miércoles, 11 de marzo de 2020

La mejor App de control parental que existe son los padres mismos con su presencia


CARLOTA FOMINAYA   |   ABC    |   Madrid   |   12/11/2019

Entrevista con el profesor José Ramón Ubieto, autor del libro «Del padre al ipad, familias y redes en la era digital»
«¿Qué lleva a los padres a tener una serie de aplicaciones de control parental, o a los adultos a confiar en una serie de asistentes como Siri, Alexa, o a dejarse guiar ciegamente por el Gps o google maps? ¿Dónde está la confianza que teníamos antes en nuestros padres, que no tenían estas cosas? ¿En quién confiaban ellos?», se pregunta en voz alta José Ramón Ubieto, autor del libro «Del padre al ipad», quien concluye que «la sociedad ha perdido la confianza en la figura del padre, en mayúsculas, en la idea del personaje al que todos suponíamos potencia, poder y saber, para dársela a los gadgets tecnológicos».

Su libro se titula «Del padre al ipad», es una revisión muy profunda de esta situación.- Hemos elegido el ipad por el juego de palabras, es el nuevo padre electrónico. Por eso dedicamos todo un primer apartado del libro a entender esas transformaciones, básicamente lo que estudiamos es el eclipse de ese sistema. Decimos eclipse, porque aquí no ha desaparecido, no es tan contundente, lo que sí ha hecho es entrar en declive. Ahora es como un «fake», la versión del padre no es del todo segura, no es tan potente, no sabe todo, se pone en cuestión... Lo primero que queríamos era entender como ese «cuento del padre» que nos ha funcionado, en el sentido de que teníamos una garantía, hoy tiene detrás un fenómeno de incertidumbre.

¿Cómo tratamos hoy esa incertidumbre?,- La incertidumbre ha existido siempre. Nuestros padres no sabían lo que iba a pasar dentro de diez años, nadie sabía si se iba a morir, si tenía un cáncer... La vida siempre ha tenido incertidumbres. La diferencia entre antes y ahora es que tú tenías la garantía de que aunque no lo sabías había una reserva, había alguien que te protegía. La providencia era la garantía «numer one», «Dios proveerá». Esa creencia funcionaba. También el «pregúntale a tu padre». A pesar de que había incertidumbres había también alguien que tenía la respuesta.
Nuestros padres criaban a sus hijos con mayor o menor habilidad pero tanto si lo hacían bien o mal o menos mal, nunca se cuestionaban su funciónNo había padres que iban a escuela de padres, ahora hay universidades. Ese es un síntoma de esto que estoy contando.  Antes, aunque se equivocasen ellos, tenían la garantía de que su función emanaba directamente de la providencia, en cuanto a que el ejercicio de padres y madres era legítimante aceptado socialmente. Venía a ser: «Lo que diga el padre va a misa».

Ahora no tienen esa garantía.- No la tienen porque ya no miran para atrás para ver qué hay que hacer. Cuando tuve hijos mi mujer le preguntaba a su madre, a quien se lo había explicado la suya propia, mirábamos al pasado y encontrábamos las respuestas.

¿Dónde miran hoy los progenitores?.- Al futuro, a lo que la ciencia y la tecnología establezcan en cada momento. Si mañana sale un artículo en la revista de Cientific Journal of Paediatrics, o en Journal of Medicine, o en cualquiera de las revistas que leen los médicos, donde aparece una investigación hecha en el estado de Connecticut (EE.UU.), que dice que a los bebés hay que dormirlos en diagonal porque de esa manera no hay muerte súbita, se les pone así. Porque si no los ponen en diagonal entrarán en situación de negligencia por no hacer caso de lo que les dice la ciencia. Si dentro de tres meses la misma revista publica un artículo que desmiente eso, y que dice que tienen que dormir en cuclillas, pues en cuclillas. Antes había garantía de que uno ejercía la función de padre con un margen de maniobra, ahora eso no lo tienen las familias jóvenes, toman decisiones y son permanentemente evaluados por psicólogos pedagogos, por la ley... por todo el mundo. En fin. Eso hace que sean más fácilmente sugestionables por las promesas tecnológicas de control. Nuestros padres no necesitaban una herramienta de control, aparte de que no la hubiera, porque su voz y su mirada eran la App más eficaz. ¡Como te vea yo te acuerdas de mi! Ese era el mensaje de Whastsapp de más importancia.

En su libro ilustran esto con el terrible episodio de Black Mirror «Arkangel», dirigido por Jodie Foster, en el que una madre instala un chip experimental en el cerebro de su hija mediante el cual puede saber su localización exacta, así como todo lo que ve y escucha.- Es un episodio muy interesante. Describe muy bien los temores de una mamá soltera respecto a la educación de su hija. Todo cambia cuando le ofrecen una aplicación que le permite observar permanentemente a la niña. Cuando es pequeña todo fantástico, ve cómo esta va a la escuela, juega... Pero poco a poco eso se va convirtiendo en algo infernal, loco.
Es un ejemplo claro de cómo los padres son fácilmente sugestionables por cualquier idea de que un App puede garantizar su acto educativo, que antes tenían por su condición de padres y ahora la buscan en la electrónica. Es lo que sustituye a la creencia anterior. Cómo pasamos del cuento del padre al cuento del gadget, tablet, móvil, ordenador, aplicaciones... la vida algorítmica. Básicamente, la mejor App de control parental que existe son los padres mismos con su presencia.

