miércoles, 5 de junio de 2019

¿Antidepresivos en la nevera?. La ciencia estudia como afecta la dieta a la salud mental.

Los alimentos no son medicinas, pero una nutrición equilibrada puede disminuir la probabilidad de sufrir males como la ansiedad y la depresión

SARAH PALANQUES TOST   |  EL PAÍS  |  29/05/2019 

Recostado en el diván, un hombre cualquiera describe un sentimiento de ansiedad que le atenaza cada día. La describe como si fuera un invitado hambriento que no quiere marcharse, una visita indeseada que le obliga a poner más y más aperitivos sobre la mesa, y no es solo una metáfora. También le habla de otros temas y relata estados pasajeros de tristeza que no puede explicar fácilmente. De repente, el psiquiatra se quita las gafas, las deja lentamente sobre la mesita accesoria y hace una extraña pregunta a su paciente... "¿Qué tiene dentro de su nevera?", dice. La mirada del hombre revela una comprensible extrañeza ante el rumbo que ha tomado el interrogatorio, pero la cuestión de la calidad nutricional de los alimentos parece no ser baladí en lo que se refiere a la salud mental.

Hace décadas que los científicos conocen los beneficios que una dieta y nutrición adecuadas tienen en el desarrollo de las enfermedades cardiovasculares, digestivas y endocrinas. Y no solo los médicos son conscientes de que la salud entra por la boca; la información dirigida al común de los mortales para cuidar su dieta es de todo menos escasa. La situación es muy distinta en el campo de la psiquiatría, aunque en los últimos años un creciente número de investigaciones apuntan que la alimentación no solo tiene un papel crucial en nuestra salud física sino también en la mental. Si uno tiene en cuenta que la depresión es una de las enfermedades que se han relacionado con la calidad nutricional de la dieta, la idea de que la felicidad está en el plato no es tan descabellada.

Inflamación, un nexo de unión entre dieta y enfermedad
Es obvio que las emociones y la comida están relacionadas; todos hemos sufrido alguna vez un fuerte empujón a la despensa en momentos de ansiedad, y la terapia para superar los momentos de bajón a base de helado es un clásico en las películas que giran en torno al desamor Las evidencias son mucho más esquivas desde una óptica empírica, pero la comunidad científica ha empezado a preguntarse por qué la enfermedad mental no se trata también desde la perspectiva nutricional, y los expertos se han encontrado una paradoja muy interesante.

"Las enfermedades psiquiátricas, como la depresión o la esquizofrenia, no son muy diferentes de la diabetes si nos fijamos en los cambios que se producen en el organismo a un nivel molecular. Las personas con diabetes y con depresión se encuentran en un estado de inflamación sistémica, leve pero crónica", dice el profesor de psiquiatría y psicología médica de la Universidad de Valencia y miembro del comité ejecutivo de la Sociedad Internacional para la Investigación en Psiquiatría Nutricional Vicent Balanzá. "Asumiendo esto, las intervenciones con dieta y nutrición podrían ser eficaces para corregir la inflamación también en las enfermedades psiquiátricas y, en general, para mejorar el pronóstico de las personas que las sufren. Al fin y al cabo, la división entre cerebro-mente y cuerpo no tiene fundamento científico", añade el también investigador del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental.

Por eso médicos e investigadores de todo el mundo han empezado a trabajar sinérgicamente para averiguar más sobre las relaciones entre los nutrientes y la mente, y han englobado el conocimiento adquirido bajo el término de psiquiatría nutricional. Uno de los máximos exponentes de la disciplina emergente, el agricultor y psiquiatra de la Universidad de Columbia, en Nueva York (EE UU), Drew Ramsey, defiende que una dieta deficiente es uno de los mayores factores que contribuyen a la depresión. En este sentido, uno de los metaanálisis más recientes que se han publicado sobre los efectos de la nutrición en la salud mental, en el que participaron científicos de todo el mundo (incluidos un par de grupos de investigación españoles), encontró que "adherirse a una dieta saludable, en particular una dieta mediterránea tradicional, o evitar una dieta proinflamatoria parece conferir cierta protección contra la depresión en estudios observacionales. Esto proporciona una base de evidencia razonable para evaluar el papel de las intervenciones dietéticas para prevenir la depresión", afirma el texto.

