lunes, 26 de junio de 2023

Cómo mejorar la relación con un niño en once consejos ( II )

 

LOIS BALADO      |     LAVOZDEGALICA.COM     |     25/04/2023


Proponemos once pautas para corregir comportamientos tóxicos con los más pequeños y fortalecer nuestro vínculo con ellos

(Continua del artículo anterior) 

6. Ambivalencias y contradicciones: lo que decimos frente a lo que hacemos 


¿Cuántas veces les decimos a los niños que no griten, gritando? ¿O que no se enfaden, enfadados? La verdad es que, pensándolo en frío, parece difícil no creer que nuestra intención no es volverlos locos. «Esas contradicciones en los mensajes dejan a los niños en tierra de nadie. ¿Por qué tú puedes gritar y yo no?», se pregunta Jaime Picatoste. De nuevo, debemos volver a la importancia de la autorregulación en el adulto. Por tanto, debemos entender que la coherencia en los mensajes es algo esencial a la hora de dirigirnos a un niño.

 

7. Dejemos de ridiculizar a los niños: «Dale un beso a la señora»

 

A veces pecamos de ingenuos creyendo que los niños no se enteran de nada. Explica Jaime Picatoste que es común ver llegar a padres a consulta que, tras haberse separado cuando el niño o la niña eran muy pequeños, aseguran que el menor «no se enteró». Aquí, el terapeuta difiere. «Los niños se enteran de cosas. Quizás su manera de comprender la realidad es muy diferente a la nuestra, no tienen esa capacidad de lógica o de razón que tenemos los adultos, pero perciben el mundo y las tensiones emocionales. Son conscientes de lo que pasa a su alrededor. De otra manera, pero son conscientes», advierte. 

Esta tendencia a creer que los niños no se enteran de nada, acaba por provocar situaciones realmente hirientes, que no se tolerarían en ningún caso en el mundo adulto, pero que sin embargo permitimos cuando las víctimas son los niños. Aquí entran también los sarcasmos y la ironía que a veces se usa, como evidencia Sara Tarrés: «El clásico, 'ay, mira el listo de mi hijo''. Eso es una forma de ridiculizarle. Hablamos delante de ellos sobre ellos y sobre lo mal que hacen las cosas sin darnos cuenta de que eso les está causando un daño».

Los ridiculizamos constantemente, obligamos a los niños a mantener conversaciones con gente que nos encontramos por la calle con la que no quieren hablar; les obligamos a sonreír a gente que no es de su agrado; o los obligamos a besar a personas a las que no quieren besar. «Ellos no han venido a complacer a terceras personas. No han venido a cumplir expectativas de nadie. No han venido a cubrir necesidades no cubiertas de terceros. Si no quieren estar con alguien porque se sienten incómodos, no quiere decir que sean maleducados. Tenemos que respetar», concluye Tarrés con énfasis. 

 

8. Cuando unos segundos son clave: dolor y empatía son incompatibles

 

Aportemos un poco de contexto sobre nuestra manera de gestionar conflictos con los más pequeños. A la mayoría de las personas que son padres en el 2023, se les ha castigado. Esto ha hecho que hayamos interiorizado el castigo como una respuesta lógica y casi inmediata; un acto reflejo. Pero debemos hacer un esfuerzo por entender que el castigo debe tener consecuencias cuanto más naturales, mejor. El problema es que para dar aportar una consecuencia natural necesitamos tiempo, y es difícil tomarse un tiempo en una situación de conflicto. Por contra, lo que solemos hacer es reaccionar y devolver la pelota. Hablando en plata, nos ponemos a su altura porque nos hierve la sangre. 

