martes, 11 de junio de 2024

Defusión cognitiva: una aliada contra los pensamientos intrusivos

 Equipo editorial      |     La Mente es Maravillosa     |     18/03/2024

¿Alguna vez has sentido que los pensamientos intrusivos parecen tomar el control de tu mente? Si tu respuesta es afirmativa, la defusión cognitiva puede ayudarte a afrontar esta batalla interna. Aprender a emplear esta técnica psicológica puede mejorar la relación que tienes con esas ideas que, en ocasiones, pueden llegar a obsesionarte.

Lidiar con los pensamientos obsesivos y perturbadores puede llegar a ser todo un desafío. Sin embargo, observar estas ideas desde la distancia y de forma comprensiva te permite liberarte del control que ejercen sobre ti. Cultivar el autoconocimiento y tener una actitud más compasiva hacia ti mismo pueden transformar por completo tu vida.

¿Qué es la defusión cognitiva y para qué sirve?

La defusión cognitiva es una técnica psicológica de la terapia de aceptación y compromiso (ACT) que nos invita a cambiar nuestra relación con los pensamientos intrusivos. En lugar de entrar en una batalla contra ellos, nos enseña a mirarlos desde fuera, como si fueran nubes que pasan en el cielo.

 

De esta manera, podemos permitir que esas ideas fluyan por nuestra mente sin que nos afecten de manera abrumadora en nuestro día a día. La defusión cognitiva es una estrategia muy utilizada en aquellos pacientes que acuden a una consulta psicológica online o presencial para aprender a lidiar con los pensamientos que tanto les preocupan y obsesionan.

 

Acorde con un estudio publicado en la revista Behavior Modification, emplear la defusión cognitiva cuando se tiene un pensamiento intrusivo puede ser de gran beneficio, puesto que ayuda a disminuir la credibilidad de dicha idea, y tener una mejor disposición para analizar la situación hipotética de forma objetiva.

Técnicas más utilizadas de difusión cognitiva

Existen varias formas en las que puedes aplicar la defusión cognitiva en tu día a día. Estas pueden ayudar a liberarte de la influencia de los pensamientos intrusivos y a mejorar tu bienestar emocional. Estas son algunas de las técnicas más populares y efectivas:

·        Observación de pensamientos: significa observar las ideas que cruzan tu mente de manera objetiva. En lugar de identificarte con los pensamientos o dejarte llevar por ellos, solo los observas como eventos mentales que vienen y van.

·        Metáfora: se utiliza para cambiar la relación que tienes con tus pensamientos. Puedes imaginar tus ideas como hojas flotando en un río, y tú estás en la orilla observándolos pasar. Así te das cuenta de que estas ideas no son parte de ti ni te definen.

·        Repetición de palabras: consiste en repetir una palabra intrusiva una y otra vez hasta que pierda su significado y su poder sobre ti. Por ejemplo, si tienes pensamientos negativos por miedo al fracaso en tu trabajo, puedes repetir la palabra «fracaso» en voz alta o en tu mente hasta que pierda su carga emocional.

·        Distanciamiento con los pensamientos: en esta técnica, te imaginas a ti mismo viendo tus pensamientos desde la distancia. Esto te ayuda a darte cuenta de que estas ideas no son necesariamente la realidad, sino percepciones subjetivas que pueden cambiar con el tiempo.

 

4 aplicaciones de la defusión cognitiva

El poder que otorgamos a algunos pensamientos puede llegar a afectar nuestro bienestar físico y mental. Por fortuna, la defusión cognitiva tiene una amplia gama de aplicaciones en diferentes áreas. Aquí te presentamos algunas de ellas:

1.Trastornos mentales

La orientación psicológica es indispensable para que la defusión cognitiva sea complementada con terapia.

Debido a sus beneficios, la defusión cognitiva se suele utilizar en el tratamiento de diversos trastornos mentales. Tales como el trastorno obsesivo compulsivo (TOC), el trastorno de estrés postraumático (TEPT), la depresión y la ansiedad.

En el caso del TOC, donde los pensamientos intrusivos y las compulsiones pueden dominar la vida de una persona, la defusión cognitiva ayuda a los individuos a separarse emocionalmente de estas ideas obsesivas, permitiéndoles resistir la urgencia de realizar rituales compulsivos.


Por su parte, ya que el TEPT puede conllevar a recuerdos traumáticos que desencadenan respuestas de estrés abrumadoras, la defusión cognitiva ayuda a las personas que lo padecen a desvincularse de esos recuerdos generadores. Esto reduce su impacto emocional y promueve la recuperación mental de los pacientes.


Y al hablar de la depresión y la ansiedad, donde las ideas de tipo anticipatorio y catastróficas pueden obstaculizar el funcionamiento diario, esta técnica ofrece herramientas para observar estos pensamientos con distancia y objetividad. Lo que permite mejorar el estado de ánimo y reducir la intensidad de los síntomas.

2. Relaciones interpersonales

Las diferentes estrategias de defusión cognitiva pueden mejorar la calidad de las relaciones interpersonales con amigos, familiares y colegas. Al ayudar a las personas a gestionar las tensiones de manera más efectiva, estas pueden resolver sus conflictos con mayor objetividad.

