sábado, 11 de enero de 2020

Marian Rojas Estapé: Hay mucha gente que se levanta cada mañana sin saber para qué

LAURA PERAITA   |   ABC-Sevilla   |   03/04/2019

Según esta psiquiatra el ser humano no está programado para vivir constantemente «en modo supervivencia.
Marian Rojas Estapé, médico y doctor especialista en Psiquiatría, se siente una mujer muy afortunada porque considera que su profesión es la más bonita del mundo. «Ayudo a aportar alegría al que está triste, angustiado, bloqueado, al que lo pasa mal... Soy médico de las emociones. ¡Vendo felicidad! ¿Hay algo mejor que eso?», se preguntó durante la celebración del taller «Cómo hacer que te pasen cosas buenas», impartido durante la celebración del 39º Congreso de Fepace en Sevilla.

A día de hoy, esta psiquiatra confiesa que no entiende cómo su libro «Cómo hacer que te pasen cosas buenas» está en los primeros puestos en ventas. «Creo que el éxito está en cuando lo escribí». Explica que coincidió que justo hace un año su hijo tuvo un accidente muy grave y estuvo ingresado en la unidad de quemados del Hospital de La Paz. «Había firmado con la editorial que lo entregaba a finales de abril de 2018, pero les dije que no tenía la cabeza en aquel momento como para terminarlo. Me advirtieron que había firmado un contrato y que debía cumplir. Me dieron 15 días más. En medio de ese sufrimiento por mi hijo tuve que pensar en escribir sobre cómo hacer que te pasen cosas buenas, ¡y encima estaba embarazada de mi tercer hijo! Finalmente nació el libro a la vez que mi bebé. Entre la rehabilitación de mi hijo y los cuidados del pequeño pedí a la editorial que estuviera varios meses sin que se hiciera publicidad del libro porque yo no podía asistir a ninguna presentación. Mi sorpresa fue que, en poco tiempo, estaba entre los más vendidos. Este libro me ha traído muchas cosas buenas y he llegado a gente que pensé que nunca podría llegar», confiesa.

Durante el taller celebrado en el Colegio Entreolivos explicó a su numeroso público cómo llegar a la felicidad. Aclaró que en los cromosomas hay una parte que son los telómeros, que son nuestro verdadero reloj biológico. Uno puede tener 42 años y en la revisión de telómeros indicar que tiene 47 o 32. «Cuanto más cortos son mis telóremos más probabilidad tengo de enfermar, tener enfermedades cardiovasculares o cáncer. Son un pronóstico en mi vida. Hoy en día sabemos que podemos modificar nuestros telómeros en función de nuestra actitud hacia la vida. Si soy optimista, activa, me cuido, medito..., soy capaz de alargar mis telómeros y tener menos posibilidades de enfermar. Es una cuestión importantísima».

Aseguró que hablar de felicidad es hablar del sentido que cada uno le damos a nuestra vida. Pero en una sociedad que ha perdido el sentido, el rumbo, «lo hemos sustituido por sensaciones, como pueden ser la comida, el alcohol, el sexo..., aspecto que no son malos de por sí, pero que pueden ser autodestructivos en exceso. Nos hemos convertido en drogodependientes emocionales. Solo actuamos cuando nos mueve una emoción cada vez más fuerte, vibrante. Hemos acostumbrado al cerebro a experiencias de gran intensidad y, como consecuencia, hemos perdido los referentes y los valores necesarios para que nos guíen en momentos de caos. Constantemente en nuestra vida nos podemos perder y tenemos que tener claro el sentido de la vida».

Según Rojas Estapé, cuando una persona tiene motivos para vivir es capaz de superar las dificultades. «Hoy sabemos que el poder de los recuerdos y de las ideas tiene un impacto brutal en nuestro organismo. El ser humano es el único ser vivo que solo con pensar es capaz de amargarse la vida. Los médicos tienen muy estudiada la bioquímica y cuando una persona tiene un propósito en la vida se fortalece. La felicidad, por tanto, consiste en vivir instalado de forma sana y equilibrada en el presente, habiendo superado las heridas del pasado y mirando con ilusión al futuro». El 90% de las preocupaciones nunca suceden.

Explicó que las personas que viven enganchados al pasado son los depresivos y los que viven angustiados por el futuro son los ansiosos. «Depresión y ansiedad, las dos grandes enfermedades del siglo XXI. Nuestra única manera de actuar es estar en el hoy y en el ahora. El 90% de las preocupaciones nunca jamás suceden, pero nuestro cuerpo y mente lo viven como si fuera real: ¿y si me echan del trabajo?, ¿y si me deja mi mujer?, ¿y si mi hijo se engancha a las drogas?, ¿y si mi padre tiene cáncer?... El ser humano no está programado para vivir constantemente en modo supervivencia. Tenemos sometido al cerebro a un estado de alerta constante que está haciendo que el individuo enferme. Y, por ello, hay síntomas de alerta como los del nivel físico (tiembla un ojo, sudan las manos, se estropea la piel, se cae el pelo, surgen problemas gastrointestinales...). ¡Todo el cuerpo se inflama! El siglo XXI es el siglo de las inflamaciones».

