viernes, 16 de octubre de 2020

La "nueva normalidad" en tiempos de coronavirus y los niños: ¿cómo afrontar la vuelta al cole?

 Pablo Rivas González   |   Savia   |   6/08/2020

Por desgracia, el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 está presente en todas las conversaciones, afecta nuestra vida y nuestras rutinas de múltiples maneras, y es motivo diario de preocupación.

Los niños y niñas perciben la preocupación que se genera tanto en los adultos a su cargo como en la sociedad en general. Por ello, es importante cuidar su salud física y emocional en la “nueva normalidad”, y no descuidar medidas encaminadas a mantener su salud como la vacunación infantil o el seguimiento de hábitos saludables.

Para que nuestros hijos e hijas afronten la nueva situación de manera correcta es necesario hablar con ellos con sinceridad y explicarles la situación sin alarmismo pero de una manera rigurosa, y en un lenguaje comprensible. Esto les puede ayudar a entender qué está pasando, hacer que se sientan más seguros, y  superar algunos de los miedos que puedan presentar.

Algunas recomendaciones para hablar con los niños son las siguientes:

  • Hay que comenzar por estar bien informado. Se puede acudir a fuentes de información fiable como las páginas web del Ministerio de Sanidad o de las distintas Comunidades Autónomas. También las Sociedades Científicas de las distintas ramas de la medicina ofrecen información específica para pacientes con alguna patología concreta (por ejemplo, niños con asma, inmunodeprimidos, etc.). Tras conocer los datos verdaderos y las recomendaciones oficiales ya estamos preparados para hablar con nuestros hijos y darles el apoyo que necesitan.
  • Para comenzar una conversación hay que elegir un momento en el que los niños probablemente quieran hablar, como durante las comidas. Hay que preguntarles qué saben ya del tema, y sobre todo qué dudas o preocupaciones tienen. Estas dudas, miedos o incertidumbres pueden guiar la conversación.
  • Cuando se habla con los niños hay que escucharlos de forma activa y responder a sus preguntas o dudas con información veraz y de una manera que puedan entender. Es probable que no se tengan todas las respuestas, en ese caso hay que ser sincero y buscar la información en fuentes oficiales. También hay que comentarles que hay muchos rumores e información errónea, y que no pueden creer todo lo que lean o escuchen.
  • Es importante hablar con los niños con frecuencia para detectar nuevas dudas y ver cómo están afrontando la situación. Al ser una pandemia tan cambiante, se puede ofrecer información actualizada sobre el virus o sobre las recomendaciones para su prevención, en un lenguaje cercano y comprensible.
  • Siempre hay que animar a los niños a que expresen sus sentimientos y decirles que es normal que estén afectados o preocupados. También hay que animarles para que consulten siempre que tengan alguna pregunta o duda.
  • Respecto al contenido de las conversaciones, se puede aclarar al niño qué es el coronavirus, las consecuencias en la salud y la forma de transmisión. Se puede comentar que en los niños pueden tener la enfermedad sin sentirse mal o tener solo síntomas leves parecidos a los de un resfriado. También se puede hablar del gran esfuerzo que se está haciendo para superar la situación, y que los expertos están haciendo un gran trabajo para prevenir la enfermedad o curarla sin complicaciones en caso de que se produzca. 

En cualquier caso, además de hablar con los niños, hay que tomar medidas prácticas, que pueden ser útiles tanto en su vida familiar como en la vuelta al colegio.

Hay que animarles a que se laven las manos con frecuencia y de manera correcta, especialmente cuando vuelven a casa, antes de las comidas, y después de toser, de estornudar, o de sonarse la nariz. Para ello, es importante demostrarles cómo hay que lavarse bien las manos, incluyendo todos los dedos y espacios interdigitales, y durante al menos 40-60 segundos. También deben conocer que cuando se tose o estornuda hay que hacerlo en un pañuelo desechable, y luego tirarlo a la basura, o cómo toser en el ángulo del codo.

Igualmente, hay que destacar con ellos la importancia del distanciamiento social y el uso correcto de la mascarilla, las cuales deben estar homologadas y ser adecuada para su edad. Deben aprender que hay que evitar el contacto cercano con las personas que no viven en casa, aunque no parezcan que están enfermas. Además, en lugar de chocar la mano, tocarse los puños, o abrazar a las personas que no viven en casa, es mejor sonreír y saludar con un movimiento de la mano.

 Por otra parte, hay otras medidas que se pueden tomar para ayudar a los niños a afrontar la situación: 

·        Hay que mantener la calma, pues los niños siguen el ejemplo de los adultos para saber cómo reaccionar. También hay que tener paciencia y mostrarles apoyo y cariño incondicional.

·        El mantenimiento de rutinas ayuda a los niños a predecir cuál es el plan y tener una sensación de control de la situación.

