sábado, 2 de noviembre de 2019

Seis tipos de personas que es bueno tener cerca (y otros seis de los que es mejor alejarse)

MARILÓ GARCÍA MARTÍN    |   El País   |   04/09/2019

“Buscar un grupo de referencia adecuado no solo nos hace más feliz sino que también ayuda a alcanzar el éxito”

Imagina por un momento que eres J. R. R. Tolkien y acabas de esbozar la que será la épica obra El señor de los anillos. Si tuvieras la oportunidad de confiarle tu borrador a alguien, ¿a quién se lo mostrarías? El escritor británico no lo dudó y compartió sus hobbits, elfos y enanos de la Tierra Media con sus colegas de un pequeño grupo literario que había creado junto a C. S. Lewis, el autor de la no menos fantasiosa Las crónicas de Narnia. Para Tolkien, "los inklings", que era el nombre que le dieron a dicha asociación, venían a ser lo que años después David McClelland llamaría "grupo de referencia". Según la investigación de este psicólogo social de la Universidad de Harvard, las personas con las que nos asociamos de forma habitual "determinan el 95 por ciento de nuestro éxito o fracaso en la vida". Es evidente que, más allá de su indudable talento, los comentarios y críticas de "los inklings", su grupo de referencia, animarían al perfeccionista Tolkien a finiquitar su obra magna. Podría decirse que parte del mérito del mítico libro fue de sus colegas.

Ahora párate a pensar en tu "grupo de referencia", ese que forma la gente de tu entorno, la familia, el trabajo, los amigos… Esos individuos a los que estás expuesto habitualmente dan forma a quien eres. Como dice el emprendedor Ricardo Llamas Martínez, autor del libro Elígete a ti mismo y haz que funcione (2015), "las personas con las que pasamos más tiempo determinan las conversaciones que atraen nuestra atención […] Con el tiempo, empezamos a comer lo que comen, a hablar como hablan, leer lo que leen, pensar lo que piensan, ver lo que ven, tratar a la gente del mismo modo, incluso vestir igual que ellos. Lo gracioso es que normalmente ignoramos que nos parecemos tanto".

¿Con quién pasas más tiempo? ¿Quiénes son las personas que más admiras? McClelland descubrió que los mismos individuos, teniendo los mismos antecedentes, oportunidades y capacidades, haciendo las cosas del modo correcto, dependían definitivamente de su "grupo de referencia". O lo que es lo mismo, que si no eliges a las personas que te animen e impulsen, que sean un aliciente en tu vida, lo más seguro es que fracases. ¿Y qué hay que hacer entonces? Según el médico, emprendedor y conferenciante Sam Hazledine, "hay que elegir tu propio grupo de referencia de forma consciente y no solo por proximidad. No es algo común, pero tampoco es complicado". Para ello, te explicamos cómo distinguir a la "gente tóxica", aquellas personas que hay que mantener lo más lejos posible, y cómo invertir en aquellas otras que añaden valor a tu vida.

Esforzarse en buscar estas seis personas vale la pena.- Que no te compliquen la vida, que sean personas positivas, que tengan iniciativa, asuman sus errores… Son cualidades que, en los otros, pueden multiplicar lo bueno de nosotros mismos. "Hay que saber rodearse de gente motivada e inspiradora, hará que aumente nuestro bienestar emocional, se incremente nuestra capacidad de aprendizaje y vivamos un mayor crecimiento personal", asegura Elena Cedillo, psicóloga clínica y cocreadora de People are not Resources. Para Cedillo, así son los seis tipos de personas que más nos pueden beneficiar.