"El creciente campo de la psiquiatría nutricional evidencia muchas consecuencias y correlaciones entre lo que comemos con la forma en que nos sentimos y cómo nos comportamos. Es un tema que cada vez toma más fuerza", defiende la psiquiatra especialista en trastornos de adicciones y medicina legal Paula Vernimmen. Pero, ¿podemos mejorar nuestra salud mental cambiando nuestra alimentación? ¿Hay comida que nos hace felices y viceversa?

No busques un alimento milagro, lo importante es la dieta
Balanzá advierte de que la relación entre los nutrientes y la depresión es muy compleja, y que no es tan directa como puede parecer. Entre otras cosas, porque en el desarrollo de la enfermedad mental intervienen numerosos factores además de este. "Por ejemplo, las diferencias genéticas entre los individuos hacen que los déficits nutricionales repercutan más o menos en el riesgo de enfermar. Y en los últimos años hemos aprendido que lo más relevante para la salud mental es el patrón dietético, la dieta, más que un alimento o un nutriente concreto. Lo que le importa a nuestro cerebro es la diversidad y la armonía entre ellos. La dieta es como una orquesta que puede emitir una música hermosa, la salud, si la cultivamos", explica el investigador.

Y si la mediterránea puede tener efectos terapéuticos sobre la depresión, ¿podría una dieta inadecuada empeorar sus síntomas? La respuesta es sí, especialmente en el caso de "las dietas hipercalóricas pero pobres en nutrientes, basadas en productos ultraprocesados y comida rápida", confirma Balanzá. Una dieta saludable, como la mediterránea, "aporta nutrientes clave para el cerebro, como son diversos minerales, vitaminas, aminoácidos esenciales y ácidos grasos esenciales. Son importantes porque tienen efectos antioxidantes, antiinflamatorios y neuroprotectores, que ayudan a combatir mejor las consecuencias negativas del estrés. Pero la carencia de nutrientes esenciales tiene repercusiones para el cerebro de las personas en general. Así, un déficit de algunas vitaminas, como el folato o la vitamina B12, se ha relacionado con un estado de ánimo depresivo y también con el deterioro cognitivo", prosigue el experto.

De hechoen un trabajo de 2015 publicado en BMC Medicine los científicos observaron que una menor ingesta de alimentos densos en nutrientes y una mayor de comida poco saludable se asocia con un menor volumen del hipocampo izquierdo. "Esta fue la primera demostración en humanos de que la calidad de la dieta puede repercutir en estructuras cerebrales", valora Balanzá.

Rebajar el riesgo de depresión hasta un 35%
Según la doctora Vernimmen, este campo de investigación está proporcionando hallazgos halagüeños. Por ejemplo, se sabe que "las personas que siguen dietas ricas en verduras, frutas, granos sin procesar, pescados y mariscos, que contienen pocas cantidades de carnes magras y lácteos, tienen un riesgo de depresión de un 25% a un 35% más bajo. Además, una mala hidratación, el consumo de alcohol, de cafeína y el hábito de fumar pueden precipitar o simular los síntomas de ansiedad". La experta añade que los picos altos de azúcar "pueden imitar desde una crisis de ansiedad hasta un ataque de pánico". Por último, "los periodos prolongados de ayuno, donde se generen estados hipoglucemiantes -caracterizados por la disminución de los niveles de azúcar en sangre-, pueden simular síntomas de depresión".

Pero aunque todos estos descubrimientos son, sin lugar a dudas, emocionantes, hay que tomarlos con un rigor académico como el que demuestra Balanzá, quien se toma esta nueva tendencia con un optimismo moderado. "No es suficiente presuponer que las vitaminas o los probióticos favorecen la salud mental porque son naturales y saludables. En los ensayos clínicos hay que exigir el mismo rigor metodológico que se pide a los fármacos. Un mensaje importantísimo para la ciudadanía es que mejorar la dieta por sí solo no va a curar los trastornos mentales y saber esto es vacunarse contra las promesas de los charlatanes y las pseudociencias".