·        Se puede limitar el acceso a las noticias sobre coronavirus, que puede llegar a ser agobiante, o el acceso a redes sociales o a información que puede ser falsa.

·        El hecho de que se recomiende pasar más tiempo en casa es una oportunidad para ser creativo en cuanto a maneras para divertirse, pasar más tiempo con los seres queridos, mantener la actividad física en familia, y disfrutar con contactos sociales de manera virtual.

  • Hay que evitar los gestos de discriminación o rechazo hacia otras personas afectadas, tratar de usar el sentido del humor para afrontar las situaciones, y ofrecer mensajes de confianza y esperanza, pues en el fondo la situación es temporal y “de todo se sale”.
  • También es importante que nos cuidemos los adultos: dormir lo suficiente, hacer ejercicio físico, seguir una dieta saludable y buscar asesoramiento psicológico en caso necesario. Mantenernos sanos también es una manera de ayudar a nuestros hijos.

Otra duda que surge con frecuencia es la vacunación de los niños durante a pandemia. Es muy importante que los niños reciban todas las vacunas contempladas en el calendario de vacunación en el momento que le corresponden para obtener protección en este momento y en el futuro. La infección por coronavirus no presenta ningún riesgo específico relacionado con las vacunas o con la vacunación.

Hay que seguir las instrucciones de las autoridades sanitarias para saber dónde y cuándo se administran las vacunas. Si los servicios de vacunación se interrumpieran temporalmente, hay que asegurarse de que los niños se ponen al día con las dosis no administradas lo antes posible una vez que se reanuden los servicios.

En cualquier caso, todas las dudas sobre la salud física o emocional de los niños y niñas se pueden resolver fácilmente consultado con un pediatra o con un psicólogo, lo que puede hacerse de manera presencial o telemática.

En caso de notar que los niños presentan cualquier trastorno, como problemas persistentes con el sueñodificultad para concentrarsefalta de esperanzatristeza excesiva, o simplemente que parece que se preocupan demasiado por la situación, es el momento de buscar el asesoramiento de un profesional.

jueves, 15 de octubre de 2020

El asombro: no dar nada por supuesto

CATHERINE L’ECUYER    |   La vanguardia   |   17/04/2020

 En cada una de esas deliciosas cabezas, decía Chesterton refiriéndose a los niños, hay un universo recién estrenado como lo fue el séptimo día de la creación. Así ven el mundo los ojos asombrados de nuestros pequeños, porque “no dan nada por supuesto”. Los ­niños no creen ni dejan de creer en los milagros, porque para ellos todo es un milagro. Y nosotros los adultos, ¿nos asombramos? Cuando nos despertamos esta mañana, ¿nos asombramos al ver a la persona que estaba a nuestro lado? ¿La vimos como si ­fuera por primera vez? ¿O por última? Cuesta. Nos cuesta ver el mundo con ojos nuevos, porque lo tenemos muy visto.

Los niños se asombran porque ven el mundo literalmente por primera vez. Cada vez que miran por la ventana y ven el cielo es como si el cielo se estrenara ante ellos. Los adultos, en cambio, tendemos a pensar que las cosas y las personas existen porque nos las merecemos. La sociedad del hiperconsumo, de la inmediatez y del bienestar ha contribuido a anestesiar nuestro sentido del asombro. El que lo tiene todo acaba creyendo que el mundo debe comportarse a su antojo. Como es lógico, una sociedad en la que cada persona se considera el centro del universo es una sociedad enferma, insensible e ingobernable. Es la sociedad de las quejas y de las revueltas continuas. La pérdida del asombro lleva a la cultura de la autosuficiencia, que hace ignorar la fragilidad del ser humano, a la del cinismo, que hace pensar que todo le es debido, y a la de la indignación y del victimismo, que lleva al resentimiento vengativo e insolidario.

“La vida nos brinda una oportunidad irrepetible para volver a encontrarnos con nosotros mismos”.

Mientras los países del hemisferio sur estaban ya en guerra contra epidemias sucesivas de dengue, de zika, de fiebre amarilla y de malaria con cientos de ­millones de personas afectadas desde ­el 2017, el coronavirus llegó por sorpresa a los países del norte, convirtiéndose en una pandemia con consecuencias te­rribles.