También le damos al bebé la tablet.- Cada vez los padres son más conscientes de que si le dejan el móvil al niño cuando tiene 6 meses y no ponen ningún límite eso se convierte en el chupete eterno. Hay que pensar que estas tecnologías producen una sobre excitación sensorial. Ponle un capítulo de Bob Esponja o Peppa Pig a un bebé, que verás la cantidad de ruidos y sonidos que escuchan. Claro que se enganchan. Ponles a cambio una temporada de Heidi, que te llamará para decirte que se ha parado la tele. Vas porque está chillando y te das cuenta de que al aparato no le ha pasado nada, que Marco está por el Tirol paseando y no ha sonado un rap, ni unos efectos especiales. Ante la falta de excitación dicen «¡vaya mierda!». Los responsables de las empresas tecnológicas que tienen hijos se han dado cuenta de lo que eso produce. Por eso debe existir una mayor conciencia de la necesidad de desconexión y regulación.

Hay un exceso de confianza en las aplicaciones....- Nuestra confianza en estas aplicaciones no es solo que nos ayuden en nuestra tarea como padres y madres, sino además confiamos en que ellas nos darán la satisfacción y serán nuestra manera de vincularnos al otro. Que ellas nos guiarán en la relación al otro. Conectaremos, conversaremos por Sykpe, WhatsApp, encontraremos amigos en Facebook o en Instagram, pareja en Tinder y en otras webs de citas... Incluso aprendemos sin necesidad de maestro o maestra, el famoso e-learning o enseñanza sin presencia. Nos iniciaremos en la sexualidad a través del porno, e incluso cuidaremos a nuestros mayores a través de la tablet.
Ya hay una empresa americana proveedora de este tipo de servicios sociales llamada Care Coach. Se dedica a proporcionar tablets y cámaras a personas mayores que viven solas, y las vigilan a través de una tablet: les controlan la medicación que tienen que tomar, les hacen compañía a través de una voz o de una teleoperadora, con la que un par de veces al día mantiene una charla. Esto es lo que viene: la sustitución de la presencia por la asistencia digital.

También hay un sector que empieza a presentar un cierto hartazgo de las tecnologías. Somos cada vez más conscientes de la alineación que supone la tecnología. Hay arrepentidos digitales porque la propia tecnología ha generado un antídoto, una defensa contra esta especie de voracidad del «lo quiero todo»la «google info-obesidad», la gordura de internet, está todo menos el pensamiento.

Les costará más prescindir de la tecnología a los adolescentes.- Sí, les costará más a los adolescentes prescindir de esta prótesis humana que es el móvil en la mano, pero hay que mirar el ejemplo de Eton, un colegio de élite inglés que decidió hace unos meses que a partir de las 9 iba a confiscar los móviles de los chicos y se los iba a devolver por la mañana. Lo hicieron porque descubrieron que los adolescentes cada vez dormían menos y que por la mañana estaban KO. ¿Qué pasó? El primer día hicieron un motín, y al segundo día se acabó el motín. Ellos mismos se dieron cuenta de que era una liberación dormir ocho horas sin estar pendiente de la esclavitud del móvil, de si les había gustado la foto de Instagram, si había un personaje nuevo en el Fornite... Los adolescentes tienen dificultades como todos los alumnos para desconectarse del híbrido pero cuando les ayudamos a conseguirlo a través de la regulación y la dosificación (y no de la prohibición, porque prohibir significa eliminar y eso es imposible), es posible que lo logren. Sobre todo en el espacio del sueño, es muy importante porque se dan cuenta de que se liberan, son conscientes de la servidumbre voluntaria que implican las máquinas.

En el libro también se valora la presencia tranquila de los padres. ¿En qué sentido?.- En el sentido de escuchar lo que le pasa a tu hijo, de saber lo que necesita y le das, de darle tu testimonio de lo que tú pasaste, recordar que también fuiste adolescente, de cómo te las arreglaste... Porque dar testimonio no es un signo de debilidad. Si tu hija viene porque su novio la ha dejado, no está mal decirle: «a mi me pasó lo mismo». Es una manera de decirle que el amor es muy complicado pero se sale adelante, hasta que llega alguien que merece la pena. El 50% de la humanidad son hombres y con un poco de suerte lo encuentras. Es algo así como conectar un poco las propias dificultades que uno ha tenido con las actuales de tus hijos.
Los padres modernos creen que eso no hay que hacerlo y eso les pone en una situación difícil, como si ellos tuvieran que estar siempre en la excelencia. Los padres modernos se confunden con los managers, creen que un padre es alguien que tiene que resolverlo todo. Nosotros más bien decimos que un padre o una madre son los que tienen que darse un tiempo y darles un tiempo a los hijos, para encontrar una salida a las dificultades. Con su presencia, su acompañamiento... no decirles «ya te apañarás». Así ellos encuentran que su situación forma parte de la vida. Tienes que acompañarles, como decimos, en el sentido de estar presente.


