jueves, 16 de enero de 2020

¿Cómo convivir con un adolescente?: conseguir la autoconfianza

ABC   |   Madrid   |   26/12/2019

“Un congreso online busca arrojar luz a los padres que se sienten perdidos en esta etapa tan difícil como fascinante.”
Tener un adolescente en casa no es una tarea sencilla y los padres, cuando los hijos llegan a esa etapa, a veces se sienten muy confundidos y no saben muy bien cómo gestionar estos momentos tan delicados. José María Gasalla, profesor de Deusto Business School y uno de los ponentes del próximo Congreso gratuito on-line: "Convivir con un adolescente: Misión Posible", trata de dar un poco de luz a los padres que se sienten perdidos en esta etapa tan difícil como fascinante.

«Casi todo comienza desde uno mismo, excepto el nacimiento que depende de otros dos. Pero a partir de ese momento cada uno se va, poco a poco, responsabilizando de ir inventando su propia vida, por supuesto, que las circunstancias influyen y nos dificultan o facilitan esa creación o invención» explica. Y añade que «lo que no vale es quejarse y volverse a quejar que la vida siempre me trae lo peor o todo lo malo me pasa a mí, o bien que mis hijos no hay quien los dirija, los maneje o los controle, ya que la actitud ante la vida depende más de uno mismo que de la propia vida, y es cuestión de confianza. Y a todos nos gusta que los demás confíen en nosotros», explica.

Sin embargo, «vivimos en la desconfianza, con temores y ansiedades, gestionando con dificultad un mundo cada vez más incierto, complejo y convulso que se nos echa encima y con frecuencia nos supera haciéndonos sentir perdidos, sin rumbo ni futuro», sostiene Gasalla, y parte importante de ese mundo son nuestros hijos.

Y –añade- «sabemos que para seguir, tenemos que recuperar la confianza en ellos y, como punto de arranque y partida, en nosotros mismos y, como existe una correspondencia entre cómo los demás confían en nosotros y cómo nosotros confiamos en ellos todo se convierte en un verdadero círculo que se refuerza con la autoconfianza».

«¿Es fácil que nuestros hijos confíen en nosotros si perciben que nosotros mismos tenemos una baja autoconfianza?», se pregunta el experto.«Sin duda que no lo es», afirma. «¿Es fácil que confiemos en ellos si no confiamos en nosotros mismos? Tampoco lo es, Ergum, el punto de partida está en nosotros mismos».

El profesor cree que «debemos echarnos una mirada interior a ver qué sucede con nuestra confianza ya que, como suele decir Humberto Maturana, nacemos en confianza. Es una confianza instintiva, que nos adelanta que nada nos faltará. Pero, con el tiempo y de cara a proteger nuestra supervivencia, se nos enseña a desconfiar de lo que nos dicen, de las experiencias propias y de las prestadas», argumenta.

Y ahí aparece uno de los grandes dilemas: «Si confiamos demasiado, corremos el riesgo de que nos engañen pero si no confiamos, perdemos todo tipo de oportunidades de relacionamiento, de descubrimiento. Hablamos pues, siempre aquí de la confianza inteligente. Confianza que tenemos que particularizar, analizar, contextualizar y actualizar», explica.

Lo mismo sucede con la autoconfianza: «No se trata de sentirnos todopoderosos a toda costa ni, en el otro extremo, considerar que somos una poca cosa ya que, atención, la humildad es una potencia de los poderosos, de los que saben que no saben pero al mismo tiempo, son capaces de alcanzar todo aquello que se proponen, lo cual constituye una pura paradoja», argumenta.

Desde un nivel alto de autoconfianza «somos capaces de poner en marcha lo que todavía no es pero puede llegar a ser, lo que nos permite ir hacia nuestro sueño, que es lo que alumbra nuestra vida».

Y otra paradoja: «Desde la autoconfianza aceptamos nuestra vulnerabilidad. Y esa es nuestra fuerza. Sabemos que somos, seguramente, la especie más vulnerable de la creación y al mismo tiempo la que más se ha desarrollado desde sus inicios».


lunes, 13 de enero de 2020

El deber de sanar las heridas del alma migrante

ANGELES JURADO   |   Las Palmas de Gran Canaria   |   El País   |   05/12/2019


El psicólogo Serigne Mor Mbaye es especialista en personas vulnerables en situación de crisis y auxilia a los profesionales que, en Europa, trabajan con inmigrantes”.