Ojalá esa tragedia sea por lo menos una oportunidad para volver a lo esencial, para agradecer y valorar lo que tenemos. No, los huevos no vienen del super­mercado, la calefacción no proviene del radiador y las ayudas del Estado no vienen del Estado (sino de cada uno de los que pagamos honradamente nuestros impuestos). Detrás de una comida caliente, de un cuidado sanitario, de una tecnología que funciona o de una ayuda social hay una cadena de personas estudiando y trabajando de día y de noche. Quizás esta crisis sea una oportunidad para entender el poder del alcance silencioso de cada uno de nuestros gestos. Detrás de un gesto en el hogar o en el trabajo, hay miles de personas que viven mejor, o que siguen vivas. Quizás sea también una ocasión para empatizar y darnos cuenta de la soledad de nuestros ancianos, a los que tanto debemos. En pocos días, un virus invisible consiguió que el mundo entero se arrodillara de golpe. En medio de tanta desgracia, quién sabe si se aplanará también la curva de la soberbia de pensar que dominábamos el mundo, o que íbamos a arreglarlo gritándonos unos a otros. Quizás sea el tiempo de darnos cuenta del valor del silencio y del tiempo dedicado a nuestros seres queridos. Quizás sea una ocasión para dejar de tener tanta fe en las promesas de inmortalidad que nos ofrecen la ciencia y la tecnología, y para aspirar a una perfección de la que sí somos capaces, una perfección más humana. Caer en la cuenta de nuestra miseria, vulnerabilidad y fragilidad no solamente es compatible con esa perfección, sino que podría ser el camino para alcanzarla, porque es precisamente esa condición que nos hace ser más solidarios y compasivos. Aunque parezca paradójico, la perfección del ser humano pasa por la toma de conciencia de que no lo es.

El confinamiento pondrá a prueba nuestra interioridad. Un silencio interior que, según Tagore, el gran poeta filósofo bengalí, buscamos ahogar en la multitud. En un estudio publicado en el 2014 en la revista Science , el 25% de las mujeres y el 67% de los hombres prefieren autoadministrarse un calambre a permanecer sentados de seis a quince minutos en una habitación vacía sin otra distracción que sus propios pensamientos. Blaise Pascal decía que “todos los problemas de la humanidad provienen de la incapacidad del hombre de estar en silencio a solas en su habitación”. Ahora que las calles están vacías del clamor de la multitud anónima, la vida nos brinda una oportunidad irrepetible para volver a encontrarnos con nosotros mismos. Nos invita a ocupar el espacio interior del que habíamos desertado para empacharnos de estímulos y vivir a remolque de ellos. Sólo desde ese espacio interior puede brotar el sentido del asombro que nos hace ver el universo como si fuera recién estrenado. Es el sentido del asombro el que nos hace caer en la cuenta de que nuestra fragilidad es parte esencial de nuestra humanidad, que la vida es un regalo y que el mundo es un milagro.

miércoles, 14 de octubre de 2020

¿Son los padres y las madres (in)competentes para educar?

 CATHERINE L’ECUYER    |   El País   |   27/04/2020

En una de las bibliografías de María Montessori, Rita Kramer explica que se había puesto de moda, entre las mujeres del siglo XIX en Italia, el juego de encender y de apagar unas cerillas para matar el tiempo, mientras los niños estaban siendo cuidados por una niñera y el padre estaba ausente del hogar. Esa anécdota ilustra hasta qué punto no se veía la actividad educativa -por lo menos durante los primeros años del niño- como algo relevante. Educar era una tarea a la que se dedicaban principalmente los más vulnerables, a falta de otra alternativa. Montessori explica como era corriente escuchar en las familias burguesas decir al niño; “no te sientes en el suelo” o “no te sientes en el sofá”. Entonces el niño era un ciudadano que no tenía lugar en los espacios comunes de su propia casa. Se le decoraba de lazos y se le ataba inmóvil a una silla con su niñera para que no hiciera ruido y no molestara.

Si bien es cierto que en l’Émile, Rousseau había hablado en el siglo XVIII del niño como de un sujeto, no como un objeto, consideraba el Estado como su principal educador. Afirmaba que el Estado tiene un papel prioritario sobre el de los padres en el ámbito de la educación de los hijos, puesto que la educación de los niños no debe “abandonarse a los prejuicios de sus padres”. Quizás fue por exceso de coherencia consigo mismo que Rousseau abandonó a sus hijos en un orfanato. La idea rousseauniana de que los padres son incompetentes para poder educar a sus hijos y deben dejar que el Estado lo haga para ellos sigue hoy recibiendo atención, configurando muchas de las políticas educativas.

A inicios del siglo XX, se empiezan a multiplicar las teorías psicológicas respecto a la educación y se ponen de moda los parvularios para niños desde los 3 años. En los EE UU, Dewey tiene sus teorías encaminadas a resolver, desde el aula, la cuestión de la educación hacia la integración de los millones de inmigrantes que habían llegado a América después de la Primera Guerra mundial. En Europa, nace el movimiento de la Educación Nueva inspirado en gran parte en Rousseau. Las aulas de la Educación Nueva se convierten en laboratorios de psicología, y la psicología se convierte en el vestido de dignidad de la pedagogía. Surgen todo tipo de teorías educativas elaboradas por médicos o psicólogos, como Claparède, Decroly, Piaget, Montessori, que pueden dar de pensar a los padres que la educación es un asunto demasiado complicado para que ellos mismos puedan hacerse cargo. Los padres deben por tanto encargarlo a los especialistas, ya que ellos, sí saben.

