lunes, 21 de marzo de 2022

El año que quebró la salud mental de los niños y de los adolescentes


Sofía Pérez Mendoza / Ana Ordaz     |     elDiario.es     |     26/12/2021

La avalancha de casos detectada desde diciembre de 2020 ha evidenciado la precariedad del sistema de atención con esperas de hasta dos meses en algunas comunidades autónomas.

 

Los psicólogos y psiquiatras infantiles están alarmados. Los niños, niñas y adolescentes con problemas de salud mental en el último año se han disparado y no tienen recursos para atenderlos a todos a tiempo. Las enormes listas de espera –de hasta dos meses para una primera cita en algunas comunidades– terminan derivando los casos más graves a las urgencias y algunos especialistas creen que todavía no hemos tocado techo. Las consecuencias de la pandemia dan la cara con el paso de los meses.

 

El estallido se localiza a partir de diciembre de 2020, según Celso Arango, director del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital Gregorio Marañón. “No de población general, sino de segmentos concretos, entre los que se encuentran las personas de 10 a 20 años, además de los sanitarios y de los familiares de los fallecidos. Hay nuevos casos y empeoramiento de los que tenían trastornos mentales previos”, señala el psiquiatra. Entre los motivos que explican el estallido, “la incertidumbre, el exceso de noticias, el distanciamiento social, el fin de las rutinas o el uso desmadrado de pantallas”. “La pandemia ha destruido la salud mental infantojuvenil”, constata Pedro Javier Rodríguez Hernández, pediatra del servicio de psiquiatría del Hospital Nuestra Señora de Candelaria, en Tenerife.

 

El hospital Gregorio Marañón de Madrid fue uno de los primeros en dar la voz de alarma este verano al ver multiplicadas las urgencias pediátricas por motivos psiquiátricos. “El que no tiene dinero para pagarse un psicólogo privado y un trastorno importante acaba ingresado antes de que le pueda ver el especialista de forma ambulatoria”, retrata el doctor Arango, que con el crecimiento de la demanda ha visto saltar por los aires un “déficit estructural” de recursos que arrastraban ya antes de la pandemia.

 

No hay todavía datos oficiales sobre el aumento percibido por los especialistas. Save the Children se ha aproximado al impacto con una encuesta propia cuyos resultados publicó hace una semana. Los datos revelan que trastornos como la ansiedad o la depresión se dan cuatro veces más: afectaban al 1,1% de los niños y niñas de entre 4 y 14 años en 2019 frente al 4% en 2021. Los problemas de conducta -entre ellos el déficit de atención o los comportamientos destructivos- se han multiplicado por tres (2,5% a 6,9%).

A Noelia, el trastorno límite de personalidad de su hija, que ahora ha cumplido 18 años, le estalló a principios de 2019. “Piensas que son cosas de niños y cuando pasa lo gordo vuelves la vista atrás y dices: ay, igual sí comía compulsivamente o se metía en líos en el colegio, pero es complicado diferenciar lo que es una gilipollez de rebeldía de lo que realmente es un problema, hasta que te explota”, cuenta en conversación con elDiario.es.

 

El confinamiento lo pasó con la hija ingresada, que vio desvanecerse cualquier incentivo cuando se cortaron las visitas de sus padres en la primera ola. “Laura funcionaba con la idea de que si trabajaba bien durante la semana nosotros iríamos el sábado o el domingo, comeríamos con ella, le llevaríamos un libro... Con el confinamiento percibió que no tenía nada por lo que luchar”, relata Noelia.

 

El mayor riesgo está en la adolescencia, comparten los psiquiatras consultados. ¿Por qué? “Tiene que ver con una rotura de los mecanismos forjadores de la identidad en la población adolescente: la rebeldía, la necesidad de autonomía con un yo propio en el grupo de colegas, el tener margen de maniobra y poder negociar aquello que cree que le viene impuesto... Ahora de repente lo que es un término de grises en el que la adolescencia se mueve bien es blanco o negro. Te quedas en casa y no es negociable. Da igual lo bien que te portes o las buenas notas que saques”, explica el doctor Arango. Esta falta de control, añade, multiplica el “riesgo de desesperanza”.

 

Los adolescentes se proyectan a cortísimos plazos de tiempo. Por eso el confinamiento y las restricciones posteriores han tenido un impacto mayor sobre ellos, según Arango. “Si me deja mi novia, me hundo; y si saco buena nota, me vengo arriba. No se proyectan en un año o en cinco como hace el adulto. Con el virus se han sentido muy fastidiados y sin margen de remedio. Eso va minando la estima, el proyecto vital, produce angustia y entra en una espiral que acaba produciendo estos trastornos”

Eso también los hace más vulnerables a la manifestación más extrema de una salud mental rota: el suicidio. La recién aprobada Estrategia de Salud Mental 2022-2026 del Gobierno –que llevaba obsoleta ocho años– avisa de que la adolescencia es una etapa de alto riesgo. “Los datos del INE de los 4 últimos años disponibles, 2017, 2018, 2019 y 2020, muestran que en menores de 15  años se contabilizaron 13, 7, 7 y 14 muertes por suicidio y en el grupo de 15 a 29 años se  registraron 273, 268, 309 y 300 suicidios, respectivamente. El año pasado el suicidio fue la segunda causa de mortalidad entre los jóvenes menores de 20 años, solo por detrás de los accidentes de tráfico. En el primer semestre de 2020, incluso, llegó a ser la primera ante la reducción de los accidentes en carretera por efecto del confinamiento.

 

Los casos graves en los niños más pequeños se siguen viendo con poca frecuencia, pero han dejado de ser “algo anecdótico”, cuenta Pedro Javier Rodríguez. “Estamos viendo ansiedad y depresión en menores de seis años con más frecuencia que antes. Por ejemplo, un trastorno obsesivo compulsivo en esta edad por el pensamiento de que se va a morir”.

En todo caso, advierten los psiquiatras, los trastornos no surgen de un día a otro, sino que van manifestándose de forma más grave si no se tratan a tiempo por un retraso en la intervención. Ese es uno de los grandes problemas del sistema. Los problemas más severos, como un intento de suicidio o un brote psicótico tienen acceso preferencial, pero hace falta llegar hasta ahí para entrar rápido. La madeja de malestares emocionales que van agravándose esperan meses a ser atendidos si no recurren, como pasa en la mayoría de los casos, a la red privada.

 

La organización Save the Children ha recopilado las listas de espera medias por comunidades autónomas con resultados desiguales. La Región de Murcia arrastra una espera de 79 días para una consulta de psicología. En Madrid se aguarda 61 días y 37 en el caso de psiquiatría infantil. Navarra maneja una demora algo más de un mes frente a los 15 días de Cantabria.

