con ilusión, en vivir hacia delante, con esperanza.

 

El amor es la pieza clave de la felicidad. No hay felicidad sin amor. Por el amor tiene sentido la vida. Nada hay tan grande como el amar. El amor es fuerza que nos impulsa a seguir buscando nuevos caminos a recorrer. Pero existe una gran variedad de estilos y formas de amar. Desde el amor a la patria, pasando por el amor a la justicia, al orden, las antigüedades, hasta llegar al amor entre un hombre y una mujer, o el amor a Dios. Aquí nos vamos a referir especialmente al amor humano, al que se establece entre dos personas.

 

Según esto, podemos afirmar que el amor es un sentimiento grato, positivo, gozoso, de alegría, mediante el cual quedamos prendidos de otra persona, con la que queremos compartir la vida. El amor es, así, un regalo de la naturaleza, gracias al cual la vida se ilumina y todo cobra un relieve especial. No hay que perder de vista que el amor es como un fuego que hay que alimentar a base de cosas pequeñas; primero arde el material más ligero y después arden los ingredientes más pesados, que le darán estabilidad al fuego.

 

El trabajo es algo decisivo en la vida de un hombre. Nos pasamos la vida trabajando. No hay felicidad sin amor y sin trabajo, ambos conjugan el verbo ser feliz. La satisfacción por el trabajo bien hecho, terminado en su momento, retrata a la persona que lo hace.

 

La cultura es libertad, porque es criterio y saber a qué atenerse. La cultura es lo que queda después de haber olvidado todo lo aprendido. Esta diseña un modelo humano, un modo de adecentar la realidad. La cultura llega a convertir cualquier pirueta personal en algo inteligente.

domingo, 4 de junio de 2023

Cuando te saboteas a diario te conviertes en tu peor enemigo

PATRICIA RAMIREZ       |     ABC (El lunes empiezo – blog)    |   28/02/2021

¿No te parece que la vida ya tiene suficientes trampas como para ponerte tú las tuyas? ¿Eres de esas personas que antes de intentarlo ya han fracasado? ¿Te suenan estos pensamientos “no podrá ser”, “yo no suelo tener suerte”, “no estoy preparada”, “a mi edad lo veo complicadísimo”, “siempre he sido torpe”? Si te sientes familiarizado con esas ideas, quédate conmigo. Este es tu artículo.

 

Lo primero que me gustaría hacer es animarte a la reflexión. ¿Por qué has decidido ser tu enemigo? ¿Por qué has decidido limitarte? ¿Por qué te anticipas sin probarte? Todo lo que hacemos en esta vida suele mantenerse gracias a las contingencias. Así que, ¿cuál es tu ganancia con esta forma de pensar? Es importante dar con ella porque nos ayudará a entender nuestro estilo cognitivo.

 

Una de las razones por las que las personas se sabotean a si mismas es el miedo al fracaso. La idea de anticipar que pueden fracasar, que pueden no estar a la altura, que algo puede fallar, les ayuda a relajarse. Es como partir de una certeza tan negativa que todo lo que puedas hacer a partir de ahora es mejorar. Y esto les quita presión. Quita presión, pero añade inseguridadfrustración y muchas veces lleva a que ni siquiera se comprometan con objetivos nuevos porque anticipamos que no somos capaces. En este caso el autosabotaje funciona como un sistema de protección de la autoestima.

 

Otra de las razones radica en la baja autoestima. Hay personas con una imagen tan pobre de sí mismas que de verdad creen que no van a ser capaces. Incluso habiendo tenido éxitos en sus vidas, no son capaces de darles el valor suficiente como para modificar la visión que tienen de ellas. Así que siguen limitándose y diciendo que no pueden.

 

En otras ocasiones no hemos sido nosotros. Ha sido el entorno el que nos ha hecho ver lo poco que valemos. Nos han etiquetado, menospreciado, comparado y hemos terminado asumiendo esa visión que tienen de nosotros como una visión verdadera. Y nos comportamos en función de lo que nos han hecho creer que somos.

 

Sea cual fuere el origen de tus pensamientos limitantes, tienes que saber que no te ayudan. No suman, no te dan valor, no te protegen, no te previenen, no te solucionan. Nada. Sólo te limitan. Y Así que hoy vamos a darles carpetazo.

