viernes, 6 de marzo de 2020

La heroína panafricana que quiere escuchar a los que hablan solos

ANALÍA IGLESIAS    |    Esauira   |    El País    |    14/11/2019

La actriz y realizadora Maimouna N’Diaye, jurado en el último festival de Cannes, trabaja por la dignidad de los enfermos mentales, abandonados a su suerte en las calles de Burkina Faso.


Aunque África no sea un solo país, hay hijos e hijas de este continente que eligen ser panafricanos. Maimouna N’Diaye, actriz y realizadora, jurado en la última edición del prestigioso Festival de Cannes, es una de ellos: se define como panafricana, y lo suyo no es mera provocación. Es verdad que, en el fondo, los países africanos están ligados a la suerte de aquellas fronteras arbitrarias, trazadas por los conquistadores sobre plano, sin tener en cuenta las comunidades étnicas ni los ríos, ni las montañas ni sus cumbres, ni los padres ni los hijos, ni los nómadas del desierto en sus caravanas. Pero, en el caso de Mouna (como le gusta llamarse entre amigos), sus orígenes tienen raíces en muchos puntos de la geografía africana y ella ha optado por instalarse en una región de su continente diferente a las de sus ancestros, para trazar su propia trayectoria y contar la vida desde allí.

“Soy hija de madre nigeriana, pero jamás puse un pie en Nigeria. Mi padre es de origen senegalés, del norte, donde nace el gran río. Pasé mi infancia en Guinea Conakry, fui a realizar mis estudios de arte dramático en Francia y, en un momento, supe que tenía que volver a África e instalarme allí, en un lugar donde creara mis propias referencias, que no fuera conocido para mí; así, viví en Costa de Marfil, Níger y Mali (por cierto, la familia de mi abuelo viene de Mali y él era carnicero e iba de ciudad en ciudad ofreciendo su mercancía). Tengo parientes en todos los países, pero vivo en Ouagadougou, Burkina Faso”, explica la protagonista de El ojo del huracán, de Sékou Traoré, un filme que abordaba el asunto sangrante del destino de los niños soldados, víctimas y victimarios de las injusticias que muchas veces traen otros a este continente, y por el que ella ganó el premio a la mejor interpretación femenina en la Fespaco.

Encontramos a Mouna en Esauira, la ciudad marroquí que alberga un foro sobre las violencias y la violencia, en el que ella participa como ponente para decir, sin temor a que la identidad se le desvanezca: “¿Por qué he de pertenecer a una sola cultura?”.

Hoy, los europeos celebran la presencia de N’Diaye en todos los escenarios, porque es portadora del apellido “Cannes”, que bendice todo lo que toca. Aunque Mouna viene trabajando desde hace décadas en el cine grande del mundo, con papeles en películas como La caza de la mariposa (1992) o Jardines en otoño de Ottar Iosseliani, o como una de las voces de la popular Kiriku y la bruja (1996), entre otras. A partir de 2009, gracias a su imparable carrera fílmica y de televisión, ha sido una presencia habitual en el Festival más importante de cine africano, la Fespaco, que se celebra en Ougadougou.

Pero, en realidad, Maimouna venía dedicando su energía cotidiana a trabajar en acciones teatrales terapéuticas en la comunidad, con las técnicas del Teatro del Oprimido que aportó el pedagogo brasileño Augusto Boal, desde los días de Abidjan, a mediados de la década del noventa, con la troupe del Ymako Teatri. Todo esto hasta que un día descubrió que alguien muy cercano se encontraba en la calle, hablando solo, como uno de esos seres invisibles que todos ignoran, y se decidió a documentarlo.

La película de N’Diaye es apenas un punto de partida para comenzar a indagar en las infinitas aristas de la locura, o el desamparo y sus contextos.