La espera para la primera cita es inaceptable, según los especialistas, pero también los intervalos de tiempo para el seguimiento. “Igual veo a alguien por primera vez y la siguiente visita no se la puedo dar hasta tres meses después. Entre sesión y sesión se nos ha olvidado”, admite Celso Arango. Faltan psicólogos y psiquiatras, pero no solo.. También enfermeras o trabajadores sociales que se involucran en estos procesos.

 

España tiene 11 psiquiatras por cada 100.000 habitantes, según Eurostat, frente a los 27 de Alemania, los 26 de Noruega o los 52 de Suiza. En relación al gasto en salud mental sobre la inversión total en Sanidad, nuestro país se sitúa en el 5% frente al 6% de media de la Unión Europea. Por encima despuntan Alemania (11%), Suecia (10%) y Reino Unido (10%); por debajo, Italia (4%) y Estonia (3%) y Bulgaria (1%). El Gobierno ha prometido inyectar 100 millones de euros en los próximos tres años para un plan de acción en salud mental y ya se ha creado la especialidad médica de psiquiatría infantojuvenil en medio de la avalancha de demanda.

Desamparo público

Los psicólogos clínicos que ejercen en la sanidad pública, sin embargo, son una incógnita hasta para el propio Ministerio de Sanidad, que admite en el texto de la recién aprobada Estrategia de Salud Mental que “no dispone de información actualizada ni completa” de los especialistas y aporta como referencia los titulados, aunque “no significa que todos ellos estén trabajando en áreas asistenciales”.

 

El desamparo público no solo se limita a los pacientes menos graves. Noelia, médica en activo, paga 4.500 euros al mes por la atención continuada de su hija Laura en un centro psiquiátrico. Asegura que la sanidad pública no le ofrece una alternativa para su situación y que eso le ha llevado a endeudarse. “Hasta hace cinco o seis meses hemos tenido ayuda familiar y trabajado como bestias, ahora no podemos pagarlo. Damos el 50% y para el otro 50% reconocemos la deuda ante notario y cuando podamos...”. Su situación es la más extrema puesto que Laura requiere de atención y vigilancia todo el día.

 

Las bajas por cuidado también atraviesan a estas familias, como en el caso de cualquier otra enfermedad. Un recurso intermedio son los hospitales de día, donde los adolescentes estudian y hacen terapia. Pero también requieren largas esperas, según confirman los profesionales. ¿Podemos permitirnos tener a adolescentes en lista de espera de más de un año para un hospital de día, sin poder ni siquiera ir al colegio o con un padre o madre que no puede ir a trabajar porque se tiene que quedar en casa con ellos?, se pregunta Arango, que ha visto varios de estos casos en su consulta.

 

“Las familias nos sentimos abandonadas. Nos ha costado mucho tiempo no sentirnos culpables de lo que les pasa a nuestros hijos. Ahora me siento solo responsable por no haberlo visto venir”, confiesa Noelia. “Te sientes una mierda también porque nadie te ayuda”, zanja, “pero vamos a ganar este pulso”.

sábado, 19 de marzo de 2022

Psiquiatría avisa al Congreso: "La relación psicosis-cannabis es clara"


IVÁN FERNÁNDEZ      |     Redacción Médica     |     14/03/2022

La especialidad entiende que su uso medicinal trasciende a la política y debería regularse "por otra vía"

La subcomisión que estudia la regulación del uso del cannabis arrancó a finales de febrero una ronda de comparecencias que se extenderá hasta el próximo junio en el Congreso de los Diputados. Una fecha, donde tras el paso de los 26 comparecientes programados, se elaborará un informe técnico de su uso medicinal. Entre las personalidades llamadas a participar, se encuentra Celso Arango, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría (SEP), quien tiene claro que de momento “no hay evidencia científica” y que la relación del cannabis y los trastornos mentales “está demostrada”, especialmente en trastornos psicóticos.

“Nosotros hablamos de medicinal cuando es algo que está aprobado por las agencias reguladoras, no algo que se vende en farmacias o herbolarios. Como profesionales de la medicina nos atenemos exclusivamente a los 
parámetros que cualquier producto tiene que cumplir para lograr la aprobación de una agencia de regulación”, señala Arango.

Para el psiquiatra, actualmente 
no hay respaldo regulatorio en el uso del cannabis medicinal, aunque señala que si lo hubiera sería bienvenido. “Yo mismo estoy estudiando el cannabidol en psicosis. Pero una cosa es investigarlo y otra es dar el salto por motivos comerciales. En ciencia no hay atajos, no podemos saltarnos la evidencia y los ensayos clínicos controlados randomizados contra placebo. No podemos dar el salto de estar investigando a decir que está funcionando porque hay una serie de casos o un estudio abierto que no cumple con los estándares científicos que se necesitan para mostrar evidencia”, reivindica el especialista.

Ante esta tesitura, Arango cree que hay decisiones que no son políticas. “El Congreso no se puede reunir y votar si la aspirina es buena para reducir el riesgo de infartos. Hay cosas que trascienden a la política y tienen que ir por otra vía”, señala el presidente de SEP.

El cannabis medicinal, factor de riesgo para la salud mental

En lo que sí hay una numerosa evidencia científica es el factor de riesgo que representa el consumo de cannabis para la aparición de trastornos mentales, aunque esto no quiere decir que todos los que consuman cannabis padezcan un trastorno mental, de hecho la mayoría no lo tienen.

“En los países donde hay mayor consumo de cannabis y este es de mayor potencia, hay más trastornos psicóticos. La relación 
psicosis-cannabis es clara. En definitiva, está demostrado científicamente que cuanto más consumo de cannabis haya peor será la salud mental de esa población”, explica Arango.

La dificultad es identificar qué persona es vulnerable y cuál no. “Actualmente, no tenemos esa facilidad para decir quién sí y quién no. Algunos los podemos indicar porque son hijos de una persona con un trastorno mental grave o porque tienen alguna alteración genética que aumenta el riesgo de psicosis, pero la mayor parte de ellos lamentablemente no podemos saberlo. Entonces es una ruleta rusa, hay gente que es vulnerable y otra que por mucho cannabis que tome no le pasa absolutamente nada ni tiene ningún problema de salud mental. Si fuésemos capaces de identificar quienes sí y quienes no sería distinto”, concluye el psiquiatra.

miércoles, 16 de marzo de 2022

Patricia Ramírez: "La mayoría de las veces tenemos ansiedad porque interpretamos de manera catastrófica lo que hay alrededor"

   La Voz de la Salud     |     10/02/2022

Es una de las psicólogas más influyentes del país, insiste en que «no se puede perseguir la felicidad todo el día» e invita a cambiar nuestro vocabulario porque «las palabras con las que nos hablamos condicionan completamente nuestras emociones».
 