 

Nuestros pensamientos y nuestra forma de interpretar el entorno son los que generan nuestros estados emocionales incómodos. Perderse en las rumiacionesanticipaciones y preocupaciones es emocionalmente agotador. El miedo, la ansiedad, la tristeza, la falta de ilusión impiden vivir la vida que deseamos tener. Impiden que nos comprometamos con nuestras metas. Este estado emocional afecta incluso a nuestras aficiones, a las relaciones que mantenemos con los demás, al autocuidado…

Si tus pensamientos limitantes hasta ahora no te han ayudado a alcanzar tus propósitos, seguir pensando de la misma manera tampoco es la solución.

 

Rumiar, anticipar y limitarnos genera más sufrimiento que alivio. Aparentemente te sientes protegido y aliviado. Pero al rato te sientes de menos por reconocer cómo tu cabeza limita tu vida.

 

Equivocadamente tratamos de volver buscar falsas soluciones, razonar… y nada. No sirve. Seguimos sufriendo ansiedad y malestar. Y lo más importante, seguimos sin implicarnos y sin protagonizar la vida que deseamos. Muchas personas creen que están condenadas a vivir así, con esa inseguridad, con sus limitaciones, comparando su vida con la de otros. Piensa que su vida va a ser limitante, un sufrir, un no parar, un no poder ser lo que de verdad anhelan.

 

Así que aprendamos a tener amigos en lugar de rivales.

1-No todo lo que piensas es verdad
Somos nuestras acciones, no nuestros pensamientos. A pesar de que tu mente trate de protegerte y limitarte… ¡No tienes por qué escucharte! No hables contigo mismo cuando aparezcan estas ideas. No le des respuestas.

2-Ponte a prueba, sin más
No necesitas la aprobación de nadie. Ni siquiera la propia. Tampoco necesitas sentirte seguro antes de implicarte con algo. Solo tienes que implicarte. Ya aparecerá la seguridad a la postre.

3-Estate presente. Cuando te autosaboteas solo provocas anticipar un futuro en el que no tienes ni idea de cómo te va a ir. Empecemos por aprender a estar en el presente y a tener pensamientos que sumen. No se trata de forzar pensamientos súper positivos que nos hablen de una realidad que no es. Pero sí a dejar de anticipar todo lo negativo y catastrófico. Pensamientos que nos ayuden a estar bien con nosotros. 

4-Pon distancia emocional contigo mismo. Al igual que tratamos de alejarnos de personas toxicas, trata también de poner distancia con esa parte tóxica que tienen todas las mentes del universo. Se trata de dejar estar aquello que nos altera, sobre lo que no podemos hacer nada. 

5-Centra tu atención en lo que suma. De lo que tienes que iniciar, ¿qué es lo más que te gusta?, ¿qué crees que vas a disfrutar?, ¿qué crees que se te va a dar bien? Vete con el firme propósito de sacar una lección de vida, un momento bonito. Vete con la idea de disfrutar, aunque constates que no eres el mejor. 

6-Acepta tus preocupaciones. No puedes controlar lo que llega a la mente. Pero sí puedes decidir no dar respuesta a lo que te preocupa. Fíjate, respondemos más a la emoción, que al propio contenido del pensamiento. Deja marchar aquello de lo que no te puedes ocupar ahora.

Si no te ayudas tú a ti mismo, ¿quién lo hará por ti? No podemos esperar continuamente el rescate de otros. Si somos capaces de autolimitarnos también somos capaces de automotivarnos. Porque sólo se trata de cambiar la narrativa. 

viernes, 2 de junio de 2023

¿Qué efectos tiene la música en el estado de ánimo y el rendimiento cognitivo?


Chiara Fabian        |     Psicología y Mente     |     16/05/2023

 

La música tiene un profundo impacto en nuestra cognición.

 

¿Te ha pasado que al escuchar una canción alegre te ha salido una sonrisa y te has sentido eufórico? O por lo contrario, ¿al escuchar una canción melancólica se ha apoderado de ti un sentimiento de tristeza a veces inexplicable? La música y tu cerebro tienen una relación muy estrecha y las melodías que escuchas llegan a tu cerebro interfiriendo en tus emociones y en las habilidades y capacidades que éste tiene para trabajar.

 

La música nos acompaña durante toda la vida y la encontramos en todas partes. Es una forma de expresión cultural que ha conseguido que el ser humano pueda comunicarse soltando y canalizando distintas emociones, pensamientos e ideas. Tanto para bailar, cantar o gritar, está claro que la música tiene un gran impacto en nosotros y, por lo tanto, ha sido objeto de estudio durante mucho tiempo.