“Con mi cámara fui al encuentro de aquellos que uno no filma jamás en África, esos que nos dan miedo o vergüenza, aquellos a quienes llamamos ‘locos’. Cuando me gané su confianza, seguí su pista hasta dar con los familiares en sus búsquedas desesperadas de curación, entre médicos, sanadores, pastores o imames. De esa experiencia nadie sale indemne, porque entre los locos y los que les curan no sabemos dónde está la frontera que separa la sabiduría de la locura. A cualquiera le puede pasar”. Así es como N’Diaye describe la génesis de su documental Le fou, le génie et le sage (El loco, el genio y el sabio, de 2018).

En la calle, N’Diaye se encontró con intelectuales, niños autistas “bombardeados a medicamentos” y otras “patologías de las que la sociedad es la responsable” y, en las oficinas públicas, dio con números que dejaron sin habla, como que en Burkina Faso hay 10 psiquiatras para dieciséis millones de personas. Así, la realizadora fue adentrándose poco a poco en condiciones tan inestables como la cordura o la “normalidad” y, en el caso africano, atravesadas por la irreparable humillación y la incomprensión que caracterizó a los patrones coloniales, que han dejado una herida que aún no termina de cerrar. Y, hay más, porque en esa delgada línea entre la sabiduría y el sufrimiento también se balancea la particular ambivalencia africana de una existencia densamente habitada por la dimensión mágica, invisible, que suele tener tanto peso como la vida a la que solemos llamar “real”.

Los djins del Corán, espíritus como Eshu o los ancestros que siguen tomando decisiones a través de bisnietos y tataranietos dan cuenta de una espiritualidad presente en cada pequeña acción cotidiana, y que transcurre por debajo de los acontecimientos visibles, con una potencia indiscutible. ¿Cómo defenderse de un brujo o cómo es posible aliviarse tras los rituales prescritos por el curandero?, se preguntarán los pragmáticos ojos occidentales, del mismo modo que otros podrían cuestionar por qué confiar a pie juntillas en diagnósticos descritos sobre papel, para otras realidades y protocolos que en nada se parecen a los de Ouaga (como sus habitantes llaman a la capital de Burkina).

La película de N’Diaye es apenas un punto de partida para comenzar a indagar en las infinitas aristas de la locura, o el desamparo y sus contextos. El trabajo continúa fuera de la pantalla, ya que la actriz y realizadora es la fundadora y coordinadora de la Asociación Maumoundi para devolver la dignidad a las personas que se han aislado de esto que los demás llamamos realidad. El cine es apenas un aliado, a ambos lados de la frontera de la cordura.

martes, 3 de marzo de 2020

5 mitos sobre las pastillas antidepresivas

                                                                          
Escrito por: DR. ENRIQUE GUERRA GÓMEZ    |   TopDoctors   |   16/12/2019

Editado por: NICOLE MÁRQUEZ

Los antidepresivos son fármacos que se prescriben en los casos en que los síntomas de la Depresión son intensos, provocan un sufrimiento notable e interfieren en la vida diaria; como por ejemplo en los estudios, el trabajo, las relaciones familiares y sociales, disfrute del tiempo libre etc...
  1. Los antidepresivos son altamente adictivos
No. Los antidepresivos, a diferencia de los tranquilizantes derivados de las benzodiacepinas, no presentan ningún tipo de dependencia biológica. Eso no quiere decir que se puedan retirar de forma brusca.
  1. Te puedes curar solo con la ayuda de antidepresivos
Dependerá del origen de la depresión. Si la causa es mayoritariamente biológica, sería posible. Pero, si en la etiología influyen de forma significativa problemas de personalidad y/o acontecimientos externos, tendría que añadirse la psicoterapia.
  1. Los fármacos antidepresivos causan disfunción sexual
No todos. Han ido apareciendo antidepresivos en los últimos años que no presentan este efecto secundario, aunque el número de los que lo producen por el momento es superior.
  1. Los antidepresivos cambian la personalidad del paciente
No, en absoluto. No existe ningún fármaco antidepresivo que modifique el carácter de una persona. La personalidad se refiere a la forma de ser que los individuos tenemos de forma habitual, y solo se alteraría si un psicofármaco provocase daños en el cerebro; que no es el caso.
  1. La depresión viene y se va sola
En algunos casos (no muchos), sí. Aun así, si los síntomas de la Depresión son notables el psiquiatra no debería permitir que el paciente soporte tal sufrimiento; además, es muy difícil saber de antemano en qué casos una depresión remitirá espontáneamente.