1 -Personas motivadas.- Son comprometidas y activas. Se proponen objetivos, perseveran, son entusiastas y no se suelen dejar paralizar por los miedos. Son el espejo en el que deberían reflejarse quienes se fustigan con cada error que cometen, pues las personas motivadas tienen presente que una equivocación es una experiencia de crecimiento y aprendizaje.
2 -Personas inspiradoras.- Han tomado las riendas de su vida, han cambiado lo que no querían o han mostrado una gran capacidad de superación respecto a circunstancias concretas. Tienen una constante actitud de perseverancia, y creen en sí mismas y en sus posibilidades. Las personas inspiradoras nos transmiten que no tenemos que dejar de luchar, que nunca es tarde para crear propósitos y perseguir objetivos.
3 -Personas positivas.- Nos ayudan a percibir el lado bueno de las cosas, a asumir riesgos, a conseguir una resolución satisfactoria de los problemas. Las personas positivas nos hacen creer en nuestras posibilidades, a responsabilizarnos de nuestra vida y a sonreír más. Y la sonrisa tiene un poder innegable.
4 -Personas abiertas.- Están razonablemente libres de prejuicios, y siempre se muestran dispuestas a escuchar diferentes criterios y opiniones, aunque no coincidan con sus puntos de vista. Empatizan más con los demás y no tienen tanto miedo al cambio. Aceptan mejor las críticas (y eso es muy importante porque su efecto es mucho más potente que el de los halagos) y viven más despreocupados por lo que otros piensen sobre ellos. Las personas abiertas nos aportarán mayor flexibilidad, nos enseñarán a ser más dialogantes, a aceptar mejor las críticas y a mantener un mayor equilibrio emocional.
5 -Personas apasionadas.- Viven con entusiasmo, disfrutan cada momento e invierten tiempo en lo que realmente les apasiona. Su alta motivación es un potente motor. Las personas apasionadas nos enseñan una gran lección: "si encuentras tu verdadera pasión, jamás va a faltar motivación".
6 -Personas agradecidas.- Las personas solemos centrarnos más en los aspectos que no tenemos satisfechos en vez de colocar el foco en las cosas buenas que nos ocurren constantemente. Potenciar la gratitud o estar con personas agradecidas incrementará nuestro bienestar emocional, nos situará en nuestro presente y nos alejará de la queja inútil.

Cuidado con estos tipos de personas, no aportan nada bueno.- Ya lo decía Bernardo Stamateas en su superventas Gente tóxica: hay que evitar a las personas que te compliquen la vida, que abusan si no se les ponen límites, "vampiros emocionales" que se sienten bien destruyendo, en vez de aportando. "En toda organización hay una 'manzana podrida' que podrá, en algún momento, afectar con su comportamiento a los buenos trabajadores y en consecuencia, a toda la empresa", afirma Valeria Sabater, psicóloga social y experta en neurocreatividad. Para ella, así son los seis tipos de personas que debemos intentar evitar.

1 -Personas que se quejan.- Quienes viven en la espiral de la queja constante tienen un problema para cada solución, y hacer de la queja su estilo de vida suele conllevar crear cautivos: nos buscan para desahogarse o para convertirnos en el motivo de sus quejas. Lo mejor es hacerles ver que con su comportamiento derrotista no solucionan ni ganan nada. Si no cambian no debemos contagiarnos de su actitud, ni dar valor a sus comentarios negativos.
2.-Personas envidiosas.- En el momento en que alguien experimenta la envidia se percibe como inferior o como perdedor, y eso no solo genera frustración, también produce algo muy peligroso que es la rabia. De hecho, hasta eso que llamamos "envidia sana" esconde el deseo de algo que no se posee y esto puede dar forma a situaciones incómodas, en las que se pierde la confianza en nuestras relaciones. Siempre será mejor la admiración que la envidia. Quien te envidia, ni te quiere ni te respeta.
3 -Personas que cotillean.- Están siempre más preocupadas por lo que hacen los demás que por responsabilizarse de sí mismas. Tienen un tipo de personalidad que es muy dañina en un entorno laboral porque intoxica el ambiente, crea problemas donde no los hay y dificulta la productividad; no hay que caer en su juego. El chisme muere cuando llega al oído inteligente que opta por detener ese rumor o cotilleo. Este tipo de persona disfruta entrando en estos juegos porque adquiere poder, así que lo mejor es no dar valor ni al chisme ni aún menos al chismoso.
4 -Personas que se sienten culpables.- Usan el victimismo como estrategia manipuladora, un detalle que hay que tener en cuenta porque puede ser un arma de doble filo. Al mostrarse deprimidos (los hay que lo están y no se nota) y arrastrando sobre sus espaldas el peso de la culpa, están usando en realidad una afilada manipulación emocional. Son personas que siempre están pidiendo perdón y que suelen mostrarse sumisas para obtener beneficios.
5 -Personas agresivas.- Carecen de empatía, son autoritarias, usan la comunicación violenta y priorizan en exclusiva sus necesidades y derechos. Convivir con este tipo de personalidad puede erosionar gravemente nuestra autoestima, y no podemos dejar de lado que estamos ante un tipo de maltrato. Lo mejor en estos casos es poner distancia. Convivir con alguien agresivo, ya sea en el ámbito familiar o laboral, deja serias secuelas a todos los niveles.
6 -Personas psicópatas.- Hay un dato interesante: las personas con comportamientos psicopáticos tienen mayor probabilidad de optar a puestos directivos o de poder. La explicación está en que su personalidad agresiva, su falta de empatía o la habilidad para manipular usando su encanto para obtener objetivos son características demandadas en determinadas categorías laborales. Este tipo de perfil suele sortear la legalidad o lo permisible para obtener beneficios. Ante el psicópata lo mejor es marcar límites, dejar claras las consecuencias de sus actos y sobre todo, no ceder nunca.