Acabada la Segunda Guerra mundial, ante el horror de los campos de concentración, se rechaza enérgicamente la teoría de la eugenesia, se empieza a entender el poder de la educación y los Estados adoptan progresivamente la idea de cuidar a los colectivos desfavorecidos a través de políticas sociales y educativas, empezando desde la primera infancia. Como consecuencia de la Segunda Guerra mundial, los orfanatos de Europa están llenos. La OMS encarga entonces un informe a un psiquiatra llamado John Bowlby, sobre la consecuencia de una crianza sin madre sobre la salud mental de los niños en los orfanatos. En su informe, publicado en 1951, Bowlby hace hincapié en la importancia de la sensibilidad del principal cuidador para la creación de un vínculo de apego (de confianza) entre él y el niño. Nace entonces la teoría del apego, que revolucionará el ámbito de la psicología infantil.

En la década de los ochenta, el caldo es favorable a la aplicación de ciertas ideas neurocientíficas en el ámbito de la educación y la ciencia se convierte una vez más en el vestido de dignidad de la pedagogía bajo la etiqueta de la “educación basada en la neurociencia” (brain-based education). Esa situación da pie a las expresiones que hoy conocemos como: “todo se juega de 0 a 3 años” o “más y antes es mejor”. Y entonces se recomienda a los padres escolarizar a sus hijos cuanto antes, se pone el énfasis en la parte cognitiva de 0 a 3 años y se multiplican los métodos y los libros que hablan de la estimulación temprana. De nuevo, los padres tienen menos protagonismo, delegando la educación a parvularios especializados que usan métodos supuestamente basados en la neurociencia, pensando que ellos mismos no son lo suficientemente competentes para hacer ese trabajo. El apogeo de esa creencia es, en 1997, cuando Hilary Clinton, en un discurso dirigido a educadores en la Casa Blanca, dice: “En el momento en que la mayoría de los niños empiezan la escuela infantil, la arquitectura del cerebro está esencialmente construida.” Esa declaración levantó un tsunami de críticas por parte de neurólogos y neurobiólogos en todo EE UU, pues esa creencia es un “neuromito” (una mala interpretación de la literatura neurocientífica). El cerebro es plástico y puede modificarse a lo largo de toda la vida y el bombardeo temprano de información no necesariamente favorece el aprendizaje. Esos neuromitos dan una importancia excesiva a la estimulación cognitiva y restan importancia a la dimensión interpersonal en los primeros años, clave para el apego.

La disciplina social solo es posible cuando existe, previamente, una disciplina y una responsabilidad personal.

Los neuromitos han llevado a la abdicación del ámbito familiar, a favor de la industria educativa del consejo empaquetado conformado por aquellos gurús, expertos, libros o productos que dictan a los padres exactamente lo que han de hacer para que sus hijos sean exitosos y felices, y sobre todo para que coman, duerman y obedezcan. Ese enfoque educativo conductista, caracterizado por el adultocentrismo, está orientado principalmente hacía la tranquilidad de los padres. La industria del consejo empaquetado, en búsqueda del “manual definitivo” de una crianza perfecta, enfoca la educación desde el punto de vista de los “cómo” y de los “qué” y aleja a los padres de los “para qué” y los “por qué”. Contribuye, de nuevo, a despojar a los padres de su papel como primeros educadores, entregando a sus hijos a la industria del juego “con botones y pilas” y despojándoles de la intuición parental y del sentido común que debería guiar toda acción educativa.

La teoría del apego fue inicialmente criticada por el feminismo, por culpar a la mujer trabajadora de todos los males de la infancia. Pero hoy sabemos que el apego del niño puede hacerse tanto con el padre como con la madre. El apego es el vínculo de confianza que se establece entre el niño y un principal cuidador disponible y capaz de atender a tiempo sus necesidades básicas durante los primeros años de vida. El niño con apego seguro es más confiado, descubridor y empático en sus relaciones interpersonales. Hoy, esa teoría es una de las más investigadas, reconocidas y establecidas en el ámbito de la psicología del desarrollo, se ha convertido en el enfoque por excelencia para entender el desarrollo del niño y está siendo utilizada como base y premisa de la mayoría de las investigaciones y políticas sociales y de educación infantil en gran parte de los países desarrollados.