domingo, 1 de marzo de 2020

Se busca empleado de hierro, hundirse ante las adversidades no está permitido

EPARQUIO DELGADO   |   El País   |   20/10/2019

Resiliencia. Un término en boca de empresas, educadores y psicólogos que plantea una pregunta radical. ¿Es posible ver el vaso medio lleno cuando está hecho añicos?.

Nada más acabar la licenciatura de Psicología, una profesora de la universidad me propuso participar en un proyecto de investigación sobre la “resiliencia psicológica”, de la que apenas había oído hablar por aquel entonces. Se trataba de descubrir qué hace que algunas personas se sobrepongan a las adversidades mejor que otras. Me explicó que, en lugar de enfocarse en las vulnerabilidades, trataban de averiguar cuáles son las fortalezas que hacen a algunas personas inmunes al impacto de la pobreza extrema, la guerra, el maltrato infantil y otras situaciones estresantes.

Para mi sorpresa, y a pesar de que estábamos en una universidad pública, mi profesora no ocultaba que el objetivo principal era crear un programa de resiliencia dirigido a empresas, instituciones educativas, ejércitos y otros organismos que contara con cierto aval científico.
En 2003, yo no sabía casi nada de psicología, pero aquello me recordaba bastante a los experimentos del malvado Romulus con Lobezno, ese personaje casi inmortal de la factoría Marvel con el esqueleto recubierto de un metal irrompible llamado adamantium, la capacidad de regenerar heridas mortales y el poder de bloquear en su mente acontecimientos traumáticos. Me estaba proponiendo participar en un plan para crear superhumanos.

La resiliencia se parece bastante a un cuadro de Monet. De lejos fascina, pero al acercarte se desdibuja y se convierte en una amalgama de trazos inconexos. La mayoría de las definiciones aportadas hasta el momento hablan, de una u otra manera, de un afrontamiento positivo en respuesta a la adversidad, lo que no hace más que desplazar el problema (¿A qué llamamos “afrontamiento positivo”? ¿Qué es objetivamente una “adversidad”?). No está claro si se trata de una capacidad, una competencia o una habilidad.
Si se refiere a un proceso o a un resultado. Si se trata de un fenómeno estable o cambiante en el tiempo, o si debe ser abordada como un rasgo o como un fenómeno interactivo. Todo el mundo habla de resiliencia, pero nadie consigue identificarla con rigor.

Eso no ha sido un impedimento para poner en marcha el negocio. Al fin y al cabo, la investigación sobre la resiliencia no busca ampliar nuestro conocimiento sobre el comportamiento humano, sino vender a empresas e instituciones públicas y privadas sus programas de intervención. Así lo dejaron claro tanto mi profesora como Martin Seligman, padre de la psicología positiva, cuando afirmó: “Hemos aprendido no solo a distinguir a aquellas personas que crecerán después de un fracaso, de aquellos que se quebrarán, sino también a enseñar a las personas a desarrollar las habilidades necesarias para que sean de los primeros”.

La cuestionada investigación sobre este tema busca distinguir a las personas que crecen después de un fracaso.

No en vano, el propio Seligman recibió 145 millones de dólares en 2008 para implementar el llamado Comprehensive Soldier Fitness (CSF) en el Ejército estadounidense. En su obra Happycracia, Edgar Cabanas y Eva Illouz hablan de los “resultados fabulosos” que se obtenían con el programa: mayor concentración y habilidad de los soldados en combate, mejor recuperación tras experiencias traumáticas sobre el terreno. A pesar de todo, su proclamado éxito no impidió las críticas a algunos aspectos éticos de la intervención, y sus profundas deficiencias metodológicas hicieron dudar muy seriamente de los resultados presentados por sus promotores.

