sábado, 19 de febrero de 2022

"Los padres hinchamos a Dalsy a nuestro hijo si tiene fiebre. Pero cuando hay que ir al psiquiatra, nos llevamos las manos a la cabeza"


NACHO MENESES    |    El País     |     04/02/2022


La periodista Lorena García y el psiquiatra José Carlos Fuertes publican ‘Educar es ser un espejo’, un manual que aborda los trastornos mentales más comunes en adolescentes y cómo tratarlos.

Jóvenes con depresión, ansiedad, trastornos de conducta o alimentarios, adicciones o fobias. Enfermedades mentales que no solo afectan a la población adulta y que continúan siendo tabú para muchos, sobre todo cuando implican a niños y adolescentes. Dos años de pandemia han colocado a la salud mental en el centro del debate, pero poco ha cambiado hasta la fecha porque faltan, para empezar, especialistas, y perduran todavía muchos de sus estigmas: “En la sanidad pública tenemos a 11 psiquiatras por cada 100.000 habitantes, mientras que en Europa la media va de 24 a 28. Y aunque hay muchos psicólogos, apenas son contratados”, recuerda el doctor José Carlos Fuertes, médico psiquiatra y autor, junto a la periodista Lorena García, de Educar es ser un espejo, un manual didáctico que aborda la salud mental poniendo el foco de atención en los más jóvenes.

No se trata necesariamente de que la covid haya incrementado los casos de patologías mentales, pero con toda seguridad ha provocado que se visibilicen mucho más, según los autores: “Hemos estado más tiempo en casa conviviendo con nuestros hijos y nuestros padres, lo que nos ha llevado a prestar más atención a esas posibles dolencias que en el día a día pasamos por alto. Pero necesitamos escuchar más a quienes tenemos al lado, para percibir los síntomas si es que algo está fallando”, reflexiona Lorena García. “De hecho, los niños han estado mejor, porque han visto más a sus papás, han estado atendidos y han jugado con ellos”, añade el doctor Fuertes. “Lo que sí tenemos es un enorme desgaste de los profesionales sanitarios, porque están defraudados, decepcionados y quemados, y además se sienten poco reconocidos: de los aplausos hemos pasado a los pitidos, a las amenazas e incluso a veces a las agresiones”.

En Educar es ser un espejo, Fuertes y García se aproximan no solo a las patologías más comunes, sino que aportan consejos y pautas útiles para educar en salud mental. “Hacer hoy una separación entre mente y cuerpo es absurdo, porque tal separación no existe. Y por eso, prevenir en salud mental es como cualquier otra cosa: comer bien, no beber alcohol en exceso (nada, si es posible), hacer ejercicio a diario, dormir lo razonable... Y por supuesto, quererse a sí mismo, tener paz interior y valorar cada día como si fuera el último”, afirma Fuertes. Unos aspectos a los que hay que añadir también otros factores, como los genéticos (que pueden hacer que un joven tenga mayor probabilidad de desarrollar ciertos problemas) o los epigenéticos (los relacionados con el entorno, que pueden contribuir a empeorarlos): “Tu hijo puede estar predispuesto a tener una depresión. Pero si le has educado desde pequeño en un ambiente de estabilidad; si ve que entre sus padres hay respeto mutuo; si hay coherencia en las señales de lo que está bien y lo que está mal... estará mejor equipado para gestionarlo”, esgrime García.

Tabúes y estigmas sin superar

Puede que las patologías relacionadas con la salud mental sean ahora más visibles, pero los prejuicios que perduran a su alrededor continúan dificultando su normalización: “Yo creo que el principal obstáculo es la necesidad de ocultarlo; el miedo a reconocer que hay un problema de salud mental, porque está estigmatizada desde hace años y hemos sido incapaces, como sociedad, de superarlo... No nos da vergüenza reconocer que tenemos pies planos, pero sí que nuestro hijo necesita ir al psiquiatra. Y eso es absurdo”, explica García. “Siempre digo que los padres no tenemos ningún problema en hinchar a Dalsy a nuestro hijo. ¿Unas décimas de fiebre? Dalsy, sin miedo. Pero luego, ir al psiquiatra porque nuestro hijo tiene una depresión hace que nos llevemos las manos a la cabeza. Pues no... Si el especialista, que es el psiquiatra, considera que hay que medicarle, escuchémosle, porque él es quien sabe lo que está sucediendo en el cerebro de nuestro pequeño”.