También el sistema inmunitario se inflama y es cuando surgen problemas de tiroides, paratiroides... «A nivel psicológico la persona se vuelve más irritable, está de los nervios, salta con facilidad, tiene menos concentración, es más propensa a ser depresiva... En el ámbito social no quiere ver a gente, prefiere quedarse en casa...».
Esta psiquiatra aseguró durante la celebración del Congreso de Fepace que «si uno sabe lo que le pasa, si entiende cómo funciona el cerebro, comprenderá más fácilmente por qué su organismo está cada vez más enfermo. «La mente y el cuerpo no distinguen lo real de lo imaginario y si se vive constantemente en alerta uno enferma. La felicidad consiste en cómo conecto yo con el hoy y con el ahora, no es lo que me pasa, sino lo que interpreto que me pasa. Lo que para uno es una alegría para otro no lo es».
Prosiguió matizando que la felicidad consiste en encontrar un motivo por el que levantarse cada mañana. «Hay mucha gente que se levanta sin saber para qué. Nuestro estado de ánimo determina la interpretación que hacemos de la realidad. Cuando intentamos ser felices, que es poner pasión en la vida, las cosas nos van mejor porque conectamos con las personas corazón con corazón y activamos la oxitocina, que es la hormona del vínculo. Otro factor que influye en la interpretación de la realidad es la capacidad de fijar la atención, lo que se denomina el sistema reticular activador ascendente. Nuestro cerebro ve muchas cosas, pero solo se queda con aquello que es importante para mi corazón, mis ilusiones o preocupaciones; por eso la mujer embarazada va por la calle y solo ve carritos de bebé; el que se rompe una pierna solo ve personas con muletas...».

Como conclusión, quiso matizar que para potenciar la felicidad es necesario también apartarse de las personas tóxicas, que acortan los telómeros y, sobre todo, no estar continuamente en alerta, porque nos inflamamos. Por último insistió en que «cuando estemos solos, cuidemos nuestros pensamientos; cuando estemos con los demás, cuidemos nuestra lengua; cuando estemos alterados, cuidemos nuestras emociones; cuando estemos en conflicto, cuidemos nuestro temperamento y, cuando todo nos vaya bien, cuidemos nuestra vanidad.


viernes, 10 de enero de 2020

7 claves para no tomar decisiones impulsivas (y tener que lamentar sus consecuencias)

SALOMÉ GARCÍA   |   El País   |   24/12/2019

Hay personalidades más propensas a esta actitud”

Hay personas que para tomar una decisión tan simple como la de qué acompañamiento quieren para su hamburguesa, necesitan realizar toda una disertación para decantarse por lo que más les apetece (las patatas fritas) o lo más sano (la ensalada). Sin embargo, otras son capaces de decidir mudarse a la otra punta del mundo sin siquiera plantearse las consecuencias. Esta diferencia se debe a la impulsividad, una cualidad muy ligada a algunos tipos concretos de personas, que puede llevarlas a tomar decisiones sin pensar. Sin embargo, existen ciertos ejercicios que podemos poner en práctica para evitar que nos ocurra.

La impulsividad "es una manifestación de descontrol emocional. Puede formar parte de un trastorno de la conducta, o puede ser, en casos menos severos, resultado de un momento de arrebato por alguna circunstancia emocional en la que la persona se deja llevar sin haber dado paso a una reflexión previa", señala la psicóloga Paloma Cabanas. Cualquiera puede tener una reacción impulsiva, aunque hay perfiles más proclives a ese momento de descontrol.

"Por lo general, la impulsividad se da en personas inestables emocionalmente, que son un poco o muy irracionales y se dejan arrastrar por instintos o pasiones ilógicas, incomprensibles o injustificadas. Es más frecuente en personas autoritarias, con egos muy ampliados, que no admiten o no conocen los límites de las cosas, personas invasivas y a veces con temores ocultos que se liberan en acciones impulsivas o descontroladas como una forma de librarse de esa tensión interna", explica la experta.

Para los psicólogos esa falta absoluta de pudor, miedo o sensatez al actuar no brota de forma espontánea. Más bien, se venía gestando desde mucho antes. "Actuar de forma desorbitada en situaciones muy extremas nos habla de un desorden previo, ya existente, que se liberaba tal vez a cuentagotas y ahora se desata completamente", continúa Cabanas. Lo más importante para solucionar el problema, dice el psicólogo y responsable del área de Psicología de Mindfulness de Slow Life House, Carlos Antonio Rodríguez Méndez, es detectarlo y contar con las herramientas para combatirlas. El experto las repasa:

1. Buscar satisfacción real, no pasajera. "Un ejemplo claro son las compras impulsivas. La falta de control frente a nuestros deseos viene de la necesidad aprendida del refuerzo inmediato y la incapacidad de saber esperar a un refuerzo que, aunque tardío, es más conveniente para nuestro bienestar", aclara Rodríguez. Cuidado con las compras por Internet. La inmediatez del deseo se tornará en desastre cuando llegue el extracto de gastos de la tarjeta. ¿Realmente necesitas volver a cambiar de móvil? ¿El enésimo jersey, es vital para tu fondo de armario?

2. Analizar y sopesar antes de actuar. Por lo general, ninguna situación requiere una toma de decisiones instantánea. "Una forma habitual de impulsividad es decidir ante el primer impulso sin analizar con pausa los pros y los contras de la decisión que estamos tomando", aclara el psicólogo. Piénsalo dos veces. Apunta en un papel los beneficios, perjuicios y consecuencias, y valóralos bien antes de lanzarte a actuar.