Serigne Mor Mbaye (Louga, Senegal, 1954) se sienta en la terraza de una cafetería de Las Palmas de Gran Canaria con el cigarro prendido, su inconfundible gorro sombreando sus ojos glaucos y un café delante. Es psicólogo y psicoterapeuta en ejercicio desde 1979, cuando inició su carrera como consultor en el hospital de Cayssiols Rodez, en Francia. Ha ostentado diversas responsabilidades en salud pública, derechos de la infancia, contextos de conflicto, educación para la salud y lucha contra la explotación sexual o el sida en lugares como Abiyán, Dakar, Casamance o Saint Louis. En su propio país, Senegal, analizó la mendicidad entre los niños talibés, y en la República Centroafricana, trabajó como psicólogo clínico encargado del seguimiento de niños víctimas de la violencia sexual de los cascos azules.

Ha recalado varias veces en Canarias este año, por invitación de la Federación de Asociaciones Africanas en Canarias (FAAC), para hablar sobre la salud mental del migrante. En una de estas visitas se dedicó a formar a 80 técnicos que trabajan con menores extranjeros no acompañados, en el marco del I Seminario África y la Juventud Migrante, que se organizó a finales de marzo.

Resalta que, muy a menudo, hay situaciones de depresión oculta que los profesionales occidentales no perciben a la hora de tratar a un migrante. "En la cultura africana, la depresión no es algo que se pueda mostrar", subraya él. "Hay un encerramiento en uno mismo. Tienen que comprenderlo: muchas veces ven a un individuo en estado de agitación, que no para de moverse, y están muy lejos de sospechar que dentro hay una tragedia, que se está fraguando en el interior de ese individuo, que debilita sus recursos y que lo puede llevar hasta a cometer actos suicidas".

Pregunta. ¿Qué quiere contar a quienes trabajan con migrantes en Canarias?

Respuesta. El proyecto del migrante es comunitario al principio. Tener éxito es adaptarte en el país de acogida y encontrar los medios para asegurar tu propia supervivencia y el sustento de tu comunidad de origen: es decir, devolver la deuda a la comunidad. Cuando el migrante llega y se le envía a prisión o a un centro de internamiento, esto representa un terrible fracaso.
Es una tragedia, pero una tragedia que se convierte en individual. La comunidad no contempla esa situación de fracaso. De ahí surgen síntomas de estrés postraumático, casos de episodios depresivos, fenómenos de disociación, casos de agresividad, casos de aislamiento emocional. Todos los profesionales del ámbito médico y del ámbito social que trabajan con ellos deberían comprender todas estas vivencias.

En el momento en el que el migrante llega, hace falta ayudarle a reconstruirse, ayudarle a superar sus traumas y a contemplar la posibilidad de quedarse y adaptarse o la posibilidad de volver, a sabiendas que también se tendrá que readaptar si vuelve. Ese estado de sufrimiento menoscaba los recursos de resiliencia con respecto a la adaptación en el país de acogida o con respecto a su retorno a la comunidad de origen. No digo que sean enfermos mentales, por supuesto: simplemente que su salud mental se ve afectada por las diferentes situaciones dramáticas por las que pasan.

P: ¿Y con respecto a los menores de edad, a las personas que llegan con todas estas cargas sobre sus hombros y, además, son menores?.

R: He reflexionado mucho sobre ese tema. Es una etapa de la vida en la que el sentimiento de identidad es todavía muy confuso, sea la identidad sexual o la identidad cultural. Y en este contexto vas a viajar. El país de acogida no siempre es un país estable en materia de acogida. Cuando digo estable, quiero decir: ¿hay algún referente que te pueda ayudar a construirte? No es tan fácil.

Pienso en cuando yo me fui a Francia con 18 años. Tenía un arraigo identitario sólido, hablaba mi idioma, tenía el ideario de mi cultura y cuando me acerqué al otro, en este caso, a Francia, ya estaba hecho, tenía mis certezas. Nunca me he visto en una situación de complejo o de soledad. Conocía además la cultura francesa, porque había leído sobre Europa desde la Edad Media hasta el siglo XX. Es cierto que era un conocimiento libresco, pero me permitía tener unas claves de lectura de la sociedad de acogida. Pero los que emigran hoy se van de unas sociedades en crisis que dudan de ellas mismas. No tienen un arraigo identitario. No hablan el idioma del país de acogida, no conocen sus referencias. Es una situación muy compleja.

P: Como usted dice, muchos de los migrantes que llegan a España no conocen nada del país al que llegan...

R: No sé si lo sabe, pero en mi cultura de origen, en Senegal, a toda Europa se le llamaba “Tugal”. La gente dice “vas a Tugal”, porque los primeros europeos que llegaron a nuestras tierras fueron de Portugal. La mayoría de los migrantes no han contemplado nunca la posibilidad de quedarse en Europa. Al principio, el plan no era ese. El plan era irse, ganar dinero y volver. Satisfacer las necesidades, primarias diría yo, de la comunidad de origen, pagar la deuda.