Esta manera de considerar la resiliencia ha sido cuestionada desde muchos frentes. Autores como Marc T. Braverman y Suniya S. Luthar denunciaron el abuso del término “niño resiliente” por parte de los políticos y la población, haciendo creer que se podría crear a niños inmunes contra todo y resaltando el riesgo de olvidar que en muchos casos la causa de los problemas son los factores ambientales. A pesar de que la investigación sobre la resiliencia ha insistido en el papel de los vínculos familiares, el apoyo social, los cuidados y el ambiente del individuo como factores de protección ante las adversidades, las intervenciones se han centrado principalmente en promover características individuales como la flexibilidad, la autoestima, la perseverancia y las estrategias de solución de problemas. La propia Asociación Americana de Psicología nos anima a “cultivar una visión positiva de nosotros mismos” y a no perder la esperanza para construir resiliencia. Hay que ver el vaso medio lleno aunque esté hecho añicos en el suelo.

En línea con la ética empresarial que preside nuestras vidas, donde los premios son para los supervivientes y las crisis se convierten en oportunidades, romperse ante las adversidades es el indicador de que no hemos desarrollado un adecuado nivel de resiliencia. No es de extrañar que Google y American Express hayan apostado por crear empleados más resilientes y ya estamos viendo cómo se ponen en marcha estas propuestas en las escuelas. Quieren crear un ejército de invulnerables y no escatiman en recursos, pero
olvidan un pequeño detalle: Lobezno no era humano.

Claustrofobia o el temor de quedarse encerrado.

                         
Escrito por: DR. PABLO IGLESIAS RODRÍGUEZ   |   TOPDOCTORS   |   21/02/2020

Editado por: ALICIA ARÉVALO

La claustrofobia es una fobia específica que consiste en un miedo irracional a estar en una habitación pequeña cerrada o poco iluminada. La sensación del paciente es de estar enclaustrado con miedo a no poder salir, sienten un miedo incontrolable a no poder abandonar el lugar, a que le falte el aire, a que se acabe el oxígeno y por consiguiente a poder fallecer.
 
Este miedo produce conductas evitativas, es decir, el paciente evita ir a lugares en los que él crea que pueda tener estas sensaciones de pánico terror
Causas de la claustrofobia
La mayoría de las veces la claustrofobia se debe a que el paciente ha sufrido una experiencia muy desagradable en un espacio pequeño en el pasado, por ejemplo quedarse encerrado en un ascensor o quedarse encerrado en el aseo de un restaurante. Con el tiempo el paciente va desarrollando los síntomas de ansiedad limitativa.
 
Aunque también existen personas que padecen claustrofobia sin haber vivido este tipo de episodios tan desagradables. Hay pacientes que desarrollan esta patología sólo con la visión de un hecho o escuchar una situación, por norma general son personas muy sensibles o fácilmente aprensivas.
 
Los especialistas en Psicología destacan que estas personas cuando están en un lugar son incapaces de hacer una valoración real y objetiva del tamaño de la habitación o del espacio o lugar. 
Consecuencias de la claustrofobia
La claustrofobia es una patología que puede interferir de manera importante en la vida cotidiana del paciente. Por ejemplo, les puede impedir acudir a sitios como discotecas o desempeñar una actividad laboral normal por trabajar en un edificio con oficinas reducidas. También puede afectarles  a la hora de realizar determinadas pruebas médicas muy importantes como la tomografía axial computarizada o una resonancia magnética, ya que tienen que permanecer bastante tiempo en un sitio cerrado.
Síntomas de la claustrofobia
Los síntomas de la claustrofobia son:
  • sudores
  • aceleración del pulso cardíaco
  • temblor generalizado
  • aturdimiento
  • sensación de inestabilidad
  • miedo intenso
  • náuseas mareo
  • terrores
  • sensación de falta de aire y de asfixia
Tratamiento de la claustrofobia
El tratamiento para la claustrofobia se realiza con la combinación de varios tipos de tratamiento:
  1. Tratamiento psicológico: está basado en la terapia cognitivo conductual realizando:
  • desensibilización progresiva
  • control de la ansiedad
  • reestructuración cognitiva
  • exposición de manera in situ guiada por un terapeuta para control de la ansiedad
  1. Tratamiento psicofarmacológico: en un principio puede ser con tranquilizantes para enfrentarse a la situación fóbica solamente de manera puntual, como sucede también en otras fobias como en la aviofobia (miedo a volar).
    Si la persona padece cuadros de ansiedad con frecuencia, es recomendable comenzar con un inhibidor de la recaptación de la serotonina.