viernes, 1 de noviembre de 2019

¿Voy al psicólogo o al psiquiatra?. Diferencias entre uno y otro para no equivocarte de consulta

FRAN SÁNCHEZ BECERRIL   |   El Español   |   20/01/2019

Cientos de personas que están leyendo estas líneas probablemente hayan sentido en algún momento de su vida que el trabajo, la familia, su relación de pareja o los amigos le superan. Algunos habrán decidido tragar, seguir adelante y no pedir ayuda; o peor, no habrán sabido a quién pedírsela. Y es que una de cada tres familias tiene, ha tenido o tendrá en su seno a una persona con problemas de salud mental, según cuenta Jerónimo Saiz, catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Alcalá y patrono de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental. Este dato visibiliza la situación existente en España sobre un tema que está muy estigmatizado, a pesar de que "cuando uno tiene un problema de salud mental tiene un problema de salud", sentencia el especialista.

"Si se tiene un problema de salud física se debe acudir a un profesional que pueda ayudar, cuando uno tiene un problema de salud mental también tiene que hacerlo", relata el catedrático. De hecho, la OMS define salud como "un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades". Los psicólogos y los psiquiatras son los principales profesionales para ayudar a la gente que siente mermado su bienestar psíquico, pero el desconocimiento y la estigmatización frente a la salud mental lleva a la gente a no saber diferenciar a estos especialistas y desconocer cuándo consultar a uno u otro.

Tan importante es saber las funciones de cada uno, como tener claro a cuál acudir para evitar que el sufrimiento aumente y pueda cronificarse. Para ayudar a resolver esta disyuntiva, EL ESPAÑOL ha conversado con el citado psiquiatra y con Mª Jesús Álava, psicóloga y directora del Centro de Psicología Álava Reyes, para conocer las diferencias entre sus profesiones y cuándo se debe acudir a cada uno para no equivocarse de consulta.

Diferencias entre psicólogo y psiquiatra.- La principal diferencia son los estudios que se realizan para llegar a ejercer estas profesiones. Los psicólogos estudian una carrera específica para ejercer su profesión, y si quieren desempeñar su función en la sanidad pública deben tener la especialidad de psicólogo clínico (se accede a través del PIR); y los psiquiatras estudian medicina y se especializan en esta rama.

Más concretamente, el psiquiatra explica que su profesión "dedica su interés al estudio, tratamiento y prevención de las enfermedades mentales". Estos profesionales utilizan una "tecnología básicamente médica, en la que están implícitos el funcionamiento del cerebro, del organismo humano, de las enfermedades y tratamientos médicos y quirúrgicos; y por supuesto la medicación, una diferencia clara con los psicólogos", destaca.

"Hay un grupo importante de enfermedades psiquiátricas para las que el uso de medicación es necesario, por ejemplo la esquizofrenia, el trastorno bipolar o los casos más graves de depresión", ejemplifica. Pero matiza que la frase de que "los psiquiatras solo recetan pastillas, está equivocada", ya que emplean más técnicas, incluido el tratamiento psicológico.

Asimismo afirma que tanto a la psiquiatría como a sus pacientes les "perjudica el estigma que existe sobre la enfermedad mental". Un hecho que provoca que las personas que notan disminuida su capacidad psíquica para afrontar los problemas que padecen prefieran ir al psicólogo aunque "ciertas enfermedades requieren ser abordadas desde el punto de vista farmacológico".

Por su parte, la psicóloga destaca que "la mayoría de las dificultades del día a día son un tema de psicólogo". Esta profesional apunta a problemas de pareja, trabajo, tensión, estrés, de sentirse inseguro o con la autoestima baja.