Como decía, cuando te acercas a una civilización sin conocerla, hay un problema. El dominio de tu cultura de origen te permitirá saber descifrar a toda la humanidad. Cuando uno tiene este dominio, puede con todo, porque la humanidad es una e indivisible, independientemente si en un sitio hay chozas y en otro, edificios. Como decía antes, la gente que emigra hoy se va de sociedades en crisis, sociedades que dudan de ellas mismas, así que esa gente ya había perdido las referencias. En este contexto, viajar y llegar al país de acogida se convierte en una hazaña todavía más compleja. A mí me gustaría hablar con los médicos que abordan los cuerpos de estos migrantes, para que entiendan cuál es la representación que estas personas tienen de la enfermedad, cuál es la representación que tienen de su propio cuerpo, cuál es la representación que tienen de las nuevas tecnologías médicas. Todo esto es muy necesario.

LA DIÁSPORA Y LA MIGRACIÓN 

El profesor Mbor acusa a las élites que gobiernan en África de no tener un proyecto de sociedad. "África sufre por culpa de estas élites", dice. "Todos los países tienen Ministerios de la Diáspora, en toda África. Pero están huecos, no hay nada detrás, porque no existe un proyecto de sociedad como fundamento". Opina que, si tuvieran un proyecto de sociedad, los estados africanos podrían aprovechar a la diáspora para acoger a los migrantes para ayudarles a adaptarse o a irse.

P: Según su experiencia, ¿por qué viajan a Europa algunos jóvenes africanos?.

R: Si se van, es porque no ven posibilidades, cuando en realidad todas las posibilidades están en sus propios países. Lo que pasa es que la comunidad está entusiasmada con el viaje. Hay algo neurótico en la repetición de la idea del viaje. Ya ni siquiera miran a su alrededor en el sitio en el que están. Yo les digo a los jóvenes del pueblo en el que vivo: “Esperen, hay tantas cosas que hacer aquí, tantas cosas. Tienen pescado, ¡transformen el pescado! Tienen tierra, ¡cultiven la tierra!”. No se lo creen: es el viaje, en una repetición neurótica. Por tanto, es necesaria una labor con respecto a la acogida de la gente que necesita sanar todos los sufrimientos por los que han pasado, pero también es necesaria una labor para que la gente se readapte a otro tipo de proyecto, que no sea el proyecto del viaje.


sábado, 11 de enero de 2020

Marian Rojas Estapé: Hay mucha gente que se levanta cada mañana sin saber para qué

LAURA PERAITA   |   ABC-Sevilla   |   03/04/2019

Según esta psiquiatra el ser humano no está programado para vivir constantemente «en modo supervivencia.
Marian Rojas Estapé, médico y doctor especialista en Psiquiatría, se siente una mujer muy afortunada porque considera que su profesión es la más bonita del mundo. «Ayudo a aportar alegría al que está triste, angustiado, bloqueado, al que lo pasa mal... Soy médico de las emociones. ¡Vendo felicidad! ¿Hay algo mejor que eso?», se preguntó durante la celebración del taller «Cómo hacer que te pasen cosas buenas», impartido durante la celebración del 39º Congreso de Fepace en Sevilla.

A día de hoy, esta psiquiatra confiesa que no entiende cómo su libro «Cómo hacer que te pasen cosas buenas» está en los primeros puestos en ventas. «Creo que el éxito está en cuando lo escribí». Explica que coincidió que justo hace un año su hijo tuvo un accidente muy grave y estuvo ingresado en la unidad de quemados del Hospital de La Paz. «Había firmado con la editorial que lo entregaba a finales de abril de 2018, pero les dije que no tenía la cabeza en aquel momento como para terminarlo. Me advirtieron que había firmado un contrato y que debía cumplir. Me dieron 15 días más. En medio de ese sufrimiento por mi hijo tuve que pensar en escribir sobre cómo hacer que te pasen cosas buenas, ¡y encima estaba embarazada de mi tercer hijo! Finalmente nació el libro a la vez que mi bebé. Entre la rehabilitación de mi hijo y los cuidados del pequeño pedí a la editorial que estuviera varios meses sin que se hiciera publicidad del libro porque yo no podía asistir a ninguna presentación. Mi sorpresa fue que, en poco tiempo, estaba entre los más vendidos. Este libro me ha traído muchas cosas buenas y he llegado a gente que pensé que nunca podría llegar», confiesa.

Durante el taller celebrado en el Colegio Entreolivos explicó a su numeroso público cómo llegar a la felicidad. Aclaró que en los cromosomas hay una parte que son los telómeros, que son nuestro verdadero reloj biológico. Uno puede tener 42 años y en la revisión de telómeros indicar que tiene 47 o 32. «Cuanto más cortos son mis telóremos más probabilidad tengo de enfermar, tener enfermedades cardiovasculares o cáncer. Son un pronóstico en mi vida. Hoy en día sabemos que podemos modificar nuestros telómeros en función de nuestra actitud hacia la vida. Si soy optimista, activa, me cuido, medito..., soy capaz de alargar mis telómeros y tener menos posibilidades de enfermar. Es una cuestión importantísima».

