miércoles, 14 de octubre de 2020

¿Son los padres y las madres (in)competentes para educar?

 CATHERINE L’ECUYER    |   El País   |   27/04/2020

En una de las bibliografías de María Montessori, Rita Kramer explica que se había puesto de moda, entre las mujeres del siglo XIX en Italia, el juego de encender y de apagar unas cerillas para matar el tiempo, mientras los niños estaban siendo cuidados por una niñera y el padre estaba ausente del hogar. Esa anécdota ilustra hasta qué punto no se veía la actividad educativa -por lo menos durante los primeros años del niño- como algo relevante. Educar era una tarea a la que se dedicaban principalmente los más vulnerables, a falta de otra alternativa. Montessori explica como era corriente escuchar en las familias burguesas decir al niño; “no te sientes en el suelo” o “no te sientes en el sofá”. Entonces el niño era un ciudadano que no tenía lugar en los espacios comunes de su propia casa. Se le decoraba de lazos y se le ataba inmóvil a una silla con su niñera para que no hiciera ruido y no molestara.

Si bien es cierto que en l’Émile, Rousseau había hablado en el siglo XVIII del niño como de un sujeto, no como un objeto, consideraba el Estado como su principal educador. Afirmaba que el Estado tiene un papel prioritario sobre el de los padres en el ámbito de la educación de los hijos, puesto que la educación de los niños no debe “abandonarse a los prejuicios de sus padres”. Quizás fue por exceso de coherencia consigo mismo que Rousseau abandonó a sus hijos en un orfanato. La idea rousseauniana de que los padres son incompetentes para poder educar a sus hijos y deben dejar que el Estado lo haga para ellos sigue hoy recibiendo atención, configurando muchas de las políticas educativas.

A inicios del siglo XX, se empiezan a multiplicar las teorías psicológicas respecto a la educación y se ponen de moda los parvularios para niños desde los 3 años. En los EE UU, Dewey tiene sus teorías encaminadas a resolver, desde el aula, la cuestión de la educación hacia la integración de los millones de inmigrantes que habían llegado a América después de la Primera Guerra mundial. En Europa, nace el movimiento de la Educación Nueva inspirado en gran parte en Rousseau. Las aulas de la Educación Nueva se convierten en laboratorios de psicología, y la psicología se convierte en el vestido de dignidad de la pedagogía. Surgen todo tipo de teorías educativas elaboradas por médicos o psicólogos, como Claparède, Decroly, Piaget, Montessori, que pueden dar de pensar a los padres que la educación es un asunto demasiado complicado para que ellos mismos puedan hacerse cargo. Los padres deben por tanto encargarlo a los especialistas, ya que ellos, sí saben.

Acabada la Segunda Guerra mundial, ante el horror de los campos de concentración, se rechaza enérgicamente la teoría de la eugenesia, se empieza a entender el poder de la educación y los Estados adoptan progresivamente la idea de cuidar a los colectivos desfavorecidos a través de políticas sociales y educativas, empezando desde la primera infancia. Como consecuencia de la Segunda Guerra mundial, los orfanatos de Europa están llenos. La OMS encarga entonces un informe a un psiquiatra llamado John Bowlby, sobre la consecuencia de una crianza sin madre sobre la salud mental de los niños en los orfanatos. En su informe, publicado en 1951, Bowlby hace hincapié en la importancia de la sensibilidad del principal cuidador para la creación de un vínculo de apego (de confianza) entre él y el niño. Nace entonces la teoría del apego, que revolucionará el ámbito de la psicología infantil.

En la década de los ochenta, el caldo es favorable a la aplicación de ciertas ideas neurocientíficas en el ámbito de la educación y la ciencia se convierte una vez más en el vestido de dignidad de la pedagogía bajo la etiqueta de la “educación basada en la neurociencia” (brain-based education). Esa situación da pie a las expresiones que hoy conocemos como: “todo se juega de 0 a 3 años” o “más y antes es mejor”. Y entonces se recomienda a los padres escolarizar a sus hijos cuanto antes, se pone el énfasis en la parte cognitiva de 0 a 3 años y se multiplican los métodos y los libros que hablan de la estimulación temprana. De nuevo, los padres tienen menos protagonismo, delegando la educación a parvularios especializados que usan métodos supuestamente basados en la neurociencia, pensando que ellos mismos no son lo suficientemente competentes para hacer ese trabajo. El apogeo de esa creencia es, en 1997, cuando Hilary Clinton, en un discurso dirigido a educadores en la Casa Blanca, dice: “En el momento en que la mayoría de los niños empiezan la escuela infantil, la arquitectura del cerebro está esencialmente construida.” Esa declaración levantó un tsunami de críticas por parte de neurólogos y neurobiólogos en todo EE UU, pues esa creencia es un “neuromito” (una mala interpretación de la literatura neurocientífica). El cerebro es plástico y puede modificarse a lo largo de toda la vida y el bombardeo temprano de información no necesariamente favorece el aprendizaje. Esos neuromitos dan una importancia excesiva a la estimulación cognitiva y restan importancia a la dimensión interpersonal en los primeros años, clave para el apego.

La disciplina social solo es posible cuando existe, previamente, una disciplina y una responsabilidad personal.