 

En concreto, cómo la música afecta a nuestro cerebro es un tema que ha causado mucho interés en distintos investigadores dentro del área de la psicología. Por ello, en el artículo de hoy, basándonos en evidencia científica, nos centraremos específicamente en cómo los ritmos y las melodías afectan a nuestro estado de ánimo y nuestro rendimiento cognitivo.

 

Efectos de la música en el estado de ánimo

 

Tal y como comentábamos al principio, la música es más que capaz de dirigir nuestro estado de ánimo. Tal es su impacto en nosotros que puede llegar a afectar incluso la forma en la que percibimos el mundo que nos rodea. Quizás hayas sentido que poner la música a todo volumen y cantar como si nadie te estuviera escuchando tiene poderes terapéuticos. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Qué cambios sufre el cerebro cuando escucha música?

 

Cuando escuchamos música que nos gusta, nuestro cerebro libera dopamina. Esta es una sustancia química que se asocia con la sensación de placer y recompensa que hace que tendamos una y otra vez a repetir comportamientos y consumos en busca de esa sensación. Podría ser una razón por la cual escuchamos nuestra canción favorita como si de un disco rayado se tratase. En definitiva, la dopamina que se libera al escuchar música, nos hace sentir bien y por consiguiente, mejora nuestro estado de ánimo.

 

Hablando de canciones favoritas, los investigadores también han descubierto qué ocurre en nuestro cerebro cuando escuchamos esa canción que tanto nos gusta. Al escuchar nuestra melodía favorita, se activa en el cerebro la llamada red funcional por defecto (RND). Esta es la red responsable de gran parte de la actividad cerebral que ocurre cuando la mente está en reposo. Dicho de otra forma, nuestra canción preferida hace que divaguemos y genera la sensación de estar en Babia.

 

Por otro lado, cuando escuchamos música triste o melancólica, nuestro cerebro libera una hormona llamada prolactina. Se trata de una sustancia química que se asocia con el llanto y la tristeza. Al escuchar una canción triste, se activa esta hormona y aunque parezca contradictorio, tiene un efecto positivo. Hay un ejemplo muy simple para comprender esto. Cuando sufrimos un desamor, a muchos nos gusta poner canciones relacionadas con este tema para llorar y cantarlas a todo pulmón. Con esta acción, liberamos prolactina, que a la vez nos ayuda a procesar emociones y a liberar tensiones emocionales acumuladas.

 

Dejando de lado las hormonas, también resulta interesante hacer hincapié en los recuerdos que genera la música en nosotros. ¿Quién no escucha una canción y le recuerda a una tarde calurosa de verano con sus amigos/as? ¿Quién no tiene una canción que pasen los años que pasen le recuerda a esa persona especial? Es como si la música nos transporta al pasado y hace que recordemos los momentos y las emociones que vivíamos al escuchar esa canción. Esto se debe a que se ha encontrado que la música activa el hipocampo, zona del cerebro responsable de la memoria. Además, es importante destacar que aquellos momentos que tienen un significado importante para nosotros están más accesibles a nuestro recuerdo. Es decir, el cerebro asocia la música con recuerdos al experimentar momentos emocionalmente sobresalientes.

 

Efectos de la música en el rendimiento cognitivo

El rendimiento cognitivo es un tema de gran interés entre los investigadores. Hoy en día, el gran reto se centra en describir marcadores específicos del rendimiento cognitivo para así poder establecer qué personas son más candidatas a beneficiarse de la música como herramienta terapéutica. Aunque no seas investigador, seguro que alguna vez has tenido una conversación acerca de si la música empeora o mejora el rendimiento cognitivo.

 

Muchas veces, las respuestas son variadas, ya que hay personas que el tener música de fondo realizando tareas les ayuda, y otras que sienten completamente lo opuesto. Lo mismo ocurre con los estudios realizados hasta el momento. Los resultados son variados y sugieren que existen diferencias individuales en el impacto de la música en la función cognitiva y, por lo tanto, las recomendaciones con respecto a su presencia en el aula, la sala de estudio o el ambiente de trabajo necesitan ser personalizadas.

 

No obstante, sí se puede afirmar que aquellos estudiantes con gran necesidad de estimulación externa deben tener cuidado al agregar música, especialmente la música compleja que puede captar su atención y consumir recursos cognitivos críticos que son necesarios para completar con éxito su tarea. Por otro lado, los estudiantes con una baja necesidad de estimulación externa pueden beneficiarse significativamente de la presencia de la música, especialmente al completar tareas simples y comunes.