Aseguró que hablar de felicidad es hablar del sentido que cada uno le damos a nuestra vida. Pero en una sociedad que ha perdido el sentido, el rumbo, «lo hemos sustituido por sensaciones, como pueden ser la comida, el alcohol, el sexo..., aspecto que no son malos de por sí, pero que pueden ser autodestructivos en exceso. Nos hemos convertido en drogodependientes emocionales. Solo actuamos cuando nos mueve una emoción cada vez más fuerte, vibrante. Hemos acostumbrado al cerebro a experiencias de gran intensidad y, como consecuencia, hemos perdido los referentes y los valores necesarios para que nos guíen en momentos de caos. Constantemente en nuestra vida nos podemos perder y tenemos que tener claro el sentido de la vida».

Según Rojas Estapé, cuando una persona tiene motivos para vivir es capaz de superar las dificultades. «Hoy sabemos que el poder de los recuerdos y de las ideas tiene un impacto brutal en nuestro organismo. El ser humano es el único ser vivo que solo con pensar es capaz de amargarse la vida. Los médicos tienen muy estudiada la bioquímica y cuando una persona tiene un propósito en la vida se fortalece. La felicidad, por tanto, consiste en vivir instalado de forma sana y equilibrada en el presente, habiendo superado las heridas del pasado y mirando con ilusión al futuro». El 90% de las preocupaciones nunca suceden.

Explicó que las personas que viven enganchados al pasado son los depresivos y los que viven angustiados por el futuro son los ansiosos. «Depresión y ansiedad, las dos grandes enfermedades del siglo XXI. Nuestra única manera de actuar es estar en el hoy y en el ahora. El 90% de las preocupaciones nunca jamás suceden, pero nuestro cuerpo y mente lo viven como si fuera real: ¿y si me echan del trabajo?, ¿y si me deja mi mujer?, ¿y si mi hijo se engancha a las drogas?, ¿y si mi padre tiene cáncer?... El ser humano no está programado para vivir constantemente en modo supervivencia. Tenemos sometido al cerebro a un estado de alerta constante que está haciendo que el individuo enferme. Y, por ello, hay síntomas de alerta como los del nivel físico (tiembla un ojo, sudan las manos, se estropea la piel, se cae el pelo, surgen problemas gastrointestinales...). ¡Todo el cuerpo se inflama! El siglo XXI es el siglo de las inflamaciones».

También el sistema inmunitario se inflama y es cuando surgen problemas de tiroides, paratiroides... «A nivel psicológico la persona se vuelve más irritable, está de los nervios, salta con facilidad, tiene menos concentración, es más propensa a ser depresiva... En el ámbito social no quiere ver a gente, prefiere quedarse en casa...».
Esta psiquiatra aseguró durante la celebración del Congreso de Fepace que «si uno sabe lo que le pasa, si entiende cómo funciona el cerebro, comprenderá más fácilmente por qué su organismo está cada vez más enfermo. «La mente y el cuerpo no distinguen lo real de lo imaginario y si se vive constantemente en alerta uno enferma. La felicidad consiste en cómo conecto yo con el hoy y con el ahora, no es lo que me pasa, sino lo que interpreto que me pasa. Lo que para uno es una alegría para otro no lo es».
Prosiguió matizando que la felicidad consiste en encontrar un motivo por el que levantarse cada mañana. «Hay mucha gente que se levanta sin saber para qué. Nuestro estado de ánimo determina la interpretación que hacemos de la realidad. Cuando intentamos ser felices, que es poner pasión en la vida, las cosas nos van mejor porque conectamos con las personas corazón con corazón y activamos la oxitocina, que es la hormona del vínculo. Otro factor que influye en la interpretación de la realidad es la capacidad de fijar la atención, lo que se denomina el sistema reticular activador ascendente. Nuestro cerebro ve muchas cosas, pero solo se queda con aquello que es importante para mi corazón, mis ilusiones o preocupaciones; por eso la mujer embarazada va por la calle y solo ve carritos de bebé; el que se rompe una pierna solo ve personas con muletas...».

