viernes, 3 de enero de 2020

El estrés laboral, la pandemia del siglo XXI.


PAZ  ÁLVAREZ   |   El País   |   Madrid   |   10/11/2018

Una excesiva y desordenada carga de trabajo puede ser el origen de numerosas enfermedades

Las empresas deberían adoptar de manera urgente sistemas de prevención

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el estrés como el conjunto de reacciones fisiológicas que prepara al organismo para la acción. Es la respuesta de un organismo frente a un cambio en el mundo exterior que le rodea. No es un concepto nuevo, se padece desde la prehistoria, pero ya en 1029, el fisiólogo estadounidense Walter Bradford Cannon introdujo el término estrés en su disciplina como una situación amenazante, una reacción lucha-huida.

También el endocrino húngaro Hans Seyle desarrolló en 1932 el concepto el estrés como la tensión física o emocional que sufre el cuerpo. Y la 
Real Academia Española (RAE) habla de estrés como la tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves.

Pero el estrés no siempre es nocivo y perjudicial, sino que en muchas ocasiones es el motor que impulsa a la acción o a lograr metas en la vida. Es lo que se llama, afirma el Víctor Vidal, investigador del estrés laboral e inspector de la Seguridad Social, el estrés“el bueno, que causa placer y ayuda a la reactivación del organismo de manera positiva, porque estimula la actividad y la energía”. Pero el que debería hacer saltar todas las alarmas, sobre todo en el mundo de la empresa y de momento no lo está haciendo, es el distrés, “el que disgusta, el que rompe la armonía entre el cuerpo y la mente, el que altera, este es una amenaza”. Y este tipo de estrés el que los expertos consideran la pandemia del siglo XXI. “Porque produce enfermedades, y la que no está la agrava, porque se abusa del tabaco, del alcohol, se sigue una mala alimentación, no se hace ejercicio...”, afirma este experto, que considera un error que la sociedad haya normalizado el término estrés.

“Lo utilizamos como algo habitual, y se ha obviado que hay línea directa relacionada con el cáncer de mama o de colon, por ejemplo. Es cinco veces peor que el alcohol y el tabaco”, afirma Vidal, que pone como ejemplo de buenas prácticas a Japón, que ha puesto el distrés como el mayor problema de salud de la población, dado que es una patología que afecta a profesiones con una elevada carga de tensión, como pueden ser los brokers, los ejecutivos sometidos a demasiada presión o cualquier profesional agobiado por la obtención de determinados objetivos. “El estrés aparece cuando valoramos una situación amenazante y no nos sentimos con recursos para afrontarla. Por ejemplo, cuando se exigen muchas tareas y no se sabe cómo hacerlas o son muy difíciles. Es decir, percibimos una descompensación entre las demandas y los recursos”, explica la psicóloga Elisa Sánchez, coordinadora del grupo de psicología y salud laboral del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid.

De hecho, según Vidal, más del 80% de las enfermedades actuales está relacionado con el estrés, ya que afecta a todas las células del organismo y destruye sobre todo las células cerebrales. Además, el estrés produce ictus, infartos, insomnio, patologías dermatológicas, pérdida de peso, diabetes, alteraciones hormonales y cardiacas, disminuye la defensas… La retahíla no acaba ahí, dice Vidal, que también apunta hacia el elevado número de suicidios, sobre todo entre la gente joven, “desbordada por las elevadas cargas de trabajo”. Ante todo esto, solo cabe poner barreras, pero de manera urgente.

Para gestionarlo de una forma adecuada, apunta la psicóloga Sánchez, el primer paso a seguir es saber identificarlo, “conocernos a nosotros mismos, qué situaciones nos hacen sentir amenazados y cómo reaccionamos ante ellas”. Porque las emociones, incluidas el estrés no son negativas, son un aviso de cómo estamos percibiendo esa situación. Por tanto “reconocerlo, no negarlo, sino aceptarlo sería lo primero”. Lo siguiente sería afrontarlo de forma positiva, buscando soluciones. Por ejemplo, planificando mejor las tareas, y también los descansos,” no por trabajar más horas somos más productivos, además nuestra salud se puede ver afectada”. También es importante buscar recursos, bien aprendiendo lo que necesitamos para desempeñar adecuadamente el trabajo, además de revisa creencias y autoexigencias, “como tengo que hacerlo todo perfecto a la primera, necesito controlarlo y supervisarlo todo”.

En tercer lugar, señala la experta del Colegio de Psicólogos de Madrid, es necesario valorar el trabajo de una manera más ajustada, más equitativa, evitar pensar que es lo único o todo en la vida. “Hay que darle la importancia que requiere equilibrándolo con otras facetas de nuestra vida, como es la familia, la salud, el desarrollo personal o el ocio”.

El papel de la relajación es fundamental, advierte el doctor Vidal, “la risoterapia es muy importante, controlar la respiración, leer el periódico porque aplicamos tres sentidos y, según un estudio realizado en Estados Unidos, hace a la persona olvidarse de los problemas”. Pero hay algo importante en el mundo laboral que también puede ayudar a mejorar los niveles de estrés, como es saber delegar, “ver lo importante de lo que no es, focalizar los problemas”. Y si no se pone coto a este problema, señala el inspector de la sanidad pública, “estamos abocados a una situación caótica porque se puede poner en peligro a la especie humana”.