3. No dejarse llevar. Hay días negros en los que uno entiende la reacción. El problema es que "normalmente se trata de una falta de control de las emociones. Y lo habitual es que la domine la ira".

4. Ponerse normas. "En la personalidad existe una parte genética (nuestro temperamento) y una parte aprendida (nuestro carácter forjado a través de nuestros hábitos). Un niño educado sin normas, no aprende a demorar el refuerzo. Esto puede dar paso al desarrollo de la impulsividad en personas que parten de inicio con un temperamento impulsivo".

5. Evitar el alcohol. "El alcohol actúa como inhibidor del sistema nervioso central. Cuando comienzan sus efectos, se inhibe el lóbulo prefrontal (la parte de nuestro cerebro que ejerce el control de impulsos y regula el comportamiento social) y hacemos cosas que nunca haríamos sobrios".

6. Contar hasta 10. Es el método más antiguo para no estallar ante una provocación. Y sigue funcionando. "Cuando la impulsividad surge frente a la respuesta emocional, como es el caso de la expresión de la ira, el contar hasta 10 puede funcionar. Los psicólogos lo llamamos 'supresión de la reacción emocional automática' y consiste en postergar la respuesta emocional o minimizarla (contar hasta diez antes de contestar), aceptando que se vive una emoción. Es eficaz a corto plazo, pero imposible de aplicar en momentos de cólera extrema".

7. Luchar contra el lado oscuro. La ira conduce al lado oscuro, ya lo decía Yoda en Star Wars. "Hay que cambiar la 'reacción' (la acción de nuestra parte animal ligada a la respuesta emocional) por la ‘respuesta’ (la conducta racional de nuestra parte humana). Cuando la ira o la decisión impulsiva se ponen bajo la luz de la conciencia, ya no hay automatismo sino respuesta controlada", aclara Rodríguez Méndez y establece un proceso de cinco pasos para evitar actuar movido por la impulsividad: "Lo primero es reconocer la ira o el deseo cuando aparece. A continuación, asumir esa emoción como algo nuestro, dejarlo fluir y aplacarlo. Finalmente, analizar lo que va mal y escoger la respuesta más adecuada. Cuando la ira está bajo la luz de la conciencia pierde inmediatamente todo su carácter destructivo".

miércoles, 8 de enero de 2020

Empatía: mucho más que ponerte en el lugar de tu hijo

RAFAEL GUERRERO    |   El País  |   18/10/2019

Es muy habitual en nuestro día a día que mencionemos u oigamos el concepto de empatía, pero ¿realmente sabemos a qué nos referimos? La empatía es una capacidad con la que nacemos los seres humanos y que nos permite comprender los estados emocionales y afectivos de las personas que nos rodean. ¡Qué bueno esto de ser capaz de entender cómo se sienten los demás! ¿Verdad? Entonces, cuanto más empáticos seamos, ¿mejor? Eso creemos habitualmente, pero no es así. La saludable y adaptativa posición de la empatía requiere que esté en un punto medio, es decir, ni ausencia de empatía ni excesiva empatía. Ambos extremos llevan al sufrimiento o a la desadaptación. ¿Y por qué? Pues porque la persona que no tiene empatía está más cerca de ser un psicópata que un ser humano y la persona que tiene demasiada empatía no tiene la capacidad de ver de una manera más objetiva los problemas o estados emocionales de los demás. Es por ello por lo que cuando hablamos de empatía se hace imprescindible hablar del concepto de diferenciación.

Si queremos sentir y entender cómo se sienten nuestros hijos pero sin que nos invadan sus emociones debemos diferenciarnos de ellos. Por eso no es positivo que seamos excesivamente empáticos. Necesitamos ser los suficientemente empáticos como para entender cómo se sienten y saber qué necesitan pero, a la vez, alejarnos lo suficiente de ellos como para poder ayudarles desde la calma, la tranquilidad y la objetividad. Coloquialmente decimos que la empatía es la capacidad de meternos en los zapatos del otro. Y es así, pero yo añadiría una parte final: sabiendo que no son nuestros zapatos. De esta manera, damos importancia a la diferenciación, tan importante como para poder ayudar de manera sana y equilibrada a nuestros hijos. El objetivo que nos planteamos como padres sería que nuestros hijos desarrollen la suficiente empatía como para poder sentir lo que sienten los demás pero sin la intensidad y la realidad que experimentan los otros (diferenciación). Son muchas las situaciones que nos impiden ser empáticos en un momento dado, como por ejemplo, estar muy enfadado. Además, determinadas situaciones como la sobreprotección o algunos trastornos como la psicopatía o la esquizofrenia dificultan el que podamos ser empáticos.