Los neuromitos han llevado a la abdicación del ámbito familiar, a favor de la industria educativa del consejo empaquetado conformado por aquellos gurús, expertos, libros o productos que dictan a los padres exactamente lo que han de hacer para que sus hijos sean exitosos y felices, y sobre todo para que coman, duerman y obedezcan. Ese enfoque educativo conductista, caracterizado por el adultocentrismo, está orientado principalmente hacía la tranquilidad de los padres. La industria del consejo empaquetado, en búsqueda del “manual definitivo” de una crianza perfecta, enfoca la educación desde el punto de vista de los “cómo” y de los “qué” y aleja a los padres de los “para qué” y los “por qué”. Contribuye, de nuevo, a despojar a los padres de su papel como primeros educadores, entregando a sus hijos a la industria del juego “con botones y pilas” y despojándoles de la intuición parental y del sentido común que debería guiar toda acción educativa.

La teoría del apego fue inicialmente criticada por el feminismo, por culpar a la mujer trabajadora de todos los males de la infancia. Pero hoy sabemos que el apego del niño puede hacerse tanto con el padre como con la madre. El apego es el vínculo de confianza que se establece entre el niño y un principal cuidador disponible y capaz de atender a tiempo sus necesidades básicas durante los primeros años de vida. El niño con apego seguro es más confiado, descubridor y empático en sus relaciones interpersonales. Hoy, esa teoría es una de las más investigadas, reconocidas y establecidas en el ámbito de la psicología del desarrollo, se ha convertido en el enfoque por excelencia para entender el desarrollo del niño y está siendo utilizada como base y premisa de la mayoría de las investigaciones y políticas sociales y de educación infantil en gran parte de los países desarrollados.

Hacer creer a los padres que la híperestimulación durante los tres primeros años de vida es más importante que la atención afectiva y convencerles de la necesidad de una escolarización temprana ha contribuido a adormecer la conciencia de ser principales educadores y puesto en entredicho su vocación y su competencia educativa, generándoles agobio e inseguridad personal. Esas creencias han despojado a los padres de su rol, reduciéndoles a meros estimuladores y animadores de ludoteca que ni gozan, ni disfrutan de la belleza de su misión.

Esa creencia influyó, como es lógico, en la cuestión de la conciliación. Si los niños no necesitan a sus padres, entonces más vale delegar ese cuidado y escolarizarlos desde los 4 meses. Si el niño está mejor en el colegio, ¿para qué necesitamos una baja de maternidad o de paternidad más larga? Entonces los únicos argumentos que nos quedan son invocar el derecho de la mujer a tenerla, o la obligación del varón a cuidar de sus hijos para erradicar el machismo. Hoy sabemos que la rotación del principal cuidador es uno de los factores que interfiere en la creación del vínculo de apego. Pero preferimos prohibir la transferibilidad de las bajas, porque es más afín a nuestras mentalidades igualitaristas. En definitiva, las necesidades del niño, que deberían ser el principal protagonista de la cuestión, se relegan al segundo plano en un debate ideológico esencialmente adultocéntrico.

¿Qué es la sensibilidad? La sensibilidad (instinto maternal, paternal) es un mecanismo del que dispone la naturaleza para ayudarnos a tomar conciencia de nuestra responsabilidad como primeros educadores, para que seamos capaces de sintonizar con las necesidades reales de nuestros hijos. ¿Debería ser suficiente con el sentido del deber? Sí, pero la naturaleza es generosa y nos facilita el trabajo. Sin embargo, no es suficiente tener ese regalo. Esa sensibilidad se desarrolla a base de pasar tiempo con nuestros hijos, dándonos cuenta de lo que necesitan para su buen desarrollo. En ese sentido el confinamiento ha sido y está siendo una oportunidad única para desarrollar esa sensibilidad maternal y paternal, para consolidar el vínculo de apego / de confianza con cada uno de ellos. En ese sentido, nuestra mirada es clave para transmitirles una actitud positiva y confiada hacía el mundo que nos rodea.

Por último, no iría mal recordar, en tiempos de des-confinamiento, que la disciplina y la responsabilidad social, tanto por parte de los padres como de los niños, no surje de “la nada”, ni de llenar la calle de personas uniformadas repartiendo multas, ni de las instrucciones del “BOE de cada día”. La disciplina social solo es posible cuando existe, previamente, una disciplina y una responsabilidad personal. Y la responsabilidad personal solo es posible cuando asumimos que la persona que actúa es competente, racional, consciente y libre de asumir las consecuencias de sus acciones. Montessori lo ilustraba con un hermoso ejemplo. Explicaba cómo era posible que un grupo de personas se queden en silencio ante un concierto. Nos recordaba que el silencio colectivo no es, o por lo menos no debería jamás de ser, el mero resultado de la imposición colectiva de una norma. En ese caso, la disciplina colectiva es la suma de la disciplina personal de cada uno de los que escucha en silencio. Es el resultado del que ha desarrollado la fortaleza personal y el autocontrol, del que entiende lo que acontece y tiene sensibilidad para apreciar la belleza y la armonía del sonido del conjunto de todos los instrumentos que se oyen en la pulcritud del silencio.

 

Cómo liberar la rabia de manera sana y adecuada: 4 consejos

ARTURO TORRES      |     Psicología y Mente

Diferentes formas de dar salida a ese malestar que puede llevarnos a la hostilidad.

La rabia es un estado psicológico que, a pesar de que acostumbra a ser visto como algo negativo, resulta completamente natural. A lo largo de toda una vida, vamos a experimentarla varias veces, y eso no es en sí algo malo. La clave a la hora de valorar si nuestra relación con la rabia es sana o no, está en ver hasta qué punto nos afecta, y si nos daña significativamente a nosotros o a las personas de nuestro alrededor.

Saber cómo liberar la rabia de manera saludable es uno de los factores más importantes a la hora de no dejar que esta emoción nos domine y nos haga caer en dinámicas destructivas o autodestructivas.