lunes, 9 de marzo de 2020

A pie y de buen humor: caminar para aclarar la mente

ROCIO CARMONA    |    La Vanguardia   |   07/11/2019

“Me parece que en el momento en que mis piernas empiezan a moverse, mis pensamientos empiezan a fluir”. Con esta frase resumía el escritor y filósofo trascendentalista Henry David Thoreau su inclinación natural al movimiento, siempre en la naturaleza, como una forma de entrar en contacto consigo mismo y de unirse al flujo de la vida. “A pie y de buen humor”, leemos en la Canción del camino abierto, del poeta y humanista estadounidense Walt Whitman. Solvitur ambulando (se resuelve caminando), reza el dicho latino. También Nietzsche dejó escrito que todas las ideas verdaderamente importantes se suelen concebir mientras caminamos. Y es que andar tiene una tradición intelectual, poética y espiritual indiscutible.
Se supone que los seres humanos se pusieron en pie y empezaron a caminar hace seis millones de años, un hito importantísimo que ayudó a que se aprovecharan mejor las posibilidades del entorno y contribuyó de forma decisiva a la evolución. Caminar es un proceso que tardamos mucho tiempo en dominar y que damos por hecho a menudo, olvidando lo asombroso y maravilloso que resulta. Es, además de una de las actividades más características del ser humano, una actividad que posee poderosos beneficios físicos, mentales y espirituales.
¿Sabía que un paseo diario a ritmo moderadamente intenso, aunque solo sea de veinte minutos, disminuye las posibilidades de sufrir una enfermedad cardíaca, Alzheimer, depresión, diabetes y varios tipos de cáncer? Investigadores de la Universidad de Wakayama, en Japón, concluyeron que caminar 10.000 pasos al día reduce de forma importante la presión arterial en personas que padecen hipertensión. Al ser un ejercicio de bajo impacto, es ideal también para prevenir la pérdida de densidad ósea, y ayuda a mejorar la postura, el equilibrio y a combatir la fatiga.
Pero caminar también puede resultar un gran aliado para la creatividad. No en vano artistas y pensadores geniales como el mismo Nietzsche, Beethoven, Charles Dickens o la poetisa norteamericana recientemente fallecida, Mary Oliver, utilizaban las caminatas de forma regular como parte de su proceso creativo.
Aristóteles y los filósofos peripatéticos caminaban como método de indagación filosófica; se dice que Jesús realizó una travesía de cuarenta días en el desierto para prepararse para su misión en la Tierra, y que Buda caminó durante años antes de encontrar la iluminación. Recientes estudios de diversos campos señalan que caminar en un entorno natural ayuda a aclarar la mente y a potenciar la creatividad. También puede servirnos para practicar el mindfulness, un estado de calmada presencia en el que nos limitamos a vivir el momento presente.
Jack Kornfield explica en su libro Sabiduría del corazón que meditar mientras caminamos es una de la formas más útiles y básicas de cuidar del cuerpo. El arte de meditar de este modo, explica, “consiste en aprender a estar atentos mientras caminamos, utilizando el movimiento natural de la marcha para cultivar el mindfulness y una presencia atenta”. Para empezar a hacerlo, lo primero es escoger un lugar tranquilo en el que podamos caminar de ida y de vuelta una distancia de entre diez y treinta pasos. Kornfield explica que podemos usar esta meditación para calmarnos, centrarnos y estar más presentes en nuestro cuerpo.
Este autor propone empezar practicando en casa y luego extender el caminar consciente a otros momentos más informales de nuestra vida, por ejemplo, cuando vamos a comprar o salimos del coche para ir a algún sitio. “Podemos aprender a caminar sin más, en lugar de utilizar ese momento para planear o pensar cosas, y de esta forma tan sencilla empezar a estar presentes de verdad y hermanar el cuerpo, el corazón y la mente”.
Meditación en cuatro pasos
1. Comience en uno de los dos lados del camino elegido, con los pies firmemente plantados sobre el suelo. Deje que sus manos descansen cómodamente donde usted quiera. Abra sus sentidos para ver y sentir todo el entorno. Después de un minuto, lleve su atención hacia el cuerpo. Céntrese y sienta cómo está su cuerpo sobre el suelo. Sienta la presión en los distintos puntos de los pies, sienta todo lo que naturalmente sucede en su cuerpo por el hecho de estar de pie. Permítase estar presente y alerta.
2. Comience a caminar un poco más lento de lo habitual. Permítase caminar con comodidad y dignidad, como su fuera un rey o una reina que ha salido de paseo. Preste atención a su cuerpo. A cada paso, note las sensaciones de elevar el pie y la pierna sobre el suelo. Luego, vuelva a posar con atención el pie en el suelo. Sienta cada paso mientras camina.
3. Cuando llegue al final del camino haga una pequeña pausa. Céntrese, dé la vuelta con cuidado y haga una pausa otra vez para poder ser consciente de su primer paso cuando empiece el camino de regreso. Puede ir experimentando con la velocidad y caminar al ritmo que le haga sentirse más presente.
4. Continúe caminando de ida y de vuelta durante diez o veinte minutos, o más. Como suele suceder cuando meditamos sentados, observaremos quizá que la atención va de un lado a otro y muchas veces se dispersa. En cuanto lo notemos, tomaremos conciencia de adónde ha ido, pensando, escuchando, planeando... Volveremos entonces simplemente a centrarnos en el siguiente paso. Como sucedería con un cachorrillo que está aprendiendo, quizá deberemos repetir mil veces el proceso de hacer regresar nuestra atención al presente. No importa si nos hemos ausentado diez segundos o un minuto, simplemente, nos daremos cuenta de dónde estábamos y regresaremos al aquí y ahora con cada paso.

viernes, 6 de marzo de 2020

La heroína panafricana que quiere escuchar a los que hablan solos

ANALÍA IGLESIAS    |    Esauira   |    El País    |    14/11/2019

La actriz y realizadora Maimouna N’Diaye, jurado en el último festival de Cannes, trabaja por la dignidad de los enfermos mentales, abandonados a su suerte en las calles de Burkina Faso.