Ahora se nos presenta otro dilema difícil de resolver: ¿la empatía se hereda o se aprende? Todos los mamíferos venimos a este mundo con la predisposición para desarrollar esta habilidad, pero para poder ser empáticos necesitamos que nuestros padres y entorno la estimulen lo suficiente. Por lo tanto, tenemos la predisposición a desarrollar la empatía en nuestros hijos pero debe ser fomentada y estimulada en la familia y en la escuela. Piensa en la siguiente pregunta: ¿sabes hablar alemán? En caso de que no sepamos hablar alemán no será porque no tuvimos esa predisposición u oportunidad al nacer, ya que todos venimos a este mundo con la posibilidad de hablar cualquier idioma, aunque para ello nos lo tienen que enseñar. Lo mismo pasa con la empatía. Es una habilidad que se puede desarrollar y enseñar a quien tiene esa predisposición. ¿Si le enseñara habilidades empáticas a un cocodrilo llegaría un momento en que sentiría las emociones que yo siento? No porque no tiene esa predisposición. ¿Y cómo sabemos que el ser humano tiene esta predisposición a ser empático? Los estudios científicos llegan a la conclusión de que los niños de 18 meses son capaces de recoger del suelo un objeto que se la ha caído al investigador. En cambio, estos mismos niños, no recogen el objeto cuando el investigador lo tira a propósito al suelo. Por lo tanto, tendemos a ayudar y entender al otro. Los niños de 18 meses, según demuestran los estudios, son capaces de diferenciar las intenciones del investigador y, en función de sus intenciones, obran de una manera u otra.

Al igual que existe una determinada zona cerebral que se encarga de interpretar lo que vemos (lóbulo occipital) o que nos permite concentrarnos en una tarea (corteza prefrontal), ¿existe un área cerebral donde se localiza la empatía? Los estudios llegan a la conclusión de que la empatía se localiza en el giro supramarginal, ubicado en el cerebro superior. Gracias a estos estudios podemos entender por qué los niños pequeños no son capaces, generalmente, de mostrarse empáticos. Encontramos dos razones de peso:
  1. Se encuentran en una fase egocéntrica que no les permite atender nada más que sus necesidades para poder sobrevivir
  2. El giro supramarginal no se ha desarrollado lo suficiente como para poder centrarse en las necesidades y emociones de los demás. Por lo tanto, hasta que el giro supramarginal no se haya desarrollado cerebralmente lo suficiente, no podemos exigir a nuestros hijos pequeños que sean empáticos, aunque eso no quita para que lo trabajemos con ellos aun siendo muy pequeños.
Una vez que ya entendemos lo que es la empatía, que se puede aprender gracias a la predisposición genética que tenemos todos los mamíferos y que se localiza anatómicamente en el giro supramarginal, ¿qué podemos hacer las madres y los padres para fomentar la empatía en nuestros hijos?.

Si quieres que tu hijo sea empático, lo mejor que puedes hacer es mostrarte empático con él. Así de sencillo.
  • La empatía se desarrolla en las relaciones sociales. Nadie aprende empatía a través de un manual o una presentación PowerPoint. Se desarrolla en contacto con los demás.
  • Ser empático no consiste en dar consejos o decir lo que hay que hacer, sino en comprender, apoyar y, simplemente, acompañar. En vez de decirle “deberías” o “tienes que...” intenta decir “te entiendo” o “sé que lo estás pasando mal”.
  • La empatía saludable requiere un punto medio: ni ausencia de empatía ni identificación total con sus emociones. Los niños no quieren que nos identifiquemos al 100% con sus emociones. De esta manera, podremos ayudarles y entenderles desde la calma.
  • Juega con tus hijos a adivinar cómo se sienten los demás y qué estados emocionales están experimentando. Es como jugar a ser detectives de las emociones o estados de los demás.
Desgraciadamente, hoy en día estamos cayendo en una sociedad cada vez más individualista y egoísta. Es importante que recuperemos nuestros orígenes. Estamos predispuestos genéticamente a entender a los demás y a ayudarlos. Si es así, ejecutemos esta posibilidad y ayudemos a nuestros hijos a desarrollar en ellos la empatía. Será beneficioso para ellos y para la sociedad del mañana.

*RAFAEL GUERRERO TOMÁS ES PSICÓLOGO Y DOCTOR EN EDUCACIÓN. DIRECTOR DE DARWIN PSICÓLOGOS. AUTOR DEL LIBRO “EDUCACIÓN EMOCIONAL Y APEGO. PAUTAS PRÁCTICAS PARA GESTIONAR LAS EMOCIONES EN CASA Y EN EL AULA” (2018) Y “CUENTOS PARA EL DESARROLLO EMOCIONAL DESDE LA TEORÍA DEL APEGO” (2019).



lunes, 6 de enero de 2020

Entrevista a Simone, psicólogo, director de cine, guionista y escritor

IMA SANCHÍS   |   La Contra de la Vanguardia   |   20/03/2019

Tengo 63 años. Nací en Mesina, Italia. Me licencié en Psicología. Junto con mi esposa, Roberta Manfredi (hija de Nino Manfredi), creamos la productora Dauphin Film Company. Y llevo años realizando talleres de felicidad. Erradicar la infelicidad es imprescindible para cambiar el destino de este planeta


El vaso medio lleno
Su suegro, Nino Manfredi, ha actuado en sus películas; también ha escrito, dirigido y producido series para la RAI, pero nunca ha abandonado su actividad como psicólogo y terapeuta con largas estancias en EE.UU. para formarse. Imparte talleres sobre la felicidad y tiene un blog: Il (el vaso medio lleno). En su último libro, La felicidad en la mesita de noche (Kitsune Books), nos habla de la felicidad de existir. “He trabajado con la felicidad a lo largo de muchos años, como psicólogo y como artista y, finalmente, como investigador. Y eso me ha llevado a conocer en profundidad su opuesto, y lo que he descubierto es que muy a menudo la infelicidad de las personas no tiene que ver con hechos objetivos”.