 

La complejidad de la tarea que estamos realizando tiene mucho que ver con el beneficio de la música. Es decir, cuanto más compleja es una tarea y por tanto más recursos cognitivos necesitamos para completarla, menos beneficiosa es la música. Definitivamente, ante una tarea cognitiva altamente desafiante, incluso aquellos con una baja necesidad de estimulación externa pueden no mostrar efectos beneficiosos con la música.

 

Finalmente, también se debe tener en cuenta el tipo de música que escuchamos para mejorar nuestro rendimiento cognitivo. La música con letra empeora dicho rendimiento debido a su complejidad. Por tanto, se recomienda escuchar música instrumental para poder asegurar los beneficios en nuestra cognición.

 

¿Qué es la musicoterapia?

 

La musicoterapia es una terapia que hace uso clínico de la música con el fin de conseguir objetivos terapéuticos específicos. Su uso ha incrementado en los últimos años ya que se ha observado que genera beneficios a nivel sensorial, motor, creativo, emocional y cognitivo. Más concretamente y para el interés del presente artículo, se ha descubierto que a nivel cognitivo aumenta la capacidad de aprendizaje, mejora la orientación, aumenta la capacidad de atención y concentración y estimula la comunicación y el lenguaje. Además, a nivel socioemocional aumenta las interacciones sociales, mejorando las habilidades sociales y la autoestima y así previniendo el aislamiento social. Paralelamente, esta terapia también es un muy buen aliado contra la ansiedad.

 

La musicoterapia se emplea a lo largo del ciclo evolutivo. En el entorno infantil, se emplea sobre todo para ayudar a los más pequeños a desarrollar sus habilidades comunicativas. Por ello, esta terapia resulta especialmente útil en niños con TEA, TDAH, y otros trastornos relacionados con la comunicación y/o expresión.

 

Es conocido que los niños con autismo tienen conductas repetitivas y rechazan o ignoran la comunicación. A través de la musicoterapia se trata de mejorar esas conductas y de relajar al niño en diferentes espacios. Cabe destacar que este colectivo tiene una sensibilidad musical mucho más desarrollada que otros niños de su edad y por tanto, mediante la musicoterapia se intenta llegar al mundo de este niño por medio de algún elemento musical, para así poder llegar trabajar objetivos terapéuticos específicos.

 

Algo parecido ocurre en niños con TDAH. La música les ayuda a canalizar toda su energía, favoreciendo así su concentración y atención. En el área emocional, las melodías son grandes aliadas para experimentar situaciones positivas, en las que debe aprender a esperar, en las que puede expresarse tal y como es, en las que se concentra y atiende, y esto puede ayudar a su autoestima.

 

Lo mismo ocurre con los adultos. Los expertos están aprovechando el poder de la música para ayudar a los mayores a recuperarse de enfermedades y lesiones cerebrales y aliviar los síntomas que causan. Por ejemplo, tras un derrame cerebral, en la gran mayoría de los casos se pierde la facultad del habla. No obstante, sorprendentemente tienen la capacidad de cantar y es aquí donde la musicoterapia puede ayudar. Se intenta conseguir la fluidez en el habla mediante el canto y la música. En la misma línea, se sabe que las personas que padecen de Parkinson tienen una gran dificultad motriz, e increíblemente, el baile fortalece el movimiento y mejora su marcha.

 

Del mismo modo, con las personas de la tercera edad esta técnica no se queda atrás. La música es una de las pocas formas de entrar en el cerebro de las personas con Alzheimer. A pesar de la profunda pérdida de memoria que causa esta enfermedad, se pueden recuperar recuerdos vividos escuchando la misma música que ellos escuchaban cuando eran jóvenes. Con esto se consigue que recuerden episodios, momentos, sensaciones e ideas y se utiliza como una técnica para la estimulación cognitiva.

jueves, 1 de junio de 2023

Relativizar es la clave para lograr la felicidad

 

Dr. ENRIQUE ROJAS     |    alimente. El confidencial.com     |       21/05/2023


Aprender a dar a las cosas la importancia que realmente tienen (y no la que percibimos desde nuestros puntos de vista subjetivos) es esencial para lograr el estado mental al que todos aspiramos.