"Pero cuando llega un momento que no sabes por qué de repente te encuentras fatal y no tienes fuerza para levantarte de la cama y al día siguiente tienes una euforia enorme y obsesiones, o sientes que alguien te está persiguiendo, se trata de situaciones que entran en el ámbito puro de las enfermedades mentales por lo que se debe acudir al psiquiatra", añade la directora del centro de psicología.
Ambos profesionales coinciden en que los enfoques pueden ser mixtos, lo que implica que intervenga tanto un psicólogo como un psiquiatra. "Hay muchos casos que se llevan en conjunto y el que se beneficia es el paciente", explica la psicóloga. "Hay muchos tratamientos que pueden ser combinados, algo que es muy frecuente por ejemplo en temas de depresión en los que una persona necesita ayuda a nivel de medicación y también terapéutica", destaca el catedrático reforzando este aspecto. Del mismo modo, señalan que entre los propios profesionales se derivan los pacientes en función de lo que sea mejor para cada persona.

¿A quién acudir?.- Una vez presentados los dos perfiles de profesionales, pueden seguir surgiendo dudas de cuál es el más adecuado. Por ello, el catedrático recomienda -desde la perspectiva de la sanidad pública- que la persona que guíe al paciente hacia el psicólogo o psiquiatra sea un médico de familia: "Cuando uno tiene un problema de salud mental tiene un problema de salud y tenemos en este país un sistema de salud pública ejemplar y con buenos medios, por ello la puerta de entrada es un médico de familia". "Los médicos de familia tienen la formación y la capacidad, a veces lo que no tienen es el tiempo necesario para atender de una forma adecuada, por lo que son los que pueden recomendar una opción u otra", recalca.

Pero matiza que "no hay que dogmatizar, puede haber un problema determinado, por ejemplo, con un niño que tenga un problema de rendimiento escolar y, a lo mejor, lo más lógico es acudir a un psicólogo o quizás a un neuropediatra, pero no hay una recomendación absolutamente clara".

Respecto a la duración y frecuencia de cada consulta estos expertos coinciden en que depende de cada caso y el nivel de profundización que necesite cada paciente. En el caso de la sanidad pública (psiquiatras y psicólogos clínicos) "hay atribuidos unos tiempos para las primeras consultas -entre una hora y una hora y media- y otros para las revisiones -entre 20 y 40 minutos-", explica el catedrático.

Para elegir un buen profesional, la psicóloga señala que lo primero que hay que hacer es "preguntar cuál es la metodología que sigue (como son la humanista, la cognitivo conductual o el psicoanálisis), cuánto tiempo lleva ejerciendo y cuál es su especialidad". Y por supuesto, el psicólogo "únicamente es el licenciado o graduado en psicología, algo que es muy evidente, pero hay gente que hace terapia sin tener la titulación".

La psicóloga ejemplifica con casos que llegan a su consulta habiendo sido previamente atendidos por supuestos terapeutas o personas que se han sometido a técnicas de coaching: "Por ejemplo los tratamientos de la ansiedad o la baja autoestima se encuentran dentro del ámbito de la psicología y hay que tener cuidado".

Ni el tiempo todo lo cura, ni si tienes un buen amigo no necesitas un psicólogo .- Para la psicóloga la creencia de que el tiempo todo lo cura "es uno de los mayores errores que hay, mucha veces los tratamientos son mucho más largos porque la gente ha tardado en acudir". "Si es un problema que vives día a día normalmente el tiempo no ayuda, lo agrava", añade. 

"No es lo mismo una persona con una crisis de pánico que se acerca a la consulta después de sufrir una, que otra que viene después de haber sufrido cuatro, hay un sufrimiento inútil que se podría haber evitado", ejemplifica la especialista.

Siguiendo con frases típicas, la directora del centro de psicología desmiente por completo aquella de "Si tienes un buen amigo no necesitas un psicólogo". "Si tienes un buen amigo tienes una buena persona para conversar, pero aunque un amigo tenga su mejor intención, le faltan los recursos que tiene un especialista para hacer un análisis adecuado", destaca a la vez que sentencia que "a veces no solo no te ayuda, sino que pierdes al amigo".


Todos somos raros: científicos de Yale confirman que la persona normal solo existe en la estadística

KRISTIN SULENG   |   El País  |  20/12/2018

Si eres adicto al ajedrez y te apasiona la teoría de cuerdas, esa que dice que el espacio-tiempo tiene hasta once dimensiones; si vives permanentemente enganchado al ordenador, es más fácil encontrarte en Internet que en ningún otro lugar; si no haces lo mismo que los demás, es posible que te hayas sentido un bicho raro alguna vez. O que alguien te haya hecho sentir así. Sin embargo, por mucho que haya quien te identifique con las ratas de biblioteca o quien te defina como nerd, geek, friki u adjetivos que se podrían aplicar a los personajes de la serie Big Bang Theory, no tienes nada de raro. Todos tenemos rasgos que nos hacen diferentes. Es más, según un nuevo estudio de la Universidad de Yale (EE UU), nadie es normal.