Pregunta.-Hoy es el día de la Felicidad...    |    Respuesta.- Yo llevo dedicándole cuarenta años de investigación porque sé que la felicidad es la base para construir un mundo mejor.
P.-¿Por qué?   |   R.- Hay innumerables investigaciones científicas que demuestran que las personas confiadas y optimistas resuelven los problemas de manera más acertada y en menos tiempo que las personas pesimistas, cínicas o desilusionadas.
P.-La gente feliz ¿no daña a los demás?   |   R.- No, y les gusta compartir su felicidad.
P.-¿Hay personas o momentos felices?   |   R.- La felicidad vinculada a contingencias externas está fuera de nuestro control, es una felicidad precaria como la que está ligada a logros.
P.-¿Qué opción nos queda?   |   R.-La felicidad innata, la que fluye como la sangre por las venas y que tiene que ver con estar vivo. Es una felicidad instintiva que no puedes controlar, de la misma manera que no controlas tu respiración o el crecimiento de tus uñas; y siempre está disponible.
P.-¿Ese runrún en la boca del estómago?   |   R.- Sí, y para hacerlo más presente hay que ser consciente de que los sucesos, malos y buenos, son temporales, todo pasa. Y hay que abandonar la idea de no ser suficiente, de no merecer, de tener que conquistar tu lugar y tu identidad.
P.-¿La felicidad de existir debería bastarnos?   |   R.- Desde que nacemos, la necesidad de amor y aprobación hace que adaptemos nuestro carácter en busca de respuestas positivas.
P.- Un mecanismo de supervivencia.   |   R.- Sí, que puede hacernos interiorizar comportamientos que nos perjudican. La necesidad de ser amados es la base de muchos de nuestros errores porque nos construimos un personaje y nos alejamos de nosotros mismos.
P.-Pero la necesidad de amor es universal.   |   R.- Cierto. Hay un experimento muy revelador con monos recién nacidos que debían escoger entre una madre de metal que daba leche o una de peluche suave y mullida. Los pequeños monos siempre elegían la de peluche.
P.-¿Dispuestos a morir de hambre a cambio de amor?   |   R.- Sí. Esa necesidad de amor nos lleva al trueque: cedemos nuestra identidad para que los adultos nos quieran, luego para ser aceptados, para que nos quieran nuestros amigos y, a menudo, acabamos con la pareja equivocada.
P.- ¿Es reversible?    |   R.- Recuperando la autenticidad, la espontaneidad y la sinceridad, y eso pasa por no tener reparo en mostrar nuestras fragilidades.
P.-Nuestra mente no ayuda mucho.   |   R.- Se orienta hacia emociones e informaciones negativas que además perduran mucho más tiempo en nuestra mente que las buenas noticias o las experiencias positivas. Se trata de mecanismos primitivos de supervivencia.
P.-¿Y qué propone?    |   R.- Poner en valor y saborear durante el máximo de tiempo posible, de manera intencionada y diría que exagerada, los acontecimientos positivos de nuestra vida, los momentos de alegría. Y hacer el ejercicio de buscar la parte buena a los acontecimientos negativos.
P.- ¿Y cuando nuestra mente se hunde en las profundidades de la negatividad?   |   R.- Cambie de canal, cambie de tema. Mueva el cuerpo, váyase a dar un paseo, póngase una película que le haga reír, llame a esa gente positiva que conoce, pero sobre todo no alimente sus convicciones negativas.
P.- Son insistentes.  |   R.- Sea inteligente, recuerde que la queja no cambia las cosas. Cuando se dé cuenta de que empieza a quejarse de algo, deténgase un instante y pregúntese si le apetece estar peor, porque eso es lo que sucederá tras la momentánea ­satisfacción del desahogo.
P.-¿El mal rollo es contagioso?   |   R.- Sí, por eso, como dice el dalái lama, si alguien busca una papelera para tirar su basura, evita que sea tu mente. Del mismo modo y de forma automática, una sonrisa despierta otra sonrisa. Lástima que perdamos la sonrisa con la edad.
P.- ¿A qué se refiere?   |   R.- Un niño en etapa preverbal sonríe espontáneamente de media 400 veces al día; un adolescente, 16, y un adulto, apenas. Mi teoría es que desaprendemos a sonreír cuando la preocupación se convierte en un automatismo, cuando nuestra mente anticipa acontecimientos probables o no, pero en todo caso inexistentes.
P.-No queremos perder el control.   |   R.- Ceder el control es sentirse expuesto, por eso muchas personas sufren de hipercontrol, que es uno de los mayores obstáculos para la felicidad, porque en realidad no podemos controlar más que una parte ínfima de nuestra existencia.
Ima S.- Cierto.   |   R.- En nuestra vida hay fuerzas que prescinden totalmente de nuestra voluntad, asúmelo y siente esa fuerza que te quiere vivo, que te empuja a respirar aunque no quieras. Buena parte de las responsabilidades que te atribuyes dependen de ella, así que no la combatas, únete a ella conscientemente, confía.
Ima S.- Confíes o no, le perteneces.   |   R.- El mundo que vemos está influenciado por nuestro estado mental. En realidad la infelicidad no es más que una mala costumbre. Abandonarse a ella, al victimismo y la frustración, es fruto de una actitud reiterada; para cambiarla hay que ser persistente como un atleta. La felicidad consiste en vivir en la gratitud.

viernes, 3 de enero de 2020

El estrés laboral, la pandemia del siglo XXI.