Liberar la rabia de manera controlada y saludable: 4 consejos

Durante mucho tiempo, hemos caído en un error fundamental a la hora de entender lo que es la rabia. Esta trampa consiste en creer que esta emoción es mala porque nos hace pasarlo mal y puede llevarnos a atacar al resto. ¿Dónde está el problema de esta visión de las cosas? En que la rabia no aparece espontáneamente en el interior de uno: surge como consecuencia de una interacción entre individuo y entorno.

Pensemos por un momento en las minorías sociales que tiempo atrás eran discriminadas legalmente y ahora ya no lo son. En ese pasado tan cruel, la frustración y la impotencia de sentirse con menos derechos generaba rabia frecuentemente, y a nadie se le ocurriría pensar que lo problemático de la situación era ese sentimiento, sino el contexto social.

Algo parecido sucede a la hora de comprender por qué es bueno liberar la rabia de manera controlada. Cuando hacemos esto, no estamos expiando ningún pecado, sino actuando activamente para dar salida a una emoción que puede estar justificada o no, pero es natural y en última instancia no ha aparecido porque así lo hayamos decidido libremente. Teniendo en cuenta todo lo anterior, veamos algunos consejos básicos sobre cómo liberar la rabia.

1. Evita sitios bulliciosos o estresantes y busca un lugar tranquilo

Este primer paso es para evitar males mayores, dado que en ambientes con muchos estímulos, es fácil encontrar aún más motivos para estar enfadado. A esto hay que añadirle que con la rabia recorriendo nuestro cuerpo tendemos a ser más propensos a ver motivos para enfadarnos en hechos o situaciones que en otra situación no nos harían sentir esa hostilidad. Se trata de un sesgo que nos puede arrastrar al empeoramiento del problema.

Así pues, nunca está de más tener en mente lugares tranquilos en los que poder estar solos, especialmente en previsión de un diálogo que puede enfurecernos.

2. Coloca pausas en las discusiones

Saber gestionar una discusión también incluye la capacidad de saber liberar la rabia adecuadamente en caso de que esta emoción aparezca. Cuando estamos inmersos en un diálogo, sin embargo, esta tarea incluye tanto la liberación de una cierta cantidad de rabia (no puede ser mucha, ya que la finalidad del diálogo es otra) como la prevención de que esta siga acumulándose. Para ello, puedes hacer dos cosas: evitar elevar el tono de voz, y hacer que tu habla sea algo pausada.

Lo primero puede resultar contraintuitivo, ya que gritar suele estar asociado a la liberación del malestar, pero en el contexto de un diálogo esto no es así, ya que gritar solo nos haría asimilar que ya estamos en una lucha verbal, haciendo que la otra persona reaccione igual.

Hablar de un modo un poco más lento cumple una función parecida, dándonos una excusa para monitorizar nuestro ritmo de hablar, evitando que intentemos abrumar al otro y dominar la conversación por esta vía. Si dejas que pase el tiempo y no aumenten los motivos para sentir enfado, esta rabia que empezaba a ser un problema se desvanecerá sola sin causar problemas significativos, al no haber alcanzado un punto crítico y, por otro lado, haber convertido el diálogo en una batalla.

3. Haz deporte

Si tienes tiempo y no se trata de un sentimiento de rabia muy intenso aparecido súbitamente, sino que llevas sintiéndolo desde hace varios minutos, plantéate la posibilidad de emplear ese estado de alerta y tensión en algo productivo. Por ejemplo, en hacer deporte. El deporte nos plantea la necesidad de liberar energía atendiendo a un objetivo muy claro que requiere toda nuestra atención, por lo cual es una excelente manera de dejar que la ira se vaya sola.

Si sientes mucha rabia, quizás un deporte competitivo no es la mejor opción. En este caso céntrate en ejercicios realizados de manera individual, como por ejemplo hacer flexiones, correr por el parque, etc.

4. ¿Hay algún problema con los videojuegos?

Desde prácticamente sus inicios, los videojuegos han sido criminalizados injustamente, siendo acusados de promover la violencia. Paradójicamente, esto no solo no es cierto, sino que se ha visto que en ciertos casos, jugar a esta forma de entretenimiento puede ser una manera de canalizar la rabia sin dañar a nadie. Sumergirse en un mundo de fantasía y cumplir con los objetivos nos permite liberar energía en un entorno controlado.

martes, 6 de octubre de 2020

¿Qué es el síndrome del corazón roto? | Síntomas, causas y cómo tratar la enfermedad

REDACCIÓN  |   La Vanguardia    |     27/08/2019

“Fallo cardiaco que tiene los mismos síntomas del infarto de miocardio”

El síndrome del corazón roto no es una leyenda, puede ocurrir. También es conocido como miocardiopatía de Takotsubo, síndrome de abombamiento apical o miocardiopatía por estrés. Se trata de un fallo cardiaco temporal cuyos síntomas son similares al infarto de miocardio pero, por lo general, sin graves consecuencias. Recientemente ha sido la causa de la muerte de una anciana en Estados Unidos después de sufrir un robo en su casa. Según datos de la fundación española del corazón suele afectar a mujeres entre 60 y 75 años sanas que sufren un episodio grave de estrés psíquico o físico.

Causas del síndrome del corazón roto .

El desencadenante del síndrome del corazón roto es una debilidad cardiaca transitoria provocada por un episodio grave de estrés psíquico o físico. Como consecuencia de él el ventrículo izquierdo del corazón adquiere una forma similar a la de la vasija aunque no se sufra ateroesclerosis. Se apunta como la causante de el fallo cardiaco temporal la liberación repentina de grandes dosis de catecolaminas, hormonas que contienen adrenalina, noradrenalina y dopamina que funcionan como neurotrasmisores y que son una respuesta del organismo ante una situación de peligro. A dosis muy altas, tienen un efecto tóxico sobre el corazón.