Pronto sabremos más. Desde 2013 un grupo de unos 300 profesionales psiquiatras, epidemiólogos, nutricionistas, dietistas, psicólogos e investigadores básicos se reúnen anualmente para generar y difundir conocimiento científico. Este año lo harán en Londres para hablar, precisamente, de psiquiatría nutricional. Será una buena oportunidad para tomarle el pulso a esta disciplina que ya está ocupando espacios y generando una nueva narrativa sobre la salud mental.


Identificadas dos bacterias intestinales que influyen en la salud mental

Big Vang – Redacción |  La Vanguardia |  4-02-2019  

Hasta ahora la relación entre microbiota y comportamiento solo se había demostrado en animales

Científicos de la Universidad belga de Leuven han logrado demostrar por primera vez en humanos cómo la microbiota intestinal está implicada en la salud mental, algo que hasta el momento se sospechaba y que solo se había logrado probar en animales. En un estudio que publican en Nature Microbiology, los investigadores consiguen identificar dos bacterias que son clave en la depresión y, en general, en la calidad de la salud mental. Este hallazgo abre la puerta a diseñar, en un futuro, nuevos tratamientos que tengan como diana estas dos comunidades de bacterias.

Asimismo, también han comprobado cómo algunos de los miles de millones de microorganismos que conforman la microbiota intestinal son capaces de producir compuestos neuroactivos.

Desde hace poco más de una década los científicos estudian el complejo intercambio de mensajes, tanto químicos como eléctricos, entre el cerebro y el intestino a través, sobre todo del nervio vago, que se extiende desde la base del cerebro hasta el abdomen. En 2011 se publicaron los primeros resultados que demostraban cómo la microbiota influía en el comportamiento; científicos de la Universidad de Cork, en Irlanda, de la McMaster, en Canadá, y del Instituto Karolinska, en Suecia, realizaron tres experimentos en los que lograban modificar el comportamiento de ratones tan solo alterando la composición de su microbiota intestinal.

Es más, recientemente, uno de esos equipos de investigadores, el de Premysl Bercik, de la Universidad McMaster, uno de los pioneros en el estudio del eje cerebro-intestino, en un estudio en Nature Comunications demostraba en ratones cómo las bacterias intestinales desempeñaban un papel crucial para producir ansiedad y depresión.

Ahora los investigadores flamencos han logrado demostrar eso mismo pero en humanos, que cuentan con una microbiota intestinal, formada por una comunidad de miles de millones de organismos, mucho más rica, variada y compleja que la de los roedores. Para ello, han cruzado datos acerca de la composición microbiana intestinal y de diagnósticos médicos de depresión de 1054 individuos de la cohorte del Proyecto flamenco de microbiota intestinal. De esta forma lograron identificar que las bacterias Coprococcus y Dialisterestán en cantidades ínfimas en la microbiota intestinal de las personas que sufren depresión, independientemente de que tomen tratamiento, en comparación con personas sin la enfermedad.

A continuación, validaron esos resultados en otra cohorte de más de 1000 personas clínicamente deprimidas, del Hospital Universitario de Leuven.

“La relación entre el metabolismo de la microbiota intestinal y la salud mental es un tema controvertido en ciencia”, apunta en un comunicado Jeroen Raes, coautor del trabajo e investigador del Centro de microbiología de la Universidad de Leuven. Para este científico, a pesar de los interesantes resultados de estudios previos en animales que han arrojado luz a la relación entre metabolitos -o productos de desecho que generan las bacterias después de digerir los alimentos- y comportamiento y sentimientos, la investigación en humanos, a su juicio, se ha quedado completamente rezagada.

“En nuestro estudio hemos logrado identificar diversos grupos de bacterias que varían en función de si la persona tiene o no depresión y también de la calidad de su salud mental”, añade.

De hecho, en trabajos previos este mismo grupo de investigadores ya habían establecido qué enterotipos, esto es qué composición -en variedad y cantidad- de la microbiota intestinal, se asociaban a personas con síndrome de Crohn, una enfermedad inflamatoria autoinmune que afecta al tracto intestinal. Y en este nuevo estudio han visto que la composición microbiana de las personas con depresión o una salud mental pobre era similar a la de aquellos con Crohn.

En este sentido, se sabía que casi 9 de cada 10 personas que padecen síndrome de intestino inflamado, colitis ulcerosa o Crohn suelen sufrir con mayor frecuencia que personas sin estas enfermedades intestinales depresión, ansiedad y otros trastornos psicológicos. Y también se ha visto que ocurre al revés, que determinadas patologías mentales provocan alteraciones intestinales.