 

En la actualidad vemos como personas que tienen todo lo que se puede necesitar (familia, amistades, salud, trabajo, etc) entran en situaciones de estrés y ansiedad por, digamos, “la gota que colma el vaso”. Mucha de esa presión viene dada por el entorno en el que nos encontramos, por la familia, por nuestro grupo social, por nuestro entorno laboral, incluso por la edad; qué trabajo tenemos, qué ingresos, qué potencial, qué estudios, si tenemos o no familia, si le dedicamos o no tiempo, lo que esperan de nosotros nuestros más allegados, y últimamente, las redes sociales: cuántos seguidores tenemos, cuántos likes...

 

“La satisfacción por el trabajo bien hecho, terminado en su momento, retrata a la persona que lo hace”

Estas situaciones de riesgo se pueden controlar si aprendemos a relativizar; es decir, aprender a darles a las cosas que nos pasan la importancia que realmente tienen. Hay que tener capacidad para valorar los hechos que nos suceden en su justa medida. Eso es fácil de decir, pero más difícil de poner en práctica. Para hacer esto en nuestra vida ordinaria, que es un modo de combatir la ansiedad, son necesarias las siguientes premisas: 

1-Saber valorar los sucesos con una visión de futuro. Esto quiere decir que seamos capaces de mirar en la lejanía, no quedándonos en la anécdota negativa de ese momento o de esa circunstancia. Para eso hace falta tener una buena inteligencia emocional, utilizando bien todos los componentes de la afectividad (sentimientos, emociones, pasiones, etc) y los instrumentos de la razón (lógica, el pensamiento operativo, el ser muy práctico a la hora de elaborar una respuesta, etc). Evitar el apasionamiento excesivo o la reacción brusca que se salga de lo que debería ser normal.


2-Desdramatizar. Evitar convertir un problema real en un drama. Muchas veces puede ser por la inmediatez de los sucesos o por la sorpresa de su aparición, y reaccionamos de forma desproporcionada, dramática, contundente, de forma exagerada, haciendo que los demás tengan una reacción de rechazo hacia nosotros por escudarse de ese momento de ímpetu. Hay que sopesar los sucesos.

 

3-Tener una reacción que sea proporcionada a lo ocurrido. Esto no es otra cosa que un aprendizaje que entraría dentro de la experiencia de la vida, que es un saber acumulado que se ha ido depositando en uno mismo a lo largo de la biografía y que tiene una enorme importancia.

 

Si aprendemos a relativizar de forma sana, dando a las cosas la importancia que realmente tienen, estamos un paso más cerca de alcanzar la felicidad que es la llamada universal de todo ser humano. Todo hombre quiere por encima de todo alcanzar la felicidad, pero pocos realmente lo consiguen. Da la impresión de que la felicidad no es de este mundo. Como si fuera algo fugaz que circula a nuestro alrededor, pero que nunca llegara a invadirnos interiormente. ¿Cómo se puede definir? Podemos decir que es todo aquel conjunto de cosas buenas que cualquier hombre es incapaz de no querer. Pero hay que decir antes que nada que la felicidad es un estado de ánimo, es una experiencia subjetiva, interior, que analiza la propia vida y extrae de ella una impresión positiva (felicidad) o negativa (infelicidad).


Se siente feliz aquella persona ocupada en desarrollar esa inclinación natural, esforzándose por llenar su vida de contenido, superando todas las dificultades que irán surgiendo con el tiempo en el intento de conseguir esa empresa. ¿Qué cosas son las que pueden hacer feliz al hombre? ¿El dinero, la riqueza, el poder, la fama, la gloria, la salud, el bienestar, los distintos placeres, el verse libre de preocupaciones? La felicidad es siempre una ilusión, un proyecto incompleto, inacabado, que está siempre en proceso. Pero de una forma concreta, la felicidad descansa sobre dos pilares: encontrarse a sí mismo, por un lado, y tener un proyecto de vida, por otro. Ahí se esconde la felicidad, desde mi punto de vista.

miércoles, 31 de mayo de 2023

¿Qué me va a preguntar el psicólogo?. Así es la primera consulta.

 LOIS BALADO     |    lavozdegalicia.es    |      03/07/2022

No saber qué te vas a encontrar es una de las razones que nos disuaden de ir al psicólogo. Acudimos por primera vez a terapia para dar a conocer cómo funciona.