Síntomas del síndrome del corazón roto son:

- Dolor torácico similar al que presentan los pacientes con infarto.

- Falta de aire.

- Pérdida del conocimiento

En casos extremos se produce una parada cardiaca.

Los factores de riesgo para sufrir un episodio del síndrome del corazón roto son:

- Muerte inesperada de un ser querido.

- Un diagnóstico médico de mal pronóstico.

- Maltrato doméstico.

- Perder o ganar mucho dinero.

- Discusiones fuertes.

- Sorpresa inesperada que implique un fuerte efecto emocional.

- Miedo escénico.

- Perder el empleo.

- Divorcio.

- Ataque de asma.

- Un accidente o un traumatismo.

- Efecto de algunos medicamentos como la epinefrina; la duloxetina en pacientes con diabetes o para el tratamiento de la depresión como también puede ocurrir con la venlafaxina o con la levotiroxina en el tratamiento de trastorno de la glándula tiroides.

Diagnóstico del síndrome del corazón roto.

Para el diagnóstico del síndrome del corazón roto es clave diferenciarlo del infarto agudo de miocardio. Es clave conocer si ha habido un episodio de estrés agudo y repentino y también que no haya antecedentes de tabaquismo, hipertensión arterial, niveles altos de grasa en sangre y diabetes.

Entre las pruebas que se realizarán, además de conocer los antecedentes personales y realizar el examen físico y tomar nota de la descripción de síntomas, se harán:

- Análisis de sangre.

- Electrocardiograma.

- Ecocardiograma.

- Radiografía torácica.

- Resonancia magnética cardiaca.

- Angiografía coronaria.

Tratamiento y medicación del síndrome del corazón roto

Los pacientes que sufren un episodio de síndrome de corazón roto suelen recuperarse en el hospital tras la realización de las pruebas médicas y la pauta farmacológica que se les prescribe suele ser betabloqueantes, fármacos que bloquean la acción de la adrenalina y de otras sustancias similares aunque no es un tratamiento a largo plazo. Una vez superada la crisis la recomendación es evitar episodios de estrés.

El síndrome del corazón roto no suele ser aislado. Puede volver a presentarse si se producen las circunstancias que favorezcan un episodio de estrés agudo.

Prevención del síndrome del corazón roto

Reconocer y controlar el estrés en la vida puede ser la pauta de prevención más importante para ayudar a prevenir un episodio del síndrome del corazón roto.

lunes, 5 de octubre de 2020

Hacer varias cosas a la vez no me está dando buenos resultados. ¿Cómo puedo centrar mi atención y mejorar la concentración?

Amit Sood, M.D.     |   Mayo Clinic    |     12/03/2020

No es sorprendente que la multitarea no funcione para ti. En realidad, la multitarea es un mito. En el mejor de los casos, las investigaciones muestran que tu mente solo puede cambiar rápidamente entre tareas. En lugar de tratar de hacer dos cosas a la vez, busca maneras de mantener la concentración en la tarea que estás realizando. A muchas personas les resulta difícil concentrarse, pero es una habilidad que puedes desarrollar. Para mejorar tu concentración:

Reduce las distracciones. Apaga la televisión, deja el teléfono y cierra la sesión de tu cuenta de correo electrónico. ¿No estás convencido de que esto te ayude? Elimina el tiempo de pantalla que no sea esencial durante dos días y comprueba cuánto más puedes hacer.

Planifica períodos de actividad y tiempos de descanso. ¿Eres una persona madrugadora? Entonces, no desperdicies ese tiempo en el correo electrónico. En su lugar, úsalo para abordar proyectos que requieran tu plena concentración. Reserva la tarde para revisar tu bandeja de entrada o ponerte al día con el manejo de archivos.

Sácalo de tu cabeza. Demasiadas notas mentales hacen que tu mente se vuelva desordenada. Todos esos asuntos pendientes pueden desgastar tu energía mental. Escribe lo que tengas en tu mente en un papel o regístralo digitalmente. Piensa en ello como un almacenamiento externo.

Entrena tu cerebro. Cualquier habilidad que valga la pena requiere práctica. Aprender a concentrarse no es diferente. Invierte tiempo en dominar el entrenamiento de la atención, la conciencia plena u otros tipos de meditación. Estas son excelentes maneras de practicar para controlar las distracciones y mejorar el enfoque.

Al mejorar tu concentración, no solo lograrás hacer más, sino que también disfrutarás de una mayor fluidez, cuando estás tan absorto en una actividad que nada más parece importar. La fluidez puede crear una sensación de plenitud, compromiso e incluso satisfacción.

domingo, 4 de octubre de 2020

La depresión acorta la vida

REDACCIÓN    |    La Vanguardia     |     01/10/2020     |     Día europeo de la depresión

Más de 850.000 mayores de 80 años viven solos en España y son susceptibles de desarrollar esta patología que compromete su calidad de vida

Diversos estudios revelan que la felicidad, aunque sea en pequeñas dosis, favorece la longevidad. Por el contrario, la insatisfacción, la tristeza y la depresión tienen justamente el efecto contrario. Los investigadores mantienen que tener relaciones sociales es un factor determinante para vivir más años, mientras que la soledad conduce a la tristeza y de ahí a la decrepitud podría decirse que hay un paso.