 

«Hay veces que no sabemos qué contestar ante algo que nos dicen y que nos causa malestar, por lo que acabamos devolviéndoles la pelota. No empatizamos y no lo hacemos porque en ese momento tenemos dolor. Hay fuego en el cuerpo y la empatía se diluye. A veces, hay que aprender a tomarse unos segundos antes de responder, porque la respuesta inmediata suele ser la agresión. Agredimos sin darnos cuenta de que quien está enfrente es un niño, que está en un momento todavía muy vulnerable y que no tiene herramientas todavía para recibir lo que le devolvemos», comenta Tarrés. Sabemos que es difícil, y que de nuevo la pelota está en tu tejado, en el de la autorregulación. Pero recuerda, el adulto eres tú. Así que, aprende a tomarte unos segundos de calma ante el ataque de un niño para no dar una respuesta de la que te arrepientas de manera inmediata.

 

9. Decir que ''no'': acompañar en el primer gran duelo del ser humano

 

Hay decisiones que los niños no están capacitados para tomar y es tarea de los padres tomarlas. No podemos pretender hacerle entender a un niño de dos años cómo funciona la corriente en un enchufe; al igual que no podemos pretenderle explicar la importancia de compartir su juguete con otros niños en el parque. «Para un niño de dos años, que le quiten el juguete es como que le quiten un brazo». Sencillamente, es demasiado pronto. «Hoy en día, los padres, a sus hijos de dos años, le están tratando de explicar cada cosa que hace. Hay veces que no hay que dar tantas explicaciones ni darle tanto poder al niño. No tienen capacidad cognitiva ni emocional para saber qué quieren o qué necesitan y forma parte del mundo adulto tomar determinadas decisiones», aporta Picatoste.

 

Obviamente, quieres lo mejor para tus hijos, pero aquí hay un problema de fondo: nos duele decirles que no; o lo que es lo mismo, nos cuesta poner límites. «Hay padres a los que les duele en el alma ver frustrarse a sus hijos cuando no tienen lo que quieren, pero es que eso forma parte de la vida. Es mejor que lo aprendan con la familia y no que, cuando salten a la vida, se den cuenta de que todo no se puede. Creo que es el primer gran duelo del ser humano, darnos cuenta desde muy pequeños de que no somos dioses, que no somos omnipotentes y que no podemos tener todo cuando queremos y como queremos. Deben ir aceptando que hay una sociedad, unas normas y que hay veces que toca posponer nuestros deseos y necesidades. A veces, por no querer verles sufrir, impedimos a nuestros hijos aprender a frustrarse», explica el psicólogo intantil. 

 

10. Límites y normas, el elefante en la habitación: «Son necesarios»

 

Sin anestesia: los niños necesitan límites y normas. Y sí, una educación positiva y basada en el respeto puede convivir con una serie de normas. Vamos a desgranar un asunto que suele generar mucha confusión dado el miedo de muchos padres a verse como figuras inflexibles y restrictivas. 

 

 A la hora de entender los límites, Jaime Picatoste explica que muchas veces utiliza la idea del semáforo (rojo, ámbar o verde) para clasificar las normas y que, dependiendo del color, podremos tener más o menos flexibilidad sobre ellas a medida que el niño vaya adquiriendo herramientas. Sin embargo, aclara que «hay normas que no se van a discutir y que no responden a que tu padre sea un cabezón o tu madre una pesada, sino que buscan educar para la vida». Porque, por si no se habían dado cuenta, la vida está llena de normas.

 

Y aquí, de nuevo, un recordatorio para evitar la frustración. Los padres y la madres deben tener claro que las normas son necesarias y que su misión será acompañarles en el proceso de frustración que sin duda habrá. «Vendrán las rabietas y tendremos que acompañarlas. El niño irá integrando esa norma, pero debemos entender que el cerebro de los niños necesita que las cosas se repitan muchas veces. No por decirlo otra vez, esta vez gritando, el niño va a hacer más caso». 