 

Un trabajo que llevaron a cabo investigadores de psicología de la Universidad Complutense de Madrid apuntaba varios datos interesantes sobre la actividad clínica y el perfil de las personas que acuden a terapia psicológica en España. Se estudió el contexto clínico de 856 pacientes y la investigación desprendió que el 68,3 % de los que iniciaron el tratamiento obtuvieron el alta terapéutica. El 75,3 % necesitó 18 sesiones o menos. Por el contrario, uno de cada cuatro pacientes (el 24,3 %) abandonó la terapia antes de lograr los objetivos marcados. Además, se aportan datos interesantes sobre qué personas acuden al psicólogo en España (mayoritariamente mujeres jóvenes), así como el perfil tipo del profesional de la psicología (también mayoritariamente mujeres jóvenes que ejercen su actividad en una clínica privada).

 

Aunque las heridas provocadas por la pandemia hayan provocado un auténtico terremoto de datos que puedan volver borrosa esta foto fija, lo cierto es que las cifras de este estudio (y de muchos otros) demuestran que la terapia funciona en la mayoría de los casos. Y si lo sabemos, ¿por qué nos sigue costando ir al psicólogo? El Instituto Nacional de Estadística cuantifica que un 13 % de los españoles presentan sintomatología depresiva según los datos recogidos para la última Encuesta Europea de Salud. Sin embargo, antes de la pandemia, se estimaba que solo acudía a terapia entre un 5 y un 10 % de la población.

 

Evidentemente, el primer problema al que nos enfrentamos a la hora de acudir a un profesional de la salud mental es económico. Ir a terapia es caro si se recurre a profesionales que ejercen su actividad desde el ámbito privado (la mayoría). La escuálida nómina de profesionales en la sanidad pública supone la primera barrera a la hora de acceder a atención psicológica. No solo va a terapia quien quiere, sino también quien puede. Así de claro. Y es un problema: una ansiedad en lista de espera o desatendida puede derivar en una depresión que agrave el problema. El sistema público, ahogado y sin recursos, llega demasiado tarde a prestar socorro. Si es que llega.

 

Pero más allá del bolsillo existen otras reticencias. Nos cuesta acudir por primera vez al psicólogo, sobre todo en determinados grupos de población adulta. ¿Qué nos vamos a encontrar? ¿Me voy a sentir incómodo? ¿Qué hago con las cosas que no quiero compartir con nadie? ¿Me va a presionar? Son algunas de las dudas que muchos se plantean y que disuaden a la hora de pedir cita. Por eso, en La Voz de la Salud hemos querido mostrar cómo es la primera consulta con un profesional buscando tranquilizar a todos aquellos que sospechan que necesitan ayuda, pero que ven con temor la tarea de exponer sus sentimientos ante un desconocido.

 

Una hora de consulta: evaluación inicial

 

Cristina Veira encaja en ese perfil radiografiado como mayoritario dentro de los profesionales que ejercen la psicología clínica: mujer, joven y ejerciendo su profesión desde el sector privado. Forma parte del centro de psicología Andainas y es además miembro del Colegio Oficial de Psicoloxía de Galicia. Entramos en la clínica —en un primer piso— y rápidamente pasamos a consulta. «Yo soy Cristina, soy la psicóloga que te va a atender». Lo primero es presentarse.

 

Lo que se trata en una consulta de psicología pertenece al ámbito más privado de las personas, es por eso que el que se somete a ella es un periodista y no un paciente habitual de la clínica. Lo que se relata a continuación es una experiencia real, pero algunas partes de la conversación han sido suprimidas para proteger la intimidad de las personas. Igualmente, las pautas que se nos indican serán obviadas porque cada caso es personalizado. Si tienes problemas de ansiedad, depresión o cualquier otro problema de salud mental, consulta con un profesional.

 

Nos pregunta si alguna vez hemos acudido a la consulta de un psicólogo. Si alguien nos ha hablado de su trabajo y cómo hemos llegado a ella. A Cristina no la conocemos de nada, sinó no nos podría atender. Nos explica su metodología que «a veces es algo distinta». En efecto, constatamos que su forma de trabajar no es la que hemos visto en anteriores ocasiones en consulta. «Nosotras trabajamos en equipo —tres profesionales forman parte del gabinete—. Aunque me ves aquí sola, a través de esa cámara ahí —efectivamente, hay una cámara en la habitación— mis compañeras, que son psicólogas también, están viendo y escuchando. La cámara no graba absolutamente nada, ni audio ni vídeo. Y lo hacemos porque así somos más eficaces, tienes que venir menos veces. Yo me puedo centrar en la conversación sin tener que estar tomando notas; por otro lado, ellas van pensando cómo te podemos ayudar. La confidencialidad está garantizada».