De esta manera es más fácil discernir entre los pensamientos como el rencor o el perjuicio. Este saber separar lo que nos influencia negativamente de lo que no, facilita la comunicación abierta y la resolución de problemas. De igual manera, la defusión cognitiva también puede mejorar la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Una investigación publicada en Journal of Contextual Behavioral Science, sugirió que esta técnica psicológica puede mejorar los pensamientos negativos relacionados con la imagen corporal. La repetición vocal rápida puede reducir la incomodidad y la credibilidad de las ideas con influencia negativa en torno a nuestro cuerpo que deterioran nuestra autoestima y autoconcepto.

3. Ambiente laboral 

La defusión cognitiva puede ayudar a los empleados a manejar el estrés y la presión laboral. Esto a razón de que les permite separarse de los pensamientos excesivos sobre el trabajo (como la preocupación por el rendimiento o el miedo al fracaso) y concentrarse mejor en sus tareas y mantener una actitud más positiva.

4. Estudios y rendimiento académico 

Los estudiantes pueden beneficiarse de la defusión cognitiva para manejar la ansiedad relacionada con los exámenes, el miedo al fracaso y otros pensamientos que pueden interferir con su rendimiento académico. Es una técnica que les ayuda a mantener la calma y la concentración durante los períodos de estudio y evaluación.

La defusión cognitiva puede mejorar tu salud mental

Al permitir a las personas separarse emocionalmente de los pensamientos intrusivos, la defusión cognitiva acompañada de terapia profesional puede ser una gran aliada de quienes sufren de trastornos mentales o quieren mejorar su estado de bienestar mental.

Así que, no dudes en buscar ayuda psicológica y comienza a utilizar esta técnica de manera efectiva. Esta puede ser una herramienta prometedora para mejorar tu calidad de vida.

sábado, 8 de junio de 2024

Anders Hansen, psiquiatra:"Hay tres cosas que nos protegen de la depresión: la actividad física, el sueño y las conexiones sociales"

LAURA MIYARA     |     La Voz de Galicia-La Voz de la Salud   |   15/03/2023

Anders Hansen es psiquiatra en el instituto Karolinska, en Estocolmo.

El experto en el funcionamiento del cerebro explica el origen de los trastornos mentales desde una perspectiva evolutiva

El psiquiatra Anders Hansen está convencido de que debemos entender el funcionamiento del cerebro desde el punto de vista de la evolución de la especie humana. En su nuevo libro, El cerebro depre, desarrolla esta perspectiva de los problemas de salud mental. Su visión es pragmática y ofrece respuestas concretas y soluciones que todos podemos implementar en el día a día. Por supuesto, esto incluye un estilo de vida sano con una buena base de ejercicio y alimentación saludable. Pero también hay pequeñas cosas tan sencillas como hablar por teléfono con nuestros seres queridos que pueden ayudarnos. En diálogo con La Voz de la Salud, el experto explica las claves del bienestar emocional que aplica con sus pacientes en Estocolmo.

—¿Cuáles son las causas de la ansiedad a nivel cerebral y evolutivo?

—La mejor manera de describir la ansiedad es como un estrés por adelantado. Si mi jefe me regaña, eso me va a generar estrés. Y si pienso «Igual mi jefe me regaña mañana», voy a tener ansiedad. En ambos casos ocurre lo mismo. Tanto con el estrés como con la ansiedad, entramos en modo de lucha o escape, y nuestro eje hipotalámico-pituitario-adrenal (HPA) incrementa su actividad. En el estrés, esto sucede por una amenaza real aquí y ahora; en la ansiedad, sucede por la posibilidad de una amenaza. Al cerebro le gusta presentar distintas cosas como posibles amenazas. ¿Por qué? Porque durante el 99 % de la historia de nuestra especie en este planeta, la mitad de los humanos morían antes de llegar a la adolescencia. Ver el peligro en todas partes y prepararse para lo peor fue lo que ayudó a la humanidad a sobrevivir. Pero ver peligro en todos lados es lo que hoy llamamos ansiedad. Desde una perspectiva neurológica y evolutiva, no es llamativo que algunas personas tengan ansiedad, lo llamativo es que haya algunas personas que no la tengan.

—¿Por qué experimentamos emociones?, ¿cómo puede ayudarnos esta perspectiva evolutiva del cerebro a entenderlas?

—Experimentamos emociones porque el cerebro está intentando empujarnos hacia comportamientos que nos ayuden a sobrevivir. Sentimos hambre y eso nos lleva a comer, sentimos sed y eso nos lleva a beber. La ansiedad nos lleva a mantenernos fuera de peligros. Las emociones fueron desarrolladas a lo largo de millones de años para modificar nuestro comportamiento, no para hacernos felices ni para proporcionarnos una vida interior más profunda. Yo veo las emociones como susurros de nuestros ancestros que, contra todo pronóstico, sobrevivieron a hambrunas, deshidratación, infecciones, accidentes y asesinatos. Entender las emociones desde la perspectiva del cerebro es una nueva manera de entender la salud mental. Todos sabemos que deberíamos dormir bien, hacer ejercicio y dedicar tiempo a ver a nuestros amigos de forma presencial. Pero cuando descubres que todos esos factores afectan a tu cerebro, eso te motiva más a hacerlo. Por eso he querido escribir este libro. Hay un potencial tremendo en este conocimiento.

—¿Qué impacto tiene la actividad física en nuestra salud mental?