Desde el punto de vista de la organización, detalla la psicóloga Sánchez, se pueden realizar medidas preventivas, como realizar evaluaciones de riesgos psicosociales, tal y como lo requiere la normativa, adecuar la carga de trabajo y realizar un reparto correcto de las tareas. Conviene, además, adoptar estilos de liderazgo saludables, fomentando un estilo participativo. “Es importante que los trabajadores se sientan escuchados y valorados, así como disponer de autonomía para tomar decisiones sobre cómo hacer sus tareas”, explica, además de impulsar la flexibilidad temporal, el teletrabajo, los espacios de trabajo adecuados y ergonómicos. Y sobre todo conviene estar atentos a cuando empiezan a aparecer los primeros síntomas, como la falta reiterativa de memoria, caída de pelo, falta de sueño. Es el principio de la cuenta atrás.

PUEDE  ARRUINAR UNA VIDA

¿Cómo puede alguien olvidar a su hijo pequeño en un coche? El trágico suceso conmocionó el mes pasado a la población, cuando un padre olvidó a su hija en el coche y se marchó a trabajar. La respuesta la ofrece el doctor Víctor Vidal: “ocurrió por estrés, porque se ha demostrado que los ejecutivos tienen cada vez una mayor falta de memoria, y eso al final está haciendo que aumente la siniestrabilidad”.

Para la psicóloga Pilar Conde, es vital estar atentos a los primeros indicios de la aparición del estrés. “Los más conocidos son los problemas alimenticios, como falta de apetito o apetito desmesurado, trastornos del sueño, pero, sobre todo, un malestar que se va apropiando de nuestro día a día”, señala, a la vez que detalla posibles distracciones, irritabilidad, falta de sociabilidad. “La intolerancia hacia el entorno y los cambios de humor van ganando terreno y, ante este panorama, nos cuesta tomar decisiones. El estrés suele ser el resultado de la tensión a la que estamos sometidos en nuestra vida laboral, sentimental o familiar”, afirma la directora técnica de Clínicas Orígenes.


Adolescentes que se autolesionan, como salida a su frustación.

ANA TORRES MENÁRGUEZ   |   Madrid   |   El País   |   29/12/2019

“Psiquiatras de la sanidad pública alertan sobre la falta de recursos para prevenir los cada vez más frecuentes daños físicos autoinfligidos entre jóvenes”.

Lucía, de 16 años, no recuerda el comienzo. Desde que tiene “uso de razón” busca cómo hacerse daño físico. Cintas apretadas en el abdomen, pellizcos, o arañazos a los que más tarde siguieron cortes en los brazos. Lucía sufre una patología que consiste en autolesionarse para regular su dolor emocional. “Cuando lo hago no siento nada, no me duele”, dice con la mirada baja y una melena larga y negra perfectamente peinada, sentada en una mesa de la unidad de Psiquiatría del hospital Gregorio Marañón de Madrid. Lucía, que prefiere no dar su nombre real, ingresó en ese centro hace un año y medio y acaba de recibir el alta. En 2019, el hospital ha realizado más de 400 intervenciones a adolescentes de 12 a 18 años por causarse daño físico para bloquear su sufrimiento mental. En un año han tratado a 85 nuevos pacientes.

Tanto en el Gregorio Marañón como en el Vall d'Hebron (Barcelona), dos de los centros hospitalarios con una unidad específica para adolescentes que se autolesionan, aseguran que es un fenómeno que no para de crecer y que se remonta a principios de la década de 2000. Ante la falta de datos nacionales y la escasez de investigaciones, los psiquiatras lo asocian al uso “descontrolado” de Internet y a la difusión de imágenes explícitas de las lesiones que los propios adolescentes hacen en redes sociales como Instagram.

¿Qué les conduce a hacerse daño? Algunos fueron víctimas de abuso sexual, físico o psicológico. Otros sufren ansiedad, depresión o trastorno de la personalidad. También hay quienes simplemente no saben gestionar su frustración adolescente. “Algunos de estos jóvenes presentan un estado mental de disociación, les cambia el estado de consciencia y no sienten dolor al cortarse, al contrario, segregan endorfinas y lo viven como un momento de alivio”, explica María Mayoral, psicóloga clínica y coordinadora de Prisma, un programa de salud mental para adolescentes que el Gregorio Marañón puso en marcha en 2018 ante el aumento de ingresos. “Hay una idea generalizada y errónea de que lo hacen para llamar la atención; es mucho más complejo, estos adolescentes tienen una patología mental y necesitan la ayuda de un profesional”, expone. El ministerio de Sanidad no tiene datos oficiales de autolesiones.

La mayoría de los pacientes ingresan con cortes infligidos con cúter, cristales o cuchillas extraídas de sacapuntas en brazos, muñecas, muslos o partes del torso. Otros presentan quemaduras o golpes. “Es una respuesta de los jóvenes de hoy a la frustración y el factor Internet aumenta el efecto contagio”, explica Carlos Delgado, psiquiatra del Gregorio Marañón. El 90% de sus pacientes le cuentan que no sienten dolor al hacerlo. “Es adictivo; la tendencia es aumentar los daños y la frecuencia”, añade. “Es un proceso mental complicado, muchos de ellos se hacen daño porque creen que lo merecen, sienten culpabilidad por algo que les ha pasado”. Delgado cree que el ministerio debería implicarse, reunir a un grupo de expertos que analicen la situación y asesoren sobre una campaña preventiva. “En los años noventa se hizo con la anorexia y la bulimia; con este tema ya vamos tarde”, lamenta.