Aunque África no sea un solo país, hay hijos e hijas de este continente que eligen ser panafricanos. Maimouna N’Diaye, actriz y realizadora, jurado en la última edición del prestigioso Festival de Cannes, es una de ellos: se define como panafricana, y lo suyo no es mera provocación. Es verdad que, en el fondo, los países africanos están ligados a la suerte de aquellas fronteras arbitrarias, trazadas por los conquistadores sobre plano, sin tener en cuenta las comunidades étnicas ni los ríos, ni las montañas ni sus cumbres, ni los padres ni los hijos, ni los nómadas del desierto en sus caravanas. Pero, en el caso de Mouna (como le gusta llamarse entre amigos), sus orígenes tienen raíces en muchos puntos de la geografía africana y ella ha optado por instalarse en una región de su continente diferente a las de sus ancestros, para trazar su propia trayectoria y contar la vida desde allí.

“Soy hija de madre nigeriana, pero jamás puse un pie en Nigeria. Mi padre es de origen senegalés, del norte, donde nace el gran río. Pasé mi infancia en Guinea Conakry, fui a realizar mis estudios de arte dramático en Francia y, en un momento, supe que tenía que volver a África e instalarme allí, en un lugar donde creara mis propias referencias, que no fuera conocido para mí; así, viví en Costa de Marfil, Níger y Mali (por cierto, la familia de mi abuelo viene de Mali y él era carnicero e iba de ciudad en ciudad ofreciendo su mercancía). Tengo parientes en todos los países, pero vivo en Ouagadougou, Burkina Faso”, explica la protagonista de El ojo del huracán, de Sékou Traoré, un filme que abordaba el asunto sangrante del destino de los niños soldados, víctimas y victimarios de las injusticias que muchas veces traen otros a este continente, y por el que ella ganó el premio a la mejor interpretación femenina en la Fespaco.

Encontramos a Mouna en Esauira, la ciudad marroquí que alberga un foro sobre las violencias y la violencia, en el que ella participa como ponente para decir, sin temor a que la identidad se le desvanezca: “¿Por qué he de pertenecer a una sola cultura?”.

Hoy, los europeos celebran la presencia de N’Diaye en todos los escenarios, porque es portadora del apellido “Cannes”, que bendice todo lo que toca. Aunque Mouna viene trabajando desde hace décadas en el cine grande del mundo, con papeles en películas como La caza de la mariposa (1992) o Jardines en otoño de Ottar Iosseliani, o como una de las voces de la popular Kiriku y la bruja (1996), entre otras. A partir de 2009, gracias a su imparable carrera fílmica y de televisión, ha sido una presencia habitual en el Festival más importante de cine africano, la Fespaco, que se celebra en Ougadougou.

Pero, en realidad, Maimouna venía dedicando su energía cotidiana a trabajar en acciones teatrales terapéuticas en la comunidad, con las técnicas del Teatro del Oprimido que aportó el pedagogo brasileño Augusto Boal, desde los días de Abidjan, a mediados de la década del noventa, con la troupe del Ymako Teatri. Todo esto hasta que un día descubrió que alguien muy cercano se encontraba en la calle, hablando solo, como uno de esos seres invisibles que todos ignoran, y se decidió a documentarlo.

La película de N’Diaye es apenas un punto de partida para comenzar a indagar en las infinitas aristas de la locura, o el desamparo y sus contextos.

“Con mi cámara fui al encuentro de aquellos que uno no filma jamás en África, esos que nos dan miedo o vergüenza, aquellos a quienes llamamos ‘locos’. Cuando me gané su confianza, seguí su pista hasta dar con los familiares en sus búsquedas desesperadas de curación, entre médicos, sanadores, pastores o imames. De esa experiencia nadie sale indemne, porque entre los locos y los que les curan no sabemos dónde está la frontera que separa la sabiduría de la locura. A cualquiera le puede pasar”. Así es como N’Diaye describe la génesis de su documental Le fou, le génie et le sage (El loco, el genio y el sabio, de 2018).

En la calle, N’Diaye se encontró con intelectuales, niños autistas “bombardeados a medicamentos” y otras “patologías de las que la sociedad es la responsable” y, en las oficinas públicas, dio con números que dejaron sin habla, como que en Burkina Faso hay 10 psiquiatras para dieciséis millones de personas. Así, la realizadora fue adentrándose poco a poco en condiciones tan inestables como la cordura o la “normalidad” y, en el caso africano, atravesadas por la irreparable humillación y la incomprensión que caracterizó a los patrones coloniales, que han dejado una herida que aún no termina de cerrar. Y, hay más, porque en esa delgada línea entre la sabiduría y el sufrimiento también se balancea la particular ambivalencia africana de una existencia densamente habitada por la dimensión mágica, invisible, que suele tener tanto peso como la vida a la que solemos llamar “real”.

Los djins del Corán, espíritus como Eshu o los ancestros que siguen tomando decisiones a través de bisnietos y tataranietos dan cuenta de una espiritualidad presente en cada pequeña acción cotidiana, y que transcurre por debajo de los acontecimientos visibles, con una potencia indiscutible. ¿Cómo defenderse de un brujo o cómo es posible aliviarse tras los rituales prescritos por el curandero?, se preguntarán los pragmáticos ojos occidentales, del mismo modo que otros podrían cuestionar por qué confiar a pie juntillas en diagnósticos descritos sobre papel, para otras realidades y protocolos que en nada se parecen a los de Ouaga (como sus habitantes llaman a la capital de Burkina).

