domingo, 3 de enero de 2021

¿Por qué es tan difícil controlar lo que pensamos?


VALERIA SABATER     |     La Mente es Maravillosa     |     24/12/2020

La mente es una fábrica de pensamientos. Nunca se detiene y lo que produce puede ser contaminante para nuestro estado de ánimo e incluso para la salud. Ahora, ¿podemos controlarla de algún modo? Lo analizamos. 

“Hagas lo que hagas, no pienses en un gato azul”. ¿Por qué es tan difícil controlar lo que pensamos? El 99 % de nosotros lo hacemos, visualizamos casi al instante ese gato azul, el elefante rosa, el oso polar y cada oveja que contamos para vencer el insomnio. Porque la mente es así, una fábrica incesante de pensamientos e imágenes, de recuerdos, ideas obsesivas y hasta irracionales.

Nunca cesa. Nunca cierra por vacaciones y rara vez se permite un descanso, aunque sea por salud. Así, quien quiera dejar de fumar, por ejemplo, lo tendrá difícil para quitarse la imagen del paquete de tabaco, del deseo incesante por encenderse un cigarrillo. También lo tiene complicado quien acabe de ser abandonado por su pareja y se esfuerce a toda costa en borrar del cerebro tantos recuerdos experimentados.

Nos encantaría poder detener ese flujo de pensamientos como quien cierra el interruptor de la luz. Sin embargo, si pudiéramos lograr tal ingeniería mental ya no seríamos humanos; seríamos máquinas. Porque todo en el universo mental tiene un fin y una finalidad. Entender sus mecanismos es lo que nos otorga sin duda auténtica sabiduría.

Lo analizamos.

Por qué es tan difícil controlar lo que pensamos

Algo que sabemos desde el campo de la psicología es que controlar nuestros pensamientos es clave para reducir el malestar. Los estados de ansiedad y las depresiones, por ejemplo, se alimentan en buena parte de los casos de un estado mental erosivo. Sin embargo, hay que dejar claro un hecho: no es nada fácil dominar lo que pensamos.

No basta con decirle a alguien aquello de “empieza ya a pensar de manera positiva” para que la cosa funcione. Es más, algo que nos revela un estudio de la Universidad del Sur de Gales es que, en ocasiones, aun cuando creemos haber dominado nuestro enfoque mental, siguen quedando “resquicios”. Es como si intentáramos sumergir un barco en las profundidades y emergieran al poco los restos de la proa, de los mástiles o la quilla.

Ahora bien, ¿por qué ocurre? ¿por qué es tan difícil controlar lo que pensamos?

Nuestros pensamientos tienen raíces profundas

Los pensamientos no son solo energía o el resultado de una conexión eléctrica entre nuestras neuronas. Cada pensamiento parte en realidad de una estructura profunda, como resultado de nuestra personalidad, experiencias, educación, actitudes, etc. Asimismo, hay otro hecho, y es que cada persona arrastra casi desde la infancia un patrón de pensamiento concreto.

Hay quien está acostumbrado a usar una mentalidad más abierta, optimista y reflexiva. Otros en cambio, suelen definirse por mirar el mundo desde la indefensión o la desconfianza ya desde la infancia. Por tanto, no es fácil dominar lo que pensamos porque llevamos muchos años “pensando del mismo modo”.

Detrás de cada pensamiento hay una emoción

Si nos preguntamos por qué es tan difícil controlar lo que pensamos, hay un aspecto que quizá, estemos olvidando. Detrás de cada pensamiento hay un estado emocional. No podemos decirnos a nosotros mismos aquello de “voy a dejar de pensar que todo va a salir mal”, si en realidad tengo el ánimo por los suelos.

Toda emoción descuidada persiste y altera nuestro pensamiento. Si dejamos a un lado nuestros dolores emocionales, decepciones, miedos, rencores o desesperaciones, no servirá de nada cuidar o atender las ideas que pasen por la mente.

El efecto rebote del doctor Wegner

Daniel Wegner fue un psicólogo social de la Universidad de Harvard que quiso profundizar en la cuestión de por qué es tan difícil controlar lo que pensamos. Descubrió que en muchos casos lo que se produce es un efecto rebote. Es decir, basta con querer sumergir o bloquear una idea para que esta “haga una fuerza mayor” que se oponga a nuestros deseos.