La psicología de la vida cotidiana es su especialidad. Se reinventó con la pandemia y ahora tiene más de un millón de seguidores en sus redes sociales. Licenciada en Psicología, tiene un máster en Psicología Clínica y de la Salud y un doctorado en el departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico. Está considerada como una de las psicólogas más influyentes del país, imparte talleres, da conferencias, escribe libros (ya van diez) y hasta protagoniza obras de teatro.

—Ahora mismo vivimos una especie de revolución mental. Por fin, la salud mental está en primera línea, aún queda mucho por hacer, pero nunca se había hablado tanto y tan abiertamente de depresión, ansiedad o estrés. ¿Por qué hemos tardado tanto?
—Yo creo que la pandemia ha cambiado muchas cosas. En realidad, nos ha cambiado a todos. Ha cambiado nuestra manera de convivir, de trabajar, de relacionarnos, nos ha traído la incertidumbre, que es algo con lo que no solemos lidiar porque nos gusta tener todo controlado, estar en esa zona confortable. Por eso, estos dos años también han cambiado la salud mental, hay muchos más casos de depresión, de ansiedad... Y en cualquier edad de la población.
 
—Ha habido más casos y también hemos aprendido a hablar más abiertamente de ellos. 
—Sí, yo creo que como es algo que nos ha afectado a todos, la gente ha perdido un poco la vergüenza. Se ha aprovechado el momento para sacar un tema del que hace mucho tiempo teníamos que haber hablado más. Ahora que todo el mundo lo entiende. «yo tengo ansiedad, no porque estoy loco, sino porque estoy viviendo una pandemia», pues voy a hablar de ello y ya no me veo una persona tan vulnerable, sino que me veo como todas, con los mismos síntomas que el resto. Se ha normalizado toda esa sintomatología ansiosa y depresiva. Esto es algo que nos ha afectado a todos.
 
—Estás inmersa en una obra de teatro, «La ansiedad no mata pero fatiga», que además estará en Pontevedra el 12 de marzo, una especie de terapia sobre el escenario. Así que hablemos de ansiedad. ¿Cómo sé que mi ansiedad no es normal y puede convertirse en un problema mayor?
—Tú puedes tener ansiedad de manera momentánea porque te estás trasladando de ciudad, estás cambiando de trabajo, te estás separando y sabes que eso es algo puntual. Luego, hay momentos en que esa ansiedad no es algo puntual y empieza a interferir con tu vida. Por culpa de la ansiedad empiezas a tener un sueño poco reparador, a no descansar, te sientes más irritable. O puede llevarte a tener problemas con la alimentación, puede ser ansiedad por miedo al contagio y con esto estás limitando tu vida social. Cuando la ansiedad, de alguna forma, te está cambiando el carácter, tus hábitos de vida y te está limitando, tienes que consultar con un profesional.

—¿Cómo se gestiona la ansiedad?, ¿cómo se afronta?
—Lo primero es reconocerla y entenderla. Hay muchas veces que la gente va al médico pensando que es un problema digestivo, o luego va al cardiólogo pensando que las taquicardias o esa sensación de ahogo puede ser un tema del corazón. Entonces, lo primero es entender cuál es la sintomatología y aceptar que uno siente esa emoción, no luchar contra ella, sino aceptarla. Vale, oye, estoy pasándolo mal. Esto se llama ansiedad y viene de... Pero es importante que la gente localice el «viene de». ¿Cuáles son tus estresores?, ¿A ti qué te está en este momento cambiando la vida? Puede ser el miedo al virus, un duelo por el que estás atravesando, que has cambiado de trabajo, que no aceptas tu edad o que tienes un problema con tus hijos de comunicación. A lo mejor son tus propios pensamientos los que te generan ansiedad. A lo mejor no hay solamente un solo factor, tienes que detectar el tuyo. Una vez llegas a ese punto, hay que trabajar, por un lado, en técnicas que nos ayudan a regular la ansiedad, técnicas de respiración, de meditación, de relajación muscular. Es muy importante tener hábitos de vida saludables que ayudan a regular nuestros neurotransmisores. No le podemos robar horas al sueño porque el sueño es de las funciones más importantes y a la que menos atención le prestamos. Es importante el sueño reparador, hacer ejercicio a diario. Una actividad que de alguna forma nos active. Comer de manera saludable. Y luego, lo siguiente sería empezar a trabajar en tus pensamientos. La mayoría de las veces tenemos ansiedad porque interpretamos de manera catastrófica lo que hay alrededor, o porque estamos adivinando un porvenir negativo, o porque desconfiamos de la gente y pensamos que nos van a fallar, o porque dudamos de nosotros. Pero eso es un pensamiento. Todo lo que tu cabeza dice, genera emociones. Si tu cabeza todo el rato está «corre, vete de prisa» o «no puedo, no estoy a la altura, no sé si voy a llegar, la vida no me da para más». Eso se hace bola y es normal que tengamos ansiedad.

—¿Cómo podemos entrenar la positividad? Porque estamos hablando de pensamientos negativos, pero ¿cómo podemos cambiar esos pensamientos?
—Bueno, primero hay que entender que nuestro cerebro está configurado para pensar de forma negativa, porque es la manera que hemos tenido de sobrevivir, el estar pendiente de las amenazas. Pero claro, antes había amenazas que ponían en peligro nuestra vida y hoy no. Hoy la mayoría de las amenazas que a nosotros nos generan ansiedad están relacionados con la comodidad y la seguridad de nuestra vida. Entonces, para entrenar los pensamientos, algo que podemos empezar a hacer es cambiar el vocabulario, o sea, aprender a tener un vocabulario más sereno. No es lo mismo decir «oye, me tomo un café corriendo y ahora voy contigo» o «acabo rápido lo que tengo y ahora te llamo», que decir «acabo y ahora te llamo». Así eliminamos palabras que no añaden ningún valor a nuestro discurso, pero que sí que mandan mensajes de estrés a nuestro cerebro. Rápido, corre, ya. Todo eso que mete prisa y mete urgencia, el cerebro lo interpreta como que ahí hay un peligro. Y si hay un peligro, respondo con ansiedad. También podríamos tratar de verbalizar más veces las cosas que funcionan. «Qué a gusto estoy», «hoy me siento calmada», «oye, qué día más bonito hace». Es decir, que tratemos de focalizarnos en las cosas que funcionan, hay que cambiar un poco lo que nos decimos y las palabras con las que nos hablamos.