La premisa fundamental está clara: es necesario reconocer que la patología mental es una enfermedad más, además de tener siempre presente que padecer un problema psiquiátrico no implica ser ni débil ni incapaz: “Simplemente, se trata de una persona con una enfermedad a la que hay que ayudar con la misma intensidad y el mismo respeto con el que se asiste a otra persona que tenga otra patología”, apunta el doctor Fuertes. Un respeto que, reivindica, debería comenzar desde las administraciones, con planes de salud mental que apuesten sin ambages por la investigación, “porque sin investigación no hay nada. Hay que invertir en salud mental, en cómo funciona el cerebro, en la conducta humana... Lo demás es perder el dinero del contribuyente”.

Ahora bien, ¿cuáles son las enfermedades mentales más frecuentes entre los jóvenes? Al igual que en los adultos, destacan en primer lugar la depresión y la ansiedad. Después (sobre todo en las adolescentes), los trastornos de la conducta alimentaria, una patología no excesivamente prevalente pero cuya gravedad hace que tengamos que prestarle una atención especial; y los trastornos adictivos, no solo a las sustancias químicas, sino al teléfono móvil o a las redes sociales, que son cada vez más peligrosos y preocupantes. Unas patologías en cuya superación influye no solo el tratamiento médico, sino el propio entorno del enfermo, que muchas veces no comprende la dolencia y culpabiliza al paciente. “Mira cómo se observa a la depresión: “Es que no pones de tu parte, es que no te esfuerzas... Venga, sal a pasear...” Esto es una aberración, porque encima de soportar una depresión o ansiedad, tengo que hacer un esfuerzo que me desborda, que es salir a pasear, porque mi familia y mis amigos están convencidos de que, si quiero y me lo propongo, la combatiré”, explica el psiquiatra. “Yo podré combatir la tristeza, que es una emoción normal, pero no la depresión, que es una tristeza sin motivo ni causa aparente”.

¿Se deprimen los jóvenes?

La Encuesta Nacional de Salud de España de 2017 constata que, entre la población menor de 14 años, la prevalencia de los trastornos de la conducta fue del 1,8 %, mientras que la de los trastornos mentales (entre los que figuran la depresión y la ansiedad) era del 0,6 %. La depresión infantojuvenil, señalan los autores de Educar es ser un espejo, es más frecuente de lo que se tiende a pensar, si bien la forma de manifestarse es distinta a la de los adultos: en los adolescentes se observan, sobre todo, cambios de carácter como irritabilidad, oposicionismo, aumento de la agresividad, aislamiento, pérdida de apetito, problemas de sueño, bajo rendimiento académico y apatía intensa, además de somatizarse en dolores de distinta naturaleza (como digestivos o de cabeza).

¿Qué se puede hacer, como padres, si se sospecha de la existencia de esta patología? Lo primero y fundamental, conocer bien a tu hijo, para así poder detectar los posibles síntomas: “Si ves que de repente empieza a meterse en su habitación y que cambia su conducta; si está especialmente rebelde y muestra una tristeza injustificada, aun estando en un entorno estable, es una señal de alarma clarísima. Es el momento de acudir al especialista, sin ningún miedo”, advierte García. “Y para conocer bien a tu hijo hay que hablar con él, estar con él, interesarse oír sus pequeños problemas (que para él son enormes)... Y si sospechamos que puede tener un trastorno psíquico, llevarle al médico de familia, para que valore si conviene acudir al psiquiatra”, añade Fuertes.

Trastornos alimenticios, obsesiones y adicciones

La convivencia en el hogar es también fundamental a la hora de detectar trastornos de la conducta alimentaria como la anorexia, la bulimia, la ortorexia o la vigorexia, unas patologías que afectan mayoritariamente a mujeres (en un 95 %) y que pueden tener consecuencias muy graves. “Volvemos a lo mismo: si tú conoces a tus hijos y ves que están teniendo comportamientos extraños en la comida (no querer comer con la familia, hacerlo a deshoras...), ya es motivo de alarma. Si comes con ellos, vas a notar que hay un anoréxico en la mesa, porque come, se levanta y va al baño, o bebe mucha agua, deja de consumir determinados tipos de alimentos sin ninguna justificación... Y luego hay consecuencias físicas. En las mujeres, la retirada de la regla es una clave”, afirma García, que también insiste en recordar lo que no hay que hacer en ningún caso: “Las personas con este trastorno necesitan no solo un tratamiento, sino que sus padres no minimicen el problema, pensando que es producto de la adolescencia o para llamar la atención. Esto es lo peor que se le puede decir a una persona enferma”.