—La actividad física es extremadamente importante para la salud mental. Es tanto una forma de prevenir la depresión y la ansiedad como un tratamiento para ambas. La actividad física calma el eje HPA, que es nuestro principal motor del estrés. El cerebro genera emociones a partir de información que obtiene de nuestros sentidos, es decir, del exterior, y de nuestro cuerpo, de su interior. Por lo tanto, el estado de los órganos del cuerpo es muy importante a la hora de determinar nuestras emociones y, si hacemos ejercicio, los órganos se van a encontrar mejor, vamos a ser más fuertes. Esto aumenta las probabilidades de que el cerebro genere emociones agradables y limita las posibilidades de que genere emociones desagradables.

—¿Cómo impacta la soledad en el cerebro?

—Somos una especie ultrasocial. El motivo de esto es que estar por fuera del grupo era peligrosísimo para nuestros ancestros. Estar integrado en un grupo era tan importante para ellos como alimentarse. Si el hambre es la señal que nos indica que tenemos que ocuparnos de ingerir calorías, la soledad es la señal de que debemos atender a nuestras necesidades sociales. Cuando nos sentimos solos, experimentamos de base un nivel constante de estrés. A nivel evolutivo, la soledad significaba un mayor riesgo de que te maten. Es por eso que el sistema del estrés se activa con la soledad. Y la soledad no solo está relacionada con la depresión, sino que es un factor que empeora el pronóstico si hablamos de enfermedades cardiovasculares. Los motivos de esto probablemente tengan que ver con ese estrés que genera la soledad. Sin embargo, romper con esa soledad a nivel cerebral no es tan complicado. Llamar a tus padres o a tus abuelos es suficiente. Con esto le envías al cerebro la señal de que estás conectado con un grupo y eso no solo mejora tu estado de ánimo, sino que reduce el estrés, favoreciendo la longevidad.

—En el libro explicas que la depresión afecta más a las sociedades cuanto más desarrolladas estén. ¿A qué se debe eso?

—Nadie lo sabe con certeza, pero hay tres cosas que nos protegen de la depresión: la actividad física, el sueño y las conexiones sociales. En la sociedad moderna, nos movemos menos, dormimos menos y nos reunimos menos de manera presencial. Como consecuencia, perdemos esa protección frente a la depresión y nos volvemos vulnerables. Si miramos a la gente que vive como vivían nuestros ancestros, cazando y recolectando, la depresión en esos grupos parece ser poco común. Yo pienso que eso se debe a su estilo de vida: se mueven más, duermen mejor y viven en comunidades con lazos estrechos entre todas las personas. Podemos aprender de estas sociedades varias lecciones acerca de nuestro bienestar. Una muy importante es incorporar el ejercicio físico a nuestro día a día. El ejercicio no tiene necesariamente que ver con competir, correr maratones o estar en forma. Se trata de ir en bicicleta a trabajar en lugar de conducir, o subir por las escaleras en vez de usar el ascensor.

—¿Cómo se relaciona la depresión con el sistema inmunitario?

—El sistema inmunitario le envía señales al cerebro. Por ejemplo, cuando sufrimos una infección, el cerebro recibe una señala que baja nuestro estado de ánimo y nuestra energía disminuye. Cuando estamos tristes, queremos descansar. Esto tiene sentido, porque cuando tenemos una infección, necesitamos preservar nuestra energía para poder recuperarnos. Sin embargo, nuestro estilo de vida actual, caracterizado por el sedentarismo, la privación de sueño, el estrés y la comida procesada, nos lleva a tener inflamación, que es lo mismo que ocurre cuando padecemos infecciones. Es decir, con este estilo de vida le enviamos al cerebro la misma señal que cuando estamos enfermos: «Estoy infectado, va a ser mejor que me refugie bajo una manta para ahorrar energía». En consecuencia, nos sentimos sin ánimos. Esto parecerá una simplificación, pero lo cierto es que un tercio de todas las depresiones han demostrado estar relacionadas con estos procesos inflamatorios. Eso no quiere decir que una dieta antiinflamatoria sea un tratamiento adecuado para la depresión. No es así de simple. Pero hay una conexión entre la inflamación y el estado de ánimo. Cuando aceptamos esto, entendemos por qué dormir bien, reducir el estrés y hacer ejercicio son elementos tan importantes para nuestra salud emocional.

—¿Por qué dices en el libro que no estamos programados para ser felices y que deberíamos dejar de obsesionarnos con la felicidad?

—Si «felices» significa sentirnos bien todo el tiempo, mi respuesta es que simplemente no estamos hechos para eso. Si te sientes bien, vas a bajar la guardia. Y durante el 99,9 % de la historia de la humanidad, no podíamos permitirnos eso. Si los humanos estuviéramos felices de manera constante, habríamos dejado de buscar recursos y nos habríamos muerto de inanición. El punto es que no estamos buscando la felicidad. Buscamos lo que nos hace sentir bien, y ahí está la trampa. La mayor mentira acerca de nuestra naturaleza es esta idea que nos hemos creído de que, si seguimos nuestros instintos y hacemos lo que nos hace sentir bien en cada momento, seremos felices. Nuestros instintos nos han permitido sobrevivir en un mundo lleno de peligros en el que las calorías y los recursos eran escasos, pero no nos harán felices en un mundo seguro en el que los recursos abundan. Una forma de escapar a esta lógica es practicar la meditación o el mindfulness. Personalmente, he podido aprender a través de la meditación cómo funciona mi cerebro y he observado cómo crea una cantidad infinita de ideas.

—¿Qué consejos darías a alguien que está pasando por una depresión?