jueves, 27 de febrero de 2020

"El trastorno bipolar aporta una ventaja evolutiva a la especie".

RAQUEL QUELART |   Barcelona   |   La Vanguardia   |   22/11/2018

Entrevista: Dr. EDUARDO VIETA PASCUAL  
Con el objetivo de acabar con ciertos mitos que existen en la sociedad sobre el trastorno bipolar, el hospital Clínic de Barcelona exhibe hasta el 30 de noviembre #BipolarNoesBroma. Una iniciativa, impulsada también por la compañía Lundbeck, para dar a conocer la enfermedad –que se estima que padece más de un millón de personas en España-, su sintomatología y la dificultad de diagnóstico.

Además, la muestra quiere contribuir a sensibilizar sobre la importancia que tiene un diagnóstico temprano en aras de mejorar la calidad de vida del paciente. De este modo la campaña pretende poner fin a los estigmas que tiene una enfermedad, cuyo conocimiento ha llegado al gran público a través de películas como El lado bueno de las cosasMr. Jones (1993), Michael Clayton (2007) y algunas series, como Homeland.
“Hay muchos bipolares en el cine”, comenta a La Vanguardia el Dr. Eduard Vieta Pascual (Barcelona, 1963), que participa en la iniciativa #BipolarNoesBroma. El psiquiatra es uno de los especialistas de esta patología más citados a nivel mundial. Además de haber publicado más de 600 artículos, es actualmente jefe de Psiquiatría y Psicología del Clínic y director del grupo de Trastorno bipolar del Área de Neurociencias del Instituto de Investigaciones Biomédicas August Pi i Sunyer (IDIBAPS).
Pregunta.- ¿Por qué decidió tratar e investigar esta enfermedad?   |   Respuesta.- Al principio de mi carrera, me interesé por la conducta humana en general, pero los pacientes con trastorno bipolar me parecieron fascinantes porque muchos de ellos tienen vidas espectaculares; el trastorno bipolar es una enfermedad que te lleva a los extremos tanto de la miseria, la depresión y de pensar en el suicidio como de la euforia que te hace ser hiperactivo y a hacer cosas que una persona más cuerda no intentaría.
P.- Y, en cierto modo, esto puede ser positivo.   |   R.- Muchas figuras con trastorno bipolar, como artistas, poetas, escritores, músicos y pintores, han conseguido grandes cosas, porque el trastorno bipolar, si se une al talento, te lleva a un estilo de vida muy extremo. Y, seguramente, este es el sentido que tiene que genéticamente esta enfermedad haya existido desde que somos humanos, ya que de alguna forma aporta una ventaja evolutiva a la especie. Quizás no para ciertos individuos que padecen una forma discapacitante de la enfermedad, pero tener algunos genes bipolares seguramente es algo bueno.
P.- Explíquese.   |   R.- De alguna manera, [estos genes] aportan algo de lideraje, riesgo, iniciativa, necesidad de búsqueda de cosas nuevas. Si uno es una persona con cambios de estado de ánimo, pero no exagerados, seguramente la enfermedad te hace más empático y sensible hacia muchas cosas; en cambio, cuando esto se lleva al extremo, conlleva desadaptación social.
P.- Y la cruz de la patología…   |   R.- Quien la padece acaba sin querer hacer sufrir a la familia y a los que le rodean, aunque muchas veces, especialmente en los casos más graves, le cuesta ser consciente de que está enfermo y acaba haciendo cosas erróneas. La enfermedad le lleva a hacer elecciones que no habría escogido, tanto en la fase depresiva como en la fase maníaca, en la que el paciente llega a desarrollar conductas inapropiadas, como regalar dinero o desnudarse en público.
P.- ¿Qué complicaciones tiene su diagnóstico?   |   R.- Lo que lo dificulta son los cambios de humor tan frecuentes que experimentan los pacientes y el hecho de que haya momentos en los que estén bien. Y, además, la enfermedad se confunde con otras patologías, como la depresión más común –que llamamos unipolar- y con la adicción a sustancias estupefacientes, ya que hay pacientes que cuando están acelerados o deprimidos, toman drogas o alcohol.