La presión social de las redes sociales, señalan ambos autores, puede ejercer una influencia muy negativa en estos enfermos y contribuir a empeorar sus patologías. “Y la dictadura de los centros comerciales... Porque nadie te obliga a comprar una talla, pero si estás en una edad vulnerable, debido a tu inmadurez, y te presionan por todos los lados por ser la única de la clase que no tiene un determinado modelito, porque no te cabe... Pues haces barbaridades por conseguir que te quepa. Y ahí está el problema”, advierte Fuertes.

Los dispositivos móviles pueden ser herramientas instrumentales en el desarrollo de numerosos problemas de salud mental, y no solo de tipo alimentario: también puede dar lugar a una adicción a las redes, si se exponen al contenido de estas mientras carecen de la madurez necesaria para lidiar con los riesgos que presentan. Y ahí, el papel de los padres es de nuevo fundamental: “A mi juicio, un menor no puede ni debe tener un smartphone antes de la adolescencia, es decir, los 12, 13 o 14 años, porque es como darles una bomba que les puede estallar en las manos. Si necesita un teléfono, cómprale uno antiguo para que usted sepa dónde está y que él o ella puedan contestar a su llamada”, apunta el psiquiatra.

Y es que el móvil, añade García, puede también jugar un papel destacado en los casos de acoso escolar y de ciberbullying. Un motivo más que suficiente para que los padres lo tengan muy en cuenta, “porque este ya no termina cuando se cierra la puerta de clase, sino que es constante: tarde, noche, festivos, fines de semana... Hay unos protocolos, sí, pero no siempre funcionan, porque los colegios a veces no tienen las herramientas necesarias y los orientadores carecen de tiempo material para detectarlo. Y mientras, el verdugo, que es el móvil, se lo hemos entregado nosotros”. Y añade: “Los índices de suicidio, que están creciendo, tienen muchas veces su origen en casos de acoso escolar, y no nos lo podemos permitir como sociedad. Llevar a un niño al sufrimiento extremo de que no tenga nada por lo que luchar en su vida, es durísimo”.

Amar nos vuelve más inteligentes


Revisado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas.   | La Mente es Maravilllosa     |    28/04/2020

Escrito por Edith Sánchez

Algunos investigadores han llegado a la conclusión de que amar nos vuelve más inteligentes. Esto se debe a que existe toda una “red neuronal del amor” y una bioquímica particular que activa e incrementa todo un conjunto de funciones cognitivas. 

Lo que se dice usualmente es que cuando una persona está enamorada, de uno u otro modo, pierde la razón. Pues bien, la neurociencia ha comprobado que en realidad sucede todo lo contrario: amar nos vuelve más inteligentes. Claro que esa inteligencia no se aplica exactamente al ser amado, frente al cual sí suele haber una dosis de ceguera, pero sí a otros muchos aspectos. 

Hay varias cosas que cambian en el cerebro y en la fisiología de una persona que está enamorada. En principio, esta experiencia es muy especial, precisamente por eso. 

Cualquiera que ame, particularmente en la primera etapa de la relación, se siente más despierto, más conectado emocionalmente con el mundo; también es más empático y compasivo. 

En realidad, el amor nos hace mejores seres humanos. Sin embargo, la neurociencia descubrió que amar nos vuelve más inteligentes también. ¿Por qué? La química del amor reside principalmente en el cerebro y esa transformación que llega con el enamoramiento también alcanza áreas que realizan funciones cognitivas. 

Conocer el amor de los que amamos es el fuego que alimenta la vida”. – Pablo Neruda

Amar nos vuelve más inteligentes

Para llegar a la conclusión de que amar nos vuelve más inteligentes, un grupo de investigadores de la Universidad de Chicago escanearon el cerebro de personas enamoradas. Esta observación, y algunas pruebas, demostraron que los que aman también piensan más rápido, perciben más claramente las conductas y las ideas de los demás, y también son más creativos. 

Para llegar a esas conclusiones, los investigadores usaron unos electrodos. Una vez colocados en las cabezas de los sujetos que formaban parte de la investigación, les mostraron una serie de fotografías entre las que estaba una de su pareja. Así mismo, les dijeron diferentes nombres, incluyendo también al de su pareja.