Como conclusión, quiso matizar que para potenciar la felicidad es necesario también apartarse de las personas tóxicas, que acortan los telómeros y, sobre todo, no estar continuamente en alerta, porque nos inflamamos. Por último insistió en que «cuando estemos solos, cuidemos nuestros pensamientos; cuando estemos con los demás, cuidemos nuestra lengua; cuando estemos alterados, cuidemos nuestras emociones; cuando estemos en conflicto, cuidemos nuestro temperamento y, cuando todo nos vaya bien, cuidemos nuestra vanidad.


viernes, 10 de enero de 2020

7 claves para no tomar decisiones impulsivas (y tener que lamentar sus consecuencias)

SALOMÉ GARCÍA   |   El País   |   24/12/2019

Hay personalidades más propensas a esta actitud”

Hay personas que para tomar una decisión tan simple como la de qué acompañamiento quieren para su hamburguesa, necesitan realizar toda una disertación para decantarse por lo que más les apetece (las patatas fritas) o lo más sano (la ensalada). Sin embargo, otras son capaces de decidir mudarse a la otra punta del mundo sin siquiera plantearse las consecuencias. Esta diferencia se debe a la impulsividad, una cualidad muy ligada a algunos tipos concretos de personas, que puede llevarlas a tomar decisiones sin pensar. Sin embargo, existen ciertos ejercicios que podemos poner en práctica para evitar que nos ocurra.

La impulsividad "es una manifestación de descontrol emocional. Puede formar parte de un trastorno de la conducta, o puede ser, en casos menos severos, resultado de un momento de arrebato por alguna circunstancia emocional en la que la persona se deja llevar sin haber dado paso a una reflexión previa", señala la psicóloga Paloma Cabanas. Cualquiera puede tener una reacción impulsiva, aunque hay perfiles más proclives a ese momento de descontrol.

"Por lo general, la impulsividad se da en personas inestables emocionalmente, que son un poco o muy irracionales y se dejan arrastrar por instintos o pasiones ilógicas, incomprensibles o injustificadas. Es más frecuente en personas autoritarias, con egos muy ampliados, que no admiten o no conocen los límites de las cosas, personas invasivas y a veces con temores ocultos que se liberan en acciones impulsivas o descontroladas como una forma de librarse de esa tensión interna", explica la experta.

Para los psicólogos esa falta absoluta de pudor, miedo o sensatez al actuar no brota de forma espontánea. Más bien, se venía gestando desde mucho antes. "Actuar de forma desorbitada en situaciones muy extremas nos habla de un desorden previo, ya existente, que se liberaba tal vez a cuentagotas y ahora se desata completamente", continúa Cabanas. Lo más importante para solucionar el problema, dice el psicólogo y responsable del área de Psicología de Mindfulness de Slow Life House, Carlos Antonio Rodríguez Méndez, es detectarlo y contar con las herramientas para combatirlas. El experto las repasa:

1. Buscar satisfacción real, no pasajera. "Un ejemplo claro son las compras impulsivas. La falta de control frente a nuestros deseos viene de la necesidad aprendida del refuerzo inmediato y la incapacidad de saber esperar a un refuerzo que, aunque tardío, es más conveniente para nuestro bienestar", aclara Rodríguez. Cuidado con las compras por Internet. La inmediatez del deseo se tornará en desastre cuando llegue el extracto de gastos de la tarjeta. ¿Realmente necesitas volver a cambiar de móvil? ¿El enésimo jersey, es vital para tu fondo de armario?

2. Analizar y sopesar antes de actuar. Por lo general, ninguna situación requiere una toma de decisiones instantánea. "Una forma habitual de impulsividad es decidir ante el primer impulso sin analizar con pausa los pros y los contras de la decisión que estamos tomando", aclara el psicólogo. Piénsalo dos veces. Apunta en un papel los beneficios, perjuicios y consecuencias, y valóralos bien antes de lanzarte a actuar.

3. No dejarse llevar. Hay días negros en los que uno entiende la reacción. El problema es que "normalmente se trata de una falta de control de las emociones. Y lo habitual es que la domine la ira".

4. Ponerse normas. "En la personalidad existe una parte genética (nuestro temperamento) y una parte aprendida (nuestro carácter forjado a través de nuestros hábitos). Un niño educado sin normas, no aprende a demorar el refuerzo. Esto puede dar paso al desarrollo de la impulsividad en personas que parten de inicio con un temperamento impulsivo".

5. Evitar el alcohol. "El alcohol actúa como inhibidor del sistema nervioso central. Cuando comienzan sus efectos, se inhibe el lóbulo prefrontal (la parte de nuestro cerebro que ejerce el control de impulsos y regula el comportamiento social) y hacemos cosas que nunca haríamos sobrios".

6. Contar hasta 10. Es el método más antiguo para no estallar ante una provocación. Y sigue funcionando. "Cuando la impulsividad surge frente a la respuesta emocional, como es el caso de la expresión de la ira, el contar hasta 10 puede funcionar. Los psicólogos lo llamamos 'supresión de la reacción emocional automática' y consiste en postergar la respuesta emocional o minimizarla (contar hasta diez antes de contestar), aceptando que se vive una emoción. Es eficaz a corto plazo, pero imposible de aplicar en momentos de cólera extrema".