—Es decir, focalizarnos en lo bueno, no que estemos en ese bucle del que muchas veces es difícil salir.
—Hay una serie de bucles que vienen provocados por pensamientos y preocupaciones que llamamos inútiles, que son aquellas preocupaciones a las que nosotros no les podemos dar solución, pero que aun así nos dedicamos a rumiar. Por ejemplo, «¡Uf! Mañana no seré capaz de levantarme para hacer deporte». ¿Tú qué sabes? Mañana lo verás. Pero si tú empiezas a enredarte con ese pensamiento, vas generando una imagen de ti negativa, te va creando desasosiego, tristeza. Y mañana, ¿que pasará? Pues que se cumplirá lo que tú te estás diciendo. No hay que enredarse, cuando viene un pensamiento negativo, lo dejo ahí, pero no hablo con él, no me enredo.

—La actitud es clave, pero no siempre «querer es poder».
—La actitud es muy importante porque sin actitud no seríamos capaces de sobreponernos a la adversidad, pero no es justo trasladar el mensaje a la población de que tú solo eres el responsable de tu devenir. Igual en una casa hay un nivel socioeconómico o sociocultural o unas comodidades que favorecen tener actitud y en otra casa no. La actitud es importante, mucho, pero no podemos dejar todo en manos de la actitud. Tenemos que hablar también de neurociencia, que juega otro papel importante.Tener una actitud cuando tú eres una persona que normalmente tiene unos neurotransmisores que funcionan bien, genial. Pero si eres una persona que de por sí suele tener bajos sus niveles de serotonina o de dopamina, pues te va a costar mucho más que a otra persona. Es como si a mí me dicen que me ponga a correr sin tener bien los niveles de hierro, porque soy una persona que tiene anemia. Necesito tomar hierro para competir en igualdad de condiciones. Pues esto es algo parecido, pero con los neurotransmisores, claro.
 
—Hay personas que tienen la serotonina más baja, por ejemplo, pero ¿cómo se soluciona eso? Porque no es lo mismo que tomar hierro.
—La serotonina, oxitocina, dopamina, endorfinas... se generan, por ejemplo, con la meditación, con la práctica de ejercicio físico, con el disfrute de las relaciones personales. Cualquier persona, para su bienestar emocional y su salud mental, tiene que practicar actividades que estén relacionadas con el bienestar de los neurotransmisores. Y eso es el sueño, la meditación, la actividad física y el pensamiento orientado hacia el disfrute. Pero aun así, no todo el mundo tiene la misma facilidad para generar los neurotransmisores que te hacen sentir bien. Decir todo esto es muy importante para quitar la culpa, la gente tiene que saber que es muy importante la actitud, pero que no todo es nuestra responsabilidad. 
 
— También le he escuchado decir una frase que me parece muy interesante: vivimos en una tiranía de la felicidad. 
—Este es otro mensaje que se ve en las redes. Hay que ser feliz. Es como si me pusiera a escribir artículos como «10 Consejos para estar triste» o «10 consejos para estar celoso». Al igual que los celos, la envidia o la tristeza son emociones y como emociones, pues son pasajeras. Entonces, cuando tú le dices a la gente que tiene que estar feliz siempre, hay que pensar que, en realidad, es un estado emocional que aparece de vez en cuando. Claro, cuando te llegan emociones como la ansiedad y la tristeza, lo que haces es tratar de evitarlo a toda costa, porque no es normal. Y ese es el mensaje erróneo. Sí es normal sentir cualquier emoción y lo que hay que hacer es aceptarla y entender por qué está ocurriendo en ese momento. Si yo cuando estoy feliz entiendo que es porque estoy a gusto con mi marido y con mis niños y sé por qué, pues trataré de tener más momentos a gusto con mi marido y con mis niños. Y si cuando estoy triste sé porqué es, pues igual lo puedo cambiar. No se puede perseguir la felicidad todo el día, porque cuando llegan las otras emociones pensamos que están equivocadas.

—¿Daría algún consejo para poder aumentar esos «ratitos» de felicidad?
—Creo que podríamos, por ejemplo, meditar cada día, porque eso nos permitiría tener una atención, una atención plena o una atención mucho más plena durante la jornada. Y eso nos ayudaría a ser conscientes del momento presente, a no utilizar el cerebro multitarea, que eso nos genera mucho estrés. Y luego podríamos llevar un diario de bienestar, un diario en el que nosotros apuntamos cada día durante unos minutos aquellas cosas que hemos disfrutado, de tal manera que con eso cambiemos el foco. Y también podríamos practicar más el agradecimiento, agradecer las cosas bonitas que nos ocurren durante el día, aunque sean nimiedades. Enfocarnos en las cosas bonitas de la vida, eso nos genera bienestar emocional. Más que felicidad, bienestar emocional.

—Nos preocupamos demasiado por el pasado, también por el futuro, pero sí que es verdad que nos centramos muy poco en el presente, ¿cómo podemos estar más presentes?
—Vuelvo a reiterarme en la meditación, en aprender a meditar cinco o diez minutos al día y en que cuando tú estés en una cosa, estés en una cosa. Si estás contestando un correo, estás en el correo. Si estás revisando la contabilidad de tu empresa, estás en eso. Si estás atendiendo a un cliente, deja el móvil en el bolso. Si estás cocinando, te pones a cocinar.
 
En tu último libro, «Somos fuerza», hablas también de los procesos de la adversidad, de esas crisis a las que muchas veces no sabemos enfrentarnos.
—Hay que darse cuenta de que la adversidad forma parte de la vida. Tú puedes estudiar mucho para un examen y que te pongan una pregunta que no entiendes y no tener la nota que mereces. Puedes tener un negocio con un socio en el que tú confiabas mucho y que te traicione porque luego te das cuenta de que tiene otros valores. O tener mala suerte y tener un accidente de coche con alguien que viene de frente por hablar en el móvil. La adversidad, la mala suerte, la parte injusta de la vida va a estar ahí. Cuando llegue, la tenemos que afrontar, encajar lo que ha pasado, aceptarlo, dejar de darle vueltas a por qué me ha pasado esto a mí. Porque mientras estás en ese bucle no puedes caminar para adelante, aprender a buscar soluciones, ponerlas en práctica, perdonar.

—También dices que todos tenemos que encontrar un propósito, un para qué. 
—Cuando dices a principio de año que quieres perder peso o que quieres tener una vida más activa, o que este año quieres aprender un idioma, tiene que haber un sentido detrás. Reconocer el sentido por el que tú haces algo va a ayudar a que tú te mantengas más constante. Y que, en lugar de un propósito, igual se convierte en un estilo de vida, porque tú has encontrado tu para qué.
 