Fue así como descubrieron que al ver a la persona amada o al escuchar su nombre se activaban 12 zonas cerebrales. Una de las áreas que tenía una actividad particularmente intensa era el giro angular, una de las regiones que tradicionalmente se asocia con el pensamiento abstracto y la creatividad. Una actividad que no cesaba cuando los participantes veían fotos de otras personas o escuchaban otros nombres. 

“Perder la cabeza”

Los resultados apuntaban hacia una dirección: no se pierde la cabeza por alguien; o más bien, sí se pierde, pero a la vez se gana mucho. En definitiva, amar nos vuelve más inteligentes.

Los investigadores compararon el “giro angular” con un pequeño robot que activa una red neuronal compleja, ya que esta zona está muy conectada con otras áreas del cerebro. 

El giro angular tiene que ver con funciones como procesar números e idiomas, así como datos autobiográficos de alta complejidad. Esto quiere decir que también con el amor surge una capacidad especial para comprender mejor nuestra conducta, en niveles más profundos que en situaciones normales. 

Tanto la agudización del pensamiento, como la activación de la percepción, hacen que las personas enamoradas sean más capaces de comprender la conducta de los demás, en un plano más profundo.

Se perciben más las características de los otros y se reconocen mejor sus sentimientos. De ahí que los investigadores hayan concluido que amar nos vuelve también mejores personas.

Más allá del enamoramiento

Aunque es claro que todas esas activaciones y reacciones cerebrales son más intensas durante la etapa del enamoramiento, lo cierto es que otro estudio comprobó que los mismos efectos podían observarse incluso mucho tiempo después, siempre que estuviera presente el amor, aunque ya no fuera tan efervescente como al principio. 

Una investigación de la Universidad de California así lo corroboró. En esta ocasión se estudió a un grupo de parejas que habían estado unidas durante un lapso promedio de 21,4 años. Lo común en todas ellas era el hecho de que afirmaban sentirse aún enamorados de sus respectivas parejas. Los investigadores encontraron que sus cerebros reaccionaban de manera similar a los de las parejas en enamoramiento. 

En particular, se comprobó que sus cerebros producían una mayor cantidad de dopamina, un neurotransmisor que tiene importantes efectos sobre el estado de ánimo, pero que además también influye en la actividad cognitiva. Básicamente contribuye a regular y modular los flujos de información. Un déficit de dopamina genera dificultades de memoria, atención y resolución de problemas. 

Con base en todas estas evidencias, se puede afirmar que efectivamente amar nos vuelve más inteligentes. Dicha inteligencia no solo se aplica a asuntos estrictamente cognitivos, sino que también abarca el amplio mundo de la inteligencia emocional. Esta es una razón más para amar, sin miedo y sin medida.

martes, 15 de febrero de 2022

Marian Rojas Estapé, psiquiatra: "Hay que ser el que desembrolla los nudos, no el que genera los conflictos"


Aldara Martitegui      |     Madrid    |     niusdiario.es     |     19/09/2021

     ·        Entrevista a la psiquiatra Marian Rojas Estapé que acaba de publicar su último libro ‘                Encuentra tu persona vitamina’
·        Rojas Estapé reflexiona sobre la importancia de las relaciones humanas y el impacto que tienen en nuestra salud y bienestar

 “Una persona vitamina es la que disfruta de tus cosas buenas incluso más que tú”, dice Marian Rojas Estapé. ¿Quién no quiere tener a alguien así en su vida?
 
La psiquiatra reconoce que la pandemia ha pasado una enorme factura a nuestras relaciones humanas. Por primera vez en la historia hemos antepuesto el riesgo (¿estará vacunado?, ¿cómo le saludo?, ¿con el codo?, ¿le abrazo?, ¿me quito la mascarilla?) a el ¡qué ganas de verle!.
 
La pandemia también nos ha generado a muchas personas una entrada de conciencia sobre algo que hace solo un año y medio dábamos por sentado: nuestras relaciones humanas. Ahora somos mucho más conscientes del impacto que tienen en nosotros ciertas personas y de que hay algunas relaciones que nos nutren y mejoran nuestro estado de ánimo. También muchos hemos experimentado lo contrario: el impacto que nosotros tenemos en los demás.
 
Son tiempos estos ideales para replantearse cómo uno quiere realmente integrar en sus relaciones humanas todos los aprendizajes que nos ha traído la pandemia. Tiempos ideales también para abrirse a comprender por qué algunas relaciones fallan y si tal vez hay heridas emocionales del pasado que nos impiden conectar de forma sana con nuestro entorno. Porque “comprender es aliviar”, como dice Rojas Estapé. Encuentra tu persona vitamina es un viaje hacia la comprensión de uno mismo a través de nuestras relaciones humanas.
 