Lo que uno ansía esconder en el mundo del inconsciente, éste lo impulsa de nuevo a la mente consciente. Así, y más allá de lo curioso o anecdótico, hay un hecho de gran trascendencia que es clave para el éxito terapéutico. El primer paso para controlar lo que pensamos es aceptar todo lo que se sucede en nuestra mente.

Las ideas obsesivas, negativas o irracionales deben aceptarse y no silenciarlas. Lo adecuado es darle presencia y no esconderlas. Solo así las entenderemos, sabremos de qué están hechas y manejaremos las emociones de las que se acompañan.

¿Por qué es tan difícil controlar lo que pensamos? Porque somos nuestros peores jueces

“Sé que debo empezar a ver las cosas de otro modo. Sé que debería tener un enfoque más positivo, esperanzador y no tan rígido. Pero me es imposible y no conseguirlo me frustra y me enfada porque está claro que no puedo con nada, que todo me supera, que soy un desastre absoluto…”.

Las personas somos nuestros peores jueces y alimentamos a menudo un diálogo interno tan negativo como invalidante. Al juzgarnos reforzamos aún más la presencia de esos pensamientos y con ese mecanismo incrementamos la ansiedad. 

¿Cómo empezar a controlar nuestros pensamientos?

¿Por qué es tan difícil controlar lo que pensamos? En primer lugar, porque nadie nos ha enseñado cómo funcionan la mente, el cerebro y las emociones. Es más, si hay algo que aprendemos desde bien temprano es a reprimir lo que duele, a criticarnos cuando no podemos dominar esas ideas, a enfadarnos con nosotros mismos cuando no escampan las penas o se reducen las preocupaciones.

Si queremos tener un mejor dominio de nuestro flujo mental, debemos visualizar una pantalla de cine. El primer paso para ejercer el control sobre lo que sucede en nuestro universo mental es ver desde la lejanía cada pensamiento, como si estuvieran en una pantalla.

Lo haremos sin juzgarnos, sin criticarnos. Debemos aceptar y dar presencia a cada pensamiento irracional a cada obsesión, miedo o preocupación.

·        No podemos detener los pensamientos, pero sí podemos observarlos.

·        Al observarlos, nos permitimos entender de dónde vienen, qué los motiva y qué los refuerza.

·        Al entenderlos, los podemos controlar.

·        Un pensamiento no se puede esconder ni reprimir, pero los podemos sustituir (por ejemplo, puedo cambiar el “no voy a poder con eso” por “voy a intentarlo a ver qué ocurre”). 

Para concluir, como bien suele decirse, solo hay un medio para vencer a los monstruos y es aceptando su presencia. Es cierto que asustan, que incomodan y que parecen tener un poder inusitado. Sin embargo, los pensamientos, como a los peores enemigos, pueden dominarse desde la serenidad y la inteligencia. Aceptar que están ahí es el primer paso hacia el bienestar.

viernes, 1 de enero de 2021

Soñar despiertos, una forma de ser más inteligentes

Edith Sánchez     |     La Mente es Maravillosa     |     25/12/2020

Soñar despiertos es entrar en el terreno de la libertad. Varios científicos han descubierto que este ejercicio no solo incrementa varias habilidades intelectuales, sino que también incide en el estado de ánimo y hasta puede dar origen a una realidad concreta.

Cerrar los ojos y soñar despiertos nos permite ir a cualquier lugar, realizar cualquier deseo y enfrentar cualquier miedo. Pero, ¿para qué sirven este tipo de viajes? La ciencia ha descubierto que este sencillo y agradable ejercicio incrementa tu inteligencia, además de darte un rato de placer.

Hay muchas culturas y entornos en las que la imaginación está casi proscrita. Soñar despiertos se ve como una forma de perder el tiempo y como un ejercicio que no tiene mayor utilidad. Hoy sabemos que no es así.

Se suele decir también que soñar despiertos está asociado a la adopción de una posición pasiva. No se cree que esto sea una actividad, sino que, por el contrario, es algo que inhibe la acción. De nuevo, esto es un error. Hoy por hoy se ha detectado que la imaginación puede ser un gran estímulo para la acción. Hablemos de todo ello.