Hacer creer a los padres que la híperestimulación durante los tres primeros años de vida es más importante que la atención afectiva y convencerles de la necesidad de una escolarización temprana ha contribuido a adormecer la conciencia de ser principales educadores y puesto en entredicho su vocación y su competencia educativa, generándoles agobio e inseguridad personal. Esas creencias han despojado a los padres de su rol, reduciéndoles a meros estimuladores y animadores de ludoteca que ni gozan, ni disfrutan de la belleza de su misión.

Esa creencia influyó, como es lógico, en la cuestión de la conciliación. Si los niños no necesitan a sus padres, entonces más vale delegar ese cuidado y escolarizarlos desde los 4 meses. Si el niño está mejor en el colegio, ¿para qué necesitamos una baja de maternidad o de paternidad más larga? Entonces los únicos argumentos que nos quedan son invocar el derecho de la mujer a tenerla, o la obligación del varón a cuidar de sus hijos para erradicar el machismo. Hoy sabemos que la rotación del principal cuidador es uno de los factores que interfiere en la creación del vínculo de apego. Pero preferimos prohibir la transferibilidad de las bajas, porque es más afín a nuestras mentalidades igualitaristas. En definitiva, las necesidades del niño, que deberían ser el principal protagonista de la cuestión, se relegan al segundo plano en un debate ideológico esencialmente adultocéntrico.

¿Qué es la sensibilidad? La sensibilidad (instinto maternal, paternal) es un mecanismo del que dispone la naturaleza para ayudarnos a tomar conciencia de nuestra responsabilidad como primeros educadores, para que seamos capaces de sintonizar con las necesidades reales de nuestros hijos. ¿Debería ser suficiente con el sentido del deber? Sí, pero la naturaleza es generosa y nos facilita el trabajo. Sin embargo, no es suficiente tener ese regalo. Esa sensibilidad se desarrolla a base de pasar tiempo con nuestros hijos, dándonos cuenta de lo que necesitan para su buen desarrollo. En ese sentido el confinamiento ha sido y está siendo una oportunidad única para desarrollar esa sensibilidad maternal y paternal, para consolidar el vínculo de apego / de confianza con cada uno de ellos. En ese sentido, nuestra mirada es clave para transmitirles una actitud positiva y confiada hacía el mundo que nos rodea.

Por último, no iría mal recordar, en tiempos de des-confinamiento, que la disciplina y la responsabilidad social, tanto por parte de los padres como de los niños, no surje de “la nada”, ni de llenar la calle de personas uniformadas repartiendo multas, ni de las instrucciones del “BOE de cada día”. La disciplina social solo es posible cuando existe, previamente, una disciplina y una responsabilidad personal. Y la responsabilidad personal solo es posible cuando asumimos que la persona que actúa es competente, racional, consciente y libre de asumir las consecuencias de sus acciones. Montessori lo ilustraba con un hermoso ejemplo. Explicaba cómo era posible que un grupo de personas se queden en silencio ante un concierto. Nos recordaba que el silencio colectivo no es, o por lo menos no debería jamás de ser, el mero resultado de la imposición colectiva de una norma. En ese caso, la disciplina colectiva es la suma de la disciplina personal de cada uno de los que escucha en silencio. Es el resultado del que ha desarrollado la fortaleza personal y el autocontrol, del que entiende lo que acontece y tiene sensibilidad para apreciar la belleza y la armonía del sonido del conjunto de todos los instrumentos que se oyen en la pulcritud del silencio.

 

Cómo liberar la rabia de manera sana y adecuada: 4 consejos

ARTURO TORRES      |     Psicología y Mente

Diferentes formas de dar salida a ese malestar que puede llevarnos a la hostilidad.

La rabia es un estado psicológico que, a pesar de que acostumbra a ser visto como algo negativo, resulta completamente natural. A lo largo de toda una vida, vamos a experimentarla varias veces, y eso no es en sí algo malo. La clave a la hora de valorar si nuestra relación con la rabia es sana o no, está en ver hasta qué punto nos afecta, y si nos daña significativamente a nosotros o a las personas de nuestro alrededor.

Saber cómo liberar la rabia de manera saludable es uno de los factores más importantes a la hora de no dejar que esta emoción nos domine y nos haga caer en dinámicas destructivas o autodestructivas.

Liberar la rabia de manera controlada y saludable: 4 consejos

Durante mucho tiempo, hemos caído en un error fundamental a la hora de entender lo que es la rabia. Esta trampa consiste en creer que esta emoción es mala porque nos hace pasarlo mal y puede llevarnos a atacar al resto. ¿Dónde está el problema de esta visión de las cosas? En que la rabia no aparece espontáneamente en el interior de uno: surge como consecuencia de una interacción entre individuo y entorno.