—Lo más importante es que busque ayuda. Decirle a alguien que sufre depresión que puede salir por sí solo es como decirle a alguien con diabetes que puede modificar por pura voluntad sus niveles de glucosa en sangre. Esto no es así. Por eso siempre les digo a mis pacientes que las depresiones y la ansiedad no tienen nada que ver con una debilidad de su carácter. Los brazos fuertes pueden levantar objetos pesados y las piernas fuertes corren rápido, pero los cerebros fuertes no son aquellos que no se ven afectados por períodos prolongados de estrés, sino aquellos que nos permiten sobrevivir. Aun si eso significa percibir el peligro de manera desmedida, como ocurre cuando tienes ansiedad, o encerrarte en ti mismo, como cuando tienes depresión. Como psiquiatra, he visto cuán importante puede ser ver las depresiones y la ansiedad desde esta perspectiva para entender que no estás roto por tenerlas. El hecho de que estés pidiendo ayuda es un signo de fortaleza. Es tan normal pedir ayuda para tratar una depresión como pedir ayuda para tratar la diabetes. 

viernes, 7 de junio de 2024

La psiquiatra María Velasco explica junto a Joaquín Prat cómo las amistades determinan la calidad de tu vida ¿Hay que tener un buen grupo?

 ABEL CUARTERO ESCARTÍN       |   La Vanguardia    |    06/06/2024

Joaquín Prat puede presumir de ser uno de los rostros televisivos más populares de estos últimos tiempos. El presentador se ha convertido con los años en uno de los nombres principales de Telecinco al estar al frente de Vamos a ver junto a Patricia Pardo, ocupando una de las franjas horarias más importantes de la parrilla.

En el programa, el periodista aborda temas muy amplios, desde la actualidad hasta la prensa del corazón, y es eso lo que le ha hecho convertirse en un conductor transversal. Y es en este tipo de programas donde conoció a la Dra. María Velasco, una médico psiquiatra que acude muy a menudo al mencionado espacio, aunque esta vez ha sido Prat el que se ha pasado por su podcast Raíces.

En este programa, la doctora aborda diferentes aspectos de la vida, y, junto a Joaquín Prat, ha querido traer diferentes puntos relacionados con el concepto de la amistad. “Hoy vamos a hacer un recorrido a lo largo de la vida, de cómo transformamos el concepto de amistad y vamos a darle la gran importancia que realmente tiene en nuestras vidas”, expresa Velasco en la descripción.

 

A todo esto, el propio presentador ha querido dar su punto de vista sobre este asunto, que parece tener muy claro. “Para mí la amistad es el vínculo que hace que puedas compartir con alguien todo aquello que a ti te apetezca. Siempre he pensado que lo más difícil de una amistad es saber cuidarla”, ha relatado.

Y es que cree que muchas veces no ha cuidado lo suficiente a sus amigos, como sí lo hace con la familia o con los retos profesionales: “Parece que los amigos siempre tienen que estar, pero siento que muchas veces personalmente no los cuido como debería cuidarles”. Aunque, a veces, hace todo lo contrario: “Que me voy a desapegar un poquito porque no siempre recibes lo que das”.

Con esta premisa, la María Velasco ha expuesto que existen roles dentro de una amistad. “Están los amigos del trabajo, los amigos del barrio, con los que sales a hacer deporte...”, ha añadido Prat. Y aquí entraría el concepto de pertenencia a un grupo, que según la doctora es “importantísimo”.

María Velasco y Joaquín Prat ponen sobre la mesa las amistades de barrio

“Esos son los que más me duran, los de la pandilla del barrio, los de 13, 14, 15 años. Esas amistades que se forjan en ese momento, en mi caso, son las que perduran”, ha expuesto Prat. “Sobre todo, si es un lugar al que puedes regresar, si es un barrio, un pueblo, esas amistades perduran mucho”, ha añadido la psiquiatra.

Tras esto, el presentador ha confesado haber tenido en esas edades amistades que no gustaban mucho a sus padres. “Eran trastos… a ver es que yo pienso lo que he hecho cuando era adolescente y joven, y menos mal que no hay huella digital, porque si lo llego a colgar en las redes sociales no tengo trabajo ni en instituciones penitenciarias. No, no he cometido ningún delito, al menos conscientemente”, ha comentado entre risas.

6 frases que te dices sin pensar y que sabotean tu felicidad

 DIANA LLORENS       |      cuerpomente.com     |     18/04/2024

Nuestro crítico interior nos sabotea constantemente con frases que atacan nuestra autoestima y no nos dejan ser felices. Saber reconocerlas es el primer paso para cambiar.

A menudo, nosotros somos nuestros peores enemigos. Nos exigimos demasiado y nos “maltratamos” haciéndonos creer que no valemos lo suficiente, que no estamos a la altura y que no merecemos ser felices.

 “Nuestros cerebros están programados con un sesgo de negatividad, una programación que hace que los acontecimientos negativos dominen nuestro mundo interior por encima de los positivos”, asegura la psicoterapeuta neoyorkina Katie Krimer. Además, tenemos tendencia hacia el egocentrismo, a considerarnos el centro del universo y a no valorar otras perspectivas. Así, nuestro crítico interno se vuelve incansable: nos habla todo el rato y nos hace dudar de nuestras capacidades. Afortunadamente, podemos acallarlo si aprendemos a reconocer sus prácticas.

Krimer habla de ello en su último libro, 40 técnicas para superar el autosabotaje mental y acallar a tu crítico interior, publicado por la editorial  Sirio. En él identifica aquellas frases que solemos decirnos a nosotros mismos y con las que boicoteamos nuestra felicidad, y explica cómo liberarnos de nuestra propia toxicidad con ejercicios prácticos.