Soñar despiertos: su impacto en la memoria

El psicólogo Alan Pavio dice que cerrar los ojos y visualizar ideas tiene un efecto excelente sobre las habilidades intelectuales. Este experto canadiense, famoso por sus estudios acerca de la imaginación en los años 70, encontró que para las personas es más fácil cerrar los ojos e imaginar cosas concretas, como flor o sol.

 

Por el contrario, resulta muy más difícil imaginar y recordar conceptos abstractos, como bueno o malo, feliz, equilibrado, etc. De toda esa observación concluyó que la visualización concreta de las ideas, en la mente, ayuda a potenciar la memoria. En otras palabras, traducir las ideas en imágenes mentales hace que las recordemos mejor.

 

Esto fue corroborado por la neurocientífica Eleanor Maguire. Esta experta de la Universidad de Londres estudió a los famosos “atletas de la memoria”, esas personas que ganan concursos porque son capaces de recordar en un rango extraordinario. Descubrió que casi todos ellos emplean la técnica de la visualización mental para fijar en su memoria la información.

El poder de la imaginación

Steve Kosslyn, de la Universidad de Harvard, es otro de los expertos que se ha interesado en el fenómeno de la imaginación o creación de imágenes mentales de la realidad. Sus estudios le llevaron a concluir que, cuando se imagina un objeto, se activan dos terceras partes de las zonas cerebrales que participan cuando lo vemos en la realidad.

 

También se ha comprobado que imaginar sucesos muy negativos afecta emocionalmente a las personas. Cerrar los ojos y soñar despiertos con un desastre, genera miedo y angustia, aunque seamos conscientes de que esto no está ocurriendo en el mundo real.

 

Lo bueno es que también ocurre lo mismo con los sucesos positivos. Cerrar los ojos y soñar despiertos con eventos deseados o gratificantes genera emociones de bienestar. Ayuda a reducir el estrés y nos relaja. Incluso, contribuye a que aumente la productividad.

Más imaginación, más inteligencia

Los datos disponibles indican que es posible entrenar la imaginación para mejorar la memoria y optimizar el aprendizaje. Se le considera una vía para incrementar la inteligencia en su conjunto, mejorar el estado de ánimo e incluso estar en mejor forma física.

Es muy conocida una anécdota al respecto del neurocientífico Vinoth Ranganathan. En 2004, evidenció que si una persona imagina que está flexionando un músculo, esto tendría un efecto físico. En efecto, se puso de manifiesto que quienes realizaban este ejercicio mental, pasadas algunas semanas, tenían más fuerza en el músculo que habían ejercitado solo en el plano mental.

También probó que varios meses después de interrumpir el entrenamiento, el músculo en cuestión conservaba su fuerza. Con todo ello evidenció que si se hace una tarea imaginaria repetida y por un buen tiempo, se generan cambios fisiológicos plenamente comprobables.

El gimnasio de la imaginación

Soñar despierto y dejar volar la imaginación es una actividad que puede convertirse en una excelente aliada. De hecho, sin darnos cuenta, todo el tiempo estamos imaginando y visualizando situaciones. El

secreto está, entonces, en hacernos más consciente de todas esas imágenes mentales que pasan por nuestra cabeza. Dirigirlas en forma deliberada y hacer que jueguen a nuestro favor en diversas situaciones. En otras palabras, aprovechar el amplio potencial de la imaginación.  

 

Como toda habilidad, esta también requiere de práctica. Como lo señaló Ranganathan, de lo que se trata es de formar una imagen mental concreta y soñar despiertos con ella, de forma repetida. Imágenes de bienestar personal, de cambios positivos, de desarrollo de alguna habilidad. Todo indica que hay un punto en el que esto se materializa en la realidad.


jueves, 31 de diciembre de 2020

Conducta y comportamiento


Psicología y Mente


Tanto la conducta como el comportamiento son términos utilizados para referirse a las acciones o reacciones que un sujeto tiene al interactuar con el ambiente. Las acciones de un sujeto depende tanto de estímulos externos, así como de su propia actitud. Ambos términos, pues, se relacionan con la interacción entre un sujeto y un contexto.