Pensemos por un momento en las minorías sociales que tiempo atrás eran discriminadas legalmente y ahora ya no lo son. En ese pasado tan cruel, la frustración y la impotencia de sentirse con menos derechos generaba rabia frecuentemente, y a nadie se le ocurriría pensar que lo problemático de la situación era ese sentimiento, sino el contexto social.

Algo parecido sucede a la hora de comprender por qué es bueno liberar la rabia de manera controlada. Cuando hacemos esto, no estamos expiando ningún pecado, sino actuando activamente para dar salida a una emoción que puede estar justificada o no, pero es natural y en última instancia no ha aparecido porque así lo hayamos decidido libremente. Teniendo en cuenta todo lo anterior, veamos algunos consejos básicos sobre cómo liberar la rabia.

1. Evita sitios bulliciosos o estresantes y busca un lugar tranquilo

Este primer paso es para evitar males mayores, dado que en ambientes con muchos estímulos, es fácil encontrar aún más motivos para estar enfadado. A esto hay que añadirle que con la rabia recorriendo nuestro cuerpo tendemos a ser más propensos a ver motivos para enfadarnos en hechos o situaciones que en otra situación no nos harían sentir esa hostilidad. Se trata de un sesgo que nos puede arrastrar al empeoramiento del problema.

Así pues, nunca está de más tener en mente lugares tranquilos en los que poder estar solos, especialmente en previsión de un diálogo que puede enfurecernos.

2. Coloca pausas en las discusiones

Saber gestionar una discusión también incluye la capacidad de saber liberar la rabia adecuadamente en caso de que esta emoción aparezca. Cuando estamos inmersos en un diálogo, sin embargo, esta tarea incluye tanto la liberación de una cierta cantidad de rabia (no puede ser mucha, ya que la finalidad del diálogo es otra) como la prevención de que esta siga acumulándose. Para ello, puedes hacer dos cosas: evitar elevar el tono de voz, y hacer que tu habla sea algo pausada.

Lo primero puede resultar contraintuitivo, ya que gritar suele estar asociado a la liberación del malestar, pero en el contexto de un diálogo esto no es así, ya que gritar solo nos haría asimilar que ya estamos en una lucha verbal, haciendo que la otra persona reaccione igual.

Hablar de un modo un poco más lento cumple una función parecida, dándonos una excusa para monitorizar nuestro ritmo de hablar, evitando que intentemos abrumar al otro y dominar la conversación por esta vía. Si dejas que pase el tiempo y no aumenten los motivos para sentir enfado, esta rabia que empezaba a ser un problema se desvanecerá sola sin causar problemas significativos, al no haber alcanzado un punto crítico y, por otro lado, haber convertido el diálogo en una batalla.

3. Haz deporte

Si tienes tiempo y no se trata de un sentimiento de rabia muy intenso aparecido súbitamente, sino que llevas sintiéndolo desde hace varios minutos, plantéate la posibilidad de emplear ese estado de alerta y tensión en algo productivo. Por ejemplo, en hacer deporte. El deporte nos plantea la necesidad de liberar energía atendiendo a un objetivo muy claro que requiere toda nuestra atención, por lo cual es una excelente manera de dejar que la ira se vaya sola.

Si sientes mucha rabia, quizás un deporte competitivo no es la mejor opción. En este caso céntrate en ejercicios realizados de manera individual, como por ejemplo hacer flexiones, correr por el parque, etc.

4. ¿Hay algún problema con los videojuegos?

Desde prácticamente sus inicios, los videojuegos han sido criminalizados injustamente, siendo acusados de promover la violencia. Paradójicamente, esto no solo no es cierto, sino que se ha visto que en ciertos casos, jugar a esta forma de entretenimiento puede ser una manera de canalizar la rabia sin dañar a nadie. Sumergirse en un mundo de fantasía y cumplir con los objetivos nos permite liberar energía en un entorno controlado.

martes, 6 de octubre de 2020

¿Qué es el síndrome del corazón roto? | Síntomas, causas y cómo tratar la enfermedad

REDACCIÓN  |   La Vanguardia    |     27/08/2019

“Fallo cardiaco que tiene los mismos síntomas del infarto de miocardio”

El síndrome del corazón roto no es una leyenda, puede ocurrir. También es conocido como miocardiopatía de Takotsubo, síndrome de abombamiento apical o miocardiopatía por estrés. Se trata de un fallo cardiaco temporal cuyos síntomas son similares al infarto de miocardio pero, por lo general, sin graves consecuencias. Recientemente ha sido la causa de la muerte de una anciana en Estados Unidos después de sufrir un robo en su casa. Según datos de la fundación española del corazón suele afectar a mujeres entre 60 y 75 años sanas que sufren un episodio grave de estrés psíquico o físico.

Causas del síndrome del corazón roto .