Estas son algunas de las frases que destaca, ¿te las has dicho alguna vez?

1. “LA VIDA ES UNA PUTADA”

Sin duda, la vida puede ser muy complicada y todos vivimos momentos duros. La clave está en aceptar la realidad presente, ya sea una muerte, la pérdida de una amistad, un desengaño amoroso, un fracaso profesional o económico… Aceptar no significa que nos tenga que gustar la situación, sino en reconocer la realidad tal como es (con todo lo desagradable que tiene) y dejar de intentar cambiarla.

Insistir en lo mucho que nos disgusta cómo son las cosas en el momento presente nos mantiene atrapados en el pasado o en una visión alternativa e incontrolable de nuestro presente”, asegura Krimer.

2. “YO SOY ASÍ”

Las creencias centrales que tenemos sobre nosotros mismos son, según Krimer, las más difíciles de cambiar, pues están fuertemente arraigadas. Solemos llevar tantos años convencidos de ellas que descartamos todo aquello que las contradiga.

Creencias centrales como “Soy un fracasado”, “soy mala persona”, “soy débil”, “no valgo nada”… solo son ciertas porque hemos elegido creerlas, asegura la psicoterapeuta. Si te atreves a analizar estas creencias y cambiar de perspectiva, verás cómo te han estado limitando.

3. “LO BUENO DURA POCO”

En lugar de disfrutar de lo bueno, muchas personas tienden al pesimismo, a considerar que inevitablemente llegará una tragedia que empañará la felicidad. “Elegimos el monólogo derrotista, y esto lo que hace es garantizar el sufrimiento en el presente”, señala Krimer.

No querer confiar demasiado en lo bueno y adoptar una postura derrotista solo nos priva de disfrutar el presente y nos convierte en unos aguafiestas. En cambio, podemos relajarnos y disfrutar de las cosas con plenitud mientras duren, porque ya sabemos que nada es eterno.

Eso no quiere decir que no sucedan cosas buenas para celebrar. Se trata de cambiar la actitud para pasar del “nada bueno dura” a “algunas cosas buenas sí duran, y no tengo que vivir temiendo que acaben”, señala la experta.

4. “NO QUIERO SENTIRME ASÍ”

Ya desde la infancia, hay ciertas emociones que se potencian y otras que aprendemos que son “malas” y las empezamos a evitar o tapar. Cuando experimentamos estas emociones “malas”, en lugar de considerarlas algo natural, las vivimos con dolor, como una experiencia negativa.

Krimer sugiere que hay que aprender a ser un observador de las experiencias interiores, sin juzgarlas, sin etiquetarlas como “buenas” o “malas”.

5. “ME LO TOMO TODO MUY A PECHO”

Nuestros cerebros están programados para que seamos el centro de nuestro propio universo mental”, explica Krimer. Tendemos a personalizar todo lo que nos ocurre y a darnos por aludidos con demasiada frecuencia, aunque las cosas que sucedan a nuestro alrededor no tengan que ver con nosotros.

En lugar de tomarte a mal las críticas o comentarios de los demás (siempre que se hagan de forma constructiva y con respeto), intenta comprender el por qué y valorar que, en la mayoría de los casos, los otros no quieren herirnos o denigrarnos.

6. “LA VERDAD ES QUE NO TENGO NINGÚN TALENTO NI NINGUNA HABILIDAD ESPECIAL”

Aunque no lleguemos a ser Einstein, todos tenemos talentos y habilidades, aunque a veces nos cueste reconocerlas en nosotros mismos. Además de habilidades más reconocibles como pueden ser pintar, destacar en algún deporte o ser bueno en matemáticas, hay muchísimas otras que pueden ser más difíciles de identificar, como las comunicativas o de resolución de problemas, entre muchas otras.

Para encontrar tus talentos o habilidades, Krimer propone diferentes estrategias, como preguntar a aquellas personas que mejor te conocen, echar la vista atrás a la infancia o rememorar los logros que has conseguido a lo largo de la vida.

miércoles, 5 de junio de 2024

Anna Lembke, experta en adicciones:"Todo el mundo debería hacer un ayuno de dopamina durante cuatro semanas"

 LAURA MIYARA      |      La voz de galicia-La voz de la salud    |     29/06/2023

La investigadora de la Universidad de Stanford es experta a nivel mundial en el tratamiento de la adicción y señala que el cerebro humano ha evolucionado para un mundo de escasez.

Cuando pensamos en la palabra «adicción», probablemente la asociamos a drogas ilegales como la cocaína o la heroína. La sombra del estigma se proyecta sobre estas conductas y es conocido el riesgo que suponen para la salud e incluso la vida. Pero el abanico de sustancias, sensaciones y actividades a las que podemos hacernos adictos es muy amplio. Cuando se trata de algo socialmente aceptado, es más difícil reconocer el límite entre un hábito, consumo o actividad placentera y una adicción. Esto es lo que le ocurrió a la doctora Anna Lembke, psiquiatra e investigadora de las adicciones de la Universidad de Stanford, considerada una de las máximas expertas a nivel mundial en la materia.