P.- ¿A qué edad se diagnostica?   |   R.- En nuestro país, el retraso respecto al inicio de la enfermedad es de 7 años, mientras que en Estados Unidos es de diez años. La patología acostumbra a empezar durante la adolescencia, pero la mayoría de la gente es diagnosticada entre los 20 y 30 años.
P.- ¿Qué estigmas existen aún en la sociedad acerca de la patología?   |   R.- El ser bipolar va asociado en el lenguaje popular a alguien no fiable, inestable, imprevisible, impulsivo o extraño. Y no es verdad. La mayoría de personas que padecen un trastorno bipolar no tienen una personalidad concreta. Si en algún momento se comportan de manera impulsiva, es cuando están mal. Y en la otra cara de la enfermedad, la depresiva, es justamente lo contrario: se culpan a sí mismos de lo que no sale bien, necesitan mucha ayuda, pero en cambio se la negamos y los estigmatizamos.
P.- Es decir, el trastorno no define a la persona.   |   R.- Tener un trastorno bipolar es tener una enfermedad que requiere adoptar ciertas medidas y cuidados: medicación, psicoterapia y un cierto estilo de vida. El resultado es que mucha gente con esta patología consigue hacer una vida normal. De hecho, conocidos políticos, futbolistas, escritores que padecen el trastorno no lo divulgan por miedo a ser estigmatizados.
P.- ¿Cómo se diagnostica la enfermedad?   |   R.- El especialista realiza al paciente una entrevista psiquiátrica completa y se confirman los criterios que definen la enfermedad. Cuando la persona está mal, en el cerebro se producen una serie de cambios que podemos verificar con pruebas complementarias -a través de la imagen y de estudios genéticos- que solo nos dan un diagnóstico probabilístico. El trastorno bipolar no es como una neumonía que se ve en una radiografía.
P.- Por lo tanto…   |   R.- Lo más específico que al final podemos ver para diagnosticarla son los cambios del comportamiento asociados a la enfermedad, es decir, lo que te explica el paciente y personas que convivan con él: es muy importante tener información de varias fuentes porque muchos pacientes no son conscientes de lo que les está ocurriendo, no te lo explican todo tal como es.
P.- Un ejemplo de lo que puede sentir una persona con este trastorno.   |   R.- Desde fuera podemos observar, en la fase depresiva, a una persona que ha cambiado el carácter: se ha vuelto más introvertida, le van peor los estudios, está más ensimismada. Cuando le entrevistas, te explica que la vida no vale la pena y que sus compañeros le han dejado de lado. Podría tratarse de una depresión normal, pero posteriormente acabamos viendo síntomas del polo opuesto: que la persona está más activa y habladora de lo habitual, se despierta pronto o se acuesta tarde chateando hasta las tantas y conociendo gente nueva, una cosa exagerada.
P.- ¿Qué causa el trastorno bipolar?   |   R.- Existe una predisposición genética a sufrir la enfermedad. Muchos de los pacientes tienen antecedentes familiares de la patología, a veces no etiquetados porque antiguamente no se diagnosticaba como ahora (…) Esta predisposición genética se traduce en que estas personas, sobre todo en momentos de cambio importantes como la adolescencia o cuando se tiene un hijo, se desestabilizan por el estrés.
P.- Explíquese.   |   R.- Hay una serie de sustancias que todos producimos para corregir una situación de estrés que estos pacientes no pueden regular bien. Una de ellas es la dopamina –que la cocaína, y, en menor medida, la cafeína estimulan-. Si tu cerebro fabrica más de la cuenta, la persona se muestra nerviosa e inquieta, como acelerada; en cambio, si te falta, estás como si te faltasen pilas, no te hace ilusión nada, te arrastras, incluso hay gente que no puede levantarse de la cama. Estos cambios en esta sustancia es lo que modifica el comportamiento de la gente.