La película de N’Diaye es apenas un punto de partida para comenzar a indagar en las infinitas aristas de la locura, o el desamparo y sus contextos. El trabajo continúa fuera de la pantalla, ya que la actriz y realizadora es la fundadora y coordinadora de la Asociación Maumoundi para devolver la dignidad a las personas que se han aislado de esto que los demás llamamos realidad. El cine es apenas un aliado, a ambos lados de la frontera de la cordura.

martes, 3 de marzo de 2020

5 mitos sobre las pastillas antidepresivas

                                                                          
Escrito por: DR. ENRIQUE GUERRA GÓMEZ    |   TopDoctors   |   16/12/2019

Editado por: NICOLE MÁRQUEZ

Los antidepresivos son fármacos que se prescriben en los casos en que los síntomas de la Depresión son intensos, provocan un sufrimiento notable e interfieren en la vida diaria; como por ejemplo en los estudios, el trabajo, las relaciones familiares y sociales, disfrute del tiempo libre etc...
  1. Los antidepresivos son altamente adictivos
No. Los antidepresivos, a diferencia de los tranquilizantes derivados de las benzodiacepinas, no presentan ningún tipo de dependencia biológica. Eso no quiere decir que se puedan retirar de forma brusca.
  1. Te puedes curar solo con la ayuda de antidepresivos
Dependerá del origen de la depresión. Si la causa es mayoritariamente biológica, sería posible. Pero, si en la etiología influyen de forma significativa problemas de personalidad y/o acontecimientos externos, tendría que añadirse la psicoterapia.
  1. Los fármacos antidepresivos causan disfunción sexual
No todos. Han ido apareciendo antidepresivos en los últimos años que no presentan este efecto secundario, aunque el número de los que lo producen por el momento es superior.
  1. Los antidepresivos cambian la personalidad del paciente
No, en absoluto. No existe ningún fármaco antidepresivo que modifique el carácter de una persona. La personalidad se refiere a la forma de ser que los individuos tenemos de forma habitual, y solo se alteraría si un psicofármaco provocase daños en el cerebro; que no es el caso.
  1. La depresión viene y se va sola
En algunos casos (no muchos), sí. Aun así, si los síntomas de la Depresión son notables el psiquiatra no debería permitir que el paciente soporte tal sufrimiento; además, es muy difícil saber de antemano en qué casos una depresión remitirá espontáneamente.


domingo, 1 de marzo de 2020

Se busca empleado de hierro, hundirse ante las adversidades no está permitido

EPARQUIO DELGADO   |   El País   |   20/10/2019

Resiliencia. Un término en boca de empresas, educadores y psicólogos que plantea una pregunta radical. ¿Es posible ver el vaso medio lleno cuando está hecho añicos?.

Nada más acabar la licenciatura de Psicología, una profesora de la universidad me propuso participar en un proyecto de investigación sobre la “resiliencia psicológica”, de la que apenas había oído hablar por aquel entonces. Se trataba de descubrir qué hace que algunas personas se sobrepongan a las adversidades mejor que otras. Me explicó que, en lugar de enfocarse en las vulnerabilidades, trataban de averiguar cuáles son las fortalezas que hacen a algunas personas inmunes al impacto de la pobreza extrema, la guerra, el maltrato infantil y otras situaciones estresantes.

Para mi sorpresa, y a pesar de que estábamos en una universidad pública, mi profesora no ocultaba que el objetivo principal era crear un programa de resiliencia dirigido a empresas, instituciones educativas, ejércitos y otros organismos que contara con cierto aval científico.
En 2003, yo no sabía casi nada de psicología, pero aquello me recordaba bastante a los experimentos del malvado Romulus con Lobezno, ese personaje casi inmortal de la factoría Marvel con el esqueleto recubierto de un metal irrompible llamado adamantium, la capacidad de regenerar heridas mortales y el poder de bloquear en su mente acontecimientos traumáticos. Me estaba proponiendo participar en un plan para crear superhumanos.

La resiliencia se parece bastante a un cuadro de Monet. De lejos fascina, pero al acercarte se desdibuja y se convierte en una amalgama de trazos inconexos. La mayoría de las definiciones aportadas hasta el momento hablan, de una u otra manera, de un afrontamiento positivo en respuesta a la adversidad, lo que no hace más que desplazar el problema (¿A qué llamamos “afrontamiento positivo”? ¿Qué es objetivamente una “adversidad”?). No está claro si se trata de una capacidad, una competencia o una habilidad.
Si se refiere a un proceso o a un resultado. Si se trata de un fenómeno estable o cambiante en el tiempo, o si debe ser abordada como un rasgo o como un fenómeno interactivo. Todo el mundo habla de resiliencia, pero nadie consigue identificarla con rigor.

Eso no ha sido un impedimento para poner en marcha el negocio. Al fin y al cabo, la investigación sobre la resiliencia no busca ampliar nuestro conocimiento sobre el comportamiento humano, sino vender a empresas e instituciones públicas y privadas sus programas de intervención. Así lo dejaron claro tanto mi profesora como Martin Seligman, padre de la psicología positiva, cuando afirmó: “Hemos aprendido no solo a distinguir a aquellas personas que crecerán después de un fracaso, de aquellos que se quebrarán, sino también a enseñar a las personas a desarrollar las habilidades necesarias para que sean de los primeros”.

La cuestionada investigación sobre este tema busca distinguir a las personas que crecen después de un fracaso.