Pregunta: El libro viene muy bien justo ahora, cuando empezamos a levantar cabeza después de año y medio de pandemia. Sirve para ilustrar el impacto que tienen en nuestra salud y bienestar nuestras relaciones humanas y nos hace reflexionar sobre cómo queremos que sean esas relaciones…
 
Respuesta: Necesitamos volver a las relaciones humanas, a entendernos y volver a decir “oye yo quiero reconectar con la gente, quiero ser persona vitamina”…ha pasado la tormenta y decir “oye; en mis relaciones humanas ¿cómo puedo sacar lo mejor?, en mis relaciones de profesionales, ¿cómo puedo sacar lo mejor?”…yo creo que este sí es un buen momento para el libro. Estuve dudando cuándo sacarlo y en momento dado pues dije, mira, yo creo que ahora ya la gente va estar más receptiva a algo de este tipo.
 
P: La gente está más receptiva ahora a este tipo de temas también gracias a la pandemia, que ha traído mucho sufrimiento, sí, pero también una cosa que era muy necesaria: dar al mundo emocional la importancia que tiene y desestigmatizar la salud mental.
 
R: Sí. Yo creo que a día de hoy, si estás en una comida o en una reunión de trabajo y dices; “es que estoy yendo al psicólogo porque lo he pasado muy mal”…nadie juzga. Todo el mundo dice, “lógico, puede ser”. Creo que no juzgamos si alguien nos dice que está tomando medicación o que ha tenido que pedir ayuda. Creo que hay algo dentro de nosotros que dice “bueno, pues a saber qué circunstancias tan duras ha pasado esta persona a lo largo de estos meses”. Y esto también nos ayuda a respetar la salud mental, la mente y el comportamiento del mundo emocional de los demás (…) Sí, creo que hay menos estigma y esto es una cosa buena.
 
P: La gente se atreve a reconocer su vulnerabilidad incluso delante de millones de personas, como hizo la gimnasta estadounidense Simon Biles en los Juegos Olímpicos.
 
R: Soy superfan de sus declaraciones, porque creo que han hecho mucho bien. Es que en un momento donde pensamos que nadie puede fallar, que no te puedes romper…pero es que todo el mundo es humano (…) Yo, en la pandemia cuando nació mi cuarto hijo me rompí. Por las circunstancias, los cuatro niños, yo sola…y me rompí, y acepté que estaba rota. Y hubo mucha gente que me pidió ayuda y yo seguí ayudando porque yo sé como se ayuda a otros. Pero dentro de mí…era la primera vez que yo por dentro estaba agotada mentalmente. Primero porque había estado ayudando a muchos sanitarios por teléfono que cuando salían de los hospitales se desahogaron conmigo. Luego, porque en medio de esto pasé el covid embarazada y tengo un bebé. Luego, porque me planto encerrada en un sitio con 4 niños muy pequeños sin poder salir a la calle y con un marido con un servicio esencial y de repente fue como un: ¡es que esto no puede ser! Y a veces, hay que reconocer que uno necesita su espacio y su tiempo (…) A veces, uno lo pasa mal y no pasa nada por reconocer que de repente uno necesita tiempo para uno mismo, para parar y decir: “Un momento, es que tengo que frenar, la vida está pudiendo conmigo y ahora lo que necesito es frenar”.
 
P: Dices en tu libro que una de las cosas que todas las personas necesitamos para recuperarnos y recobrar la ilusión es el contacto con esas 'personas vitamina' …
 
R: Es que las relaciones humanas, sobre todo las buenas, nos nutren, mejoran el estado de ánimo, nos bajan el cortisol, nos suben la oxitocina, nos mejoran la salud (…)
 
P: Por el título, el libro parece que nos va a ayudar a encontrar a esas personas que nos nutren. Pero uno se da cuenta en cuanto empieza a leer que la propuesta es más bien otra: conviértete en una 'persona vitamina'. Esas personas vitamina que describes nos hacen de espejo y nos inspiran.
 
R: Total, total…pero es porque para encontrar a tu persona vitamina tú tienes que tener vitamina dentro. El libro es Encuentra tu persona vitamina, pero partiendo de que tú seas 'persona vitamina'. Es una manera de decir “oye, vete abriendo a tu historia, vete yendo hacia atrás y mira (…)  Es que a veces es necesario echar la mirada al pasado para conectar con el presente, a veces hay que cerrar heridas porque si no hay heridas cerradas, el presente es un tormento.
 