7. Luchar contra el lado oscuro. La ira conduce al lado oscuro, ya lo decía Yoda en Star Wars. "Hay que cambiar la 'reacción' (la acción de nuestra parte animal ligada a la respuesta emocional) por la ‘respuesta’ (la conducta racional de nuestra parte humana). Cuando la ira o la decisión impulsiva se ponen bajo la luz de la conciencia, ya no hay automatismo sino respuesta controlada", aclara Rodríguez Méndez y establece un proceso de cinco pasos para evitar actuar movido por la impulsividad: "Lo primero es reconocer la ira o el deseo cuando aparece. A continuación, asumir esa emoción como algo nuestro, dejarlo fluir y aplacarlo. Finalmente, analizar lo que va mal y escoger la respuesta más adecuada. Cuando la ira está bajo la luz de la conciencia pierde inmediatamente todo su carácter destructivo".

miércoles, 8 de enero de 2020

Empatía: mucho más que ponerte en el lugar de tu hijo

RAFAEL GUERRERO    |   El País  |   18/10/2019

Es muy habitual en nuestro día a día que mencionemos u oigamos el concepto de empatía, pero ¿realmente sabemos a qué nos referimos? La empatía es una capacidad con la que nacemos los seres humanos y que nos permite comprender los estados emocionales y afectivos de las personas que nos rodean. ¡Qué bueno esto de ser capaz de entender cómo se sienten los demás! ¿Verdad? Entonces, cuanto más empáticos seamos, ¿mejor? Eso creemos habitualmente, pero no es así. La saludable y adaptativa posición de la empatía requiere que esté en un punto medio, es decir, ni ausencia de empatía ni excesiva empatía. Ambos extremos llevan al sufrimiento o a la desadaptación. ¿Y por qué? Pues porque la persona que no tiene empatía está más cerca de ser un psicópata que un ser humano y la persona que tiene demasiada empatía no tiene la capacidad de ver de una manera más objetiva los problemas o estados emocionales de los demás. Es por ello por lo que cuando hablamos de empatía se hace imprescindible hablar del concepto de diferenciación.

Si queremos sentir y entender cómo se sienten nuestros hijos pero sin que nos invadan sus emociones debemos diferenciarnos de ellos. Por eso no es positivo que seamos excesivamente empáticos. Necesitamos ser los suficientemente empáticos como para entender cómo se sienten y saber qué necesitan pero, a la vez, alejarnos lo suficiente de ellos como para poder ayudarles desde la calma, la tranquilidad y la objetividad. Coloquialmente decimos que la empatía es la capacidad de meternos en los zapatos del otro. Y es así, pero yo añadiría una parte final: sabiendo que no son nuestros zapatos. De esta manera, damos importancia a la diferenciación, tan importante como para poder ayudar de manera sana y equilibrada a nuestros hijos. El objetivo que nos planteamos como padres sería que nuestros hijos desarrollen la suficiente empatía como para poder sentir lo que sienten los demás pero sin la intensidad y la realidad que experimentan los otros (diferenciación). Son muchas las situaciones que nos impiden ser empáticos en un momento dado, como por ejemplo, estar muy enfadado. Además, determinadas situaciones como la sobreprotección o algunos trastornos como la psicopatía o la esquizofrenia dificultan el que podamos ser empáticos.

Ahora se nos presenta otro dilema difícil de resolver: ¿la empatía se hereda o se aprende? Todos los mamíferos venimos a este mundo con la predisposición para desarrollar esta habilidad, pero para poder ser empáticos necesitamos que nuestros padres y entorno la estimulen lo suficiente. Por lo tanto, tenemos la predisposición a desarrollar la empatía en nuestros hijos pero debe ser fomentada y estimulada en la familia y en la escuela. Piensa en la siguiente pregunta: ¿sabes hablar alemán? En caso de que no sepamos hablar alemán no será porque no tuvimos esa predisposición u oportunidad al nacer, ya que todos venimos a este mundo con la posibilidad de hablar cualquier idioma, aunque para ello nos lo tienen que enseñar. Lo mismo pasa con la empatía. Es una habilidad que se puede desarrollar y enseñar a quien tiene esa predisposición. ¿Si le enseñara habilidades empáticas a un cocodrilo llegaría un momento en que sentiría las emociones que yo siento? No porque no tiene esa predisposición. ¿Y cómo sabemos que el ser humano tiene esta predisposición a ser empático? Los estudios científicos llegan a la conclusión de que los niños de 18 meses son capaces de recoger del suelo un objeto que se la ha caído al investigador. En cambio, estos mismos niños, no recogen el objeto cuando el investigador lo tira a propósito al suelo. Por lo tanto, tendemos a ayudar y entender al otro. Los niños de 18 meses, según demuestran los estudios, son capaces de diferenciar las intenciones del investigador y, en función de sus intenciones, obran de una manera u otra.