Sin embargo, es común que se asocie la conducta a las acciones que un ser vivo tiene, siguiendo algún motivo interior, frente a su contexto. Es decir, la conducta implica una especie de guía o postura en la que se basan los actos al interactuar con el ambiente.

En el caso del comportamiento, este se conforma de las acciones y reacciones de los seres vivos ante estímulos.

¿Qué es la conducta?

La conducta es el actuar o reaccionar de un sujeto ante cualquier estímulo en un contexto. La conducta es observable y se manifiesta en el mundo exterior.

La palabra conducta y comportamiento son términos intercambiables en el ámbito de la psicología, con sutiles diferencias que varían según los autores o profesionales en el uso, pero que no se encuentran oficialmente establecidas.

En la vida cotidiana, la conducta es asociada a una forma de actuar según ciertos patrones u orientaciones. Ello implica una especie de guía o postura y que las acciones llevadas a cabo por los sujetos, al interactuar con el mundo, son premeditadas.

¿Qué es el comportamiento?

Al igual que la conducta, el comportamiento es el conjunto de respuestas y acciones que un sujeto toma frente a las condiciones ambientales en las que se encuentra. Estas respuestas se derivan de los estímulos que un ser vivo recibe del ambiente exterior o interior.

La palabra comportamiento es utilizada como sinónimo de conducta en diferentes áreas del conocimiento, particularmente en la psicología.

En algunas ocasiones se utiliza uno de estos términos para definir al otro, o con pequeñas diferencias que dependen del punto de vista del autor.

Fue ya al final del siglo XVI que este vocablo tomaría el sentido de actuar o reaccionar de una forma determinada ante un contexto.

Características de la conducta o comportamiento:

·        Es observable.

·        Es una acción y/o reacción a estímulos externos o internos.

·        Puede haber una orientación o patrón que es seguido.

·        Es influenciada por la composición genética de un organismo y por la experiencia.

·        Puede ser modificada.

·        Es posible medirla.

El conductismo

El conductismo es una corriente dentro de la psicología que rechaza la introspección y favorece la observación de hechos objetivos, así como la experimentación. En español se le conoce también como behaviorismo, psicología de la conducta y psicología del comportamiento.

Esta corriente fue introducida como tal por el psicólogo estadounidense John B. Watson (1878-1958) en el artículo La psicología como la ve el conductista (1913).

Antes del conductismo, la psicología se encargaba más del estudio de los fenómenos mentales o psíquicos de las personas, así como de sus emociones. Pero no era posible para los psicólogos observar dichos fenómenos, siendo que la investigación se basaba en la introspección. Así, el análisis del conductismo giró en torno a los hechos observables y verificables, como lo son las manifestaciones físicas, motoras y verbales.

A pesar de que el conductismo tomó fuerza al inicio del siglo XX, también fue criticado por la psicología cognitiva por dejar de lado los procesos interiores, específicamente los fenómenos cognoscitivos. Además, se le cuestionó porque los fenómenos observables en la conducta de un ser vivo, en un entorno social, son difíciles de replicar en el laboratorio.

El aprendizaje y su relación con la conducta o comportamiento

Hay tres formas mediante las cuales se adquieren comportamientos o conductas. Estas son el condicionamiento clásico, el condicionamiento operante y el aprendizaje por observación.

El condicionamiento clásico acontece cuando se produce una asociación entre dos estímulos. Este tipo de condicionamiento fue estudiado originalmente por el fisiólogo y psicólogo ruso Iván Pávlov (1849-1936).

Un ejemplo muy conocido de este tipo de condicionamiento ocurre cuando se enseña a un perro a responder a asociar un sonido con la presencia de comida. Fue precisamente Pávlov quien realizó este experimento, condicionando a un perro para que respondiera al estímulo (sonido), con la comida.

El condicionamiento operante se trata del aprendizaje mediante el cual se condiciona un comportamiento según las consecuencias del mismo. Este fue estudiado por el psicólogo estadounidense Burrhus Frederic Skinner (1904-1990) y se trataba de observar qué tipo de respuesta en el comportamiento tendría un sujeto, dependiendo de si recibía un estímulo favorable o indeseable.