En el caso de Lucía, su madre se enteró cuando ella tenía 13 años. La alertó su tutora del instituto. Desde hacía años, cuenta la madre, le veía estrías por el cuerpo; pensaba que era por perder y ganar peso y no por atarse cintas a presión. “En sexto de primaria tenía una actitud complicada y en la ESO se disparó”, asegura. Hace un mes que le dieron el alta a su hija, pero sabe que puede haber recaídas. La media de recuperación está en los dos años. “La tutora me dijo que era una moda, que los chavales se pasaban imágenes por Whatsapp. Mi hija estaba enferma y yo no supe verlo”. Lucía no quiere contar qué es lo que la atormenta. Su madre tampoco y la enfermera asiente. Aún no está preparada.

El hospital Vall d'Hebron es otro de los que ha registrado un aumento de adolescentes que se autolesionan. En los últimos tres años, el 20,5% de los ingresos por urgencias se corresponden con esos casos. “Es un problema relativamente nuevo y es síntoma de que algo no se está haciendo bien; no existen recursos específicos para prevenir y los profesionales no están formados para hacer frente a esta patología, que afecta sobre todo a adolescentes de 15 a 17 años”, denuncia Marc Ferrer, jefe de hospitalización psiquiátrica del centro, que alerta de que programas como el del Gregorio Marañón son escasos en España.

En Estados Unidos, un estudio de la American Medical Association de 2012 señaló que, por primera vez desde los años sesenta, las enfermedades mentales superaron a las físicas entre los adolescentes en ese país. Según ese informe, que destacaba que los problemas de comportamiento se dan en mayor medida entre familias con salarios más elevados, las consecuencias son menos horas de escolarización y, por lo tanto, menores oportunidades educativas. En la edad adulta, esos chicos trabajan una media de siete semanas menos al año que los que padecieron problemas físicos crónicos en su infancia. “En Estados Unidos ya hace tiempo que se habla de la necesidad de destinar más recursos a salud mental en niños; aquí todavía no se ha reconocido la gravedad del asunto”, recalca Ferrer.

La Sociedad Española de Psiquiatría denuncia que España solo destina el 5% de su presupuesto sanitario a la salud mental, frente al 7% de media europea. “No es una prioridad ni la prevención ni la financiación de proyectos de investigación”, considera Celso Arango, el presidente de la organización.

Comunicación familiar.- Los psicólogos advierten de que los problemas de los adolescentes para gestionar su frustración se remontan, en muchos casos, a la infancia como consecuencia de la falta de comunicación con sus padres. “No atender las necesidades emocionales de tu hijo desde pequeño puede desembocar en este tipo de conductas; si se reprimen sus emociones es más fácil que se bloqueen y tomen decisiones inadecuadas y dañinas”, explica María Mayoral, del Gregorio Marañón.


La historia de autolesiones de Marta, de 21 años, que no quiere dar su nombre real, arrancó durante una discusión familiar en el coche cuando tenía 16. “Hubo una discusión, me puse muy nerviosa y me empecé a arañar los brazos hasta hacerme sangre”, cuenta la joven. Le prometió a su madre que no se repetiría, pero entró en un bucle del que no sabía salir. “Desmontaba sacapuntas, utilizaba grapas... Internet me dio muchas ideas de cómo hacerlo sin que mi vida corriese peligro”. A Marta le diagnosticaron retraso madurativo a los tres años y más tarde, en primaria, déficit de atención sin hiperactividad. Su familia no contó con el apoyo que necesitaba. Cada vez perdía más los nervios. Su madre cuenta cómo días previos a los exámenes, su hija se ponía muy nerviosa y se daba cabezazos contra los azulejos de la cocina. “En la terapia te das cuenta de cómo las heridas físicas te engañan, son una falsa anestesia”.

“LLEGAN AL HOSPITAL SIN SABER QUE ESTÁN ENFERMOS”.- Los adolescentes, cuentan los médicos, llegan al hospital sin ser conscientes de que sufren una enfermedad. “Con la terapia entienden que se agreden porque no pueden regular sus emociones”, explica Begoña Cerón, enfermera especialista en salud mental del Gregorio Marañón. Allí emplean la terapia dialéctico conductual —de forma individual y en grupos—, que consta de cinco módulos centrados en enseñarles habilidades para romper con su patrón de conducta. Ejercicios de relajación para tomar conciencia de uno mismo y entrenamiento para detectar cuándo arranca el pensamiento negativo que lo desencadena “todo”. Las enfermeras lo llaman la radiografía de la emoción.

“Primero aparece un pensamiento hostil que se repite en la cabeza; eso estimula el sistema nervioso central y el cuerpo empieza a segregar adrenalina y cortisol, a partir de ahí aparecen síntomas físicos, como sudoración en las manos o dificultad para respirar, y por último llega la planificación del daño físico para frenar la avalancha mental”, describe Carmen Martín Alegre, otra de las enfermeras del equipo.

La clave es que aprendan a hacer algo diferente que frene ese bucle. “No se trata de que perdonen a alguien por el daño que les ha podido causar (en el caso por ejemplo de abusos físicos o sexuales), sino de que acepten su emoción y aprendan a manejarla para que no les lleve a hacerse daño”, añade. La medicación se compagina con la terapia en los casos más agudos.


miércoles, 1 de enero de 2020

Aprobado un derivado de la ketamina para tratar depresiones muy graves.

JESSICA  MOUZO  QUINTÁNS    |   Barcelona   |   El País   |   20/12/2019

"La EMA da luz verde a la esketamina, que se administrará en forma de spray nasal y será de dispensación hospitalaria"

La ketamina, ese viejo anestésico reconvertido en una potente droga recreativa, tendrá una nueva vida como fármaco para tratar las depresiones más graves. La Agencia Europea del Medicamento (EMA, por sus siglas en inglés), ha dado luz verde al uso de la esketamina, un primo hermano de la ketamina, para pacientes con depresión que no responden a los tratamientos tradicionales y tienen un elevadísimo riesgo de suidicio. El medicamento, de nombre comercial Spravato, se presentará en forma de spray nasal y será de dispensación hospitalaria. 