—Esto me lleva también a hablar del autocuidado, que es una palabra que se ha puesto mucho de moda últimamente. 
—Yo creo que el autocuidado es algo que tú puedes compaginar con el cuidado de otras personas, y yo creo que hay tiempo para todo. El autocuidado simplemente es una forma de respeto. Tú eliges tener un tiempo en el que conectas contigo o con una afición, con el deporte, con la manera que tienes de comer, con tu tiempo de descanso. Son momentos que te hacen sentir bien.

—Hablamos de autocuidado, pero también me gustaría hablar un poco de autoexigencia. 
—La exigencia es uno de los valores para mí más negativos, porque está claro que la gente es súper exigente. Lo que se aprende es que siendo de esa manera tiene resultados, pero no se dan cuenta del precio tan alto que se paga por esa exigencia. Yo creo que basta con que uno actúe por la vida de manera responsable. Hay que saber convivir con el error, con que podemos fracasar, con que no podemos hacer las cosas perfectas, con que se pierde mucho tiempo en darle vueltas a algo que al final tampoco es tan relevante. En ese sentido, yo creo que hay que bajar ese nivel de exigencia.
 
—¿A qué se refiere con el «draque», esa mezcla de drama y queja?
—Esto lo comento, sobre todo, para aquellas personas que están dentro de una crisis, y que se pasan todo el día con el drama y con la queja constante. Entonces, como tú estás todo el día concentrado en tu drama, te conviertes en el ombligo del mundo, te quejas de todo, de qué injusta ha sido la vida contigo. Así, eres incapaz de mirar hacia delante y normalmente en ese estado de «draque» no encontramos ninguna solución, porque te provoca un estado emocional de tristeza, apatía o de ansiedad, en el que no te apetece buscar nada.

—¿Qué les dirías a esas personas?
—Pues les diría que ese pensamiento es tóxico tanto para los demás como para ellos, porque, como te decía antes, el vocabulario y la manera que tenemos de hablar condiciona nuestro estado de ánimo. Cuando tú continuamente le estás diciendo a tu cerebro que la vida es una porquería, que nada funciona, que la gente no te quiere, que la vida es injusta, que vaya mierda… Cuando tú le transmites esto al cerebro, el cerebro termina pensando que realmente vives en un mundo hostil y claro, no se relaja. Está todo el día en guardia esperando encontrarse con algún peligro, con alguna amenaza de la que se tiene que defender, porque tú le estás diciendo que esto es horrible y eso es deprimente. Entonces, las palabras con las que nos hablamos condicionan completamente nuestras emociones y nuestra manera de actuar.

—Muchas veces no queremos aceptar que la vida no siempre es justa. 
—La aceptación es clave en esta vida y hay gente que no quiere aceptar las cosas porque piensan que es como tirar la toalla. Pero es que hay situaciones y personas con las que tenemos que tirar la toalla porque no hay nada que podamos hacer. No todo en esta vida depende de nosotros, hay veces en que las cosas las tenemos que dejar estar.

—¿Qué rutinas aconsejarías para mantener nuestro bienestar emocional en el día a día?
—Yo, por un lado, trataría de mantener hábitos de vida saludables relacionados con el sueño, con la meditación y con la actividad física. Trataría de mantener también relaciones saludables en las que tú puedas ser tú y comportarte de una manera honesta. Y luego buscaría esa parte de los valores, la gratitud, el ser un poco más paciente e ir un poco más despacio por la vida, el bajar tu nivel de exigencia, cambiar ese foco de atención a lo que suma, aprender a hablarnos en un idioma que sea un poco más útil. 

—¿Tenemos que aprender a aburrirnos?
—El aburrimiento genera creatividad. Hay que preguntarse, ¿qué harías si no tuvieras el móvil todo el rato en la mano? Mientras esperas en la cola del supermercado, en la consulta de un médico, en la parada del autobús. La gente tiene que salir del teléfono. Déjalo, abúrrete, mira alrededor, mira a ver qué pasa. Porque en el momento en el que dejas de estar tan estimulado, el cerebro creativo empieza a trabajar. Hay que dedicar momentos en el día al aburrimiento, porque son los que al final nos van a generar más creatividad.

—Los adultos no queremos aburrirnos, pero tampoco dejamos a los niños que lo hagan.
—Los niños también se tienen que aburrir. También tenemos que practicar su resiliencia empezando a dejar que se responsabilicen de sus cosas, que la mayoría de los padres estos helicópteros con el chat de padres en el cole no dejan que los niños se responsabilicen de sus cosas. A cada edad le corresponden una serie de actividades y hay que dejar que las pongan en práctica. Tienen que experimentar qué es la tolerancia a la frustración, que aprendan a vivir las consecuencias de sus actos.

lunes, 14 de marzo de 2022

"Tenemos que individualizar al máximo la elección del antidepresivo" - ( II )

 

Elaborado por el equipo de Redacción Médica     |     17/01/2022

El psiquiatra Javier de Diego destaca la importancia de formar al MIR en depresión para 'desenmascarar' a esta patología.

(Viene del artículo anterior) -Ya en fase de remisión, suelen persistir algunos síntomas residuales de la depresión. Entre los más comunes están los síntomas cognitivos, tales como dificultades de atención y concentración, toma de decisiones, planificación, memoria. ¿Cómo debe valorarse su presencia y correcto abordaje desde la consulta?
-Bueno, para que nos hagamos una idea de la importancia de esos síntomas, déjeme que le de unas cifras: se estima que los síntomas cognitivos están presentes el 94% del tiempo durante el episodio agudo, pero hasta un 44% del tiempo en los meses posteriores, cuando ya se ha alcanzado la presunta remisión. Es decir, cuando la mayor parte de síntomas depresivos ya han desaparecido, esos síntomas cognitivos siguen presentes de forma persistente en un buen número de pacientes y tienen un impacto notable, ya que representan uno de los dominios que más compromete la recuperación del rendimiento laboral previo.

Y el caso es que el psiquiatra está más habituado a preguntar y seguir la evolución de los síntomas emocionales, la ansiedad, los problemas de sueño… primero porque los pacientes recuerdan esos síntomas como fuente de mayor sufrimiento subjetivo en el episodio agudo, y segundo porque históricamente no hemos dispuesto de buen arsenal terapéutico para atajarlos.

Cada vez estamos más sensibilizados a interrogar estos síntomas, incluso a solicitar una exploración neuropsicológica detallada cuando sea preciso. La aparición de vortioxetina, un antidepresivo de acción multimodal con efectos sobre diversos receptores serotoninérgicos específicos, ha despertado el interés en este campo, ofreciendo un efecto diferencial sobre estos síntomas. En algunos casos, especialmente en aquellos pacientes con antecedentes de recurrencias y larga historia de enfermedad refractaria, estos síntomas se hacen persistentes y cabrá implementar además estrategias de estimulación cognitiva.