Un estudio de la Universidad de Brigham le ha puesto cifra al mayor riesgo de morir que tienen las personas insatisfechas. Concretamente, el centro norteamericano situó en un 50% más el riesgo de muerte de las personas tristes.

El dato tiene un impacto importante si consideramos que la cifra de mayores de 65 años que viven solos en España ronda los 2,4 millones, mientras que los de más de 80 años son 850.000. Y el número no para de crecer.

La felicidad ayuda a llevar una vida más saludable. Del mismo modo que las personas que se relacionan con otras personas se cuidan más y se mantienen más activas. Por el contrario, la soledad, especialmente entre los de más edad, suele conducir al abandono.

Los expertos señalan que el envejecimiento lleva aparejado una serie de situaciones que conducen a la tristeza a muchas personas, aunque no siempre la estación término es la depresión. La jubilación, la ausencia de objetivos, el fallecimiento de familiares y amigos o las enfermedades propias de la edad, son, entre otras razones los factores de riesgo que golpean el estado de ánimo de las personas de más de 65 años.

La falta o limitación de la interacción social es muy evidente en la mayoría de los ancianos que viven solos en España. Esta cifra se ha disparado en los años y compromete el bienestar de los de la tercera edad.

El sector asegurador realizó un estudio en el que se asegura que 1 de cada 6 personas mayores de 65 años tiene síntomas de depresión. Sin embargo, solo 1 de cada 30 acaban por necesitar tratamiento médico especializado y medicación. Se observa que una tendencia entre los ancianos a ocultar sus síntomas y tienen a no quejarse por su situación.

300 millones de personas la padecen en el mundo

La depresión es una enfermedad cada vez más frecuente, pero que en ocasiones no es diagnosticada porque a menudo las personas que no la sufren no la comprenden. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) hay en el mundo alrededor de 300 millones de personas que la padecen. En los últimos años se ha avanzado mucho en el conocimiento social de la enfermedad y en su comprensión, pero sigue siendo una gran incomprendida como sucede con otros trastornos mentales. Hoy 1 de octubre se celebra el Día Europeo de la Depresión para tratar de concienciar a la sociedad de la existencia de esta enfermedad. 

La depresión se confunde en ocasiones con los cambios frecuentes de estado de ánimo y con variaciones emocionales de corta duración que suelen presentarse en el día a día. Es un trastorno que inhabilita y que muchas veces se convierte en un grave problema de salud que puede perdurar durante muchos años. Impide a menudo realizar las tareas cotidianas y limita el retorno al trabajo. En su expresión más grave puede provocar el suicidio. Datos de la OMS indican que se suicidan cerca de 800.000 personas cada año y el suicidio es la segunda causa de fallecimiento en el segmento de edad entre 15 y 29 años.

La medicina ha avanzado muchísimo en la lucha contra esta enfermedad y ya existen tratamientos eficaces para reducir su afectación. Sin embargo, más del 50% de enfermos no accede a estos tratamientos, en parte debido a la estigmatización de los trastornos mentales que provoca que muchos pacientes no acudan al médico. La falta de recursos en muchos países y los diagnósticos poco precisos son dos razones más de esta ausencia de tratamiento. La falta de diagnósticos certeros provoca que en ocasiones enfermos carezcan de atención médica y en otros casos suceda lo contrario y enfermos que no tienen depresión sean tratados con antidepresivos.

Las causas de esta enfermedad son muy complejas y reúnen factores sociales, psicológicos y biológicos. Afrontar situaciones vitales complicadas, como la pérdida del empleo o la muerte de un ser querido, aumenta las probabilidades de tener depresión. También se ha comprobado que hay conexión entre la depresión y una mala salud física. Los trastornos cardiovasculares, por ejemplo, pueden provocar depresión.

viernes, 2 de octubre de 2020

Qué no deberías decirle jamás a alguien que padece una depresión

ROCÍO CARMONA   |   la Vanguardia   |   01/10/2020   

Los datos son apabullantes. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión afecta a más de 300 millones de personas en todo el mundo, lo que quiere decir que una de cada cinco personas la padece. Tras el confinamiento y la crisis sanitaria y social que está implicando la Covid-19 las cifras se han disparado hasta llegar a un 20% más de enfermos.

Y, a pesar de ello, la depresión sigue siendo poco comprendida y está rodeada de mitos que no favorecen precisamente el bienestar de quienes la viven. Hoy se celebra el Día Europeo de la Depresión, una jornada destinada a ampliar la conciencia y el conocimiento alrededor de un trastorno todavía estigmatizado por una parte de la sociedad.

 “Uno de los mitos es pensar que la depresión es una cosa que te generas tú mismo y un problema que tiene que ver con una debilidad individual”, asegura en este sentido Josep Antoni Ramos Quiroga, jefe del Servicio de Psiquiatría del hospital Vall d’Hebron de Barcelona.

Primer mito derribado. Si usted o alguien cercano está deprimido, ya es hora de dejar de lado la idea de que lo que le pasa tiene que ver con alguna tara personal de la que avergonzarse o con una vulnerabilidad excesiva.

¿A qué se debe entonces la depresión? “Hoy en día sabemos que es un trastorno con un trasfondo biológico importante”, asegura el doctor Ramos Quiroga. “Hay una carga genética que nos predispone a padecerla en mayor medida. Incluso sabemos que nuestro perfil inmunológico puede ser un factor agravante o de predisposición, al igual que el tipo de bacterias intestinales que poseemos. También hay que sumar a eso todos los factores ambientales que impliquen un gran estrés, una necesidad de adaptación importante. En función de esas bases genéticas, de la microbiota, de nuestro perfil genético, junto con un estrés mantenido, el organismo puede llegar a desarrollar esos síntomas de depresión”.