PAZ  ÁLVAREZ   |   El País   |   Madrid   |   10/11/2018

Una excesiva y desordenada carga de trabajo puede ser el origen de numerosas enfermedades

Las empresas deberían adoptar de manera urgente sistemas de prevención

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el estrés como el conjunto de reacciones fisiológicas que prepara al organismo para la acción. Es la respuesta de un organismo frente a un cambio en el mundo exterior que le rodea. No es un concepto nuevo, se padece desde la prehistoria, pero ya en 1029, el fisiólogo estadounidense Walter Bradford Cannon introdujo el término estrés en su disciplina como una situación amenazante, una reacción lucha-huida.

También el endocrino húngaro Hans Seyle desarrolló en 1932 el concepto el estrés como la tensión física o emocional que sufre el cuerpo. Y la 
Real Academia Española (RAE) habla de estrés como la tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves.

Pero el estrés no siempre es nocivo y perjudicial, sino que en muchas ocasiones es el motor que impulsa a la acción o a lograr metas en la vida. Es lo que se llama, afirma el Víctor Vidal, investigador del estrés laboral e inspector de la Seguridad Social, el estrés“el bueno, que causa placer y ayuda a la reactivación del organismo de manera positiva, porque estimula la actividad y la energía”. Pero el que debería hacer saltar todas las alarmas, sobre todo en el mundo de la empresa y de momento no lo está haciendo, es el distrés, “el que disgusta, el que rompe la armonía entre el cuerpo y la mente, el que altera, este es una amenaza”. Y este tipo de estrés el que los expertos consideran la pandemia del siglo XXI. “Porque produce enfermedades, y la que no está la agrava, porque se abusa del tabaco, del alcohol, se sigue una mala alimentación, no se hace ejercicio...”, afirma este experto, que considera un error que la sociedad haya normalizado el término estrés.

“Lo utilizamos como algo habitual, y se ha obviado que hay línea directa relacionada con el cáncer de mama o de colon, por ejemplo. Es cinco veces peor que el alcohol y el tabaco”, afirma Vidal, que pone como ejemplo de buenas prácticas a Japón, que ha puesto el distrés como el mayor problema de salud de la población, dado que es una patología que afecta a profesiones con una elevada carga de tensión, como pueden ser los brokers, los ejecutivos sometidos a demasiada presión o cualquier profesional agobiado por la obtención de determinados objetivos. “El estrés aparece cuando valoramos una situación amenazante y no nos sentimos con recursos para afrontarla. Por ejemplo, cuando se exigen muchas tareas y no se sabe cómo hacerlas o son muy difíciles. Es decir, percibimos una descompensación entre las demandas y los recursos”, explica la psicóloga Elisa Sánchez, coordinadora del grupo de psicología y salud laboral del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid.

De hecho, según Vidal, más del 80% de las enfermedades actuales está relacionado con el estrés, ya que afecta a todas las células del organismo y destruye sobre todo las células cerebrales. Además, el estrés produce ictus, infartos, insomnio, patologías dermatológicas, pérdida de peso, diabetes, alteraciones hormonales y cardiacas, disminuye la defensas… La retahíla no acaba ahí, dice Vidal, que también apunta hacia el elevado número de suicidios, sobre todo entre la gente joven, “desbordada por las elevadas cargas de trabajo”. Ante todo esto, solo cabe poner barreras, pero de manera urgente.

Para gestionarlo de una forma adecuada, apunta la psicóloga Sánchez, el primer paso a seguir es saber identificarlo, “conocernos a nosotros mismos, qué situaciones nos hacen sentir amenazados y cómo reaccionamos ante ellas”. Porque las emociones, incluidas el estrés no son negativas, son un aviso de cómo estamos percibiendo esa situación. Por tanto “reconocerlo, no negarlo, sino aceptarlo sería lo primero”. Lo siguiente sería afrontarlo de forma positiva, buscando soluciones. Por ejemplo, planificando mejor las tareas, y también los descansos,” no por trabajar más horas somos más productivos, además nuestra salud se puede ver afectada”. También es importante buscar recursos, bien aprendiendo lo que necesitamos para desempeñar adecuadamente el trabajo, además de revisa creencias y autoexigencias, “como tengo que hacerlo todo perfecto a la primera, necesito controlarlo y supervisarlo todo”.

En tercer lugar, señala la experta del Colegio de Psicólogos de Madrid, es necesario valorar el trabajo de una manera más ajustada, más equitativa, evitar pensar que es lo único o todo en la vida. “Hay que darle la importancia que requiere equilibrándolo con otras facetas de nuestra vida, como es la familia, la salud, el desarrollo personal o el ocio”.

El papel de la relajación es fundamental, advierte el doctor Vidal, “la risoterapia es muy importante, controlar la respiración, leer el periódico porque aplicamos tres sentidos y, según un estudio realizado en Estados Unidos, hace a la persona olvidarse de los problemas”. Pero hay algo importante en el mundo laboral que también puede ayudar a mejorar los niveles de estrés, como es saber delegar, “ver lo importante de lo que no es, focalizar los problemas”. Y si no se pone coto a este problema, señala el inspector de la sanidad pública, “estamos abocados a una situación caótica porque se puede poner en peligro a la especie humana”.