El desencadenante del síndrome del corazón roto es una debilidad cardiaca transitoria provocada por un episodio grave de estrés psíquico o físico. Como consecuencia de él el ventrículo izquierdo del corazón adquiere una forma similar a la de la vasija aunque no se sufra ateroesclerosis. Se apunta como la causante de el fallo cardiaco temporal la liberación repentina de grandes dosis de catecolaminas, hormonas que contienen adrenalina, noradrenalina y dopamina que funcionan como neurotrasmisores y que son una respuesta del organismo ante una situación de peligro. A dosis muy altas, tienen un efecto tóxico sobre el corazón.

Síntomas del síndrome del corazón roto son:

- Dolor torácico similar al que presentan los pacientes con infarto.

- Falta de aire.

- Pérdida del conocimiento

En casos extremos se produce una parada cardiaca.

Los factores de riesgo para sufrir un episodio del síndrome del corazón roto son:

- Muerte inesperada de un ser querido.

- Un diagnóstico médico de mal pronóstico.

- Maltrato doméstico.

- Perder o ganar mucho dinero.

- Discusiones fuertes.

- Sorpresa inesperada que implique un fuerte efecto emocional.

- Miedo escénico.

- Perder el empleo.

- Divorcio.

- Ataque de asma.

- Un accidente o un traumatismo.

- Efecto de algunos medicamentos como la epinefrina; la duloxetina en pacientes con diabetes o para el tratamiento de la depresión como también puede ocurrir con la venlafaxina o con la levotiroxina en el tratamiento de trastorno de la glándula tiroides.

Diagnóstico del síndrome del corazón roto.

Para el diagnóstico del síndrome del corazón roto es clave diferenciarlo del infarto agudo de miocardio. Es clave conocer si ha habido un episodio de estrés agudo y repentino y también que no haya antecedentes de tabaquismo, hipertensión arterial, niveles altos de grasa en sangre y diabetes.

Entre las pruebas que se realizarán, además de conocer los antecedentes personales y realizar el examen físico y tomar nota de la descripción de síntomas, se harán:

- Análisis de sangre.

- Electrocardiograma.

- Ecocardiograma.

- Radiografía torácica.

- Resonancia magnética cardiaca.

- Angiografía coronaria.

Tratamiento y medicación del síndrome del corazón roto

Los pacientes que sufren un episodio de síndrome de corazón roto suelen recuperarse en el hospital tras la realización de las pruebas médicas y la pauta farmacológica que se les prescribe suele ser betabloqueantes, fármacos que bloquean la acción de la adrenalina y de otras sustancias similares aunque no es un tratamiento a largo plazo. Una vez superada la crisis la recomendación es evitar episodios de estrés.

El síndrome del corazón roto no suele ser aislado. Puede volver a presentarse si se producen las circunstancias que favorezcan un episodio de estrés agudo.

Prevención del síndrome del corazón roto

Reconocer y controlar el estrés en la vida puede ser la pauta de prevención más importante para ayudar a prevenir un episodio del síndrome del corazón roto.

lunes, 5 de octubre de 2020

Hacer varias cosas a la vez no me está dando buenos resultados. ¿Cómo puedo centrar mi atención y mejorar la concentración?

Amit Sood, M.D.     |   Mayo Clinic    |     12/03/2020

No es sorprendente que la multitarea no funcione para ti. En realidad, la multitarea es un mito. En el mejor de los casos, las investigaciones muestran que tu mente solo puede cambiar rápidamente entre tareas. En lugar de tratar de hacer dos cosas a la vez, busca maneras de mantener la concentración en la tarea que estás realizando. A muchas personas les resulta difícil concentrarse, pero es una habilidad que puedes desarrollar. Para mejorar tu concentración:

Reduce las distracciones. Apaga la televisión, deja el teléfono y cierra la sesión de tu cuenta de correo electrónico. ¿No estás convencido de que esto te ayude? Elimina el tiempo de pantalla que no sea esencial durante dos días y comprueba cuánto más puedes hacer.

Planifica períodos de actividad y tiempos de descanso. ¿Eres una persona madrugadora? Entonces, no desperdicies ese tiempo en el correo electrónico. En su lugar, úsalo para abordar proyectos que requieran tu plena concentración. Reserva la tarde para revisar tu bandeja de entrada o ponerte al día con el manejo de archivos.

Sácalo de tu cabeza. Demasiadas notas mentales hacen que tu mente se vuelva desordenada. Todos esos asuntos pendientes pueden desgastar tu energía mental. Escribe lo que tengas en tu mente en un papel o regístralo digitalmente. Piensa en ello como un almacenamiento externo.

Entrena tu cerebro. Cualquier habilidad que valga la pena requiere práctica. Aprender a concentrarse no es diferente. Invierte tiempo en dominar el entrenamiento de la atención, la conciencia plena u otros tipos de meditación. Estas son excelentes maneras de practicar para controlar las distracciones y mejorar el enfoque.