-Por otro lado, el embotamiento emocional también es frecuente, en ocasiones asociado al tratamiento con antidepresivos clásicos y, en otras, como parte de la propia depresión no resuelta. Tanto este fenómeno como la presencia de síntomas residuales cognitivos dificultan la recuperación funcional del paciente. ¿Hasta qué punto están integrados estos aspectos en la formación médica y, posteriormente, en la práctica clínica?
-Aunque esto del embotamiento emocional secundario a los antidepresivos no es algo nuevo, sí es cierto que las investigaciones en torno a ello y su potencial impacto habían sido minoritarias hasta los últimos años. No estamos nada habituados a profundizar sobre este fenómeno en las entrevistas ni en la formación, quizás porque históricamente se había considerado un tema menor. Un buen estudio de 2017 dirigido por Guy Goodwin, de la Universidad de Oxford, demostró que casi la mitad de los pacientes bajo tratamiento antidepresivo presentan embotamiento emocional durante el tratamiento, aunque no todos lo viven de forma negativa.

El paciente con depresión que ha pasado mucho tiempo sufriendo y con grandes niveles de ansiedad, puede agradecer ese efecto desestresante del tratamiento, que le ayuda a poner distancia y no sentirse sobrepasado con los nuevos contratiempos que puedan surgir. Sin embargo, cerca de un 40% de los pacientes que experimentan embotamiento emocional lo perciben con incomodidad y parece que es más común que se produzca en aquellos con alteraciones cognitivas persistentes, dificultando la sensación de plena recuperación.
 
Precisamente vortioxetina cuenta este año con un estudio abierto con resultados interesantes al respecto. Casi la mitad de los pacientes que no habían respondido adecuadamente al primer antidepresivo y presentaban niveles significativos de embotamiento emocional, lograban la remisión completa y la desaparición del embotamiento emocional con el cambio a vortioxetina. Pero quizás lo más interesante es que la reducción del embotamiento emocional correlacionaba con la mejoría en el funcionamiento general del paciente, por lo que es una dimensión nada desdeñable de cara a monitorizar la evolución del paciente.

-Por último, la falta de adherencia terapéutica sigue presente en muchas patologías, entre ellas, la depresión. A su juicio, ¿qué puede hacer el profesional sanitario para favorecer esa adherencia?
-Como dijo el cirujano Everett Koop, los medicamentos no funcionan en aquellos pacientes que no los toman. Y esto es una obviedad que adquiere aún más importancia en una enfermedad como la depresión, capaz de envolver al paciente en una lógica oscura y una desesperanza tal que le lleve a pensar que no hay nada más que hacer para mejorar, que todos sus males son irreversibles, que no vale la pena ir a consultar o incluso que la única forma de acabar con ese sufrimiento es quitarse la vida. No olvidemos que el diagnóstico y tratamiento adecuado de la depresión es una de las estrategias más contrastadas para prevenir el suicidio. Pero entre un 40-60% de los pacientes con depresión presentan alguna forma de mala adherencia al antidepresivo a lo largo del seguimiento, bien porque no lo llegan a iniciar, o porque lo toman de forma irregular o porque lo abandonan antes de tiempo.

Muchos pacientes llegan a la consulta desesperanzados, pero también con dudas y prejuicios erróneos respecto al tratamiento, muchos siguen creyendo que van a estar atontados con el tratamiento o que pueden hacerse adictos a la medicación, ¡lo que es rotundamente falso! El antidepresivo no es un euforizante ni una sustancia de abuso, y va a ayudar al paciente a sentirse como antes. Sabemos que esos prejuicios con respecto al tratamiento tienden a mejorar entre aquellos pacientes que los inician y es clave, sobre todo en las primeras etapas de seguimiento, que ayudemos a los pacientes a expresar esos temores, a mejorar sus expectativas respecto al tratamiento y a garantizarles que, en caso de aparecer efectos secundarios, podremos manejarlos. Nuestra empatía es una de las mejores armas para crear confianza y estimular la buena adherencia al antidepresivo. Piense que la adherencia al antidepresivo ha demostrado no solo mejorar los resultados del tratamiento en depresión sino incluso aumentar la esperanza de vida de los pacientes que la sufren.

"Tenemos que individualizar al máximo la elección del antidepresivo" - ( I )


Elaborado por el equipo de Redacción Médica     |     17/01/2022

El psiquiatra Javier de Diego destaca la importancia de formar al MIR en depresión para 'desenmascarar' a esta patología.

Hablamos con Javier de Diego, psiquiatra e investigador en el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona, sobre la importancia de la formación en depresión de los médicos residentes, tras su reciente participación en el Curso para Residentes de Psiquiatría, organizado por Lundbeck y avalado por la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica.

-La depresión es una enfermedad prevalente e incapacitante. Entre un tercio y la mitad de los casos son derivados desde primaria a la atención especializada. ¿Sobre qué ejes debe girar la formación del médico interno residente en psiquiatría en esta patología?
-Efectivamente es una de las enfermedades más habituales que atendemos, una enfermedad que afecta a casi 300 millones en el mundo. Quizás por ser tan común y por el hecho de que un gran volumen de depresión sea inicialmente atendido por el médico de familia, el residente de psiquiatría podría cometer el error de considerarla como una patología menos atractiva, pero es una de las causas médicas más importantes de discapacidad y de deterioro de la calidad de vida, con un tremendo sufrimiento emocional para el que la sufre y para su entorno. Cualquiera de nosotros podríamos sufrir una en algún momento de la vida, por eso creo que es tan fácil empatizar con el paciente con depresión y tan gratificante ayudarle a recuperarse. Así que diría que uno de los primeros ejes en la formación del residente de psiquiatría en depresión tiene que ser el entusiasmarle con su manejo. 

Además, como en tantas otras patologías en psiquiatría, la formación del residente tiene que ir dirigida a mejorar sus habilidades en el reconocimiento clínico de la patología -contando con los criterios diagnósticos de los sistemas de clasificación, pero sabiendo ir más allá- y conocer bien las distintas posibilidades de abordaje terapéutico, farmacológico y psicoterapéutico, especialmente cuando las cosas no acaban de ir bien desde un principio. Pero, además, pondría el acento en conocer al máximo las bases neurobiológicas de la depresión y despertar en los residentes el deseo de investigar en la búsqueda de biomarcadores, un campo en absoluto auge cuyos descubrimientos espero que vayan impregnando poco a poco nuestra forma de entender la enfermedad y nuestra práctica clínica.