La idea de la normalidad, señala Francisco Estupiñá, profesor de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, es relevante en el sentido estadístico para los manuales diagnósticos del ámbito de la salud mental como el DSM, la Biblia de la Asociación Americana de Psiquiatría: "Lo normal, estadísticamente hablando, es lo frecuente". Por ejemplo, entre ser diestro o zurdo, lo habitual es lo primero (como contamos en BuenaVida, solo entre un 10% y un 17% de la población es zurda). La cuestión, continúa este experto, "está en el uso de este concepto en el lenguaje común".
El apelativo "normal" suele dar problemas debido a ser producto de la mezcla de dos sentidos distintos, el científico y el común, indica Cristian Saborido, profesor del departamento de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia de la UNED, quien explica que "el segundo tiene que ver con los ideales que tenemos sobre lo perfecto".

Distintas ideas de normalidad.- En el ámbito del pensamiento, y en la filosofía de la medicina en concreto, esa doble acepción del término se traduce en un debate entre dos perspectivas: la naturalista y la constructivista. "La primera dice que permite distinguir objetivamente los estados sanos de los enfermos y lo ideal frente a lo patológico. La segunda critica esta visión, al defender que la salud y la enfermedad son conceptos plagados de valores que somos incapaces de entender de forma objetiva y que dependen del contexto sociocultural", explica Saborido.


¿Existe un comportamiento óptimo?.- El artículo también cuestiona la historia de nuestra especie. Los autores, subraya Saborido, critican la concepción que asume la evolución como un camino unidireccional que nos ha llevado a (y para) lo óptimo. "La evolución no nos ha llevado a tener un único patrón de comportamiento, sino una enorme cantidad de ellos", señala este profesor. Más que lo óptimo, el motor que nos mueve como especie es lo diverso.

El problema de no sentirse normal.- La optimalidad está vinculada a la búsqueda de la superación, recuerda Estupiñá: "Se relaciona con el perfeccionismo, hasta que el esfuerzo deja de ser eficiente. Es como la caricatura de las numerosas cosas que hay que hacer para ser saludable pero no hay horas en el día para cumplir todo lo que es sinónimo de salud", compara.
Entonces, ¿se puede afirmar que nadie es normal?.- Queda claro que estadísticamente es complicado de decir, porque las personas tendemos a parecernos y solemos establecer perfiles o categorías para las distintas conductas. Pero otra cosa es la existencia de la normalidad.


Esta segunda visión, desde el lado de la psiquiatría, es la que defiende El mito de la optimalidad en la neurociencia clínica, un artículo de los investigadores Avram J. Holmes y Lauren M. Patrick, del departamento de psicología de la Universidad de Yale (Estados EE UU) publicado en la revista Cell. Aunque lo que dicen no es nuevo: "En filosofía se lleva diciendo desde comienzos del siglo XX", asegura Saborido, quien recuerda como los filósofos franceses Michel Foucault y Georges Canguilhem criticaban la idea de normalidad en medicina y en psiquiatría.
La psiquiatría se basa en la mezcla de lo ideal y lo estadístico para establecer, a partir de un conjunto de población, lo que debe ser el comportamiento estándar y considerar patológico todo lo que se le aleje de él. "El objetivo de la psiquiatría sería llevar a la gente a la normalidad estadística porque se entiende que se corresponde con la normalidad ideal", indica este profesor de Filosofía.

"Lo óptimo es un mito. Evolutivamente, somos capaces de desarrollar comportamientos distintos, porque vivimos y nos enfrentamos a contextos muy diferentes. Si solo tuviéramos una forma de actuar, seríamos un desastre", sostiene Saborido. Por tanto, es un error, dicen los autores del estudio, que un neuropsiquiatra, neurólogo o psicólogo analice los comportamientos de forma aislada.