Desde que se sintetizó en 1962, la ketamina ha tenido muchas vidas. La sustancia, con propiedades anestésicas, se usó durante mucho tiempo como anestesia para niños y adultos. También se empleó en veterinaria. Su salto al uso recreativo se debe a sus efectos psicodislépticos, pues produce cambios mentales que distorsionan la percepción normal de la realidad y puede inducir alucinaciones.

Su nuevo uso, como parte del arsenal terapéutico contra la depresión, supone una vuelta de tuerca a los antidepresivos actuales, pues el mecanismo de acción es diferente. Mientras que los clásicos, como el Prozac, actúan sobre el núcleo central, como un inhibidor de la serotonina. La esketamina, un isómero de la ketamina, actúa sobre la corteza cerebral. En concreto, sobre el sistema glutamatérgico: "Una porción del glutamato está modulada por la esketamina y cuando actúa, cierta cantidad de glutamato no se libera y reduce la cantidad de estrés. Aunque la gente piense que una persona con depresión está como apagada, el problema es que su cerebro está hiperactivo", explica Eduard Vieta, jefe de Psiquiatría del Hospital Clínic de Barcelona y uno de los investigadores que participó en los ensayos clínicos con el Spravato.

Otra diferencia con respecto a los fármacos tradicionales es que la esketamina es altamente eficaz desde la primera toma. Con los antidepresivos clásicos había un tiempo de carencia de varias semanas hasta que comenzaba a hacer efecto en los pacientes. Sin embargo, con el nuevo tratamiento, los efectos se detectan a las pocas horas. "En la mayoría de los casos, los resultados se ven muy pronto y las ideaciones suicidas desaparecen a las pocas horas", apostilla Néstor Szerman, jefe del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital Gregorio Marañón de Madrid. En Estados Unidos, la FDA (la agencia reguladora, homóloga de la EMA) ya dio luz verde al fármaco hace unos meses.

Con todo, advierten los psiquiatras, la esketamina no es la panacea ni pretende serlo. "El uso no es inocuo. Son fármacos que hay que utilizar solo en medios sanitarios y tiene que haber un manejo de los efectos secundarios", sostiene el doctor Víctor Pérez, jefe de psiquiatría del Hospital del Mar de Barcelona. De hecho, el nicho de potenciales pacientes está acotado a aquellos que sufren depresiones muy refractarias, que no han respondido, al menos, a dos antidepresivos tradicionales. "Son fármacos alternativos a la terapia electroconvulsiva. Es decir, para pacientes que no responden a otra cosa y tienen un riesgo de suicidio muy alto", advierte Pérez. En España, se estima que la prevalencia de la depresión es del 4% y, alrededor del 20% pueden ser resistentes a los tratamientos tradicionales.

El mayor riesgo que ven los expertos con este fármaco son los efectos secundarios son los estados disociativos —en los ensayos, según Vieta, el 25% de los pacientes sufrió "un estado de despersonalización"— y la probabilidad de adicción. "Son fármacos que tienen riesgos. No son la cura a la depresión, pero pueden hacer que los pacientes se encuentren mejor. Aunque no son medicamentos para toda la vida", avisa Marta Torrens, psiquiatra del Hospital del Mar.
El debate, no obstante, está abierto y el uso de los psicodislépticos sigue generando controversia. "Es como dar cocaína a un depresivo. La cocaína te da alivio, pero después es peor la caída. Creo que es un fármaco que está a medio investigar, que requiere más investigación sobre sus efectos indeseados", opina Joan Ramon Laporte, catedrático emérito de Farmacología de la Universidad Autónoma de Barcelona. Otros expertos, señalan, no obstante, que riesgos como la adicción son asumibles. "Cualquier medicación puede generar abuso, pero eso ocurre en personas que tienen una vulnerabilidad de base. El 30% de los pacientes con depresión tienen abuso de otras sustancias, pero no nos preocupa porque el riesgo real está en la depresión. Lo que nos preocupa es salvarle la vida", apunta Szerman. Coindice Josep Antoni Ramos-Quiroga, jefe de Psiquiatría del Hospital Vall d'Hebron de Barcelona y miembro del Comité asesor de este fármaco para Janssen, la farmacéutica que comercializa la esketamina: "Las dosis que damos están muy por debajo de las dosis anestésicas que generan adicción. Necesitarías 200 viales, al precio de 300 euros, para generar adicción".

Con todo, para combatir los eventuales riesgos, la dispensación sería hospitalaria y bajo control médico. "Se lo administra el propio paciente, pero con la instrucción del sanitario. Dos tercios de los pacientes mejoran con este fármaco", sentencia Vieta. En los ensayos, se probó la esketamina en combinación con otro fármaco antidepresivo de los tradicionales, pero Vieta matiza que la EMA ha dado luz verde a la administración a solas de la esketamina. "Quedará a elección del psiquiatra si lo combina o no", concluye el médico del Clínic. La pauta de tratamiento empieza con varias dosis entre semana al principio, para luego ir espaciando la administración del fármaco.

Ramos-Quiroga adelanta que hay un estudio en marcha para analizar los resultados a largo plazo. "En el estudio de seguimiento a 84 semanas, en los pacientes estables que habían remitido tras la administración de la esketamina, el riesgo de recaída se redujo un 51%", apunta el psiquiatra de Vall d'Hebrón.