Desde el punto de vista de la organización, detalla la psicóloga Sánchez, se pueden realizar medidas preventivas, como realizar evaluaciones de riesgos psicosociales, tal y como lo requiere la normativa, adecuar la carga de trabajo y realizar un reparto correcto de las tareas. Conviene, además, adoptar estilos de liderazgo saludables, fomentando un estilo participativo. “Es importante que los trabajadores se sientan escuchados y valorados, así como disponer de autonomía para tomar decisiones sobre cómo hacer sus tareas”, explica, además de impulsar la flexibilidad temporal, el teletrabajo, los espacios de trabajo adecuados y ergonómicos. Y sobre todo conviene estar atentos a cuando empiezan a aparecer los primeros síntomas, como la falta reiterativa de memoria, caída de pelo, falta de sueño. Es el principio de la cuenta atrás.

PUEDE  ARRUINAR UNA VIDA

¿Cómo puede alguien olvidar a su hijo pequeño en un coche? El trágico suceso conmocionó el mes pasado a la población, cuando un padre olvidó a su hija en el coche y se marchó a trabajar. La respuesta la ofrece el doctor Víctor Vidal: “ocurrió por estrés, porque se ha demostrado que los ejecutivos tienen cada vez una mayor falta de memoria, y eso al final está haciendo que aumente la siniestrabilidad”.

Para la psicóloga Pilar Conde, es vital estar atentos a los primeros indicios de la aparición del estrés. “Los más conocidos son los problemas alimenticios, como falta de apetito o apetito desmesurado, trastornos del sueño, pero, sobre todo, un malestar que se va apropiando de nuestro día a día”, señala, a la vez que detalla posibles distracciones, irritabilidad, falta de sociabilidad. “La intolerancia hacia el entorno y los cambios de humor van ganando terreno y, ante este panorama, nos cuesta tomar decisiones. El estrés suele ser el resultado de la tensión a la que estamos sometidos en nuestra vida laboral, sentimental o familiar”, afirma la directora técnica de Clínicas Orígenes.


Adolescentes que se autolesionan, como salida a su frustación.

ANA TORRES MENÁRGUEZ   |   Madrid   |   El País   |   29/12/2019

“Psiquiatras de la sanidad pública alertan sobre la falta de recursos para prevenir los cada vez más frecuentes daños físicos autoinfligidos entre jóvenes”.

Lucía, de 16 años, no recuerda el comienzo. Desde que tiene “uso de razón” busca cómo hacerse daño físico. Cintas apretadas en el abdomen, pellizcos, o arañazos a los que más tarde siguieron cortes en los brazos. Lucía sufre una patología que consiste en autolesionarse para regular su dolor emocional. “Cuando lo hago no siento nada, no me duele”, dice con la mirada baja y una melena larga y negra perfectamente peinada, sentada en una mesa de la unidad de Psiquiatría del hospital Gregorio Marañón de Madrid. Lucía, que prefiere no dar su nombre real, ingresó en ese centro hace un año y medio y acaba de recibir el alta. En 2019, el hospital ha realizado más de 400 intervenciones a adolescentes de 12 a 18 años por causarse daño físico para bloquear su sufrimiento mental. En un año han tratado a 85 nuevos pacientes.

Tanto en el Gregorio Marañón como en el Vall d'Hebron (Barcelona), dos de los centros hospitalarios con una unidad específica para adolescentes que se autolesionan, aseguran que es un fenómeno que no para de crecer y que se remonta a principios de la década de 2000. Ante la falta de datos nacionales y la escasez de investigaciones, los psiquiatras lo asocian al uso “descontrolado” de Internet y a la difusión de imágenes explícitas de las lesiones que los propios adolescentes hacen en redes sociales como Instagram.

¿Qué les conduce a hacerse daño? Algunos fueron víctimas de abuso sexual, físico o psicológico. Otros sufren ansiedad, depresión o trastorno de la personalidad. También hay quienes simplemente no saben gestionar su frustración adolescente. “Algunos de estos jóvenes presentan un estado mental de disociación, les cambia el estado de consciencia y no sienten dolor al cortarse, al contrario, segregan endorfinas y lo viven como un momento de alivio”, explica María Mayoral, psicóloga clínica y coordinadora de Prisma, un programa de salud mental para adolescentes que el Gregorio Marañón puso en marcha en 2018 ante el aumento de ingresos. “Hay una idea generalizada y errónea de que lo hacen para llamar la atención; es mucho más complejo, estos adolescentes tienen una patología mental y necesitan la ayuda de un profesional”, expone. El ministerio de Sanidad no tiene datos oficiales de autolesiones.

La mayoría de los pacientes ingresan con cortes infligidos con cúter, cristales o cuchillas extraídas de sacapuntas en brazos, muñecas, muslos o partes del torso. Otros presentan quemaduras o golpes. “Es una respuesta de los jóvenes de hoy a la frustración y el factor Internet aumenta el efecto contagio”, explica Carlos Delgado, psiquiatra del Gregorio Marañón. El 90% de sus pacientes le cuentan que no sienten dolor al hacerlo. “Es adictivo; la tendencia es aumentar los daños y la frecuencia”, añade. “Es un proceso mental complicado, muchos de ellos se hacen daño porque creen que lo merecen, sienten culpabilidad por algo que les ha pasado”. Delgado cree que el ministerio debería implicarse, reunir a un grupo de expertos que analicen la situación y asesoren sobre una campaña preventiva. “En los años noventa se hizo con la anorexia y la bulimia; con este tema ya vamos tarde”, lamenta.