"No se trata de pensar que la gente tiene que comportarse de cierta manera en todos los casos. El humano vive en entornos cambiantes, las amenazas y las oportunidades surgen y desaparecen, y el cerebro debe adaptarse a todo eso. Hay que observar el comportamiento en su contexto", continúa este experto. Solo se puede hablar de comportamientos óptimos dentro de unas circunstancias, pero como término global no sirve, comparte Carmen Agustín, bióloga, doctora en Neurociencias y profesora del Departamento de Biología Celular, Biología Funcional y Antropología Física de la Universitat de Valencia.

Sentirse fuera de lo común a muchas personas mueve a visitar la consulta del psicólogo. Muy pocas recurren a la afirmación "yo no soy normal". La mayoría prefiere expresarlo sobre sus experiencias: "Doctor, lo que me pasa no es normal". Es decir, las viven como algo inconfesable o reprobable. "Lo que esperan es que los psicólogos den una cierta garantía de que lo que les pasa es conocido y tratable. Y la respuesta debe transmitir que no deben avergonzarse e intentar exponerles soluciones", explica este psicólogo.

Para valorar como patológico un problema de conducta, hay que hacer dos preguntas fundamentales, continúa Estupiñá: ¿La persona sufre por lo que le pasa? ¿Le hace más difícil participar de su vida social, laboral, familiar? "La interferencia con el ser subjetivo y con las circunstancias objetivas es más importante que las etiquetas complejas. Cuando el problema no trastoca la vida cotidiana es difícil considerarlo trastorno, pero si lo hace, entonces hay que abordarlo", sostiene Estupiñá.

"El individuo promedio es una caricatura, no existe, es una mera construcción estadística". Aunque muchas veces nos acercamos a la estadística de forma muy ingenua, sin compresión técnica. Si decimos que los españoles comen de media medio pollo, eso significa que hay españoles que no comen pollo y otros que comen uno entero. Esto pasa en ámbitos sensibles como la sexualidad. En los estudios epidemiológicos, la vida sexual se dibuja como un promedio, pero otros estudios que se centran en el comportamiento a través de lo que la gente busca en Internet no tienen nada que ver con ese estereotipo resultante de hacer encuesta a la gente sobre cómo se ve", concluye Estupiñá.

jueves, 31 de octubre de 2019

¿En qué se diferencian una lesión de un gesto suicida?

Dra. AZUCENA DIEZ   |   Blog Clínica Universidad de Navarra   |   2/10/2019

·        “Cuando un adolescente se autolesiona lo habitual es que su entorno se alarme porque lo identifican con un deseo de muerte”, explica la Dra. Azucena Díez, psiquiatra de la Clínica Universidad de Navarra y presidenta de la Sociedad de Psiquiatría Infantil de la Asociación Española de Pediatría (AEP).

·        “Sin embargo, si se les da la oportunidad, ellos mismos suelen explicar las diferencias, ya que una autolesión no implica una idea de suicidio”, añade. Así, estas responden a estados emocionales de ira, desesperación o angustia, y los gestos suicidas se relacionan con ideas crónicas de desesperanza.
·        Los métodos empleados en las autolesiones son menos graves y generalmente no son peligrosos para la vida. Los más característicos son los cortes superficiales (horizontales en el antebrazo), morderse, quemarse, o ingerir fármacos u otras sustancias peligrosas en dosis insuficientes para causar la muerte. Los jóvenes suelen ser conscientes de que su comportamiento puede causar lesiones graves pero que no suponen una amenaza para la vida. La autolesión es un comportamiento muy repetitivo, incluso se le cataloga como adictivo.

·        Su intención no es “llamar la atención”, sino pedir ayuda, porque la necesitan. En muchos casos las autolesiones buscan aliviar su malestar, por ejemplo, los adolescentes con trastornos de la conducta alimentaria las realizan para aliviar su culpabilidad por haber comido, vomitado o estar causando daño a sus padres. Otras personas, en especial las que han sufrido traumas, manifiestan sentimientos de vacío existencial y desean “sentirse vivos, desentumecerse”. Algunos adolescentes que se autolesionan pueden buscar la deseabilidad social, es decir, “que se hable de ellos, aunque sea mal”. También pueden querer escapar de situaciones dolorosas, como intentar que sus padres estén juntos tras una separación o relación conflictiva.