La ketamina no es la única sustancia de uso recreativo que se ha puesto a disposición de la medicina para combatir enfermedades. El éxtasis o la psilocibina (presente en un tipo de hongos), también se están probando con potencial uso terapéutico. Durante una jornada de debate celebrada la semana pasada en el Hospital del Mar de Barcelona, el jefe de Psiquiatría del centro, Víctor Pérez, admitió que son "temas conflictivos". "El uso no es inocuo y la duda que tenemos es qué tenemos que hacer para seguir investigando, pero sin generar problemas indeseados", apunta.

Como la esketamina, el éxtasis y la psilocibina pueden actuar contra la depresión, aunque su potencial de riesgo no es la adicción, sino "un mal viaje", resume Pérez. Es decir, un cuadro psicótico. Un derivado del mdma (éxtasis) también se está investigando para tratar el estrés postraumático. "Estas investigaciones son una oportunidad que no podemos desperdiciar, pero hay que controlarlo bien", agrega la psiquiatra Marta Torrens.


Un videojuego contra el TDAH

JAVIER ÍÑIGUEZ DE ONZOÑO    |   El País   |   Mataró   |   07/08/2019


Una empresa de Mataró desarrolla un mecanismo para fijar la atención y controlar la pantalla con la vista.

La mecánica de Duck, el videojuego desarrollado por la empresa emergente Braingaze, es sencilla. El jugador debe disparar a una serie de objetos móviles (una diana, un huevo dorado…) y esquivar a las aves que aparecen en la pantalla. Su aspecto más novedoso llega gracias a un dispositivo sueco, Tobii Eye X, que permite controlar el disparador con el movimiento de los ojos. Un videojuego que pretende ser una ayuda para los pacientes con trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

“Si se entrena el control del movimiento de los ojos, creemos que mejorará el proceso de neurotransmisión”, argumenta Hans Supèr, primer ejecutivo de Braingaze, empresa con sede en el campus tecnológico de Mataró (Maresme).

La revista científica Psychiatrist publicó este año parte de las investigaciones de Supèr respecto al seguimiento ocular como posible tratamiento del TDAH. Braingaze desarrolló un experimento para comprobar si Eye X mejoraba la concentración de los menores: se dividió a 28 niños de entre 8 y 15 años en dos grupos y, durante tres semanas, jugaron a RECOGNeyes, una versión primigenia de Duck. Uno de los grupos utilizó la tecnología de Eye X para controlar la pantalla con los ojos, y el otro empleó un simple ratón de ordenador. Los primeros mejoraron ciertos patrones de atención.

“La hipótesis es que el sensor ocular mejora los movimientos del ojo y, consecuentemente, la atención”, resume Supèr. El TDAH es un trastorno neurobiológico que suele diagnosticarse en niños y adolescentes, pero acompaña al adulto el resto de su vida. “Se caracteriza por un patrón persistente de inatención y/o hiperactividad que interfiere en el ámbito personal y profesional”, explica la doctora Núria Mallorquí, responsable de la unidad de TDAH del Hospital Universitario Dexeus.

La empresa planea alquilar los dispositivos para controlar el disparador con la vista al precio de unos 150 euros. El lanzamiento del software de Duck se prevé para el próximo mes de septiembre.

domingo, 29 de diciembre de 2019

La depresióin mata, aunque no hables de ella-Día Mundial de la Salud 2017

GADOR  MANZANO   |  El País   |   09/04/2017

La tristeza crónica mata. Y si eres joven o adolescente aún más. El suicidio es la segunda causa de muerte juvenil mientras que la depresión es la primera causa de enfermedad y discapacidad entre los adolescentes según la Organización Mundial de la Salud. La depresión es la enfermedad a la que se dedica toda la atención del Día Mundial de la Salud 2017, que se celebra este viernes 7 de abril.

Si existe una verdadera enfermedad silenciosa es la depresión. En muchas sociedades sigue siendo tabú y el individuo no solo tiene que combatir la enfermedad en sí, sino también el estigma asociado a ella. En lugar de encontrar apoyo como lo haría en caso de tener un cáncer o una lesión física, encuentra incomprensión y arrastra la vergüenza de una enfermedad aún estigmatizada. De esta manera, las consecuencias de una precaria salud mental, como el suicidio, se elevan alarmantemente. En España, por ejemplo, el número de suicidios duplica al de los muertos por accidentes de tráfico, siendo más de diez españoles los que se suicidan a diario. Debido a este estigma, algunos creen que la depresión se puede superar con mera fuerza de voluntad, y no con un tratamiento adecuado.

La depresión se caracteriza por una tristeza persistente y por la pérdida de interés en las actividades con las que normalmente se disfruta. La depresión juvenil es aún más difícil de prevenir, ya que el concepto de que la adolescencia y juventud son tiempos felices libres de preocupación está encontrado con la realidad.

En el caso de los niños y jóvenes, otros síntomas de esta enfermedad son el retraimiento, la irritabilidad, el llanto excesivo, la dificultad para concentrarse en la escuela, cambios en el apetito o dormir más o menos de lo normal. Y aunque esta enfermedad ocurre durante la adolescencia, si esta no es tratada durante esta etapa puede arraigarse a la adultez y generar mayores problemas en la salud. Según la Asociación Estadounidense del Corazón los adolescentes con depresión mayor o trastorno bipolar están expuestos a un aumento de riesgo de padecer ataques cardíacos. La prevalencia de la depresión continúa aumentando en todo el mundo. Globalmente esta enfermedad afectó en 2015 a más de 322 millones de personas, lo que equivale al 4,4 % de la población mundial. En el caso de España, esta enfermedad afecta el 5,2 % de la población.