P: Muchas veces todo eso del pasado es lo que nos está condicionando en el presente y no sabemos que ese es el motivo por el que no somos 'persona vitamina' o que incluso generamos toxicidad en los demás…
 
R: Por ejemplo, hay personas que tienen rasgos dependientes, tímidos, impulsivos, de desconfianza. Entonces, esas formas de ser muchas veces generan cierta toxicidad en el entorno. Pero es interesante entender si nosotros podemos tener alguna de esas características negativas y cómo canalizarlas a positivo y entender de dónde vienen: Si son por las circunstancias -estoy en pandemia, tengo covid, me he quedado sin trabajo, mi pareja me ha dejado, mi hijo está enfermo, mi madre acaba de fallecer- o es que mi forma de ser tiende a ser así. Y cuando uno entiende cómo es su forma de ser, es mucho más fácil que conecte de forma sana con lo que le rodea.
 
P: Hay un cambio muy grande cuando una persona deja de estar en el mundo como exigiendo que el mundo le dé lo que se merecen y empieza a preguntarse ¿qué puedo ofrecer yo al mundo?
 
R: Es el momento en el que tú decides no ser el receptor de todo, sino esa persona que ayuda a mejorar las relaciones humanas…por ejemplo tú llegas a la mesa de una boda o a una reunión o a una comida con familia política. Y te dices: “aquí puedo no hacer nada, sumar o restar”. ¿Cómo resto? con silencios incómodos, miradas hirientes…Neutro es ni fu ni fa, como si no estuvieras pero que tampoco haces daño. Y sumas preguntándote qué puedes hacer para que la gente que está aquí hoy se vaya mejor, más animada.
 
P: Esto es un cambio de mentalidad muy grande para el individualismo de estos tiempos y la generación del “porque yo lo valgo”
 
R: Es que claro, estamos hablando de una revolución. Es que yo estoy ahora en la revolución del amor, es que hay que demostrarlo, hay que cuidar a la gente, hay que quererse, hay que demostrarlo, hay que hacer porque los ambientes de trabajo y familiares mejoren…hay que ser el que desembrolla los nudos, no el que genera los conflictos. Hay momentos de tensión en todas las familias, parejas o trabajos, en los que tú puedes potenciar esa tensión metiendo cizaña, no haciendo nada -y que esa tensión sea terrible- o decir: “oye espera un momento, perdona si el otro día te dije algo…que noto que hay aquí un poco de tensión”. Cuando uno hace eso, es que es superlativo lo que se produce. Pero claro, tienes toda la razón, es dejar de ser yo el centro del mundo para que todo el mundo me cuide a mí y pasar a pensar: en este momento, a ver qué yo puedo aportar. Es que es un cambio de paradigma importante.
 
P: Este boom que estamos viviendo ahora en el ámbito del desarrollo personal podría ser una señal de que ese cambio de paradigma está empezando. Pero también hay muchos escépticos y críticos con el ‘conócete a ti mismo’…
 
R: Ahora hay mucha gente con ganas de conocerse, de conocer la mente humana y de potenciar lo mejor que lleva dentro. Pero es que para conocer tu mejor potencial tienes que quitarte la barrera de “no, es que a mí estas cosas no me interesan; no, es que yo este mundo no me lo creo mucho” (…) Pero claro, también esto saca a la gente de su zona de confort y a nadie le guste que le saquen de ahí.
 
P: Para terminar, me gustaría saber -dada tu experiencia como psiquiatra tratando a personas y viendo tan de cerca el sufrimiento-  ¿cómo ves al ser humano del siglo XXI?
 
R: Si hay algo por lo que me caracterizo es porque no pierdo nunca la esperanza. Pero al ser humano lo veo desorientado, que a veces le falta ese sentido de vida, ese rumbo, ese hacia dónde me dirijo…tan envuelto en sensaciones, en gratificaciones instantáneas, en la pantalla…La pantalla, ¡qué buena para tantas cosas y qué dañina cuando no la sabemos gestionar! (…) Veo al ser humano con ganas de llegar a ese equilibrio, a encontrar esa verdad que le llene. Porque tantas cosas nos venden que nos van a hacer felices: comprar a un click, Tinder a un click, Amazon a un click, te llega lo que buscas…¡cualquier cosa! y parece que esa felicidad que se hace en un click no es felicidad ni nada, solo hace un vacío. Y yo creo que hay gente que realmente dice: “oye, que ya no me engañen”. Busquemos lo que los japoneses llaman el ikigai, ese sentido de vida que es hacer cosas por los demás, hacer la vida agradable a los demás, ese sentido más trascendente de nuestra trayectoria humana. Oye, que estamos aquí para hacer las cosas lo mejor que podemos, para querer y cuidar a la gente -siempre y cuando no nos chupe y nos saque toda la energía que tenemos-. Estamos aquí para sacar lo mejor que llevamos dentro.