·        ¿Cómo podemos prevenir el suicidio?
·        El suicidio es la primera causa de muerte externa, es decir, no causada por una enfermedad, muy por encima de los asesinatos, incluidos los debidos a violencia machista. Se encuentra entre las primeras diez causas de muerte en adolescentes y adultos jóvenes en todo el mundo. En España, supone la segunda causa de muerte en menores de 18 años, después de los accidentes de tráfico. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) en el año 2014 se suicidaron 69 menores entre 15 y 19 años.
·        Las personas que tienen un riesgo mayor de cometer suicidio son aquellas que padecen enfermedades mentales, principalmente depresión, aunque también otras, como trastornos de la conducta alimentaria, psicosis, etc. El consumo de alcohol y otras sustancias también aumenta el riesgo, porque favorece el paso al acto. Además, el hecho de estar involucrado en situaciones de violencia (ya sea acoso escolar o bullying, pareja o familiares) se ha descrito también como un factor de riesgo, así como las sensaciones de pérdida (duelos, rupturas de pareja, divorcio de los padres) y diversos entornos culturales y sociales.

·        La conducción temeraria, saltar desde lugares peligrosos (grandes alturas, vías de tren o metro), consumo de drogas con fin de experimentación en dosis o modos inusuales, etc., son actividades que se realizan como diversión para buscar el placer que genera el riesgo, pero “pueden esconder intenciones suicidas encubiertas”, asegura la especialista de la Unidad de Psiquiatría Infantil y Adolescente de la Clínica Universidad de Navarra.

·        ¿Los principales signos de alarma? Que la persona comunique de forma repetida estas ideas, ya sea de forma directa o indirecta, que planifique el método y lugar, que niegue estas ideas o su plan ante una sospecha, que lo haya intentado previamente, más si ha sido de forma violenta, o que la intervención por parte de su entorno sea improbable.

·        Desde la perspectiva de los familiares o amigos, cuando exista una sospecha de que un adolescente pueda estar pensando en el suicidio, aunque incluso parezca remota, se debe tratar de dialogar con él, sin discutir ni criticarle, transmitiendo una sensación de ayuda incondicional para intentar averiguar “sus” motivos. “Además, preguntar por las ideas de suicidio no aumenta el riesgo, sino que lo reduce”, indica la especialista de la Clínica Universidad de Navarra. Es importante contar con la opinión y colaboración de los profesionales del ámbito educativo, como el tutor u orientador escolar y, según la gravedad de lo relatado, acudir a un profesional de la salud, inicialmente su pediatra o médico de atención primaria, o a un psiquiatra/psicólogo con formación y experiencia con adolescentes.

·        Así, la misión de las familias y de los profesionales de la salud es que sustituyan esos comportamientos por otros más adaptativos. “La presencia de éxito académico, planes de futuro, espiritualidad, apoyo, comunicación familiar y la sensación de pertenencia a un grupo son los principales factores protectores”, concluye la doctora.



domingo, 27 de octubre de 2019

5 competencias de Inteligencia Emocional para aplicar en el trabajo

OLGA CAÑIZARES GIL   |   UNIR (Universidad Internacional de La Rioja)   |   03/07/2019

Pasamos más de la mitad de nuestra vida adulta en el trabajo. La actividad laboral nos ocupa más horas que la suma de todas las demás que realizamos. Y si el tiempo dedicado a trabajar es “tiempo perdido”, “tiempo muerto” o “tiempo inconsciente”, la mayor parte de nuestra vida habrá sido desperdiciada, inactiva o inconsciente.
El trabajo puede presentar desafíos y oportunidades para alcanzar logros. Para ello, el mejor entorno es aquel en el que las personas se sientan respetadas, escuchadas, valoradas, apoyadas y dignas, donde se les confíe una tarea importante y estimulante que les permita actuar en alineamiento con sus valores y al mismo tiempo contribuir al cumplimiento de la misión de la organización.
Sin embargo, la clave está en la actitud, aquella con la que se vaya cada día a trabajar. La realización personal será más fácil de lograr si somos conscientes de la responsabilidad que tenemos con nosotros mismos y observamos un propósito significativo que vaya más allá de la satisfacción inmediata. De esta forma el dinero llegará como consecuencia.

Cómo aplicar la Inteligencia Emocional en nuestra vida laboral
Cualquier iniciativa implica un riesgo, y es ahí donde entra la confianza. La integridad nos permite afrontar esos riesgos, ella nos ofrece la seguridad de saber que hemos puesto todo por nuestra parte, y que aun cuando nuestras acciones no fueron suficientes para lograr el resultado deseado, han sido las necesarias para conservar la dignidad y la autoestima. Y esta seguridad nos permite disfrutar la vida en plenitud y paz.
La Inteligencia Emocional nos brinda las actitudes y las herramientas que harán posible que desarrollemos las competencias para sentirnos plenos y contributivos. Todas ellas ya existen en nosotros, se trata tan solo de activarlas conscientemente:

1-Autoconsciencia: Para poder estar en contacto con las emociones, reconocerlas, aceptarlas y que sirvan de guía para conseguir nuestros objetivos. La autoconsciencia nos permite tener una valoración adecuada de nosotros mismos (autoestima) y eso favorece la transparencia y la autoconfianza que, a su vez, propiciará la asunción de la responsabilidad y de logro.