 

Las consecuencias de no saber acompañar y de tratar de evitar la frustración de recibir un 'no' por respuesta, las expone Sara Tarrés: «Evitarles ese sufrimiento supone impedirles adquirir herramientas básicas para la vida. Debemos aprender a tolerar el malestar. Si no, en lugar de proteger, acabamos desprotegiendo y generando adultos inseguros, dependientes, con baja autoestima e intolerantes a la frustración».

 

11. La autoridad se basa en el respeto, el autoritarismo en el miedo

 

A veces no nos damos cuenta de que frases que utilizamos muy a menudo se cimentan sobre el miedo. ¿En qué se diferencia la autoridad necesaria del autoritarismo? Pongamos un ejemplo práctico: «Cuando perdemos la paciencia, caemos en decir que algo se hace así ''porque soy tu madre o tu padre'', estamos utilizando el miedo como medio», puntualiza Jaime Picatoste Legazpi. Sabemos que hacer entender algo a un niño puede ser agotador, pero no caigas en este tipo de fórmulas. 

 

En entender bien esta diferencia se basará que los límites sean asumidos, comprendidos y hasta compartidos. «A causa de esta confusión entre autoridad y autoritarismo, muchos padres tienen miedo a poner límites», expone Tarrés. «Pensamos ''total, la infancia son dos días, que disfruten''. Pues no, necesitan esta contención, saber hasta dónde pueden llegar. No hay nada peor que un niño al que se le deja hacer todo, porque se siente absolutamente perdido. La permisividad provoca esto: niños que no saben ser. La diferencia entre la autoridad y el autoritarismo la intuimos desde la emoción en la que se da. Lo hacemos de una forma positiva cuando viene desde el amor y el respeto; en cambio, en el autoritarismo estamos usando nuestra influencia, nuestra imposición, desde el miedo y la intolerancia a la diferencia que puede tener nuestro hijo con respecto a cómo hacemos las cosas», desarrolla la psicóloga. 

«No hay nada peor que un niño al que se le deja hacer todo porque se siente absolutamente perdido»


Debemos entender que estamos en un momento de tránsito en la educación. Hemos pasado de estilos educativos muy autoritarios a todo lo contrario, pero a veces cometemos los mismos errores en el otro extremo del espectro, «quejándonos ante el maestro porque ha puesto una falta o una sanción a nuestro hijo por contestar mal o faltar el respeto». Las consecuencias, explica Sara Tarrés, serán toparnos de la noche a la mañana con niños que acaban desarrollando actitudes de 'abusón' porque no han sido educados en identificar qué es y qué no es un agravio

Cómo mejorar la relación con un niño en once consejos ( I )


LOIS BALADO      |     LAVOZDEGALICA.COM     |     25/04/2023

 

Proponemos once pautas para corregir comportamientos tóxicos con los más pequeños y fortalecer nuestro vínculo con ellos

 

Criar a un hijo no es tarea fácil. Se trata de una frase común con la que todos podríamos estar más o menos de acuerdo. Las formas de educar a un niño, las enseñanzas que se consideran o no adecuadas, han ido consolidándose, variando o matizándose a medida que el conocimiento biológico y psicológico sobre la infancia ha ido creciendo. El tsunami de conocimientos ha sido brutal, pudiendo provocar cierta sensación de ahogo; y del ahogo a la justificación como mecanismo de defensa. «Tan difícil no será, se ha hecho toda la vida», escucharán cuando las recomendaciones colmen el vaso.

 

Los niños no son tontos, pero tampoco son adultos, por lo que no deben ser tratados como lo uno ni como lo otro. Con el fin de mejorar la relación con nuestros hijos —y los del resto— y de cuidar de su futuro bienestar emocional, lanzamos esta lista de errores que puedes y debes corregir si el «toda la vida se ha hecho así» no acaba de convencerte. Lo haremos con dos psicólogos expertos en infancia: Jaime Picatoste, psicoterapeuta infantil y Sara Tarrés, también psicóloga especializada en menores y miembro del Grupo de Trabajo en Inteligencia Emocional del Colegio Oficial de Psicología de Cataluña.