Una investigación realizada en jóvenes en una región de Colombia encontró que el curso de la enfermedad mental en edades tempranas es más crónico y de mayor duración debido a que los jóvenes rara vez reciben tratamiento para su trastorno y, aquellos que lo reciben, tardaron mucho tiempo en buscar atención. En este caso, el 25% de jóvenes con alto riesgo de padecer depresión tenían en común factores como el bajo nivel educativo, la pobreza y la exposición a violencia.

Estar rodeado de un entorno violento también influye negativamente en la salud mental. Ser víctima o testigo de un acto de violencia o bullying es uno de los factores que puede desencadenar un trauma sobre todo si no se cuenta con mecanismos internos y apoyo profesional para afrontarlo. En El Salvador el Banco Interamericano de Desarrollo está apoyando un programa “Sanando Heridas” que ofrece una atención integral para pacientes que han sufrido algún trauma como fruto de la violencia.

El 7 de abril se celebra el Día Mundial de la Salud y en esta ocasión se dedicará a la depresión. Es un buen momento para hablar de esta enfermedad y recordar algunas de las sugerencias de los especialistas hacia los padres y las personas más cercanas a los adolescentes (profesores, familiares) para atajarla y ayudar a los más jóvenes a superarla:
  • Habla con los jóvenes sobre las cosas que suceden en el hogar, en la escuela y fuera de la escuela. Intenta averiguar si hay algo que les preocupa.
  • Conoce el entorno de tu hijo o hija y habla con personas de su confianza que lo conozcan.
  • Pide consejos a un profesional de la salud. En caso de depresiones leves no hará falta seguir un tratamiento farmacológico, terapia será suficiente.
  • Protege a tus hijos frente a un estrés excesivo, maltrato o violencia.
  • Presta especial atención al bienestar de tu hijo durante cambios vitales como una nueva escuela o la llegada de la pubertad.
  • Anima a tus hijos a dormir suficientes horas, a comer regularmente, a tener aficiones y a realizar alguna actividad física que les ayude a canalizar el estrés.
  • Si tu hijo o hija piensa en hacerse daño a sí mismo o ya lo ha hecho, pide ayuda inmediatamente a un profesional capacitado.
Busca en tu comunidad si existen servicios para atender a los jóvenes, a veces no sabemos los servicios que hay a nuestro alrededor para este tipo de problemas


viernes, 27 de diciembre de 2019

Casi todas las cosas que nos preocupan no ocurrirán jamás

NACHO  SÁNCHEZ   |   El País   |    13/10/2019
Expertos en psicología destacan la importancia de estar alerta, pero apuntan que una excesiva preocupación deriva en depresión y trastornos de ansiedad

Las consecuencias del cambio climático, cobrar la nómina a final de mes, reservar la casa rural para el puente antes de que esté ocupada, la cantidad de azúcar en el bote de tomate frito, el Brexit, si el mosquito tigre que no me deja dormir me transmitirá alguna enfermedad, si crío bien a mis hijos, si tendré cáncer alguna vez, si tendré un accidente con la bicicleta al dar un paseo… La lista de preocupaciones en el día a día puede ser enorme. Los "y si…" son infinitos, los hay para todos los gustos y pueden llegar a colapsar tanto nuestra atención que al final quedemos paralizados. Creemos que, sí o sí, muchos de ellos van a pasar y nos sentimos indefensos, perdidos. Pero no hay que alarmarse: la inmensa mayoría de las cosas que nos preocupan jamás ocurrirán.

Preocuparse es humano. Estamos programados para ello, para anticiparnos a los peligros y ser capaces de generar un plan B, en caso de que lo que nos da miedo que pase termine ocurriendo. Pero la estadística está de nuestra parte. Un estudio de la Universidad Estatal de Pensilvania (Estados Unidos) refleja que, de media, el 91% de las preocupaciones de las personas no se hacen realidad. La investigación se ha realizado con una treintena de personas que sufren trastorno de ansiedad generalizada, quienes escribieron en un papel todo lo que les preocupaba durante un mes. Algunos sujetos del estudio no vieron que se hiciera realidad ni una de sus preocupaciones. El objetivo del trabajo era demostrar que los temores a corto plazo son inválidos, lo que reduce la ansiedad. Y mejora la salud. "Una mayor evidencia de la inexactitud [en las preocupaciones de los sujetos estudiados] evidenció una mejora superior en el tratamiento", indican los autores de la investigación, Lucas La Freniere y Michelle Newman.

Para el psicoterapeuta Luis Muiño, los resultados se podrían atribuir a casi cualquier persona de la sociedad occidental. El especialista anima a que cada cual haga el experimento: que se pregunte qué cosas le preocupan más, qué acontecimientos previstos le dan más miedo y que, un año después, compruebe cuántos se han cumplido. "El cálculo típico es que el 90% no ocurren nunca", asegura. El resultado se parecerá mucho a lo que el pensador estadounidense Earl Nightingale dijo en los años cincuenta del siglo pasado: el 40% de lo que nos preocupa jamás ocurrirá, el 30% es pasado por lo que las preocupaciones no lo podrán cambiar; el 12% son preocupaciones innecesarias sobre nuestra salud y el 10% son pequeñas e inconexas. Con estos datos, apenas nos queda un 8% de preocupaciones legítimas a las que debemos prestar atención. Menos de una de cada 10.