2-Autorregulación: Para ser capaces de modular nuestras emociones, modificar nuestros comportamientos y conseguir nuestras metas, adaptándonos al contexto y promoviendo el bienestar tanto individual como social. La regulación es necesaria para poder expresar las emociones equilibradamente, sin inhibirlas y sin desbordarse. Esto implica examinar con atención las ventajas e inconvenientes de alinearse o no con el estado emocional.
Algunas preguntas claves para trabajar esta habilidad:
• ¿Qué tengo que hacer/decir, para alcanzar el resultado esperado?
• ¿Cuál sería la estrategia a seguir para obtener el efecto que necesito?
• ¿Cómo plantearía mi actuación para manejar los estados emocionales de la otra persona?

3-Automotivación: Para generar estímulos que nos lleven a una meta que queremos lograr. Conseguir desarrollar la automotivación requiere de un trabajo personal importante para poder afrontar dificultades como el fracaso, la pereza, el cansancio, y ser capaces de elegir los pensamientos adecuados a fin de sentir el éxito que esperamos.
Hay tres tipos de automotivación basados en recompensas diferentes: intrínseca, extrínseca y trascendente. De esto hablaremos otro día.
4- Gestión de las relaciones: Relacionarnos es parte de nuestra naturaleza. Para ello necesitamos dos claves fundamentales:
Actitudes:
– Empatía, ponernos en el lugar del otro.
– Escucha activa, atender en 360 grados: lenguaje, cuerpo y emoción.
– Proactividad, pasar a la acción.
– Autenticidad, ser lo que somos desde el corazón.
Técnicas:
– Comunicación productiva, capacidad fundamental para dar a conocer a los demás lo que pensamos, lo que sentimos y lo que somos.
– Asertividad, respeto y valoración por nosotros y por los demás.
– Feedback, una habilidad fundamental en la gestión y construcción de nuestras relaciones.
– Preguntas, porque son estimulantes, provocan movimiento interno y pueden generar creatividad y por consiguiente cambio. Hacer preguntas poderosas es una técnica que se aprende. Si queremos ayudar a una persona a que se desarrolle, será muy útil utilizarlas. En cuanto a nuestras relaciones, las preguntas nos permiten saber cuál es el estado de ánimo de los demás, evitar interpretaciones al obtener las respuestas.

5- Gestión del cambio: Muchas veces, los procesos de cambio generan estados emocionales de desequilibrio, que a su vez provocan tensión, enfado, incertidumbre, desconfianza.
Una reacción normal es la resistencia, la queja e incluso la negación. Nuestra mente rechaza la posibilidad de relacionarnos con dos realidades opuestas que entran en conflicto, y esto nos permite mantenernos coherentes con nosotros mismos.
Necesitamos proteger nuestra identidad y nuestra seguridad, y por eso, cuando se produce una resistencia al cambio, se está produciendo una etapa normal de transición entre la realidad que vivimos y la que está por llegar.
Estos son algunos de los escenarios más comunes durante un proceso de cambio:
• Negociaciones.
• Resolución de conflictos.
• Alineamiento de puntos de vista.
• Logro de objetivos.
En un contexto de este tipo, la inteligencia emocional se hace imprescindible para reconocer sentimientos propios y ajenos, generar automotivación, distinguir las diferentes etapas del cambio y generar relaciones de calidad con los compañeros y con los alumnos.
Ello hará que las personas sean capaces de activar la empatía y vean las cosas desde la perspectiva ajena, rompiendo así bloqueos, alimentando la tolerancia y ayudando a gestionar las diferencias para asegurar un cambio efectivo.

La Inteligencia Emocional es un factor elemental a la hora de interactuar con otras personas. Aplicando los principios teóricos, el alumno aprende en la práctica a conocerse y a gestionar sus propias emociones primero, y luego a tratar las diferentes situaciones que se generan gracias a las emociones que actúan en las decisiones de cualquier ser humano.