Por ejemplo, un ratón se encuentra encerrado en un contenedor, donde hay un botón, y percibe el olor de comida. El ratón intenta obtener la comida, pero no le es posible hacerlo, a menos de que presione el botón. Cuando el ratón lo presiona, la comida es accesible. El ratón luego repite la acción, sin tomar más tiempo, ya que ahora sabe qué debe hacer. En este caso, el comportamiento del ratón ha sido condicionado por un estímulo positivo.

El aprendizaje por observación u observacional es aquel en el que un sujeto aprende copiando los comportamientos observados. No se encuentra propiamente dentro de la corriente conductista, pero está influenciado por esta.

Este tipo de aprendizaje fue teorizado por el psicólogo canadiense Albert Bandura (1925-) y se trata de la alteración de un comportamiento en un individuo provocada por el comportamiento de un modelo (individuo o grupo).

Cuando una niña o niño copia el comportamiento de personas mayores e imita las acciones que estas realizan, es un ejemplo de aprendizaje observacional. Asimismo, cuando se enseña a alguien a reparar un automóvil, mostrando los pasos necesarios para revisar un motor, se está frente a este tipo de aprendizaje.

Nota.- El artículo es mucho más extenso, si interesa podéis encontrarlo en los datos del encabezamiento.

lunes, 28 de diciembre de 2020

La cura del sueño, ¿qué es y por qué ya no se usa?


Edith Sánchez    | La Mente es Maravillosa   |   30/10/2020 

Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Sergio De Dios González el 29/10/2020

Hoy por hoy, son muy pocos los psiquiatras que acuden a la cura del sueño para abordar los trastornos mentales. Aunque esta técnica ha mostrado cierta eficacia, también implica riesgos que deben ser considerados.

La cura del sueño es en realidad una intervención muy antigua, pero no se formalizó como tratamiento hasta comienzos del siglo XX, principalmente, en Rusia. Este tipo de terapia mostró resultados muy alentadores frente a la esquizofrenia, la depresión, la ansiedad, las adicciones y otros trastornos.

Hoy en día la cura del sueño no forma parte de los tratamientos convencionales, aunque tampoco ha desaparecido del todo. Algunos pacientes siguen valiéndose de ella y algunos psiquiatras siguen empleándola, de forma particular.

La cura del sueño puede llegar a ser muy eficaz para el tratamiento de diversos trastornos mentales. Sin embargo, el Hospital de Chelmsford (Australia) reportó la muerte de 25 pacientes entre 1963 y 1979 por el uso de esta terapia. Esto llevó a que se descartara como opción en casi todo el mundo.

Una buena carcajada y un largo sueño son las dos mejores curas para casi todo”. -Proverbio irlandés-

¿Qué es la cura del sueño?

Una de las primeras manifestaciones de los trastornos mentales es la dificultad para dormir. Así mismo, una de las maneras de recuperar en gran medida la estabilidad mental es a través de un sueño profundo y reparador. Una virtud del descanso que se detectó desde los orígenes de la psiquiatría y la psicología y que motivó el desarrollo de la cura del sueño.

La cura del sueño se puede definir como una terapia en la que se induce al sueño profundo a una persona que tiene algún trastorno mental. Se dice que es una “terapia intensiva” de la psiquiatría, porque la persona afectada debe dormir entre 5 y 9 días de manera continua. Esto puede extenderse incluso hasta por tres semanas.

Se logra que la persona permanezca dormida a través de la administración de diferentes fármacos que generan ese efecto. Quien se somete a este tipo de terapia solo se despierta por breves lapsos para comer y llevar a cabo sus necesidades fisiológicas. Que se sepa, el primero en emplear esta técnica fue MacLeod, en 1900.

Sin embargo, fue Jakov Klasi quien la instituyó como tratamiento en la Clínica Burghölzli de Suiza. Lo llamó “cura de sueño prolongado” o “narcosis prolongada”, pero se popularizó con el nombre de cura del sueño.

Los aportes de esta terapia

La cura del sueño comenzó a ganar prestigio y se empleó en casi todo el mundo. Mostró especial eficacia para estabilizar a las personas que pasaban por una etapa de gran agitación. Parecía claro que los medicamentos empleados para sedarlos y dormirlos durante un lapso considerable les devolvía la estabilidad al despertar.