sábado, 12 de febrero de 2022

Detallan por primera vez la relación entre esquizofrenia y soledad


RAQUEL BONILLA     |     La Razón     |     08/02/2022

Las secuelas de la pandemia de la Covid-19 también se dejan sentir en la salud mental. De hecho, el aislamiento y la soledad se relacionan con la esquizofrenia. Así lo confirma un estudio español publicado en la prestigiosa revista «Nature Communications» que identifica este vínculo por primera vez a través de estudios genéticos y cuyo trabajo ha sido realizado por el equipo del doctor Celso Arango, jefe de grupo del CIBER de Salud Mental (CiberSAM) en el Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital General Universitario Gregorio Marañón de Madrid.
 
Los resultados de este pionero estudio sugieren que existe un riesgo genético compartido entre soledad y esquizofrenia y que éste puede tener un papel más importante en mujeres que en hombres. Esto apoyaría que la experiencia subjetiva del aislamiento social, agravado en estos últimos meses por causa de las restricciones de la pandemia, podría tener más consecuencias negativas en las mujeres, incluido el riesgo de desarrollar psicosis.

En concreto, el estudio dirigido por Javier González Peñas en colaboración con Álvaro Andreu Bernabéu, con la colaboración de diferentes grupos del CiberSAM que participan en el Consorcio de Genómica Psiquiátrica, ha utilizado una muestra de 3.488 personas (1.927 con esquizofrenia y 1.561 controles sanos) para demostrar la contribución genética de la soledad y aislamiento social al riesgo de sufrir esquizofrenia. Para ello se ha estudiado tanto el aislamiento social objetivo (falta de relaciones sociales) como el aislamiento percibido (la soledad, un sentimiento subjetivo de angustia asociado a la falta de relaciones significativas, independientemente de la cantidad de contacto social). 
Aunque las personas aisladas a menudo se sienten solas, el aislamiento no siempre se correlaciona con sentimientos de soledad, aunque ambos son factores de riesgo para la aparición de trastornos mentales. Según explica el director del trabajo, Javier González Peñas, «subdividimos el riesgo genético que predispone a esquizofrenia en función de su efecto en la soledad y el aislamiento, encontrando que el riesgo genético que era común tanto a esquizofrenia como a soledad y aislamiento era mayor en mujeres que en hombres. Además, este riesgo genético común correlaciona con depresión, ansiedad, trastorno por déficit de atención con hiperactividad, dependencia del alcohol y autismo».

Por lo tanto, según confirma el primer firmante del trabajo, Álvaro Andreu Bernabéu, «nuestros resultados indican que este riesgo genético compartido entre esquizofrenia y soledad podría ayudarnos a entender las relaciones genéticas entre la esquizofrenia y otros trastornos psiquiátricos complejos como el trastorno bipolar, la depresión mayor o el trastorno obsesivo-compulsivo».

Así, tal y como asegura el doctor Celso Arango, que también ha participado activamente en el estudio, «estos hallazgos abren la posibilidad de desarrollar intervenciones frente la soledad y el aislamiento para la prevención y mejora de la evolución clínica de trastornos de espectro de la esquizofrenia, sobre todo después de las condiciones de aislamiento social a la que nos hemos visto obligados por la pandemia y el confinamiento».

viernes, 11 de febrero de 2022

Cómo ganarnos la confianza de nuestros hijos


Gema Sánchez Cuevas     |     La Mente es Maravillosa     |     18/04/2021

Escrito por Edith Sánchez

Ganarnos la confianza de nuestros hijos es un hito que se consigue en el día a día. Los más pequeños suelen ser muy generosos, y perdonarnos muchos más errores de lo que haría un adulto. Sin embargo, si no seguimos algunas pautas, podemos llegar a perderla... 

Buena parte de la influencia que podamos tener sobre nuestros hijos va a depender de la confianza que tengan con nosotros. Así, ganarnos la confianza de nuestros hijos o recuperarla cuando la hemos perdido es un paso previo e indispensable en muchas ocasiones para poder ayudarles.