No en vano, el propio Seligman recibió 145 millones de dólares en 2008 para implementar el llamado Comprehensive Soldier Fitness (CSF) en el Ejército estadounidense. En su obra Happycracia, Edgar Cabanas y Eva Illouz hablan de los “resultados fabulosos” que se obtenían con el programa: mayor concentración y habilidad de los soldados en combate, mejor recuperación tras experiencias traumáticas sobre el terreno. A pesar de todo, su proclamado éxito no impidió las críticas a algunos aspectos éticos de la intervención, y sus profundas deficiencias metodológicas hicieron dudar muy seriamente de los resultados presentados por sus promotores.

Esta manera de considerar la resiliencia ha sido cuestionada desde muchos frentes. Autores como Marc T. Braverman y Suniya S. Luthar denunciaron el abuso del término “niño resiliente” por parte de los políticos y la población, haciendo creer que se podría crear a niños inmunes contra todo y resaltando el riesgo de olvidar que en muchos casos la causa de los problemas son los factores ambientales. A pesar de que la investigación sobre la resiliencia ha insistido en el papel de los vínculos familiares, el apoyo social, los cuidados y el ambiente del individuo como factores de protección ante las adversidades, las intervenciones se han centrado principalmente en promover características individuales como la flexibilidad, la autoestima, la perseverancia y las estrategias de solución de problemas. La propia Asociación Americana de Psicología nos anima a “cultivar una visión positiva de nosotros mismos” y a no perder la esperanza para construir resiliencia. Hay que ver el vaso medio lleno aunque esté hecho añicos en el suelo.

En línea con la ética empresarial que preside nuestras vidas, donde los premios son para los supervivientes y las crisis se convierten en oportunidades, romperse ante las adversidades es el indicador de que no hemos desarrollado un adecuado nivel de resiliencia. No es de extrañar que Google y American Express hayan apostado por crear empleados más resilientes y ya estamos viendo cómo se ponen en marcha estas propuestas en las escuelas. Quieren crear un ejército de invulnerables y no escatiman en recursos, pero
olvidan un pequeño detalle: Lobezno no era humano.

Claustrofobia o el temor de quedarse encerrado.

                         
Escrito por: DR. PABLO IGLESIAS RODRÍGUEZ   |   TOPDOCTORS   |   21/02/2020

Editado por: ALICIA ARÉVALO

La claustrofobia es una fobia específica que consiste en un miedo irracional a estar en una habitación pequeña cerrada o poco iluminada. La sensación del paciente es de estar enclaustrado con miedo a no poder salir, sienten un miedo incontrolable a no poder abandonar el lugar, a que le falte el aire, a que se acabe el oxígeno y por consiguiente a poder fallecer.
 
Este miedo produce conductas evitativas, es decir, el paciente evita ir a lugares en los que él crea que pueda tener estas sensaciones de pánico terror
Causas de la claustrofobia
La mayoría de las veces la claustrofobia se debe a que el paciente ha sufrido una experiencia muy desagradable en un espacio pequeño en el pasado, por ejemplo quedarse encerrado en un ascensor o quedarse encerrado en el aseo de un restaurante. Con el tiempo el paciente va desarrollando los síntomas de ansiedad limitativa.
 
Aunque también existen personas que padecen claustrofobia sin haber vivido este tipo de episodios tan desagradables. Hay pacientes que desarrollan esta patología sólo con la visión de un hecho o escuchar una situación, por norma general son personas muy sensibles o fácilmente aprensivas.
 
Los especialistas en Psicología destacan que estas personas cuando están en un lugar son incapaces de hacer una valoración real y objetiva del tamaño de la habitación o del espacio o lugar. 
Consecuencias de la claustrofobia
La claustrofobia es una patología que puede interferir de manera importante en la vida cotidiana del paciente. Por ejemplo, les puede impedir acudir a sitios como discotecas o desempeñar una actividad laboral normal por trabajar en un edificio con oficinas reducidas. También puede afectarles  a la hora de realizar determinadas pruebas médicas muy importantes como la tomografía axial computarizada o una resonancia magnética, ya que tienen que permanecer bastante tiempo en un sitio cerrado.
Síntomas de la claustrofobia
Los síntomas de la claustrofobia son:
  • sudores
  • aceleración del pulso cardíaco
  • temblor generalizado
  • aturdimiento
  • sensación de inestabilidad
  • miedo intenso
  • náuseas mareo
  • terrores
  • sensación de falta de aire y de asfixia
Tratamiento de la claustrofobia
El tratamiento para la claustrofobia se realiza con la combinación de varios tipos de tratamiento:
  1. Tratamiento psicológico: está basado en la terapia cognitivo conductual realizando:
  • desensibilización progresiva
  • control de la ansiedad
  • reestructuración cognitiva
  • exposición de manera in situ guiada por un terapeuta para control de la ansiedad
  1. Tratamiento psicofarmacológico: en un principio puede ser con tranquilizantes para enfrentarse a la situación fóbica solamente de manera puntual, como sucede también en otras fobias como en la aviofobia (miedo a volar).
    Si la persona padece cuadros de ansiedad con frecuencia, es recomendable comenzar con un inhibidor de la recaptación de la serotonina.


jueves, 27 de febrero de 2020

"El trastorno bipolar aporta una ventaja evolutiva a la especie".

RAQUEL QUELART |   Barcelona   |   La Vanguardia   |   22/11/2018

Entrevista: Dr. EDUARDO VIETA PASCUAL  
Con el objetivo de acabar con ciertos mitos que existen en la sociedad sobre el trastorno bipolar, el hospital Clínic de Barcelona exhibe hasta el 30 de noviembre #BipolarNoesBroma. Una iniciativa, impulsada también por la compañía Lundbeck, para dar a conocer la enfermedad –que se estima que padece más de un millón de personas en España-, su sintomatología y la dificultad de diagnóstico.