Al igual que existe una determinada zona cerebral que se encarga de interpretar lo que vemos (lóbulo occipital) o que nos permite concentrarnos en una tarea (corteza prefrontal), ¿existe un área cerebral donde se localiza la empatía? Los estudios llegan a la conclusión de que la empatía se localiza en el giro supramarginal, ubicado en el cerebro superior. Gracias a estos estudios podemos entender por qué los niños pequeños no son capaces, generalmente, de mostrarse empáticos. Encontramos dos razones de peso:
  1. Se encuentran en una fase egocéntrica que no les permite atender nada más que sus necesidades para poder sobrevivir
  2. El giro supramarginal no se ha desarrollado lo suficiente como para poder centrarse en las necesidades y emociones de los demás. Por lo tanto, hasta que el giro supramarginal no se haya desarrollado cerebralmente lo suficiente, no podemos exigir a nuestros hijos pequeños que sean empáticos, aunque eso no quita para que lo trabajemos con ellos aun siendo muy pequeños.
Una vez que ya entendemos lo que es la empatía, que se puede aprender gracias a la predisposición genética que tenemos todos los mamíferos y que se localiza anatómicamente en el giro supramarginal, ¿qué podemos hacer las madres y los padres para fomentar la empatía en nuestros hijos?.

Si quieres que tu hijo sea empático, lo mejor que puedes hacer es mostrarte empático con él. Así de sencillo.
  • La empatía se desarrolla en las relaciones sociales. Nadie aprende empatía a través de un manual o una presentación PowerPoint. Se desarrolla en contacto con los demás.
  • Ser empático no consiste en dar consejos o decir lo que hay que hacer, sino en comprender, apoyar y, simplemente, acompañar. En vez de decirle “deberías” o “tienes que...” intenta decir “te entiendo” o “sé que lo estás pasando mal”.
  • La empatía saludable requiere un punto medio: ni ausencia de empatía ni identificación total con sus emociones. Los niños no quieren que nos identifiquemos al 100% con sus emociones. De esta manera, podremos ayudarles y entenderles desde la calma.
  • Juega con tus hijos a adivinar cómo se sienten los demás y qué estados emocionales están experimentando. Es como jugar a ser detectives de las emociones o estados de los demás.
Desgraciadamente, hoy en día estamos cayendo en una sociedad cada vez más individualista y egoísta. Es importante que recuperemos nuestros orígenes. Estamos predispuestos genéticamente a entender a los demás y a ayudarlos. Si es así, ejecutemos esta posibilidad y ayudemos a nuestros hijos a desarrollar en ellos la empatía. Será beneficioso para ellos y para la sociedad del mañana.

*RAFAEL GUERRERO TOMÁS ES PSICÓLOGO Y DOCTOR EN EDUCACIÓN. DIRECTOR DE DARWIN PSICÓLOGOS. AUTOR DEL LIBRO “EDUCACIÓN EMOCIONAL Y APEGO. PAUTAS PRÁCTICAS PARA GESTIONAR LAS EMOCIONES EN CASA Y EN EL AULA” (2018) Y “CUENTOS PARA EL DESARROLLO EMOCIONAL DESDE LA TEORÍA DEL APEGO” (2019).



lunes, 6 de enero de 2020

Entrevista a Simone, psicólogo, director de cine, guionista y escritor

IMA SANCHÍS   |   La Contra de la Vanguardia   |   20/03/2019

Tengo 63 años. Nací en Mesina, Italia. Me licencié en Psicología. Junto con mi esposa, Roberta Manfredi (hija de Nino Manfredi), creamos la productora Dauphin Film Company. Y llevo años realizando talleres de felicidad. Erradicar la infelicidad es imprescindible para cambiar el destino de este planeta


El vaso medio lleno
Su suegro, Nino Manfredi, ha actuado en sus películas; también ha escrito, dirigido y producido series para la RAI, pero nunca ha abandonado su actividad como psicólogo y terapeuta con largas estancias en EE.UU. para formarse. Imparte talleres sobre la felicidad y tiene un blog: Il (el vaso medio lleno). En su último libro, La felicidad en la mesita de noche (Kitsune Books), nos habla de la felicidad de existir. “He trabajado con la felicidad a lo largo de muchos años, como psicólogo y como artista y, finalmente, como investigador. Y eso me ha llevado a conocer en profundidad su opuesto, y lo que he descubierto es que muy a menudo la infelicidad de las personas no tiene que ver con hechos objetivos”.