El mundo más seguro es el que más inseguridades tiene

El psiquiatra norteamericano William Samuel Sadler describió la preocupación como una "incapacidad para relajar la atención" sobre algo que nos produce miedo. No todas las personas se preocupan por lo mismo ni en la misma medida, pero a todos nos inquieta algo. Y la preocupación no es buena ni mala por sí misma. De hecho, es una capacidad que nos ha permitido llegar hasta aquí. "Sin el estrés, la alerta o la preocupación ante una amenaza no hubiéramos sobrevivido. Es algo que tienen todos los animales y, claro, nosotros también", dice Guillermo Fouces, doctor en psicología y coordinador de Psicología Sin Fronteras. El especialista indica además que el estrés ante un examen, hablar en público o una cita es bueno, ayuda a activarnos, a estar alerta. Pero se convierte en negativo cuando va más allá, cuando magnificamos problemas que no lo son y hacemos un mar de una simple gota de agua. "También cuando creamos una amenaza inventándola mentalmente". Así es, por ejemplo, como puede arrancar un trastorno obsesivo compulsivo: una persona puede pasar de simplemente prestar atención a su salud y lavarse las manos antes de comer a terminar haciéndolo 500 veces al día.

Preocuparse mucho por demasiadas cosas nos hace estar alerta todo el tiempo, y eso puede derivar en ansiedad y otros problemas como el trastorno de ansiedad generalizada. No preocuparse por nada, en cambio, acaba en depresión. Además, no todo está en nuestras manos. "La clave es responder ante cada preocupación con la medida justa", subraya Francisca Expósito, catedrática y decana de la facultad de Psicología de la Universidad de Granada. Según cuenta, la preocupación nos prepara para actuar porque aumenta el nivel de adrenalina y ayuda a enfrentarnos a las cosas. "Es una respuesta adaptativa", insiste. Expósito también explica que la cantidad de información que recibimos hoy día ayuda a incrementar las preocupaciones: leemos decenas de artículos sobre éxitos y fracasos, comida saludable, crianza de los hijos, vida social, los mejores restaurantes, dinero, relaciones de pareja… "El ser humano tiene la necesidad de controlar el mundo que le rodea. Si escuchamos algo grave lo ponemos en situación, comparamos si nos puede pasar, nos planteamos si lo estamos haciendo bien", explica la docente. Todo ello genera mayor preocupación.

"La paradoja es que, en el mundo más seguro que jamás ha existido, sintamos inseguridades permanentes", subraya Guillermo Fouces, quien destaca la importancia de lo que el pensador polaco Zygmunt Bauman denominó miedo líquido: el producido por aspectos como la crisis o los mercados financieros y otros muchos conceptos que no son tangibles, que se pueden escapar a nuestro entendimiento. "Ahí no podemos estructurar la manera de responder. Y eso es aún peor", añade Fouces, quien que cree que, cuando no nos inventamos las amenazas, otros lo hacen por nosotros. "Los moralizadores siempre han estado ahí", insiste el psicólogo Luis Muiño. Sin embargo, él opina que es muy difícil comparar el miedo del ser humano en los diferentes momentos históricos. "Creo que el nivel de ansiedad durante toda la historia de la humanidad ha debido de ser muy similar", afirma Muiño.

El especialista destaca que lo que marca la diferencia en la actualidad es que el ser humano, al menos en Occidente, exige más de su salud mental, quiere estar menos preocupado y disfrutar más. El nivel de autoexigencia es mayor. Muiño también achaca la ansiedad a los dogmas que, si un día pudieron venir de la iglesia, ahora pueden ser de la gastronomía. Es decir, querer lo que otros muestran en sus perfectos perfiles de Instagram también genera preocupaciones: "Pero claro, hay que darse cuenta de que esa gente no sube imágenes cuando va a una hamburguesería o se come cualquier cosa para cenar". Las redes sociales (donde no toda la información es buena), además, son solo uno de los muchos estímulos que respondemos a la vez: una conversación por WhatsApp mientras mantenemos otra en persona, las noticias en televisión, el pensamiento sobre qué cena cocinar, la fiesta del fin de semana…

"Hay que ocuparse, no preocuparse"

"Preocuparnos excesivamente por cosas que tienen solución destruye la felicidad y cualquier oportunidad de éxito", añade Francisca Expósito. "Por eso lo importante no es tanto preocuparse, sino ocuparse", añade la decana de la Facultad de Psicología granadina. Y ocuparse significa relativizar, racionalizar lo que se piensa y cerrar preocupaciones. Desgranar lo importante de lo que no, lo urgente de lo que no. Eliminar peso de la mochila. Porque, al no tener cosas pendientes y poder pasar página, se afronta la vida de una mejor manera.

¿Pero cómo se consigue? Hay varias fórmulas válidas, desde escribir las preocupaciones un día y leerlas al día siguiente (para ver que no eran tan importantes) a sentarse una hora concreta del día a pensar en todas ellas. "A muchas personas les resulta más fácil olvidarse de una preocupación si se han otorgado un momento y un lugar específicos para reflexionar", dice Leahy en su obra The Worry Cure. Otra opción es afrontar los miedos desde la experiencia. Ya sea subiendo a una altura para quien tenga vértigo, paseando por la playa para comprobar lo complicado que es que te caiga un rayo (aunque conviene tener ciertas precauciones durante una tormenta) o comiendo un día pasteles para entender que por sí solos no van a acabar con tu salud si mantienes una dieta equilibrada. "Hay que ser responsables, pero también vivir la vida con ciertos deslices. Hay que preocuparse, pero no siempre ni por cualquier cosa. La vida es contraste, no todo es perfecto ni todo es malo", concluye Expósito.


miércoles, 18 de diciembre de 2019

¿Generoso o dependiente?