P.- ¿En qué consiste la última investigación en la que su equipo ha participado?   |   R.- El trabajo identifica factores que podrían ayudar en el diagnóstico del trastorno bipolar, combinando datos de neuroimagen y una técnica llamada machine learning –aprendizaje automático-, en el que el ordenador comparó las imágenes cerebrales de 3.000 pacientes [853 con la enfermedad y 2.167 sanos] procedentes de una red de centros de investigación de todo el mundo. Es un avance importante porque nunca antes se había llegado a un 76% de fiabilidad, lo cual no es suficiente porque para que se utilice una prueba de este tipo, tiene que tener una especificidad superior al 90%. Pero cada vez afinamos más las técnicas para conseguir que con una prueba complementaria se pueda confirmar el diagnóstico, como se hace en otras áreas de la medicina.
P.- En relación a las imágenes cerebrales analizadas en el estudio, ¿qué similitudes encontraron entre los pacientes con trastorno bipolar?   |   R.- En la imagen estructural se acabó viendo que las personas que llevan mucho tiempo con este trastorno tienen una cierta pérdida de sustancia gris y un poco de sustancia blanca, lo que quiere decir que la exposición a la enfermedad y sus recaídas provocan que el paciente tenga una cierta pérdida de conectividad, de masa encefálica, y esto conlleva que a veces sufran un cierto deterioro de sus capacidades cognitivas. Por eso es tan importante hacer prevención, porque la gente que está enferma durante muchos años, si no está en tratamiento, puede acabar teniendo esta merma.
P.- ¿Alguna diferencia más?   |   R.- En la resonancia funcional, que se centra en cómo se conectan entre sí las neuronas, vimos que muchas personas con trastorno bipolar tienen dificultades para desconectar la red automática –que tenemos todos- y que nos permite, por ejemplo, conducir al mismo tiempo que escuchamos la radio o hablamos. Las personas con trastorno bipolar tienen dificultades para desconectar este piloto automático cuando hacen algo que requiere concentración. Y lo vemos en pruebas de neuroimagen funcional.
P.- Lo que tiene su relevancia.   |   R.- Poder desconectar el piloto es muy importante porque permite adaptarse a muchas situaciones. Si estás ensimismado, no prestas atención a lo que ocurre a tu alrededor. Esto es lo que ocurre con muchos pacientes que sufren el trastorno. Les ocurre incluso cuando se encuentran bien.
P.- ¿En qué consiste el tratamiento?   |  R.- Además de otros medicamentos, utilizamos una sustancia natural, el litio –que a muchos pacientes les va bien-, aunque depende de cada caso. Y, después, el paciente recibe un apoyo psicológico a través del cual le enseñamos a autoexaminarse; a darse cuenta de lo que le está ocurriendo, de cuándo viene una recaída y adoptar un estilo de vida adecuado, y una serie de elementos que llamamos psicoeducación, un tratamiento establecido en todas las guías clínicas del mundo y que desarrollamos en el Clínic.
P.- ¿Alguna novedad respecto al tratamiento farmacológico?  |   R.- Hemos descubierto medicamentos pero no sabemos anticipar a qué paciente le irá bien uno u otro; tenemos que ir probándolos basándonos en la información clínica, que puede ser un poco subjetiva. Es por ello que nos iría muy bien la farmacogenética. Hace dos años publicamos un estudio, realizado en el marco de un grupo de investigación internacional, que supuso un avance importante: reveló que ciertos polimorfismos de un gen podían predecir si al paciente le iría bien el litio.