Pregunta.-Hoy es el día de la Felicidad...    |    Respuesta.- Yo llevo dedicándole cuarenta años de investigación porque sé que la felicidad es la base para construir un mundo mejor.
P.-¿Por qué?   |   R.- Hay innumerables investigaciones científicas que demuestran que las personas confiadas y optimistas resuelven los problemas de manera más acertada y en menos tiempo que las personas pesimistas, cínicas o desilusionadas.
P.-La gente feliz ¿no daña a los demás?   |   R.- No, y les gusta compartir su felicidad.
P.-¿Hay personas o momentos felices?   |   R.- La felicidad vinculada a contingencias externas está fuera de nuestro control, es una felicidad precaria como la que está ligada a logros.
P.-¿Qué opción nos queda?   |   R.-La felicidad innata, la que fluye como la sangre por las venas y que tiene que ver con estar vivo. Es una felicidad instintiva que no puedes controlar, de la misma manera que no controlas tu respiración o el crecimiento de tus uñas; y siempre está disponible.
P.-¿Ese runrún en la boca del estómago?   |   R.- Sí, y para hacerlo más presente hay que ser consciente de que los sucesos, malos y buenos, son temporales, todo pasa. Y hay que abandonar la idea de no ser suficiente, de no merecer, de tener que conquistar tu lugar y tu identidad.
P.-¿La felicidad de existir debería bastarnos?   |   R.- Desde que nacemos, la necesidad de amor y aprobación hace que adaptemos nuestro carácter en busca de respuestas positivas.
P.- Un mecanismo de supervivencia.   |   R.- Sí, que puede hacernos interiorizar comportamientos que nos perjudican. La necesidad de ser amados es la base de muchos de nuestros errores porque nos construimos un personaje y nos alejamos de nosotros mismos.
P.-Pero la necesidad de amor es universal.   |   R.- Cierto. Hay un experimento muy revelador con monos recién nacidos que debían escoger entre una madre de metal que daba leche o una de peluche suave y mullida. Los pequeños monos siempre elegían la de peluche.
P.-¿Dispuestos a morir de hambre a cambio de amor?   |   R.- Sí. Esa necesidad de amor nos lleva al trueque: cedemos nuestra identidad para que los adultos nos quieran, luego para ser aceptados, para que nos quieran nuestros amigos y, a menudo, acabamos con la pareja equivocada.
P.- ¿Es reversible?    |   R.- Recuperando la autenticidad, la espontaneidad y la sinceridad, y eso pasa por no tener reparo en mostrar nuestras fragilidades.
P.-Nuestra mente no ayuda mucho.   |   R.- Se orienta hacia emociones e informaciones negativas que además perduran mucho más tiempo en nuestra mente que las buenas noticias o las experiencias positivas. Se trata de mecanismos primitivos de supervivencia.
P.-¿Y qué propone?    |   R.- Poner en valor y saborear durante el máximo de tiempo posible, de manera intencionada y diría que exagerada, los acontecimientos positivos de nuestra vida, los momentos de alegría. Y hacer el ejercicio de buscar la parte buena a los acontecimientos negativos.
P.- ¿Y cuando nuestra mente se hunde en las profundidades de la negatividad?   |   R.- Cambie de canal, cambie de tema. Mueva el cuerpo, váyase a dar un paseo, póngase una película que le haga reír, llame a esa gente positiva que conoce, pero sobre todo no alimente sus convicciones negativas.
P.- Son insistentes.  |   R.- Sea inteligente, recuerde que la queja no cambia las cosas. Cuando se dé cuenta de que empieza a quejarse de algo, deténgase un instante y pregúntese si le apetece estar peor, porque eso es lo que sucederá tras la momentánea ­satisfacción del desahogo.
P.-¿El mal rollo es contagioso?   |   R.- Sí, por eso, como dice el dalái lama, si alguien busca una papelera para tirar su basura, evita que sea tu mente. Del mismo modo y de forma automática, una sonrisa despierta otra sonrisa. Lástima que perdamos la sonrisa con la edad.
P.- ¿A qué se refiere?   |   R.- Un niño en etapa preverbal sonríe espontáneamente de media 400 veces al día; un adolescente, 16, y un adulto, apenas. Mi teoría es que desaprendemos a sonreír cuando la preocupación se convierte en un automatismo, cuando nuestra mente anticipa acontecimientos probables o no, pero en todo caso inexistentes.
P.-No queremos perder el control.   |   R.- Ceder el control es sentirse expuesto, por eso muchas personas sufren de hipercontrol, que es uno de los mayores obstáculos para la felicidad, porque en realidad no podemos controlar más que una parte ínfima de nuestra existencia.
Ima S.- Cierto.   |   R.- En nuestra vida hay fuerzas que prescinden totalmente de nuestra voluntad, asúmelo y siente esa fuerza que te quiere vivo, que te empuja a respirar aunque no quieras. Buena parte de las responsabilidades que te atribuyes dependen de ella, así que no la combatas, únete a ella conscientemente, confía.
Ima S.- Confíes o no, le perteneces.   |   R.- El mundo que vemos está influenciado por nuestro estado mental. En realidad la infelicidad no es más que una mala costumbre. Abandonarse a ella, al victimismo y la frustración, es fruto de una actitud reiterada; para cambiarla hay que ser persistente como un atleta. La felicidad consiste en vivir en la gratitud.