De estrés sostenido en el tiempo algunas personas podrían impartir un máster, especialmente en los tiempos que nos ha tocado vivir. Pero hay situaciones que resultan un caldo de cultivo ideal para esta enfermedad mental.

 “Los contextos que favorecen la enfermedad son situaciones que implican un alto estrés emocional, como por ejemplo, la muerte de un ser querido muy cercano. Si ya existe esa predisposición en cuanto a carga biológica, como decía antes, una situación de este tipo puede conducir a un duelo complicado que desemboque en una depresión. En el fondo siempre hay un gran estrés de adaptación”, asegura el jefe de Psiquiatría de la Vall d’Hebron.

Síntomas.- Pero a pesar de que es uno de los trastornos mentales más frecuentes, todavía hay quien confunde depresión con tristeza. “La tristeza forma parte de la normalidad, es uno de los sentimientos que tenemos y es tan normal como puede serlo la alegría”, advierte este especialista.

Y continúa: “En cambio, en la depresión estamos hablando de un trastorno, y por tanto es una situación o enfermedad que condiciona la vida de la persona. Quien la vive observa que hay una tristeza muy profunda, que deja de disfrutar de las cosas como lo hacía normalmente, y que ya no tiene esa sensación de placer estando con la familia, los amigos, practicando deporte… Hay una sensación de pesimismo, de que el futuro no existe, una sensación interna de gran fatiga física, problemas de concentración, de insomnio… También es habitual despertarse mucho antes de lo esperable, a las cuatro o cinco de la madrugada, lo que llamamos un despertar precoz; pérdida de apetito, que puede ser importante. Y todo un cortejo de síntomas en los que la persona pierde el interés por las relaciones personales. Por ejemplo, respecto a lo sexual se da una pérdida de deseo. En el fondo, estar deprimido es sentirse apagado por dentro”, concluye.

También es frecuente en cuadros de depresión que las personas sientan ansiedad o una gran inquietud interna. Pero lo que más la define, según los especialistas, es esa idea persistente −los síntomas deben persistir al menos durante dos semanas de forma continua− de falta de alegría, una tristeza profunda y de no disfrutar u obtener placer de las cosas, lo que se conoce también como anhedonia.

¿Cómo saber, pues, si nos estamos deprimiendo o si un familiar está cayendo en una depresión? “Cuando ves que la persona se va aislando, se va cerrando, que no habla, que tiene problemas para dormir, pierde el apetito, llora fácilmente… Ante este tipo de síntomas debemos estar alerta”, recomienda el doctor Ramos Quiroga.

Teniendo en cuenta lo frecuente que resulta, tampoco está de más saber cómo actuar cuando una persona cercana padece una depresión. ¿Qué comportamientos ayudan y cuáles no? “Hay frases que hunden todavía más a las personas, como el famoso: ‘Pero si no te pasa nada’ o la típica: ‘Venga, anímate”, advierte el especialista.

Y lo justifica: “No es que la persona no quiera estar animada, es que no puede. Si alguien se rompe una pierna seguro que no le diremos: ’Sal a pasear, ve a correr, que así se consolidará antes la fractura’. Es que no puede correr, no puede caminar: la pierna está rota”.

El psiquiatra asegura que “lo que tenemos que hacer es acompañar con un mensaje positivo: ’De esto vamos a salir, te vas a recuperar, vas a estar mejor...’ Y siempre preguntar, no obligar: ’¿Puedes salir a dar un paseo?’. Si la persona nos dice que no, debemos respetarlo, hacerle sentir que estamos cerca, que estamos a su lado, que no va a estar solo. Pero no esa presión de: ’Anímate, recupérate, venga, vamos, que esto no es nada’”.

“Se trata de acompañar, entendiendo cómo se puede sentir esa persona con ese apagón de sentimientos positivos que está viviendo”, reitera.

Respecto al entorno más próximo, los expertos aconsejan quitarse de encima la posible sensación de responsabilidad e incluso de culpa que pueden surgir en relación con la enfermedad de un ser querido. Y cuidarse y dedicar tiempo a uno mismo para poder cuidar al otro lo mejor posible.

Mejor prevenir.- En cuanto a su prevención, el doctor Ramos señala que uno de los aspectos más importantes es, sin duda, mejorar la calidad de vida de las personas, puesto que la mejora de los aspectos sociales incide directamente en el nivel de estrés, el gran disparador de las depresiones.

“También hay aspectos de educación emocional que podemos trabajar desde la infancia de manera que nos ayuden a tolerar mejor las frustraciones, a manejar mejor la distancia que existe a veces entre nuestros intereses y lo que podemos conseguir”, señala este psiquiatra.

Otro aspecto importante es el contacto social. Diversos estudios señalan la importancia que tiene para los enfermos sentirse apoyados por su entorno. “Esto no quiere decir que las personas que sufren depresión no tengan el apoyo de sus seres queridos”, aclara, “pero sí que es cierto que si tenemos un contexto social adecuado este nos ayuda”. Sería como tener a mano unas muletas, volviendo al ejemplo de la pierna rota. La fractura no se va a curar, pero sí nos va a resultar algo más llevadera.

También la hará más llevadera el hecho de desestigmatizarla. Y en este sentido, los especialistas insisten en señalar que a pesar de que tenemos mucha más información al respecto, aún se sigue asociando depresión a debilidad mental, y todavía se considera que las personas que la padecen son, de alguna manera, menos capaces, o que no lo intentan lo suficiente.