Al mejorar tu concentración, no solo lograrás hacer más, sino que también disfrutarás de una mayor fluidez, cuando estás tan absorto en una actividad que nada más parece importar. La fluidez puede crear una sensación de plenitud, compromiso e incluso satisfacción.

domingo, 4 de octubre de 2020

La depresión acorta la vida

REDACCIÓN    |    La Vanguardia     |     01/10/2020     |     Día europeo de la depresión

Más de 850.000 mayores de 80 años viven solos en España y son susceptibles de desarrollar esta patología que compromete su calidad de vida

Diversos estudios revelan que la felicidad, aunque sea en pequeñas dosis, favorece la longevidad. Por el contrario, la insatisfacción, la tristeza y la depresión tienen justamente el efecto contrario. Los investigadores mantienen que tener relaciones sociales es un factor determinante para vivir más años, mientras que la soledad conduce a la tristeza y de ahí a la decrepitud podría decirse que hay un paso.

Un estudio de la Universidad de Brigham le ha puesto cifra al mayor riesgo de morir que tienen las personas insatisfechas. Concretamente, el centro norteamericano situó en un 50% más el riesgo de muerte de las personas tristes.

El dato tiene un impacto importante si consideramos que la cifra de mayores de 65 años que viven solos en España ronda los 2,4 millones, mientras que los de más de 80 años son 850.000. Y el número no para de crecer.

La felicidad ayuda a llevar una vida más saludable. Del mismo modo que las personas que se relacionan con otras personas se cuidan más y se mantienen más activas. Por el contrario, la soledad, especialmente entre los de más edad, suele conducir al abandono.

Los expertos señalan que el envejecimiento lleva aparejado una serie de situaciones que conducen a la tristeza a muchas personas, aunque no siempre la estación término es la depresión. La jubilación, la ausencia de objetivos, el fallecimiento de familiares y amigos o las enfermedades propias de la edad, son, entre otras razones los factores de riesgo que golpean el estado de ánimo de las personas de más de 65 años.

La falta o limitación de la interacción social es muy evidente en la mayoría de los ancianos que viven solos en España. Esta cifra se ha disparado en los años y compromete el bienestar de los de la tercera edad.

El sector asegurador realizó un estudio en el que se asegura que 1 de cada 6 personas mayores de 65 años tiene síntomas de depresión. Sin embargo, solo 1 de cada 30 acaban por necesitar tratamiento médico especializado y medicación. Se observa que una tendencia entre los ancianos a ocultar sus síntomas y tienen a no quejarse por su situación.

300 millones de personas la padecen en el mundo

La depresión es una enfermedad cada vez más frecuente, pero que en ocasiones no es diagnosticada porque a menudo las personas que no la sufren no la comprenden. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) hay en el mundo alrededor de 300 millones de personas que la padecen. En los últimos años se ha avanzado mucho en el conocimiento social de la enfermedad y en su comprensión, pero sigue siendo una gran incomprendida como sucede con otros trastornos mentales. Hoy 1 de octubre se celebra el Día Europeo de la Depresión para tratar de concienciar a la sociedad de la existencia de esta enfermedad. 

La depresión se confunde en ocasiones con los cambios frecuentes de estado de ánimo y con variaciones emocionales de corta duración que suelen presentarse en el día a día. Es un trastorno que inhabilita y que muchas veces se convierte en un grave problema de salud que puede perdurar durante muchos años. Impide a menudo realizar las tareas cotidianas y limita el retorno al trabajo. En su expresión más grave puede provocar el suicidio. Datos de la OMS indican que se suicidan cerca de 800.000 personas cada año y el suicidio es la segunda causa de fallecimiento en el segmento de edad entre 15 y 29 años.

La medicina ha avanzado muchísimo en la lucha contra esta enfermedad y ya existen tratamientos eficaces para reducir su afectación. Sin embargo, más del 50% de enfermos no accede a estos tratamientos, en parte debido a la estigmatización de los trastornos mentales que provoca que muchos pacientes no acudan al médico. La falta de recursos en muchos países y los diagnósticos poco precisos son dos razones más de esta ausencia de tratamiento. La falta de diagnósticos certeros provoca que en ocasiones enfermos carezcan de atención médica y en otros casos suceda lo contrario y enfermos que no tienen depresión sean tratados con antidepresivos.

Las causas de esta enfermedad son muy complejas y reúnen factores sociales, psicológicos y biológicos. Afrontar situaciones vitales complicadas, como la pérdida del empleo o la muerte de un ser querido, aumenta las probabilidades de tener depresión. También se ha comprobado que hay conexión entre la depresión y una mala salud física. Los trastornos cardiovasculares, por ejemplo, pueden provocar depresión.