Asimismo, los investigadores han creado un catálogo de microbios intestinales en función de su capacidad de producir o degradar moléculas que pueden potencialmente interactuar con el sistema nervioso. Para ello han empleado una técnica computacional para estudiar el genoma de 500 bacterias aisladas del tracto intestinal de personas con depresión. Han obtenido información acerca de la capacidad de producir compuestos neuroactivos.

“No solo hemos podido identificar las distintas bacterias que podrían desempeñar un papel clave en las enfermedades mentales sino también los mecanismos involucrados potencialmente en esa interacción con el huésped”, señala en un comunicado Mireia Valles-Colomer, coautora del trabajo. “Por ejemplo, hemos visto que la capacidad de los microorganismos de producir DOPAC, un tipo de metabolito del neutrotransmisor dopamina, se asociaba con una mejor calidad mental”, resalta.



lunes, 3 de junio de 2019

Som-hi ...


Hola a tothom, 

Ja fa un any i cinc mesos que no he posat cap article al blog, però m’ha sorprès que tot i no haver-hi novetats, l’hagin visitat moltes persones de procedències diverses.

Això m’anima a seguir buscant notícies i transcriure’n alguna que he llegit durant aquest temps.

Potser seran menys nombroses que abans, però em conformo amb despertar l’interés d’algunes persones per tenir més informació sobre la salut mental, o ajudar a esbrinar i entendre una mica més el món tan desconegut dels diferents tipus de trastorns mentals.

Salutacions cordials,

M. Carme.

martes, 2 de enero de 2018

Pausa al blog

Benvolguts amics del blog, començo 2018 en un estat de salut precari i novament he de fer una pausa. 

M’he plantejat si mereixia la pena seguir posant-hi articles, però no estic en condicions de decidir-ho ara mateix.

El propòsit de sempre ha estat aclarir conceptes a persones afectades per transtorns mentals o als seus familiars més propers, basant-me en la pròpia experiència, els ingressos a hospitals o les estades a l’hospital de dia, a part dels articles que trec de la premsa que són els més nombrosos. 

Si això ha servit per donar llum a alguna persona, o esperança en un moment donat quan es passa malament, ja em sento ben pagada.

Deixem que el temps faci la seva feina, i veurem si plego o segueixo amb més novetats.

Salutacions i Bon Any 2018 per a tots,

M. Carme

martes, 19 de diciembre de 2017

El vínculo entre Felicidad y Espiritualidad.

Mariana Alvez | Psicología Positiva | 18/07/2017

La espiritualidad es una noción poco trabajada en la psicología, veamos qué
tiene que ver con la felicidad.