En el caso de Lucía, su madre se enteró cuando ella tenía 13 años. La alertó su tutora del instituto. Desde hacía años, cuenta la madre, le veía estrías por el cuerpo; pensaba que era por perder y ganar peso y no por atarse cintas a presión. “En sexto de primaria tenía una actitud complicada y en la ESO se disparó”, asegura. Hace un mes que le dieron el alta a su hija, pero sabe que puede haber recaídas. La media de recuperación está en los dos años. “La tutora me dijo que era una moda, que los chavales se pasaban imágenes por Whatsapp. Mi hija estaba enferma y yo no supe verlo”. Lucía no quiere contar qué es lo que la atormenta. Su madre tampoco y la enfermera asiente. Aún no está preparada.

El hospital Vall d'Hebron es otro de los que ha registrado un aumento de adolescentes que se autolesionan. En los últimos tres años, el 20,5% de los ingresos por urgencias se corresponden con esos casos. “Es un problema relativamente nuevo y es síntoma de que algo no se está haciendo bien; no existen recursos específicos para prevenir y los profesionales no están formados para hacer frente a esta patología, que afecta sobre todo a adolescentes de 15 a 17 años”, denuncia Marc Ferrer, jefe de hospitalización psiquiátrica del centro, que alerta de que programas como el del Gregorio Marañón son escasos en España.

En Estados Unidos, un estudio de la American Medical Association de 2012 señaló que, por primera vez desde los años sesenta, las enfermedades mentales superaron a las físicas entre los adolescentes en ese país. Según ese informe, que destacaba que los problemas de comportamiento se dan en mayor medida entre familias con salarios más elevados, las consecuencias son menos horas de escolarización y, por lo tanto, menores oportunidades educativas. En la edad adulta, esos chicos trabajan una media de siete semanas menos al año que los que padecieron problemas físicos crónicos en su infancia. “En Estados Unidos ya hace tiempo que se habla de la necesidad de destinar más recursos a salud mental en niños; aquí todavía no se ha reconocido la gravedad del asunto”, recalca Ferrer.

La Sociedad Española de Psiquiatría denuncia que España solo destina el 5% de su presupuesto sanitario a la salud mental, frente al 7% de media europea. “No es una prioridad ni la prevención ni la financiación de proyectos de investigación”, considera Celso Arango, el presidente de la organización.

Comunicación familiar.- Los psicólogos advierten de que los problemas de los adolescentes para gestionar su frustración se remontan, en muchos casos, a la infancia como consecuencia de la falta de comunicación con sus padres. “No atender las necesidades emocionales de tu hijo desde pequeño puede desembocar en este tipo de conductas; si se reprimen sus emociones es más fácil que se bloqueen y tomen decisiones inadecuadas y dañinas”, explica María Mayoral, del Gregorio Marañón.


La historia de autolesiones de Marta, de 21 años, que no quiere dar su nombre real, arrancó durante una discusión familiar en el coche cuando tenía 16. “Hubo una discusión, me puse muy nerviosa y me empecé a arañar los brazos hasta hacerme sangre”, cuenta la joven. Le prometió a su madre que no se repetiría, pero entró en un bucle del que no sabía salir. “Desmontaba sacapuntas, utilizaba grapas... Internet me dio muchas ideas de cómo hacerlo sin que mi vida corriese peligro”. A Marta le diagnosticaron retraso madurativo a los tres años y más tarde, en primaria, déficit de atención sin hiperactividad. Su familia no contó con el apoyo que necesitaba. Cada vez perdía más los nervios. Su madre cuenta cómo días previos a los exámenes, su hija se ponía muy nerviosa y se daba cabezazos contra los azulejos de la cocina. “En la terapia te das cuenta de cómo las heridas físicas te engañan, son una falsa anestesia”.

“LLEGAN AL HOSPITAL SIN SABER QUE ESTÁN ENFERMOS”.- Los adolescentes, cuentan los médicos, llegan al hospital sin ser conscientes de que sufren una enfermedad. “Con la terapia entienden que se agreden porque no pueden regular sus emociones”, explica Begoña Cerón, enfermera especialista en salud mental del Gregorio Marañón. Allí emplean la terapia dialéctico conductual —de forma individual y en grupos—, que consta de cinco módulos centrados en enseñarles habilidades para romper con su patrón de conducta. Ejercicios de relajación para tomar conciencia de uno mismo y entrenamiento para detectar cuándo arranca el pensamiento negativo que lo desencadena “todo”. Las enfermeras lo llaman la radiografía de la emoción.

“Primero aparece un pensamiento hostil que se repite en la cabeza; eso estimula el sistema nervioso central y el cuerpo empieza a segregar adrenalina y cortisol, a partir de ahí aparecen síntomas físicos, como sudoración en las manos o dificultad para respirar, y por último llega la planificación del daño físico para frenar la avalancha mental”, describe Carmen Martín Alegre, otra de las enfermeras del equipo.

La clave es que aprendan a hacer algo diferente que frene ese bucle. “No se trata de que perdonen a alguien por el daño que les ha podido causar (en el caso por ejemplo de abusos físicos o sexuales), sino de que acepten su emoción y aprendan a manejarla para que no les lleve a hacerse daño”, añade. La medicación se compagina con la terapia en los casos más agudos.