Durante la década de sus 40 años, con sus hijos ya adolescentes y un poco más de tiempo libre en sus manos, Lembke se volcó en la lectura de novelas románticas. Comenzó por la saga de Crepúsculo y, para cuando se dio cuenta de que tenía un problema, había llegado al punto de descargar compulsivamente novelas eróticas en su Kindle, solo para saltar los capítulos introductorios y llegar de manera directa al clímax, el momento inevitable en la fórmula narrativa de estos libros en el que los personajes, después de una larga tensión, finalmente consuman una relación sexual. Leía a todas horas. Incluso, confiesa, leía en su consulta, entre paciente y paciente. Hoy reconoce que su adicción, al igual que todas, estaba mediada por la acción de un único neurotransmisor, la dopamina. Su nuevo libro, Generación dopamina (Urano, 2023), explora los mecanismos cerebrales que nos llevan a consumir de forma descontrolada todo tipo de cosas, desde pastillas hasta vídeos de YouTube, y responde a la pregunta: ¿por qué somos más infelices que nunca?

—¿Cómo actúa la dopamina en nuestro cerebro?

—El cerebro funciona como una balanza con dos extremos: placer y dolor. Cuando la balanza está equilibrada, podemos experimentar placer si se inclina un poco hacia un lado y dolor si se inclina hacia el otro. Este equilibrio es lo que el cerebro intenta mantener y se llama homeostasis. Entonces, si hay cualquier desviación, el cerebro se va a esforzar en restablecer el nivel de base. Y la forma que tiene de restablecer el equilibrio es aplicando una inclinación de idéntica magnitud, pero de valencia opuesta al estímulo experimentado. Cuando hacemos algo que refuerza la liberación de dopamina, la balanza se inclina hacia el lado del placer activando el circuito de la recompensa. Lo que ocurre es que el cerebro se adapta a ese incremento en la secreción de dopamina desacelerando la transmisión de esta, no solo hasta los niveles de base, sino por debajo de ellos. Y entonces, deseamos repetir el comportamiento que nos da un estímulo placentero, para volver a sentir placer.

—¿Por qué es tan difícil romper con ese ciclo de estímulo, recompensa, bajón y deseo de volver al estímulo?

—Nuestro cerebro evolucionó para adaptarse a un ambiente en el que predominaba la escasez, en el que teníamos que esforzarnos mucho para conseguir una cantidad mínima de dopamina. Pero hoy tenemos acceso instantáneo a reforzadores muy potentes que liberan grandes cantidades de dopamina de una sola vez. Lo que ocurre es que estamos presionando muy fuerte el lado de la balanza que corresponde al placer. Liberamos un montón de dopamina e inmediatamente después esta cae en picado. En cuanto llegamos a ese valle, queremos más placer. Lo que pasa cuando las personas entran en el terreno del consumo compulsivo es que quedan atascadas en un déficit de dopamina, porque han modificado su estado de base. Entonces, necesitan consumir más simplemente para tener una sensación de normalidad y cuando no están consumiendo, experimentan de manera persistente los síntomas de la abstinencia de cualquier sustancia: ansiedad, irritabilidad, insomnio, depresión.

—¿Esto puede ocurrir con otras cosas aparte de las drogas?

—Sí. Las conductas compulsivas encienden el mismo circuito de recompensa que las drogas y el alcohol, porque pueden liberar dopamina.

—¿Eso es lo que ocurre con la ludopatía, por ejemplo?

—Tenemos la noción de que los ludópatas son adictos al dinero y, por supuesto, interesarse por el dinero es lo que hace al juego inicialmente atractivo, pero a medida que la gente entra en la mentalidad de adicción al juego, ya no se trata realmente de dinero, sino que se vuelven adictos al ciclo de dopamina que genera el juego en sí. Los estudios de imagen del cerebro humano muestran que quienes juegan de manera patológica, a diferencia de los que juegan de manera recreativa, liberan dopamina no solo cuando ganan, sino también cuando pierden, porque perder significa que van a poder seguir jugando. Porque se dicen a sí mismos que van a parar una vez que hayan ganado una determinada cantidad de dinero, pero, como son adictos, no pueden. Entonces, en cierto modo, quieren perder para justificar su comportamiento.

—¿Por qué nos enganchamos a estas conductas y drogas?

—Tenemos drogas mucho más potentes que aquellas a las que tenían acceso nuestros antecesores y tenemos acceso constante a ellas. Y el acceso es uno de los grandes factores de riesgo para desarrollar adicciones. Si vives en un barrio en el que se vende droga, es más probable que las consumas, y si las consumes, es más probable que te hagas adicto a ellas. Si la gente tuviera el mismo acceso a la cocaína que al TikTok, habría muchísima más gente adicta a la cocaína. Luego, cuanto más consumes y más frecuentemente lo haces, más cambias tu cerebro empujándolo hacia ese déficit de dopamina. Entonces, potencia, acceso, cantidad y novedad. Esos cuatro factores son determinantes para desarrollar adicciones y su presencia hace del mundo moderno un espacio muy desafiante en el que intentar no volvernos adictos.

—Otro de los factores que menciona en el libro es el tiempo libre...