Además, la muestra quiere contribuir a sensibilizar sobre la importancia que tiene un diagnóstico temprano en aras de mejorar la calidad de vida del paciente. De este modo la campaña pretende poner fin a los estigmas que tiene una enfermedad, cuyo conocimiento ha llegado al gran público a través de películas como El lado bueno de las cosasMr. Jones (1993), Michael Clayton (2007) y algunas series, como Homeland.
“Hay muchos bipolares en el cine”, comenta a La Vanguardia el Dr. Eduard Vieta Pascual (Barcelona, 1963), que participa en la iniciativa #BipolarNoesBroma. El psiquiatra es uno de los especialistas de esta patología más citados a nivel mundial. Además de haber publicado más de 600 artículos, es actualmente jefe de Psiquiatría y Psicología del Clínic y director del grupo de Trastorno bipolar del Área de Neurociencias del Instituto de Investigaciones Biomédicas August Pi i Sunyer (IDIBAPS).
Pregunta.- ¿Por qué decidió tratar e investigar esta enfermedad?   |   Respuesta.- Al principio de mi carrera, me interesé por la conducta humana en general, pero los pacientes con trastorno bipolar me parecieron fascinantes porque muchos de ellos tienen vidas espectaculares; el trastorno bipolar es una enfermedad que te lleva a los extremos tanto de la miseria, la depresión y de pensar en el suicidio como de la euforia que te hace ser hiperactivo y a hacer cosas que una persona más cuerda no intentaría.
P.- Y, en cierto modo, esto puede ser positivo.   |   R.- Muchas figuras con trastorno bipolar, como artistas, poetas, escritores, músicos y pintores, han conseguido grandes cosas, porque el trastorno bipolar, si se une al talento, te lleva a un estilo de vida muy extremo. Y, seguramente, este es el sentido que tiene que genéticamente esta enfermedad haya existido desde que somos humanos, ya que de alguna forma aporta una ventaja evolutiva a la especie. Quizás no para ciertos individuos que padecen una forma discapacitante de la enfermedad, pero tener algunos genes bipolares seguramente es algo bueno.
P.- Explíquese.   |   R.- De alguna manera, [estos genes] aportan algo de lideraje, riesgo, iniciativa, necesidad de búsqueda de cosas nuevas. Si uno es una persona con cambios de estado de ánimo, pero no exagerados, seguramente la enfermedad te hace más empático y sensible hacia muchas cosas; en cambio, cuando esto se lleva al extremo, conlleva desadaptación social.
P.- Y la cruz de la patología…   |   R.- Quien la padece acaba sin querer hacer sufrir a la familia y a los que le rodean, aunque muchas veces, especialmente en los casos más graves, le cuesta ser consciente de que está enfermo y acaba haciendo cosas erróneas. La enfermedad le lleva a hacer elecciones que no habría escogido, tanto en la fase depresiva como en la fase maníaca, en la que el paciente llega a desarrollar conductas inapropiadas, como regalar dinero o desnudarse en público.
P.- ¿Qué complicaciones tiene su diagnóstico?   |   R.- Lo que lo dificulta son los cambios de humor tan frecuentes que experimentan los pacientes y el hecho de que haya momentos en los que estén bien. Y, además, la enfermedad se confunde con otras patologías, como la depresión más común –que llamamos unipolar- y con la adicción a sustancias estupefacientes, ya que hay pacientes que cuando están acelerados o deprimidos, toman drogas o alcohol.
P.- ¿A qué edad se diagnostica?   |   R.- En nuestro país, el retraso respecto al inicio de la enfermedad es de 7 años, mientras que en Estados Unidos es de diez años. La patología acostumbra a empezar durante la adolescencia, pero la mayoría de la gente es diagnosticada entre los 20 y 30 años.
P.- ¿Qué estigmas existen aún en la sociedad acerca de la patología?   |   R.- El ser bipolar va asociado en el lenguaje popular a alguien no fiable, inestable, imprevisible, impulsivo o extraño. Y no es verdad. La mayoría de personas que padecen un trastorno bipolar no tienen una personalidad concreta. Si en algún momento se comportan de manera impulsiva, es cuando están mal. Y en la otra cara de la enfermedad, la depresiva, es justamente lo contrario: se culpan a sí mismos de lo que no sale bien, necesitan mucha ayuda, pero en cambio se la negamos y los estigmatizamos.
P.- Es decir, el trastorno no define a la persona.   |   R.- Tener un trastorno bipolar es tener una enfermedad que requiere adoptar ciertas medidas y cuidados: medicación, psicoterapia y un cierto estilo de vida. El resultado es que mucha gente con esta patología consigue hacer una vida normal. De hecho, conocidos políticos, futbolistas, escritores que padecen el trastorno no lo divulgan por miedo a ser estigmatizados.
P.- ¿Cómo se diagnostica la enfermedad?   |   R.- El especialista realiza al paciente una entrevista psiquiátrica completa y se confirman los criterios que definen la enfermedad. Cuando la persona está mal, en el cerebro se producen una serie de cambios que podemos verificar con pruebas complementarias -a través de la imagen y de estudios genéticos- que solo nos dan un diagnóstico probabilístico. El trastorno bipolar no es como una neumonía que se ve en una radiografía.
P.- Por lo tanto…   |   R.- Lo más específico que al final podemos ver para diagnosticarla son los cambios del comportamiento asociados a la enfermedad, es decir, lo que te explica el paciente y personas que convivan con él: es muy importante tener información de varias fuentes porque muchos pacientes no son conscientes de lo que les está ocurriendo, no te lo explican todo tal como es.