-La propia dificultad diagnóstica de esta entidad clínica, que muchas veces cursa de forma atípica, ¿se percibe también en Psiquiatría? ¿Qué estrategias debe desarrollar el especialista para su correcta detección?
-Cómo siempre digo, los extremos son muy fáciles de reconocer: la presentación paradigmática de una depresión en la que el paciente describe un cambio claro en su estado de ánimo con una profunda sensación de tristeza, incapacidad para disfrutar de aquello que antes le llenaba, pesimismo, ideas de muerte… ¡ésta no se le va a escapar a nadie! El problema es que en muchas ocasiones el principal motivo de consulta del paciente pueden ser molestias de lo más variopintas: cefaleas, otros dolores, palpitaciones, estreñimiento, fatiga, problemas de memoria y de concentración, dificultades para dormir, etc. que “enmascaran” todo un síndrome depresivo completo.

Esto pasa con mayor frecuencia en ancianos. Si solo nos quedamos en la superficie y no interrogamos bien todo lo que puede estar acompañando a esas molestias, el diagnóstico se va a ir retrasando y esto tiene consecuencias pronósticas: en uno de los estudios que publicamos unos años atrás, observamos que aquellos pacientes con depresión que tardaban menos en recibir el tratamiento antidepresivo eran también los que se recuperaban con mayor probabilidad y en menor tiempo. Tenemos que estar siempre ojo avizor con una posible depresión frente a pacientes que acuden con quejas somáticas o cognitivas, especialmente cuando las presentan con una intensidad y vivencia subjetiva desproporcionada. Por otro lado, el residente se tiene que conocer los criterios diagnósticos “de pe a pa”, pero debe recordar que la fenomenología en depresión es mucho más rica y no olvidar revisar, de vez en cuando, alguno de los tratados clásicos de psiquiatría y psicopatología.

-La depresión comórbida con otras enfermedades, tanto físicas como mentales, es algo habitual en la práctica clínica. ¿Qué supone la presencia de comorbilidad médica en depresión a la hora de abordar esta situación? ¿Qué consecuencias tiene para el paciente?
-En primer lugar, la presencia de comorbilidades físicas y mentales en depresión van a aumentar las dificultades diagnósticas. Hay un montón de enfermedades generales que pueden cursar con síntomas propios de la depresión como fatiga, bajo apetito, insomnio, problemas de concentración, etc. Por otro lado, sentirse triste o abatido poco después de ser diagnosticado de un cáncer -por poner un ejemplo- es común y del todo comprensible, pero cuando ese estado se vuelve intenso y persistente en el tiempo, cuando impacta hasta tal punto que hace entrar a la persona en un estado de abatimiento, irritabilidad, pensamiento rumiativo, aislamiento social… es posible que se haya pasado la barrera. Ese error de dar por sentado que alguien con una enfermedad grave tiene que sentirse naturalmente deprimida y casi conformarse con ese estado, es una de las razones que contribuye al riesgo de infra-diagnóstico e infra-tratamiento, mientras que es un hecho probado que las personas con cáncer, con diabetes, con cardiopatía o con un sinfín de enfermedades que pueden asociarse a depresión, evolucionan mejor cuando la depresión se aborda a la vez que la enfermedad de base.

Pero, además, hay un montón de trastornos psiquiátricos que se presentan también junto a cuadros depresivos: alcoholismo, trastornos de ansiedad, trastornos de conducta alimentaria, trastornos de personalidad… Si no reconocemos estas comorbilidades y las abordamos específicamente, esa depresión tiene menos números de responder como nos gustaría.

-Nos decía que el tratamiento temprano de la depresión es uno de los pilares fundamentales para el mejor pronóstico de la enfermedad. A la hora de elegir el antidepresivo de primera línea, ¿es suficiente con evaluar el equilibrio entre eficacia, seguridad y tolerabilidad? ¿Qué otros elementos se deben considerar?
-Una depresión moderada o grave, la práctica totalidad de las que acuden a consulta, precisará de un tratamiento antidepresivo, más allá de todas las intervenciones psicoeducativas y psicoterapéuticas que vayamos implementando a lo largo del seguimiento de ese paciente. Desde luego, en depresión, como en la mayoría de campos de la medicina, no existe una bala mágica, es decir, un medicamento que resalte claramente por encima de todos los demás y que pueda ser dirigido a la totalidad de pacientes. Las guías clínicas aconsejan, de forma genérica, iniciar el tratamiento con un antidepresivo de la familia de los ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina) dado que son mejor tolerados que los antiguos tricíclicos, pero las posibilidades siguen siendo muy amplias y contamos con nuevas opciones que se quedan fuera de este grupo y que también podrían ser excelentes opciones en primera línea.

El perfil clínico de la depresión, su gravedad o incluso el predominio de algunos síntomas sobre otros pueden orientarnos hacia antidepresivos que presenten un espectro de acción más amplio o más específico en torno a esos síntomas. Por otro lado, el equilibrio entre eficacia y aceptabilidad será fundamental: de nada servirá prescribir un buen antidepresivo si el paciente lo dejará tempranamente por sentirse embotado con él o con problemas de disfunción sexual.  Además, en la práctica clínica tenemos que considerar también potenciales problemas de interacción con fármacos que ya esté tomando el paciente o posibles comorbilidades asociadas dado que la presencia de obesidad o problemas metabólicos, sin ir más lejos, pueden desaconsejar algunas opciones. Tenemos que individualizar al máximo la elección.
 

-¿Qué factores pueden condicionar una respuesta insuficiente al tratamiento? ¿Con qué estrategias terapéuticas cuenta el profesional sanitario para resolver esta situación?
-Como antes decía, cuando una depresión no va bien, lo primero que tenemos que preguntarnos es si no se nos está escapando algo en el diagnóstico y, a menudo, la clave podría ser alguna enfermedad física o mental comórbida, sin olvidar el consumo de alcohol u otros tóxicos. Pero no podemos olvidar algo tan obvio como la persistencia de factores psicosociales estresantes o la ausencia de apoyo social o familiar, factores que impactan negativamente en el resultado del tratamiento. Recuerdo un interesante estudio de la Universidad de Módena hecho con ratas y publicado en Molecular Psychiatry en 2017 que nos mostraba algo que observamos a diario con las personas en depresión: los antidepresivos favorecen la recuperación especialmente cuando el ambiente que les rodea es favorable. De alguna manera los antidepresivos disminuyen el estrés descontrolado y devuelven al cerebro las condiciones ideales para volver a responder a los cambios favorables, pero esos cambios también se tienen que producir. Los antidepresivos son aliados indispensables cuando tratamos una depresión mayor y todos los psiquiatras, de forma más o menos explícita, asociamos su prescripción con intervenciones psicoterapéuticas a lo largo de todo el tratamiento.