—No solo tenemos más tiempo libre que nunca antes en la historia, sino que también tenemos mayores ingresos, lo que nos da acceso a bienes de consumo. Eso significa que tenemos que ser más creativos en cuanto a cómo pasamos nuestro tiempo, porque tenemos más libertad de elección y aumenta el riesgo de usarla para acceder a placeres inmediatos. El aburrimiento está siempre acechando y necesitamos darle una estructura y un propósito a nuestra vida para no caer. Se esperaba que con la creciente democratización del mundo, con el aumento de la riqueza y el mayor acceso a los alimentos, el tener cubiertas las necesidades básicas nos permitiría destinar más tiempo a actividades creativas como pintar o hacer música, pero nos pasamos el día jugando videojuegos, viendo TikToks y comprando en línea. Esto es lamentable, pero pienso que tenemos que tener compasión por nosotros mismos y reconocer que iría en contra de nuestro desarrollo evolutivo no consumir. Estamos programados para consumir, porque evolucionamos para adaptarnos a un mundo de escasez, que no es el que tenemos hoy. Entonces, tenemos que ser muy deliberados al operar en este mundo de abundancia. En particular, tendremos que privarnos intencionalmente de cosas que podríamos estar haciendo y consumiendo.

—¿Hay factores protectores frente a las adicciones?

—El riesgo de adicción se puede dividir en tres categorías: naturaleza, desarrollo y entorno. La naturaleza es el riesgo inherente que cada uno tiene. Venimos al mundo con distintos grados de vulnerabilidad y eso es hereditario, no hay mucho que podamos hacer para cambiarlo. Luego, está el desarrollo temprano en la infancia, que tiene un gran impacto. Los padres que saben qué es lo que están haciendo sus hijos, con quiénes pasan el tiempo, qué llevan en la mochila y qué hay debajo de su cama. En otras palabras, los padres helicóptero, son un factor protector frente al desarrollo de adicciones. Los padres que tienen una relación cercana con sus hijos, que dan un ejemplo de estrategias de afrontamiento no adictivas y que implícita o explícitamente desalientan el consumo de drogas y alcohol, todo eso protege. Son medidas de sentido común, pero están respaldadas por la evidencia. Y en cuanto al entorno, cosas como limitar el acceso pueden marcar una diferencia enorme.

—¿Cómo podemos generar dopamina de forma saludable?

—Presionando el lado del dolor de la balanza podemos obtener dopamina de manera indirecta. Una forma de lograrlo que es potencialmente más beneficiosa que hacerlo a través del consumo de sustancias es hacer cosas que te hagan sentir cierta incomodidad o dolor, de modo que el cuerpo produzca esos neurotransmisores del placer para equilibrarse y llegar a la homeostasis. La clave es que sea una dosis exacta de dolor. No puede ser muy poco, porque entonces, eso no estimula al cuerpo, pero tampoco queremos que sea demasiado, porque eso conllevaría un vaciado de esos mecanismos de los neurotransmisores y dañaría el sistema de balance. En cambio, las formas moderadas de ejercicio, los baños de agua fría, el ayuno intermitente y otros desafíos a nivel físico y emocional crean dopamina de manera indirecta y protegen frente a los comportamientos adictivos.

—¿Cree que todos podemos volvernos adictos a algo en algún momento?

—Sí, totalmente.

—¿Dónde está el límite entre algo que disfrutamos y una adicción?

—Una señal es el uso descontrolado, comprometernos a limitar el consumo a una cierta cantidad o un cierto tiempo y no poder cumplirlo. Si no estamos durmiendo bien, si mentimos para mantener en secreto el consumo, esos son signos claros. Otra señal es si nos estamos sintiendo más ansiosos deprimidos y no sabemos bien por qué. Puede que estemos entrando en el déficit de dopamina que caracteriza a la adicción. Hace veinte años, si alguien venía a consulta y decía que se encontraba deprimido, yo le prescribía medicación antidepresiva o ansiolítica. Hoy, lo primero que hago es indicarle que se abstenga de las sustancias y conductas que liberan dopamina en altas cantidades durante cuatro semanas, para ver si eso basta para que se sientan mejor. En una gran mayoría de casos, con hacer eso es suficiente. Luego, hay que ver las consecuencias del consumo, si está interfiriendo con nuestros objetivos o nuestros valores; este último es un aspecto clave sobre todo en adicciones relacionadas con internet. Siempre les pregunto a mis pacientes si estarían dispuestos a entregarle su móvil a otra persona y que pudiera ver su historial de navegación. Y si la respuesta es que no, hay que preguntarnos si el uso que hacemos de internet es consecuente con nuestros valores y con cómo queremos que sea nuestra vida.

—Si una sustancia o conducta es socialmente aceptada, ¿aumenta el riesgo de adicción?

—Es más una cuestión de acceso. La pornografía no es tan aceptada a nivel social y se consume en privado, pero realmente en el mundo hay un problema enorme con este consumo. Y apenas hemos tocado la punta del iceberg en cuanto a la extensión y las repercusiones de esto. Además, hay un montón de estigma y vergüenza en torno a la pornografía. Entonces, el problema es el acceso, la potencia, la abundancia. Pero sí que es cierto que podemos volvernos adictos a cosas socialmente aceptadas, especialmente hoy, dado que todos nuestros intereses y gustos han adquirido características de droga. Si es socialmente aceptado, es más probable que eso no se reconozca como una adicción. El ejemplo más claro es el trabajo: la adicción a trabajar no solo es aceptada, sino celebrada en nuestra cultura. Y es una patología real.

—¿Qué otras cosas comúnmente se convierten en adicciones que no reconocemos?