En Psicología Positiva (el estudio científico del bienestar y el florecer como ser humano) consideramos a la espiritualidad como una de las 24 fortalezas personales, ubicadas dentro de la virtud trascendencia. Esta virtud hace alusión a aquel conjunto de fortalezas que buscan afuera de uno mismo el conectarse con algo magnífico y permanente, conectarse con los demás, con el futuro, con lo divino, con el universo.
La espiritualidad es una noción muy poco trabajada en la psicología más clásica, pero nosotros prestamos especial atención a su valor. Vamos a conceptualizar a la espiritualidad como algo que en realidad no necesariamente está ligada a una religión en particular, podemos ver a la misma como una manera más profunda de conectarnos con nuestra vida, con nuestro ser. Es esa capacidad de tener fe, de poder vincularnos con “algo” que es más grande que nosotros mismos.
Por espiritualidad entendemos al conjunto de creencias y prácticas basadas en la convicción absoluta de que existe una dimensión no material de la vida. Psicológicamente estas creencias son importantes para la persona, ya que influyen en el significado que van construyendo y en la forma en la que establecen sus relaciones con los demás y con el mundo. La espiritualidad, a diferencia de la religión, describe lo privado, esa intimidad compartida entre el ser humano y lo divino
Quienes hacen uso de su espiritualidad se caracterizan por poseer una gran fortaleza interna y una manera positiva de ver la vida. Encuentran calma en las peores de las circunstancias, saben que todo lo malo termina y sienten que cuentan con algo que podrá ayudarlos y salir airosos de cada obstáculo que se presente.
La espiritualidad nos brinda un conjunto de creencias sobre la vida, creencias sagradas. Nos permite tener una visión más estable de nosotros mismos y también  una sensación de pertenencia. En definitiva, gracias a ella, encontramos significado y valor en nuestra vida.
Todos experimentamos la espiritualidad de manera diferente, e incluso dentro de cada individuo sus niveles de vivencia pueden variar también. En determinadas circunstancias puede ocurrir que no estemos con esa sensación de conexión a flor de piel. Los estudios realizados en torno a este tópico demostraron que cuando nuestro nivel de espiritualidad está bajo otras medidas son afectadas, como nuestra autoestima o el valor que le encontramos a nuestra vida. El camino a tu espiritualidad tiene que ser elegido por nosotros, encontrarle significado a nuestra existencia es un camino muy gratificante y también muy personal.
La espiritualidad va más allá de una actitud, es ser consciente de todo lo que actuamos, pensamos, sentimos y además ser conciente de los que nos rodea, personas, situaciones, diversos milagros personales.
Cristopher Peterson y  Martin Seligman (padres de la Psicología Positiva) se basan en una serie de estudios donde se hacen patentes los beneficios de la espiritualidad. Al proporcionar un marco moral claro ayuda a crear significado y ofrece un sentido de propósito, esperanza y apoyo emocional. 
Ser espirituales puede darnos fuerzas en esos malos momentos por los cuales tenemos que atravesar, ya sean enfermedades, pérdidas, stress en general. La espiritualidad está asociada a la capacidad de perdonar, a la amabilidad y a la compasión.
Como cada una de las 24 fortalezas, la espiritualidad es algo que puede ser potenciada, si la poseemos podemos desarrollarla aún más y si carecemos de ella, podemos elegir comenzar a implementarla en nuestra cotidianeidad.
¿Cómo podemos desarrollarla? Es importante que aprendamos a encontrar el equilibrio, un equilibrio que contemple una estabilidad física, mental y también emocional. Aprendamos a ser concientes de nuestros errores, sopesar qué cosas tendríamos que mejorar por nuestro bien, qué cosas tenemos que trabajar para seguir creciendo como seres humanos.
Tengamos cuidado con nuestros pensamientos negativos automáticos, intentemos  identificarlos para luego poder modificarlos. Lo importante es no brindarle más fuerza de la que tienen que tener y podamos cortar con el patrón negativo habitual.
Nutramos relaciones positivas, ayudemos a los demás sin dejar de cuidarnos, intentemos perdonar para poder liberarnos de esa carga emocional, disfrutemos del compartir.
Las mejores cosas en la vida no tienen por qué ser perfectas, a veces la felicidad se esconde en las cosas más sencillas, esos lindos momentos, detalles que vamos teniendo en el día a día, esas palabras de aliento, el compartir,  el permitirse sentir sano orgullo por uno mismo.
Una de las mejores maneras que tenemos para conectarnos con nosotros mismos, es tener tiempos de calidad a solas. Nos tenemos que regalar un rato para estar con nosotros. Para algunos la meditación es muy buena para encontrar nuestro yo interior, para otros disfrutar de caminatas al aire libre, siendo concientes de detalles sutiles como la brisa en los árboles, el calor del sol, o un cielo despejado. 
Reitero, no tenemos por qué practicar una religión en particular para poder alcanzarla. Dalai Lama en una de las tantas entrevistas que se le realizó, nos compartía que existe una especie de espiritualidad básica que nada tiene que ver con las creencias religiosas, sino con otras cualidades, como por ejemplo la amabilidad, la compasión, la bondad y el servicio a los demás.
El problema con la religión es que a veces en vez de unirnos como humanidad nos separa, nos quedamos atascados a una única verdad que consideramos certera y no hacemos espacio a otras perspectivas. En cambio, la espiritualidad es un concepto amplio que hace referencia a estas vitales cualidades que todos deberíamos practicar y cultivar, en pos de alcanzar una sociedad con menos problemáticas, más feliz, sin tanto prejuicios y con mucha más paz. 
La espiritualidad está ahí para que podamos apropiarnos de ella a nuestro ritmo, a nuestra manera. Es una fortaleza que tiene muchos beneficios positivos para nosotros, nos ayuda tanto a nivel personal como social, nos conecta con nosotros mismos y con los demás, con lo mundano y lo divino.
Es una virtud que nos mueve hacia la felicidad, aporta emociones positivas y nos hace sentir más plenos. Nos brinda esperanza y fe, y se vuelve necesaria a la hora de rescatarnos de todas aquellas situaciones por las que quizás debamos atravesar. Te invito a que la conviertas en tu aliada.