martes, 25 de febrero de 2020

Hambre fisiológica y hambre emocional: ¿cúales son sus diferencias?

MONTSERRAT BASCUAS   |  Topdoctors   |  18/02/2020
 Editado por: YOEL DOMÍNGUEZ BOAN

La comida está ligada a la supervivencia, y por lo tanto está vinculada de forma directa con el ser humano y su funcionamiento. Ya desde niños se nos castiga o premia con la comida, y esta información es registrada en el cerebro y se integra en la vida cotidiana. Por lo tanto, alimentarse no es un acto vital cualquiera, sino que se asocia a distintos factores, emociones o situaciones, entre muchas otras.

El estado de ánimo influye en la manera de alimentarse. De hecho, estar contento o por el contrario deprimido, puede influir y determinar la forma en la que se llevará a cabo, convirtiéndose la comida en el refugio más sencillo y accesible para la persona, ya que el comer genera una sensación de bienestar.

Es probable que, si nos encontramos en un estado de serenidad sea más sencillo que la alimentación sea más adecuada. Por el contrario, si se experimentan emociones consideradas desagradables, como pueden ser la tristeza, el enfado o la ansiedad, se deberán encontrar formas de controlar el estado de ánimo, y esto puede hacer que se busque cierto alivio en la comida.
¿Qué es la ingesta emocional?
Cuando se habla de ingesta emocional nos referimos a la conducta de comer como una respuesta a estados afectivos. De hecho, las personas con esta ingesta tienen dificultades para distinguir entre el hambre como tal y otros estados.

Si se utiliza la comida para tranquilizarse o distraerse, se está evitando lidiar con una emoción incómoda, por lo que se crea una respuesta “efectiva” por el momento, por lo que en un futuro existen posibilidades de hacer lo mismo.

Así pues, las personas desarrollan conductas aprendidas que responden a hechos, ya sean de desagrado o de placer. Por lo tanto, el alimento se convierte en un regulador emocional, apareciendo de esta manera la ingesta emocional.

¿Cómo se identifica y se diferencia el hambre emocional del hambre física?
  • El hambre emocional aparece repentinamente, mientras que la fisiológica es paulatina y gradual.
  • El hambre emocional es urgente, el hambre fisiológica puede esperar. 
  • El hambre emocional necesita comidas específicas, mientras que el hambre fisiológica se encuentra abierta a distintas opciones.
  • El hambre emocional no satisface al sentir plenitud.
  • El hambre emocional genera una serie de sentimientos negativos al terminar. En el caso del hambre fisiológica, no lo hace.

Consecuencias a largo plazo del hambre emocional
  • Se puede generar un problema de alimentación importante, como trastornos de la conducta alimentaria (bulimia, anorexia). 
  • Obesidad o problemas de sobrepeso.
  • Estados afectivos de tipo congruente con ansiedad y depresión. 
  • Aislamiento social. 
  • Existencia de dificultades a la hora de resolver conflictos.
Pautas para regular las emociones de forma sana
  • En primer lugar, deben identificarse las emociones y reconocer qué pensamientos convirtieron y activaron las emociones vividas como incómodas.
  • Generar pensamientos alternativos y realistas. 
  • Realizar actividades físicas. 
  • Cuidar el sueño y descanso. 
  • En caso de ser necesario, buscar ayuda profesional. 
A modo de conclusión, la balanza entre manejar las emociones y llevar una alimentación equilibrada es importante para mantener una buena salud tanto física como mental. De hecho, es fundamental que se comprenda que la alimentación puede aparentar ser una solución temporal para llevar mejor las emociones, aunque a largo plazo pueden ser muy perjudiciales, ya que en lugar de ayudarnos a mejorar nuestra manera de afrontar dichas situaciones, ayuda a generar dificultades.