—La adicción a la comida es algo que estamos empezando a reconocer. Es cada vez más difícil dejar de comer, debido a que la comida moderna se ha diseñado para dar un refuerzo muy potente. El sexo y el amor también pueden ser adictivos. La forma en la que transformamos el sexo y el amor romántico en un producto de consumo es muy nociva. Incluso juegos como el ajedrez se han vuelto adictivos con las aplicaciones digitales que convierten las jugadas a un formato muy breve e instantáneo. Es lo mismo que ocurre con TikTok: con la duración corta, lo que logramos es una liberación de dopamina muy veloz. Es un estímulo muy potente. Los medios digitales de entretenimiento son muy adictivos. Las series de televisión saben exactamente cómo ha de acabar un episodio para motivarnos a ver el siguiente. Y puedes volverte adicto a las noticias, porque incluso los estímulos adversos son adictivos. Hay estudios que muestran que si le das descargas eléctricas en la pata a un ratón y luego miras su cerebro, se activan los mismos circuitos que si le hubieses dado una inyección de cocaína. En otras palabras, puedes volverte adicto a la adrenalina que recibes viendo las malas noticias del mundo

—¿Los niños son más vulnerables a esto?

—Sí, es un problema enorme. Cuando sometemos al organismo a este ciclo de consumo, subidón de dopamina, abstinencia y, consecuentemente, deseo de más, lo estamos condicionando a la adicción. Y eso está ocurriendo con los niños, con los alimentos procesados altos en azúcar que toman, con las redes sociales, los videojuegos e internet en general. Hay una epidemia de depresión, ansiedad y suicidio entre nuestros jóvenes que probablemente se puede atribuir en parte a la cantidad de tiempo que pasan en línea.

—¿Qué podemos hacer para erradicar nuestros comportamientos adictivos?

—El primer paso es hacernos conscientes de este comportamiento. Porque la dopamina actúa sigilosamente y no vemos la conducta o la minimizamos, pero una vez que hablamos con otra persona y le decimos exactamente lo que estamos haciendo, cuánto y con qué frecuencia, ahí la conducta se vuelve más real para nosotros. Verbalizarlo nos permite verlo y una vez que lo vemos, podemos actuar. En segundo lugar, tenemos que intentar entender por qué consumimos. Y hay que ser honestos acerca de si este consumo realmente cumple esa función que le hemos otorgado. Cuando prestamos atención a lo que esperamos lograr con este consumo y lo que realmente sucede, muchas veces, comprobamos que no es así. Por poner un ejemplo, muchos de mis pacientes que fuman marihuana dicen que eso los vuelve más creativos. Pero cuando exploramos esto, descubrimos que, cuando fuman, no crean prácticamente nada, por más que se sientan creativos. Llegado este punto, podemos hacer un ayuno de dopamina: tomarnos cuatro semanas en las que nos abstendremos de nuestro consumo de elección para que el cerebro haga un reajuste de los circuitos de recompensa. Las primeras dos semanas nos sentiremos peor, pero si logramos pasar esas cuatro semanas sin consumir, nos despejaremos y nos sentiremos menos ansiosos y mejor. Después del ayuno de dopamina, podemos decidir cuál va a ser el próximo paso. Si decidimos que vamos a volver a consumir, tendremos que establecer un plan detallado de cómo lo haremos para que no se salga de control. Aquí entra en juego la autorrestricción. El último paso es experimentar: volver al mundo exterior tras esta introspección e ir haciendo los ajustes necesarios en ese camino.

—¿Por qué propone una abstinencia de cuatro semanas, y no de tres o de cinco?

—No es universal, no todas las personas habrán reseteado su circuito de dopamina tras cuatro semanas, pero sí que me ha sorprendido a lo largo de los años en mi experiencia clínica comprobar que muy frecuentemente ese es el caso, sin importar el grado de severidad de la adicción o la sustancia o conducta particular a la que la persona sea adicta. En mi experiencia clínica, un 80 % de las personas que llevan a cabo el ayuno de dopamina se sentirán mejor a las cuatro semanas. Puede que no estén completamente recuperados, pero van a sentirse suficientemente bien como para ver con claridad cómo les afecta este comportamiento y tomar una mejor decisión. Incluso aquellos con adicción severa, en un 80 % de los casos, se sienten mejor a las cuatro semanas. Pero, por supuesto, mantener los hábitos saludables va a ser mucho más difícil en estos casos y siempre les aconsejo a mis pacientes con adicciones severas abstenerse durante mucho más que cuatro semanas. De hecho, si hay adicción severa, la moderación puede no ser una opción.

—¿Cree que todos deberíamos probar un ayuno de dopamina?

—Creo que la mayoría de la gente que lea esto podrá reconocer inmediatamente al menos una sustancia o conducta que sea compulsiva en su vida y, si es así, es buena idea intentar abstenerse durante cuatro semanas para ver qué tal va. Si no es así, les invitaría a participar en un ayuno de móvil y redes sociales durante 24 horas. Ese tiempo es suficiente para entrar en abstinencia y reconocer cómo nos va sin esas tecnologías. Las claves para lograrlo serían, primero, avisar a nuestras personas cercanas que estaremos sin conexión durante un día y hacer planes para esas 24 horas. Segundo, ser conscientes de que en esas horas experimentaremos síntomas de abstinencia, pero que se van a ir reduciendo conforme pase el tiempo. Cuando sintamos la necesidad de mirar el móvil, podemos darnos una ducha fría, hacer 20 abdominales o limpiar. Se trata de aceptar la incomodidad pasajera para restablecer el equilibrio a nivel cerebral. Y cuando acabe el ayuno, podemos tomarnos un tiempo para decidir cómo y en qué medida volver a integrar la tecnología en nuestra vida sin que se adueñe de ella.