Hay estados mentales que suponen una sobreactivación de dopamina, adrenalina y noradrenalina. Así pues, tanto el estado de sueño como tal, como la administración de fármacos de forma continua, logran devolverle al cerebro las condiciones para que funcione de manera más estable.

Las personas en un estado de alta excitación nerviosa son muy vulnerables a cualquier estímulo del medio ambiente. Al estar dormidos, se suprimen esos factores externos que puedan causar perturbación; también se suprime la conciencia, de modo que la actividad disminuye y tiende a normalizarse. 

Los efectos secundarios y los riesgos

Desde el comienzo, los terapeutas reportaron una serie de efectos secundarios en este tratamiento. El propio Klasi reportó la muerte de 3 de los 26 pacientes a los que les aplicó este método. Así mismo, varios de sus sucesores hablaron de problemas como aumento de la temperatura corporal, retención urinaria, disfagia y trastornos de la marcha y del habla.

Varias veces se cambiaron los medicamentos administrados y todo pareció funcionar mejor. Sin embargo, este tratamiento también exige un cuidado de enfermería continuo y un monitoreo médico constante, por lo cual era difícil su aplicación. La vigilancia de los pacientes era muy demandante. Por eso, sobre todo, la cura del sueño entró en desuso paulatino cuando nacieron los primeros neurolépticos.

El golpe de gracia, sin embargo, se dio luego de que se publicara un informe del Hospital Privado de Chelmsford (Australia). El documento decía que la cura del sueño se había aplicado en 1 115 pacientes, durante 15 años y que durante ese lapso 25 de ellos habían muerto a consecuencia del mismo. Al año siguiente, se prohibió esta terapia tanto en Australia como en Nueva Zelanda.

Pese a todo, en muchas partes del mundo se sigue aplicando. Se ha comprobado que muchas de las muertes se asocian a problemas médicos ajenos al tratamiento en sí. De cualquier manera, si se acude a esta terapia, es necesario que se aplique en un centro especializado y por profesionales idóneos.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Bon Nadal i Feliç 2021 !!!

 




                          


         

Encara que ja hem viscut Nadal , us desitjo

a  tots un  Feliç  2021 !!!

sábado, 26 de diciembre de 2020

Cuando el optimismo se convierte en una puerta abierta hacia una mejor salud


ANTONIO LOZANO   |   La Vanguardia   |   08/12/2020

  

En su último ensayo, el psiquiatra y pensador Luis Rojas Marcos afirma que la paz física y mental descansa en gran medida en que encaremos con ánimo positivo la inestabilidad de nuestra existencia. 

El pensamiento del filósofo Heráclito de Éfeso, por mediación de la interpretación no siempre precisa de Platón, se asocia principalmente con el devenir, es decir, con el concepto de que todo fluye de un modo constante y, por lo tanto, de que el cambio es el motor de la existencia. Al mismo Heráclito se debe una cita repetida hasta el infinito, “El carácter de un hombre es su destino”, que sintetiza la idea de que nuestra forma de ser determinará el curso de nuestra vida. Si tuviéramos que reducir al mínimo el contenido del último ensayo del psiquiatra Luis Rojas Marcos (Sevilla, 1943), Optimismo y salud (Grijalbo), extraerle la esencia por así decirlo, deberíamos recurrir a estos dos cimientos del clásico presocrático.

 

El que fuera jefe de los Servicios de Salud Mental del municipio de Nueva York y director del sistema de sanidad y de hospitales públicos de la misma ciudad, sostiene que nuestro bienestar, tanto físico como mental, radica en gran medida en nuestra capacidad para encarar con ánimo positivo y resuelto la inestabilidad que es consustancial a la existencia, ese tránsito hecho de transformaciones, desvíos, reveses, contingencias, imponderables, imprevistos, sorpresas… Nuestro control pues sobre esa nave a la que llamamos “vida” es limitado, abundan por el camino fallos técnicos, meteoritos y otras fuerzas hostiles a las que muchas veces no hemos convocado, pero en nuestra predisposición a no entrar en pánico antes de que aparezcan y a no dejar que nos hunda ni su recuerdo ni la convicción de que volverán a presentarse están cifrados el equilibrio y el sosiego imprescindibles.