Ahora bien, hay depresiones “guerreras” en las que, aún a pesar de haber hecho un buen barrido diagnóstico y correcto abordaje de todas las comorbilidades, los intentos con los primeros antidepresivos no hayan resultado o no hayan sido bien tolerados. En esos casos, a groso modo, contamos con la posibilidad de usar potenciadores (es decir, sustancias sin efecto terapéutico antidepresivo per se pero que pueden aumentar la eficacia del antidepresivo), combinaciones de antidepresivos con mecanismos de acción complementarios o cambios por antidepresivos de un espectro más amplio o de mejor tolerabilidad. 

(Continua en el siguiente artículo con – II )

viernes, 11 de marzo de 2022

Esto es lo que le sucede al cerebro de un niño si sufre una experiencia traumática en su vida

 

BEATRIZ BENÉITEZ BURGADA     |     La Vanguardia     |     10/01/2022
La infancia es una etapa crucial en la vida de todo ser humano. Y es una obviedad que todos los niños necesitan un hogar y un entorno seguro. Las experiencias dolorosas a una edad temprana pueden dejar en nuestra mente una huella indeleble. ¿Qué sucede en el cerebro de un niño cuando vive un trauma? Como recuerda la Asociación Española del Trauma Psicológico, muchas veces la cuestión no es lo que has vivido, sino "cómo lo has vivido". 
La prestigiosa publicación Healthy Children, el único sitio web sobre la crianza de los niños respaldado por 60.000 pediatras de todo el mundo, explica que un evento traumático es el que atenta contra el amor y la seguridad y adopta muchas formas. Quizá se deba a un accidente, a situaciones violentas alrededor, malos tratos, negligencias… Un niño atemorizado “puede sentirse fuera de control y desamparado” y, cuando esto sucede, “se activa la respuesta de lucha o huida, incluso de pánico”.
Aunque la respuesta no es igual en todos los casos, porque hay niños más sensibles que otros. Tal y como explica Lucía Zumárraga, presidenta de la Asociación Madrileña de Neuropsicología, "el niño puede sufrir las consecuencias de un acontecimiento traumático o estresante, no solo por vivirlo en su propia persona sino por haber estado presente en dicho acontecimiento". Quizá se deba a un accidente, a situaciones violentas alrededor, malos tratos, negligencias, una pandemia…
Otro factor importante es la resiliencia. Es la capacidad de dar una respuesta adecuada ante una situación adversa. "La buena noticia es que a pesar de que unos niños son más sensibles y otros más resilientes podemos fomentar la resiliencia", explica.
Cuando sucede algo que causa temor, el cerebro se asegura de que no lo olvidemos, por eso los traumas se recuerdan de manera especial y, a menudo se mezclan varios desencadenantes: sensaciones y sentimientos con olores, posturas, lugares, sonidos... Estos pueden ayudar una sensación que recuerde lo vivido como si estuviera sucediendo de nuevo.
Los desencadenantes podrían incluso generar conductas traumáticas en el adulto que revive un trauma que sucedió en la niñez. Por eso, a quien no sabe, le puede parecer que un niño, adolescente o adulto está reaccionando “de forma exagerada” ante un hecho. Otras veces, aparece la parálisis emocional. Hay personas que, tras haber sufrido abusos de niños, transitan por otras etapas de su vida nerviosos y con dificultades para controlar sus emociones, “porque su cuerpo está siempre predispuesto a paralizarse, huir o escapar de lo que les atemoriza”.
Otro problema frecuente en los niños que sufren o han sufrido traumas es la dificultad para concentrarse, “la hiperactivación o hipervigilancia”, que no es lo mismo que “hiperactividad ni falta de atención”, aunque a veces puedan confundirse fácilmente. Una reacción común es la necesidad de control y una menos frecuente es el “Trastorno oposicionista desafiante” o trastorno explosivo intermitente.
Según la Academia Americana de Pediatría, Podemos ayudarle a reconocer o evitar los desencadenantes que le hacen revivir el suceso, establecer rutinas para que él sepa qué esperar, ofrecerle opciones sencillas y respetar sus decisiones (para que gane sensación de control), no tomar sus reacciones como una afrenta personal y tratar de mantener la calma y permanecer disponible y receptivo. 
También le ayudará poder expresar lo que siente, ser constantes y predecibles, así como afectuosos y pacientes. Podemos enseñarle que puede confiar en los demás, pero con paciencia, porque llevará tiempo. También podemos pedir ayuda a un profesional si la situación se nos escapa de las manos.
Lo más importante es recordar que los niños se adaptan fácilmente y es tarea de los adultos “brindarles las herramientas que necesiten y guiarlos mientras crecen”. Quizá no podamos evitar que sufran un trauma pero, sin duda, podemos ayudarles a superarlo. Porque el futuro de su salud emocional, puede estar en nuestras manos.
De todas formas, como explica Zumárraga, "el cerebro de un niño o un adolescente está preparado para vivir situaciones de estrés". Entonces, ¿el estrés o trauma son negativos y perjudiciales para el desarrollo cerebral? Según la experta, no todo el estrés es malo, por eso distinguimos entre el estrés positivo, tolerable y tóxico. 
La diferencia entre ellos radica en dos factores principalmente:
 
1.      Intensidad y duración: nuestro cuerpo desencadena una respuesta hormonal de “lucha o huye” ante las situaciones traumáticas. Si esta inundación hormonal se mantiene o repite en el tiempo y es muy intensa puede alterar el desarrollo cerebral.
2.      Apoyo por parte de los adultos del entorno: si el niño o adolescente cuenta con un entorno que le apoya y le da herramientas para hacer frente a la situación estresante estará ante un estrés positivo y tolerable.
"Nuestra labor como adultos es ofrecer entornos de protección ante las diferentes situaciones de riesgo, para así reducir la intensidad del estrés y prevenir la alteración del desarrollo cerebral. Son muchas las situaciones que pueden suponer un trauma, el primer día de escuela, asistir a un evento multitudinario, etc. Este estrés es positivo siempre y cuando no sea mantenido y repetido en el tiempo y cuente con apoyo de adultos", destaca.
Los padres tienen la enorme responsabilidad de mejorar la resiliencia de los niños. Es la mejor herramienta personal para minimizar el impacto de las situaciones traumáticas en la salud mental y física. No todos nacemos con la misma resiliencia, pero podemos construir y mejorarla para prevenir alteraciones del desarrollo neurológico.