En este sentido, explican, la ciencia es clara: “La depresión es una enfermedad real. Tenemos muchas evidencias de alteraciones que se producen en áreas como el hipocampo, podemos ver cómo las personas que la padecen presentan un daño en las conexiones neuronales. También tenemos evidencias de alteraciones del sistema inmunológico, e incluso sabemos cómo algunos relacionados con la dieta pueden tener un efecto sobre ella. Se sabe ya que los condicionantes sociales juegan un papel importante, pues son los principales desencadenantes del estrés, que juega en nuestra contra”.

La realidad de la depresión tiene una cara muy dura. Además del gran malestar de las personas que la sufren, cada año se suicidan en España más de 3.500 personas, y más de 60.000 en toda la Unión Europea. Se estima que en el 90% de esos suicidios estaba implicado un trastorno mental activo, y que en más de la mitad de dichos suicidios el trastorno que había detrás era una depresión mayor. Por tanto, la depresión es uno de los factores de riesgo más importante del suicidio a día de hoy.

Los expertos advierten de que la depresión supondrá también la carga de enfermedad más importante, y con un mayor impacto social, en el año 2050. “Todo lo que podamos hacer para detectarla rápidamente y abordar un buen tratamiento será vital”, explica el doctor Ramos.

Afirma que “existen ya excelentes tratamientos para la depresión mayor. Y además, en 2019 se ha producido una gran revolución en este sentido, con nuevos medicamentos que actúan mucho más rápidamente y que nos van a ayudar sin duda a controlarla para que no se complique ni se cronifique”.

Aunque no solo de medicamentos habla este psiquiatra. La dieta, en particular la dieta mediterránea, puede llegar a tener un papel importante en la mejora de los síntomas e incluso en su prevención: “Un tratamiento que se ha visto que es positivo para la prevención de la clínica depresiva, y que incluso puede mejorar la microbiota, es la dieta mediterránea”, afirma.

Y continúa detallando: “Entre aquellos alimentos que se han visto relacionados con esa mejora se encuentran el brócoli, la ingesta de arándanos, los mejillones, las ostras… Todos ellos pueden tener una relación beneficiosa con aquellas sustancias que necesita nuestro cerebro para evitar la depresión. Hoy sabemos que la gente que sigue la dieta mediterránea tiene menos clínica depresiva”, concluye.

jueves, 1 de octubre de 2020

Comportamiento pasivo-agresivo: sus 10 características

JOAQUÍN MATEU-MOLLÁ     |     Psicología y Mente    

La agresividad es un rasgo básico en muchos de los animales que pueblan la tierra. Lo más común es que se trate de un abanico de actos motivados por el temor y/o la ira, pero también pueden estar implicadas otras realidades cuyo fin conecta con la supervivencia misma (como la dominancia sexual, la territorialidad, etc.).

Se trata, por tanto, de un fenómeno que suele proyectarse al exterior y hacerse muy evidente en el momento en que se expresa. Genera en los demás un daño físico objetivo, o tiene una intención disuasoria respecto a las situaciones que se interpretan de forma hostil o peligrosa (gestos, intenciones, amenazas, etc.).

En el ser humano, no obstante, la agresividad puede adoptar formas mucho más sutiles, que no se detectan con la misma celeridad y cuyo fin es provocar un daño menos evidente (pero igualmente severo) que el señalado hasta este momento.

En estos casos hablamos del comportamiento pasivo-agresivo, un fenómeno que hace uso de nuestras destrezas y habilidades cognitivas para velar actos sociales hostiles cuyas consecuencias inciden dolorosamente sobre la vida emocional. En este artículo abordaremos detalladamente esta interesante cuestión.

¿Qué es el comportamiento pasivo-agresivo?.- El comportamiento pasivo-agresivo fue contemplado, algunos años atrás, como parte de un trastorno de personalidad estructurado y con entidad clínica propia. Pese a esto, en las ediciones del DSM posteriores a la tercera, se excluyó para evitar el posible sobrediagnóstico que parecía precipitar. Desde aquel momento, y hasta la actualidad, se ha considerado como un rasgo que acompaña a las psicopatologías de la personalidad del clúster B (sobre todo la narcisista, la límite y la antisocial), pese a que no siempre se presentan juntas.

Se trata de conductas de naturaleza no verbal, aunque en ocasiones pueden adoptar también el peso de palabras explícitas, o preñadas de una ira sórdida y oculta tras la máscara de su frágil ficción.

Así, incluso los silencios pueden expresar un filo agudo, o devenir el arma con la que hurgar en heridas afectivas. El enfado se alza como el estado interno más frecuente, aunque se opta por no revelarlo a los demás, traduciéndose así en una modalidad de abuso psicológico que daña severamente a quienes se encuentran cerca y erosiona la calidad del vínculo.

El comportamiento pasivo-agresivo no aspira a la resolución de los conflictos, sino que tiene como objetivos la expresión ambigua de las emociones y la producción de algún agravio silencioso. No obstante, únicamente se podría considerar realmente patológico en el instante en que se consolidara como la dinámica social más común en las relaciones interpersonales. Veamos, con más detalle, en qué consiste.

Características más importantes del comportamiento pasivo-agresivo - A continuación encontrarás algunas de las características básicas de las personalidades pasivo-agresivas. No todos los individuos que la muestran cumplen su totalidad, sino que se suele presentar un patrón que las combina de un modo particular para cada caso.