 

Las grandes ventas y la extensa cobertura mediática que ha merecido Optimismo y salud –y aquí nos perdonarán el que nos colguemos una medalla al recordar que la web de este dominical acogió la primera entrevista sobre el libro concedida por su autor– revelan también el don de la oportunidad detrás de la elección de este momento tan crítico para su publicación. Como ha ido repitiendo el doctor Rojas Marcos en una intensísima campaña promocional con la que ha corroborado que a sus 77 años le sobran energías –algo que ya sabían los informados de que cada año sigue acudiendo puntual a su cita con el maratón de Nueva York–, el contexto actual de miedo y parálisis que genera la pandemia del coronavirus supone una prueba de fuego para la solidez de nuestro espíritu de resistencia y demanda un esfuerzo colosal por conservar la calma y la ilusión.

 

Maldito coronavirus – “El coronavirus atenta contra nuestro sentido de futuro –señalaba el escritor en su entrevista con Magazine Lifestyle–, la mitad de nuestras conversaciones versan sobre lo que vamos a hacer mañana, las próximas vacaciones, el año próximo… Al resquebrajarse este pilar de nuestra existencia y expandirse la incertidumbre –sólo hemos de pensar en los millones de personas desempleadas–, se disparan la angustia y la vulnerabilidad, con el riesgo de derivar en depresión”.

 

¿Pero cómo ser optimistas para empezar, más allá de las luces o sombras del momento histórico? Además del yugo de serie que supone la finitud de la vida y la certidumbre de que el dolor y una cuota más o menos amplia de desgracias son insoslayables, Rojas Marcos destaca el papel pernicioso que han tenido algunas religiones y una parte destacada de los filósofos de los siglos XIX y XX. La visión de la vida como un valle de lágrimas, la idea de que estamos en manos de la voluntad de un ser superior –y aquí cabrían, entre muchos otros ejemplos, un proverbio judío “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes” o el concepto de predestinación calvinista–, el acento de muchas corrientes de pensamiento en el sinsentido y el vacío existenciales parecen haberse confabulado para desposeer a la persona de margen de acción y hundirla en el desánimo. El resultado de todo esto ha sido la asociación tradicional de la persona de carácter animoso con la ingenuidad. Por la misma regla de tres, toda actitud positiva no podía tener reflejo en nuestro bienestar, quedándose en un gesto espurio e infantil.

 

Cuenta Rojas Marcos en Optimismo y salud que, a partir de la década de los 90 del siglo pasado, la ciencia da un vuelco a estas creencias, que por desgracia siguen tan arraigadas en nuestro interior. Todo empieza con un cambio de enfoque algo anterior en el tiempo: la medicina ya no se entenderá como un instrumento volcado exclusivamente en combatir enfermedades sino en mejorar y alargar nuestro paso por la Tierra. Surge así el concepto de “la calidad de vida”. La medicina no intervendrá sólo cuando haya problemas graves sino como garante del bienestar en todo momento, no procederá cuando salten las alarmas sino que trabajará para prevenir que salten. Las medidas anti incendios pasan a ser tan importantes como los equipos destinados a extinguirlos.


En el marco de este viraje, el optimismo comienza a ser estudiado científicamente y logran descifrarse sus componentes básicos: 1) la esperanza: inclinarnos por pensar que nuestros deseos se van a realizar. 2) el control: atribuirnos la capacidad de gestionar y solucionar lo que nos preocupa en vez de fiarlo al azar o a la suerte. 3) el relato: desarrollar un estilo explicativo, o forma de procesar y contarnos lo que nos ocurre, que rehúya culparse donde no haya culpa o quedar atrapado en ella cuando sí la haya, al tiempo que privilegie apostar por el hecho de que los errores y daños obtendrán reparación. 4) la memoria biográfica: centrarse en los buenos recuerdos y silenciar en lo posible los malos a la hora de enfrentarnos a una adversidad.