El suicidio, entre el ruido y el silencio.

MERCEDES NAVÍO ACOSTA    |El País  |  11/02/2016
Sus factores de riesgo deben tratarse con rigor en los medios de comunicación, para sortear el efecto contagio y las conductas imitativas.

Decía Elías Canetti que "ni un solo ser humano ha sido agotado jamás. Ni en su extrema reducción, ni en la muerte, ni en su destrucción ha sido agotado jamás un ser humano". Con frecuencia hablamos de cifras a la hora de dimensionar una tragedia. Ser la primera causa de muerte en España, con diez fallecidos diarios, no parece haber sido suficiente para romper esa barrera invisible que perpetua cualquier tabú, en este caso el del suicidio. Probablemente sólo haya algo más triste que el silencio denso que lo envuelve, la frivolidad con que emerge periódicamente en una maraña de declaraciones oportunistas, detalles morbosos, y búsqueda de chivos expiatorios que nos tranquilizan como sociedad y nos permiten sortear el sentimiento de culpa insoportable que amenaza con apresarnos colectivamente.

Después de todo, las desgracias siempre les suceden a otros y algo habrá hecho o dejado de hacer alguien para que haya sucedido. Poco importa el dolor de quienes sobreviven a la muerte por suicidio de un ser querido el día siguiente al que el ruido que suplantó al silencio cesa, con idénticas consecuencias.

Nada nuevo bajo el sol en los aspectos menos alentadores de la condición humana, si no fuera porque el suicidio es una tragedia prevenible y evitable en la mayoría de los casos. Se sabe que es un fenómeno complejo y multifactorial poco proclive a ser explicado unicausalmente. Se conoce el potencial preventivo de abordar sus factores de riesgo con rigor en los medios de comunicación, siguiendo por una vez las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, para sortear el efecto contagio y las conductas imitativas, especialmente importantes en las poblaciones más vulnerables a estos efectos, los más jóvenes.

Se trata de identificar enfermedades mentales subyacentes, conflictos familiares inabordables y distintas formas de acoso o abuso, en definitiva detectar situaciones de sufrimiento insoportable particularmente frecuentes en distintas experiencias de exclusión al diferente que superan la capacidad de afrontamiento de quien apenas está abriéndose a la aventura de vivir, con la inocencia como principal bagaje. Ofrecer una red sociofamiliar cuidadosamente tejida con profesionales de distintos ámbitos, docente, sanitario, policial, judicial y de medios de comunicación, es la única respuesta coherente que podemos dar como sociedad para lograr la prevención, el único éxito posible si hablamos de suicidio.

Sinó, no habremos aprendido que lo contrario del silencio no es el ruido, que sólo la corresponsabilidad puede exonerarnos de la culpa y el fracaso colectivo, y que podemos seguir obviando la realidad, pero no las consecuencias trágicas de obviarla. "Donde hay dolor es lugar sagrado. Algún día comprenderá la humanidad lo que esto significa", escribía Oscar Wilde en su De Profundis. Quien no pueda mejorar el silencio, que lo guarde.

Mercedes Navío Acosta es Médico Psiquiatra y Directora del Proyecto Prevención del suicidio de la Estrategia de Salud Mental del Ministerio de Sanidad.


sábado, 9 de diciembre de 2017

Matar un ruiseñor

MERCEDES NAVÍO ACOSTA   |  El País  |  29/08/2017
Los terroristas no están locos. Tratarlos como tales estigmatiza a los enfermos mentales

Siempre me dieron más miedo los cuerdos que los locos. Es esta una intuición vocacional que los datos confirman una y otra vez, y los prejuicios combaten con la obstinación de la que solo ellos son capaces. La enfermedad mental está muy lejos de ser sinónimo de violencia y de peligrosidad. Las personas afectadas por trastornos mentales cometen delitos en la mitad de porcentaje que la población general y reinciden en un porcentaje ínfimo, del 2% frente al 30% de los llamados normales, siendo en muchas más ocasiones víctimas que agresores.