 

La habitación tendrá unos 20 metros cuadrados. Nos sentamos en puntos opuestos frente a una gran mesa de trabajo redonda. Por supuesto, no hay un diván de cuero con capitoné presidiéndola, ese elemento indispensable para representar una consulta de psicología en el cine o el teatro. Hay dos puertas: por la que hemos entrado y una segunda, cerrada, tras la que escucha la conversación el resto del equipo. «La consulta va a durar más o menos una hora. Hacia el final haremos una pausa, te enviaremos a la sala de espera y yo me reuniré con ellas para ver cómo te podemos ayudar».

 

Nos pasan unos cuestionarios previos. Siempre realizan dos: uno al inicio de la cita y otro al final. «No es para evaluarte a ti, sino para evaluar si la terapia está funcionando. Si no está funcionando, nos sirve para cambiar la estrategia o bien para decirte que no podemos ayudarte. No queremos que estés aquí tirando el tiempo y el dinero». Firmamos un consentimiento y nos cuestiona sobre una serie de datos (miembros en la unidad familiar, fecha de nacimiento, estado civil, nivel de estudios, etc,). Nos explica también las «normas de la casa». Son sencillas: no está permitida la violencia ni tampoco estamos obligados a contar lo que no queramos, aunque ella podrá preguntar la que quiera. «El objetivo de esta sesión no es que tú vomites todo lo que tengas dentro, sino que salgas con la sensación de que ha sido una buena idea venir. Vuelvas o no, ese sería nuestro objetivo. No tienes por que responder a nada que no te apetezca». Nos invita a que, si algo nos incomoda, digamos que no nos apetece contestar. «Hay gente a la que le da apuro decir eso, entonces también nos valen cambios de tema, omisiones, pequeñas mentiras o incluso grandes mentiras. Aceptamos todo. Te podremos ayudar con la información que nos quieras aportar. Entendemos que si mientes es que lo necesitas».

 

Los cuestionarios —un formulario que rellenamos en una tablet— nos piden una autoevaluación de nuestro estado de ánimo en la última semana en cuatro aspectos.

§     Individualmente

§     En lo interpersonal

§     Socialmente

§     En general

 

Tras rellenarlo, se nos muestra una gráfica en la que aparecemos en una zona roja. «No quiere decir que estés mal, simplemente es que te puedes beneficiar de venir aquí. De momento, lo único que indica esto es que estás en el lugar adecuado», nos dice Cristina Veira.

 

Empieza la conversación

 

«¿Alguien sabe que estás hoy aquí?». Así empieza esta primera sesión de terapia de psicología clínica. Si la idea surge de nosotros y qué objetivos busco con esta terapia. Le explico lo que decenas de personas han contado desde esta misma silla desde hace dos años: la pandemia, el encierro y unas sensaciones (despersonalización, nudo en la garganta, taquicardias) desconocidas antes de la irrupción del virus. Sale por primera vez la palabra ansiedad.

 

Es el primer escalón de la charla. Pero pronto entramos en otras preocupaciones que contribuyen a ese estado ansioso. La dificultad para marcar límites y cómo esquivar la tendencia a hacer recaer sobre nuestros hombros el malestar de los demás, algo que admito hacer con frecuencia. «Yo no quiero que la gente esté mal, pero me gustaría aprender a no tener que depositar esa responsabilidad en mí. No tener que sentirme obligado a que el resto estén bien; darme cuenta de que la gente tiene derecho a estar de mal humor y no pensar que es por mi culpa». «Te gustaría aprender a ser un poco más irresponsable», pregunta. Puede ser.

 

Como le he confesado que, en parte me he liberado esa ansiedad que tuvo su punto álgido durante el confinamiento, me pregunta desde cuándo me noto mejor. Hablo de la vacunación, de recuperar la vida social, de tomar algo y no sentir que corro un riesgo de muerte ha sido definitivo. «Eso es lo que le ha pasado a la mayoría de la gente», dice. Recordamos juntos los largos meses de teletrabajo y de la angustia que me producía no poder explicarle a mis perros —tal vez pueda parecer un problema menor para otros, pero este espacio es seguro y no se juzga a nadie— el hecho de que sus largos paseos se viesen reducidos a unos pocos minutos por las cercanías de mi edificio y sin que pudiesen socializar con otros miembros de su especie. «Para mí fue complicado, ver cómo ellos empeoraban y que yo no podía hacer nada».