P.- Un ejemplo de lo que puede sentir una persona con este trastorno.   |   R.- Desde fuera podemos observar, en la fase depresiva, a una persona que ha cambiado el carácter: se ha vuelto más introvertida, le van peor los estudios, está más ensimismada. Cuando le entrevistas, te explica que la vida no vale la pena y que sus compañeros le han dejado de lado. Podría tratarse de una depresión normal, pero posteriormente acabamos viendo síntomas del polo opuesto: que la persona está más activa y habladora de lo habitual, se despierta pronto o se acuesta tarde chateando hasta las tantas y conociendo gente nueva, una cosa exagerada.
P.- ¿Qué causa el trastorno bipolar?   |   R.- Existe una predisposición genética a sufrir la enfermedad. Muchos de los pacientes tienen antecedentes familiares de la patología, a veces no etiquetados porque antiguamente no se diagnosticaba como ahora (…) Esta predisposición genética se traduce en que estas personas, sobre todo en momentos de cambio importantes como la adolescencia o cuando se tiene un hijo, se desestabilizan por el estrés.
P.- Explíquese.   |   R.- Hay una serie de sustancias que todos producimos para corregir una situación de estrés que estos pacientes no pueden regular bien. Una de ellas es la dopamina –que la cocaína, y, en menor medida, la cafeína estimulan-. Si tu cerebro fabrica más de la cuenta, la persona se muestra nerviosa e inquieta, como acelerada; en cambio, si te falta, estás como si te faltasen pilas, no te hace ilusión nada, te arrastras, incluso hay gente que no puede levantarse de la cama. Estos cambios en esta sustancia es lo que modifica el comportamiento de la gente.
P.- ¿En qué consiste la última investigación en la que su equipo ha participado?   |   R.- El trabajo identifica factores que podrían ayudar en el diagnóstico del trastorno bipolar, combinando datos de neuroimagen y una técnica llamada machine learning –aprendizaje automático-, en el que el ordenador comparó las imágenes cerebrales de 3.000 pacientes [853 con la enfermedad y 2.167 sanos] procedentes de una red de centros de investigación de todo el mundo. Es un avance importante porque nunca antes se había llegado a un 76% de fiabilidad, lo cual no es suficiente porque para que se utilice una prueba de este tipo, tiene que tener una especificidad superior al 90%. Pero cada vez afinamos más las técnicas para conseguir que con una prueba complementaria se pueda confirmar el diagnóstico, como se hace en otras áreas de la medicina.
P.- En relación a las imágenes cerebrales analizadas en el estudio, ¿qué similitudes encontraron entre los pacientes con trastorno bipolar?   |   R.- En la imagen estructural se acabó viendo que las personas que llevan mucho tiempo con este trastorno tienen una cierta pérdida de sustancia gris y un poco de sustancia blanca, lo que quiere decir que la exposición a la enfermedad y sus recaídas provocan que el paciente tenga una cierta pérdida de conectividad, de masa encefálica, y esto conlleva que a veces sufran un cierto deterioro de sus capacidades cognitivas. Por eso es tan importante hacer prevención, porque la gente que está enferma durante muchos años, si no está en tratamiento, puede acabar teniendo esta merma.
P.- ¿Alguna diferencia más?   |   R.- En la resonancia funcional, que se centra en cómo se conectan entre sí las neuronas, vimos que muchas personas con trastorno bipolar tienen dificultades para desconectar la red automática –que tenemos todos- y que nos permite, por ejemplo, conducir al mismo tiempo que escuchamos la radio o hablamos. Las personas con trastorno bipolar tienen dificultades para desconectar este piloto automático cuando hacen algo que requiere concentración. Y lo vemos en pruebas de neuroimagen funcional.
P.- Lo que tiene su relevancia.   |   R.- Poder desconectar el piloto es muy importante porque permite adaptarse a muchas situaciones. Si estás ensimismado, no prestas atención a lo que ocurre a tu alrededor. Esto es lo que ocurre con muchos pacientes que sufren el trastorno. Les ocurre incluso cuando se encuentran bien.
P.- ¿En qué consiste el tratamiento?   |  R.- Además de otros medicamentos, utilizamos una sustancia natural, el litio –que a muchos pacientes les va bien-, aunque depende de cada caso. Y, después, el paciente recibe un apoyo psicológico a través del cual le enseñamos a autoexaminarse; a darse cuenta de lo que le está ocurriendo, de cuándo viene una recaída y adoptar un estilo de vida adecuado, y una serie de elementos que llamamos psicoeducación, un tratamiento establecido en todas las guías clínicas del mundo y que desarrollamos en el Clínic.
P.- ¿Alguna novedad respecto al tratamiento farmacológico?  |   R.- Hemos descubierto medicamentos pero no sabemos anticipar a qué paciente le irá bien uno u otro; tenemos que ir probándolos basándonos en la información clínica, que puede ser un poco subjetiva. Es por ello que nos iría muy bien la farmacogenética. Hace dos años publicamos un estudio, realizado en el marco de un grupo de investigación internacional, que supuso un avance importante: reveló que ciertos polimorfismos de un gen podían predecir si al paciente le iría bien el litio.