Estas estadísticas obtenidas en condiciones ordinarias son confirmadas abrumadoramente por las mayores masacres de la historia, las de los totalitarismos del siglo XX, producto nada menos que de los monstruos de la razón, con sus asesinatos masivos y su barbarie institucionalizada, encarnada por hombres normales como describió Hannah Arendt en su conocido concepto de la banalidad del mal.

No pretendo entrar en el problema del mal y su ontología, mi propósito es menos ambicioso o tal vez no, solo quiero afirmar que existe independiente de la enfermedad mental. En estos días de fanatismo desalmado y homicida hemos podido leer y escuchar expresiones tales como locos terroristas, esquizofrénicos asesinos o psicóticos criminales.

Son expresiones que parten de una premisa equivocada, en virtud de la cual todas las personas que cometen un acto irracional destructivo han de estar necesariamente enfermas. Esto protege nuestra ilusoria sensación de control de la inexpugnable y compleja condición humana y nos permite permanecer en la negación de los sinsentidos de la vida logrando una tranquilidad ficticia. Además de falsa, esa premisa es profundamente injusta en dos sentidos: condena a inocentes e indulta a culpables. Estigmatiza y refuerza la discriminación de personas con enfermedad mental que no han hecho ni harán ningún mal y justifica, en nombre de un intelectualismo moral que anula la responsabilidad individual, a personas que sí lo hicieron.

Todo ello no es baladí. La prevención y abordaje de cualquier fenómeno requiere de un diagnóstico de situación preciso y certero. La psiquiatrización del mal no es ni puede ni debe ser la respuesta. La psiquiatría, como cualquier disciplina, como cualquier visión de la realidad, tiene sus límites. Antaño fue instrumentalizada como herramienta de control social impropia, inmoral e inefectiva, en legislaciones como la de peligrosidad o la de vagos y maleantes.

La tiranía de la normalidad aboca a la proyección de lo insoportable de ti mismo en el otro.

Quien quiera conocer la naturaleza del mal habrá de sortear el espejismo de confundirla con las frecuentes discrepancias entre las distintas visiones subjetivas del mundo ancladas en sus respectivos sistemas de valores y criterios de convención social. Puede haber tantas como personas. Pero no es esa la clave; el factor común a todas las formas de barbarie no está en los matices de cada cosmovisión, sino en su ciega pretensión de absoluto, en su aspiración de pureza inhumana.

Es esa misma ceguera la que sigue permitiendo que una etiqueta de raza, sexo, religión, orientación sexual o, en este caso, de enfermedad mental oculte completamente al ser humano estigmatizado y discriminado que la lleva, hasta su aniquilación física o moral. Seguro que hay quien piensa que esta puede ser la reivindicación de una nueva minoría en lucha por sus derechos que pone en peligro la libertad de expresión de una mayoría de normales, desde otro ejercicio más de hipersensibilidad promovido por la dictadura de lo políticamente correcto. Para ellos tengo una explicación alternativa: la tiranía de la normalidad aboca a la proyección e intento de expulsión de lo insoportable de ti mismo en el otro.

Los derechos mencionados, que no son otros que los derechos humanos, los de las personas con enfermedad mental, son legítimos e irrenunciables para todos y espero llegar a ver el día en que puedan ser defendidos masivamente por aquellos a quienes más directamente atañen. Pero mientras ese día llega, e incluso cuando llegue, hasta que puedan apropiarse de la palabra “loco” como insulto para convertirla en un atributo más de su dignidad, de su compromiso y responsabilidad de autocuidado, como hicimos otras minorías, raciales, cuando pudimos; nunca deberán quedar abandonados a su suerte.

Recuerden que cada vez que dan a la maldad el nombre de locura están equiparando al lobo con el cordero y quedando a su merced. Y eso, además de no protegerles de la intemperie, es tanto como escribió hace muchos años Harper Lee, “matar un ruiseñor”.


Mercedes Navío Acosta es psiquiatra.