1. Resistencia pasiva y ambigüedad - Es común que la actitud pasivo-agresiva curse con lo que se conoce como resistencia pasiva. En este supuesto la persona mostraría un total acuerdo con aquello que le sugieren, e incluso podría aceptar de buena gana tales peticiones de ayuda, pero posteriormente actuaría como si realmente se opusiera a ellas. Puede obviar la correspondiente responsabilidad o proceder de un modo deliberadamente torpe, por lo que el resultado definitivo devendría insuficiente o contraproducente. De tal manera, mostraría su desacuerdo con la solicitud original que se le hizo, pero sin comunicarlo abiertamente.

2. Sentimiento de incomprensión y falta de aprecio - Las personas que muestran con frecuencia un comportamiento pasivo-agresivo suelen hacer afirmaciones constantes sobre que se sienten incomprendidas por los demás, o utilizan todo tipo de chantajes emocionales para obtener el beneficio que buscan. Entre ellos, es habitual que se acuse a los demás de falta de cariño, o que se tracen comparaciones gravosas en las que otros están implicados, como "tratas bien a todos excepto a mí" o "¿por qué ya no me quieres?". Con tal actitud, tóxica e intencional, pretenden manipular el afecto del interlocutor.

3. Hosquedad - La hosquedad es una característica central de las personas pasivo-agresivas. Se erige como una actitud áspera, descortés e insensible que se despliega al percibirse contrariadas durante sus interacciones con los demás. Lo común es que se dispare ante una crítica, y su objetivo es generar una atmósfera incómoda en la que se provoque un "giro de los acontecimientos" que les beneficie o que invierta la carga de las "acusaciones". Esto es, busca que los demás reconozcan haberse excedido al transmitirles su descontento.

4. Desdén hacia la autoridad - Los sujetos pasivo-agresivos tienen enormes dificultades para reconocer la autoridad en las demás personas, debido a que les resulta muy difícil tolerar la imposición de normas distintas a las eligen para sí mismos y para otros. Este rasgo se agrava durante la adolescencia, una etapa evolutiva en la que concurre a menudo una respuesta de oposición (reactancia) ante las jerarquías y el poder, aunque en este caso se mantiene con idéntica intensidad al llegar a la adultez. De tal manera, no distinguen bien entre el respeto a las reglas mediante las que se rige la vida en común y la pleitesía ante la opresión.

5. Envidia - La envidia es también un rasgo frecuente para el supuesto que nos ocupa, e interactúa de un modo muy estrecho con otros de los descritos en esta lista. Pese a que pueden felicitar a los demás por sus logros y mostrarse pletóricos al conocerlos, albergan dentro de sí mismos una emoción negativa como resultado de estos (y en concreto de no poder adueñarse de ellos o considerarlos propios). En ocasiones, llegan a minimizar la relevancia de tales méritos ajenos y a subrayar los fracasos previos, o incluso los riesgos de que en el futuro puedan diluirse o resultar infructuosos.

6. Quejas sobre la mala suerte - La tendencia lastimera/pesimista es común en las personas con actitud pasivo-agresiva. Una actitud caracterizada por la auto-condescendencia y la voluntad de que otros se compadezcan de ellas, para lo que no dudan en proclamar toda desgracia que les ha tocado vivir como la raíz de aquello que se les pueda reprochar. Suelen hacer creer a los demás que sus fracasos han sido causados por factores externos, como los hados o la fortuna, e incluso culpan a terceros de haber boicoteado sus esfuerzos por lograr lo que se les resistió. Así, rara vez reconocen sus errores.

7. Oscilación entre la actitud desafiante y el arrepentimiento - Pese a que la actitud que nos ocupa se suele caracterizar por la expresión de una violencia velada, algunas veces quienes la ostentan se relacionan de forma pendenciera y beligerante (como si disfrutaran navegando en un entorno enturbiado por conflictos).

Frecuentemente se esfuerzan por enzarzar a quienes tienen cerca de ellos en guerras estériles, las cuales avivan sin dudar a través de comentarios nocivos y de la filtración de los secretos que les confían. A medida que el tiempo pasa, suelen ser consideradas como personas a las que "no se les puede contar nada". Mienten y cuando se les posiciona en un escenario del que ya no tienen escapatoria, optan por rogar el perdón y por promover sentimientos de lástima.

8. Autosabotaje del trabajo que no le apetece hacer - Algo muy común, íntimamente asociado con el rasgo pasivo-agresivo, es el sabotaje de todas las actividades que responden a una demanda externa. En estos casos, cuando se exige una cosa que en realidad no se quiere hacer, llega a aparecer una actitud de entorpecimiento que desespera al sujeto demandante. Los olvidos, la lentitud, la colaboración deficiente e incluso la procastinación; son respuestas deliberadas que pretenden motivar una forma de agresión sucinta: estorbos en las responsabilidades de tipo laboral/académico, demoras en proyectos compartidos, etc.

9. Protesta de que las demás personas hacen demandas excesivas y tendencia a la sobreargumentación - Con el fin de liberarse de la responsabilidad, a veces llegan a acusar a otros de que exigen demasiadas tareas, hasta el punto mismo de desbordar sus recursos de afrontamiento. Por ello pueden referir que se sienten "estresados" por las actividades que les han encomendado, pese a que no existe evidencia razonable para esta queja. Cuando se ahonda en los motivos que subyacen a tales negativas, aluden a una retahíla de argumentos deshilvanados, tras los que se oculta la realidad.

10. Obstrucción de los esfuerzos ajenos - Además de no participar en los esfuerzos que se articulan para la consecución de una meta común, las personas pasivo-agresivas pueden ejercer violencia dificultando a los demás que logren el éxito en sus propias tareas.

Nota.- He acortado un poco el artículo, pero si a alguien le interesa leerlo completo, puede buscarlo con los datos que pongo en el encabezamiento. Saludos.