La primera dificultad para ganarnos la confianza de nuestros hijos tiene mucho que ver con la propia definición de confianza que podamos manejar. La confianza no es que ellos nos cuenten absolutamente todo o que vean en nosotros exactamente a un amigo, más bien se trata de que nos perciban con alguien con el que pueden contar y compartir lo que necesiten en el momento en el que lo necesiten.

Confiar es llegar a acuerdos con el otro y confiar en que este va a cumplir su parte, es revelarle información que no queramos que sobrepase las fronteras de la relación y que se quede ahí.

Así, cuando hablamos de ganarnos la confianza de nuestros hijos tenemos que empezar por hablar de respeto, de considerarles como personas que pueden tener un pensamiento propio, al mismo tiempo que admitimos que pueden sentirse vulnerables o tener problemas para gestionar la incertidumbre. 

No le evitéis a vuestros hijos las dificultades de la vida, enseñadles más bien a superarlas”. - Louis Pasteur

Respeto, una forma de ganarnos la confianza de nuestros hijos

Los padres y los hijos mantienen relaciones asimétricas. Los primeros dan órdenes, guían y toman las decisiones finales. Los segundos pueden y deben expresarse, tienen derecho a manifestar sus reparos y a plantear puntos de vista diferentes, pero al final deben obedecer. 

Para los hijos es muy importante contar con una figura de autoridad coherente. No quieren un amigo que se ponga a su nivel, sino alguien que sirva como referente, modelo o guía. Por eso no es bueno tener un trato de igual a igual. Es muy importante inculcar esto desde que están pequeños, ya que después será muy difícil lograrlo.

¿Por qué esta es una forma de ganar la confianza de tu hijo? Lo que espera un hijo de sus padres es que sean capaces de dirigir el barco y que, incluso cometiendo errores, confíen en sí mismos. Esto les genera la sensación de pisar un suelo firme y crea las bases para que confíen también en ellos mismos.

Tiempo, atención y refuerzo

Un padre es un guía, pero no debe comportarse como un juez. Por norma, un hijo valora que su padre le acepte y reconozca su esfuerzo y habilidades -en buena medida, porque una de sus motivaciones más grandes suele ser conseguir este reconocimiento-. También que sea capaz de corregirlo con amor y con la sana intención de que mejore. Lo más probable es que si le ofreces eso, él responda de la misma manera. 

También es importante dedicarle tiempo de calidad, compartiendo las actividades con las que pueda aprender, pero también disfrutar. En este tiempo compartido no tiene por qué primar el diálogo: puedes conocer a tu hijo por cómo actúa, por las decisiones que toma y no solo por su discurso. Hacemos este apunte porque no son pocos los padres los que sientes la tentación de hacer, de este tiempo compartido, un interrogatorio. 

Respeta su privacidad

Buena forma de ganar la confianza de tu hijo es abriendo tus sentimientos a él. Por supuesto, no vas a compartir con él tus intimidades más profundas, como lo harías con alguien de tu edad o tu condición. Sin embargo, sí puedes mostrarle lo que sientes, lo que quieres, lo que te preocupa, etc. 

Es muy importante tener abierta una línea de comunicación con tu hijo, y hacerlo respetando sus preferencias en la conversación. Hay aspectos que él querrá reservarse y está bien que lo haga. Solo debe saber que estás dispuesto a escuchar cuando quiera hablar, que será una prioridad cuando te necesite.

Gestiona con inteligencia los momentos difíciles 

Si nos preguntamos, cómo ganarnos la confianza de nuestros hijos, los momentos de crisis o dificultad son propicios para ello. Volviendo a la idea de inicio, confiamos en alguien cuando cumple sus compromisos, cuando guarda la intimidad que compartimos. 

Un padre tranquilo, pero que pierde el control ante los problemas o que se transforma en un inquisidor puede perder en un momento esa confianza que tanto cuesta ganar. 

Si los pequeños sienten que pueden contar con sus padres en los momentos complicados, será más fácil que confíen en ellos. Les buscarán para encontrar esas respuestas que tanto les inquietan. Además, serán una fuente de inspiración y un modelo a imitar en muchos sentidos. 

Además, trazando este sendero en la infancia es más improbable que, en su búsqueda de autonomía, se distancien tanto que no les podamos ayudar. En este sentido, el asiento de una buena adolescencia, de una relación saludable entre padres e hijos se asienta en la infancia.