Borja Vilaseca    |  El País   |  (Psicología)

Hay personas que se dedican compulsivamente a ayudar y resolver los problemas de los demás. Pero a veces esta actitud esconde otra cara.

Hay personas que se pasan la vida pensando más en los demás que en sí mismos. Personas extremadamente empáticas y solidarias, cuya vocación consiste en ayudar a otros. De hecho, muchos profesionalizan esta pulsión innata con la que nacieron, convirtiéndose en médicos, enfermeros, psicólogos, asistentes sociales o voluntarios al servicio de alguna causa humanitaria. En muchos casos, incluso dedican sus vacaciones a enrolarse en alguna ONG, atendiendo a los más pobres y desfavorecidos.

En su ámbito familiar y social, por ejemplo, suelen convertirse en la persona de referencia a la que el resto de amigos acuden cuando padecen algún contratiempo, problema o penuria. Son los primeros en ir al hospital cuando alguien que conocen acaba de ser operado, sufre una enfermedad o ha tenido un accidente. O en echar una mano cuando alguien se cambia de piso y necesita ayuda con la mudanza.

Todos ellos suelen tener como referentes a la madre Teresa de Calcuta o a Vicente Ferrer. Inspirados por su ejemplo, consideran que lo más importante en la vida es ser “buenas personas”. De ahí que por encima de todo se comprometan con la generosidad, el altruismo y el servicio a los demás. Sin embargo, este comportamiento aparentemente impecable puede albergar un lado oscuro. Tarde o temprano llega un punto en que su compulsión por ayudar les termina pasando factura.

Para ser generoso con uno mismo
Dentro de este “club de buenas personas” hay quienes dan desde la abundancia y quienes, por el contrario, lo hacen desde la escasez. Es decir, quienes dan por el placer de dar y quienes, por el contrario, lo hacen con la esperanza de recibir. Centrémonos en estos últimos, indagando acerca de lo que mueve realmente sus acciones.

Muchos de estos ayudadores se fuerzan a hacer el bien, siguiendo los dictados de una vocecilla que les recuerda que ocuparse de sí mismos, de sus propias necesidades, es “un acto egoísta”. No en vano están convencidos de que, para ser felices, la gente les ha de querer. Y de que, para que la gente les quiera y piense bien de ellos, han de ser buenas personas. Movidos por este tipo de creencias, suelen ofrecer compulsivamente su ayuda, atrayendo a su vida a personas necesitadas e incapaces de valerse por sí mismas.

Al posicionarse como salvadores, consideran que los demás no podrían sobrevivir ni prosperar sin su ayuda. De ahí que tiendan a interferir en los asuntos de sus conocidos, ofreciéndoles consejos aun cuando nadie les haya preguntado. Sin ser conscientes de ello, pecan de soberbia, posicionándose por encima de quienes ayudan, creyendo que saben mejor que ellos lo que necesitan. Paradójicamente, su orgullo les impide reconocer sus propias necesidades y pedir auxilio cuando lo requieren.

Detrás de su personalidad inclinada a agradar siempre, bondadosa y servicial se esconde una dolorosa herida: la falta de amor hacia sí mismos. Un sentimiento que buscan desesperadamente entre quienes ayudan, volviéndose individuos muy dependientes emocionalmente. Esta es la razón por la que con el tiempo aflora su oscuridad en forma de reproches, sintiéndose dolidos y tristes por no recibir afecto y agradecimiento a cambio de los servicios prestados. En algunos casos extremos terminan estallando agresivamente, echando en cara todo lo que han hecho por los demás. También utilizan el chantaje emocional, el victimismo o la manipulación para hacer sentir culpables a quienes han ayudado, esperando así obtener el amor que creen que merecen y necesitan para sentirse bien consigo mismos.

“Si das para recibir, es cuestión de tiempo que acabes echando en cara lo que has dado por no recibir lo que esperabas” - Erich Fromm.
El punto de inflexión de estos ayudadores compulsivos comienza el día que deciden adentrarse en un terreno tan desconocido como aterrador: la soledad y la introspección, poniendo su empatía al servicio de sus propias necesidades. Solo así superan su adicción y dependencia por el amor del prójimo, volviéndose mucho más autosuficientes emocionalmente. Solo así logran poner límites a su ayuda –sabiendo decir “no”–, sin sentirse culpables o egoístas por priorizarse a sí mismos cuando más lo necesiten.

Antes de volver a ayudar a alguien, puede ser interesante que se pregunten lo que les mueve a hacerlo, comprendiendo el patrón inconsciente que se oculta detrás de sus buenas intenciones. De este modo, dejarán de acumular sentimientos negativos hacia aquellos que no les devuelven los favores prestados. A su vez, también pueden recordarse que cada persona es capaz de asumir su propio destino, aprendiendo a resolver sus problemas por sí misma.

En este sentido, es fundamental que comprendan que nadie hace feliz a nadie, puesto que la felicidad se encuentra en el interior de cada ser humano. Lo cierto es que este bienestar interno es el motor del verdadero amor, desde el que las personas dan lo mejor de sí mismas sin esperar nada a cambio. En vez de comportarse como buenos samaritanos, su gran aprendizaje consiste en ser personas felices. Es entonces cuando comprenden que dar puede resultar la verdadera recompensa.