 

Si el concepto latino de “Mens sana in corpore sano” estaba ligado originariamente a la tranquilidad de espíritu que comportaba el rezo –la primera línea de las Sátiras de Juvenal del que se extrae dice: “Se debe orar que se nos conceda una mente sana en un cuerpo sano”–, hoy gozar de una mente y un cuerpo saludables pasa en gran parte porque esa voz interior de cada uno de nosotros no se encomiende a un ente trascendente y todopoderoso, sino que se entregue a la elaboración de un discurso empoderador en torno a sus acciones y decisiones, así como a una proyección hacia lo que está por venir que ahuyente toda tentación de incurrir en fatalismos. Y esta voz interior habría de ampliarse a voz exterior por cuanto el doctor Rojas Marcos aboga por los beneficios de hablar en voz alta, un ejercicio que asociamos ridículamente a la locura cuando, en su opinión, tendríamos que fomentarlo desde la infancia ya que permite un seguimiento más fiable de nuestro estado anímico y ordenar y afianzar ideas. emociones y sentimientos que pueden diluirse de no sacarlos fuera.

 

Pero tampoco hay que obviar que esta voz interior suele requerir esfuerzo y que los genes tienen parte de culpa al permitir que muchas personas boicoteen su derecho a la satisfacción, que no a la felicidad, un término demasiado inalcanzable y contaminado para el autor. Este trabajo y dedicación que con frecuencia reclama el optimismo no dispone de atajos, según el doctor, una de cuyas manifestaciones más flagrantes serían las fórmulas sencillas y estandarizadas que sirven tantos manuales de autoayuda.

 

Ojo avisor –Aún más crucial, apunta, es tomar conciencia de que una incapacidad sostenida de encontrar motivos para el optimismo puede esconder una primera señal de que nos encaminamos hacia una depresión, de aquí que hayamos de estar muy atentos a estados prolongados de apatía, tristeza y fatiga, tanto psíquica como física. Activar esta suerte de auto evaluación adquiere una urgencia especial en el marco actual, cuando la normalidad ha sido secuestrada sine día por un virus que dificulta y encoge el presente a la vez que estrecha los horizontes. Y si detecta problemas, no dude en buscar la ayuda de especialistas, muchas veces hay que espantar el síndrome de Sant Jordi y aceptar que hay dragones que no se vencen solos.

 

¿Algunas medidas concretas para muscular el optimismo, para allanarle el camino a la satisfacción, para fabricar un escudo de una aleación que repela las tormentas? Por el libro de Rojas Marcos desfilan con generosidad. No deje que el sesgo negativo de las noticias le hagan creer que el Apocalipsis está cada día a la vuelta de la esquina; encuentre tiempo para ese tipo de interrogantes profundos que suelen quedar sofocados por la aceleración de la vida cotidiana, caso, por ejemplo, de “¿cómo puedo ver la vida de otra forma?”, o, “¿cómo mejorar las relaciones con mi entorno?”; practique ejercicio físico de forma regular y márquese retos (si el psiquiatra fue capaz de empezar a correr maratones con casi cincuenta años, ¿por qué usted no?).

 

Bueno, tal vez no haga falta aspirar a tanto pero, dentro de sus posibilidades, ponga en órbita a su ritmo cardíaco; establezca la misma distancia con una visión victimista de sí mismo que la que pondría con gérmenes o vampiros; ligado a lo anterior, equilibre las necesidades de su autoestima como si fuese un niño pequeño, llénela de confianza y positividad pero sin agasajarla tanto que derive en presunción y tiranía; comparta sus emociones y sentimientos, una introversión blindada provoca que se enquisten elementos tóxicos que la extroversión y la conversación ayudan a desbloquear…

 

En definitiva, escúchese, trátese con cariño, desahóguese, espante los males imaginarios y las predicciones funestas, decántese por lentes de colores claros a la hora de observar lo que le rodea. Es una simplificación dañina y absurda considerar que la naturaleza de uno es monolíticamente optimista o pesimista, señala Luis Rojas Marcos, nadie ve el vaso siempre vacío o siempre lleno, del mismo modo que supone un error ampararse en la herencia genética para justificar sin más un carácter que se incline por sistema hacia lo negativo. Puede que el optimismo en ocasiones requiera dedicación y tiempo pero acostumbra a recompensar al que lo busca. Tomando una perla de sabiduría del maestro Yoda, “Abandonarte la Fuerza no puede. Constante ella es. Si encontrarla no puedes, en tu interior y no fuera deberás mirar.