«Ver que luego al empezar a salir y recuperar la vida mejorabas, es de persona sana», nos dice. Reconforta escucharlo.

 

Sigue la conversación. «¿Cómo vas a notar que estás mejor?». Sinceramente, le digo que no entiendo la pregunta. Cristina la reformula: «Imagínate que vuelves dentro de 15 días y me dices que por lo que viniste está un poco mejor porque... ¿Por qué?». Es una buena pregunta. Supongo que porque hubiese dejado de ser menos catastrofista o que gestiono mejor el malestar de mis perros. Insisto en esto porque, le explico, uno de ellos tiene un fuerte vínculo conmigo y lo pasa mal cuando me salgo de la rutina (por ejemplo, si me voy de casa a una hora en la que lo normal es que esté). Mientras se lo explico, yo mismo caigo en la cuenta de que es la segunda vez que pongo el tema de mi perro en la mesa. Es lo que tiene verbalizar las sensaciones, que solo ese ejercicio logra darte pistas de los aspectos conflictivos de tu día a día. En mi caso es un perro, en muchos otros será un hijo, un padre o una abuela. «Es un perro muy sensible», le aseguro.

 

«O sea, que cuando sales, te vas con un poquito de culpa. ¿Puede ser?», me dice. «No lo sé», le respondo. No sé si me estoy acogiendo a una de las posibilidades que me ofrecen las «normas de la casa».

 

La ansiedad y el control

 

La conversación sigue un poco más, pero ya me he dado cuenta de que Cristina tiene algo en mente. Supongo que está harta de ver casos como el mío en los últimos dos años. Por suerte, claro. No me gustaría ser uno de esos «casos estrella» con los que un psicólogo se frotaría las manos por suponer un gran reto. «¿Alguien te ha explicado lo que es la ansiedad?». Me pongo a pensarlo. Si conozco lo que es la ansiedad es porque parte de mi vida laboral gira en torno a saberlo —hemos hecho varios reportajes sobre salud mental y ansiedad— y no por haber padecido algún síntoma. Me llama la atención. ¿Quién te explica qué es la ansiedad si no trabajas en un medio de salud y no vas al psicólogo? ¿Google?, ¿un médico de cabecera con el agua al cuello por la falta de recursos en la atención primaria y que tiene pocas opciones más allá de la receta de un fármaco?

 

Le digo que no me lo han explicado —miento esta vez—. Me lo explica. Me habla de los sistemas de alerta que nos han permitido sobrevivir como especie. De todos esos mecanismos fisiológicos que nuestro cuerpo activa para prepararnos para salir corriendo ante el peligro. De cómo este sistema se ha quedado obsoleto ante amenazas que no son reales. De la sudoración, las taquicardias, el agarrotamiento, la visión en túnel. Todo eso que ya te hemos explicado antes.

 

—Estás monitorizando cómo estás constantemente, cómo evoluciona ese nudo en la garganta, entras en un círculo en el que notas algo y se te activan las alarmas y te focalizas constantemente en eso. «¿Estoy mejor?, ¿y ahora estoy mejor?». El cuerpo no funciona así, si haces eso nunca vas a estar bien ¿Has hecho alguna vez algo así?

 

—Yo me doy cuenta de algunos de mis comportamientos que tengo.

 

—¿E intentas luchar contra ellos?

 

—Sí, pero me parece que es algo difícil de controlar.

 

Al parecer hemos pronunciado una palabra clave. «Que es ''esto es difícil de controlar'', claro, es que no se puede», me dice Cristina. «Tendrías que aprender a descontrolar un poco. No a volverte loco, pero sí que es una parte importante. Y ahí sí que podemos echarte una mano».

 

Las pautas para trabajar

 

«Tengo una idea de cómo te podemos ayudar, pero necesito consultarla con mis compañeras. ¿Pasas a la sala de espera?». De esa reunión salen las primeras pautas que se ajustarán a la problemática de cada paciente (más o, como en mi caso, menos severas). Es solo el inicio de un camino que seguirá, aquí o en cualquier otro lugar. Tal vez esta experiencia no encaje dentro de lo que tú andas buscando, pero debes saber que cada relación psicólogo-paciente es única y se va construyendo. Sumar uno más uno, cuando se trata de personas, nunca ofrece un resultado exacto. Las relaciones se basan en afinidades y encontrar un profesional merecedor de tu confianza puede ser difícil. Lo único seguro de dar el primer paso es que ya se está un paso más cerca de la meta.