 

0. Punto de partida: acepta que eres un 'analfabeto' emocional

 

Darnos cuenta de que nos estamos equivocando es uno de los grandes pasos para hacer las cosas mejor. Explican los psicólogos que, cuando las cosas se ponen feas, muchos padres y madres llegan a la consulta con una demanda: «Arréglame al niño». A medida que avancemos en estas pautas básicas que todos deberíamos tener claras a la hora de relacionarnos con menores, se darán cuenta que en la gran mayoría de los casos habrá que corregir actitudes nuestras y no tanto de ellos. 

 

«Los adultos tenemos que seguir aprendiendo y, muchas veces, aprendemos acompañando las emociones de nuestros hijos. Cuando lo hacemos, aprendemos cómo gestionar las nuestras. Nos pone frente al espejo haciéndonos ver lo analfabetos emocionales que somos. Como psicóloga, puedo decir que ojalá todo esto que vamos a hablar aquí lo hubiese podido aprender en primero de carrera», explica Sara Tarrés, que también coordina el blog Mamá psicóloga infantil. Dicho esto, empezamos.

 

1. ¿Cómo crees que será tu hijo?, controla tus expectativas 

 

«Se dice que un niño no nace cuando es concebido, antes nace en el mundo de fantasía de ese padre o esa madre», explica Jaime Picatoste. Este punto de partida es básico. Debemos entender que una cosa son las expectativas y otra es la realidad. Y que las primeras no pueden perjudicar a la segunda.

 

Expone Picatoste ciertos razonamientos que todos deberíamos plantearnos: «¿Qué expectativas tengo sobre el hijo que quiero tener y cómo será realmente el hijo que va a aparecer? Este es muchas veces el gran esfuerzo que tiene que hacer el mundo adulto para adaptarse a lo que trae ese niño, a su temperamento. Hay niños más sensibles y niños menos sensibles». Partir desde la idealización, requerirá el esfuerzo de «sacrificar parte de tus expectativas y adaptarte». Ahí empieza todo.

 

Sara Tarrés coincide plenamente. «La realidad nos pone en nuestro lugar; nos viene a recordar que habíamos colocado nuestro ideal demasiado arriba. Y cuanto más arriba esté, más frustración. Aquí vienen las decepciones. Relacionamos la maternidad con sensaciones placenteras, pero cuando las expectativas no se ajustan con la realidad, aparecen las emociones displacenteras. Comienzan las comparaciones: con el ideal, con el hermano, con el vecino. Empezamos a etiquetar, a juzgar y ridiculizar. Le decimos lo torpe que es o que 'mira que es tímido'», explica Tarrés; empezamos a cohibirles en su desarrollo. «No le damos importancia, lo vemos como algo normal que le animará a ser de otra manera, cuando el efecto es totalmente el contrario: lesionamos su autoestima y su autoconcepto», advierte. Decirle a un niño lo “torpe”que es o insistir en ue es “muy tímido” delante de la gente es ridiculizarlo.

 

Por tanto, y lección número uno, no etiquetemos. Los niños son esponjas y esto repercutirá en el largo plazo. ¿Les suena la teoría de la indefensión aprendida, el efecto Pigmalión o la profecía del autocumplimiento? Frases inocentes —pero machaconas— como «es muy buen estudiante», «es muy responsable» o «mira qué bueno es» no hacen otra cosa que inculcar que ese comportamiento se vaya haciendo cada vez más visible en él; para lo bueno y lo malo. «Quizás ese niño o esa niña serían de otra manera, pero ya lo hemos encaminado hacia ahí. Pero lo mismo con el 'bala perdida' o el 'torpe', ¿para qué se va a esforzar si nunca lo va a hacer bien porque es un desastre?»

 

2. «No llores, no te enfades»: dejemos de prohibir los sentimientos

 

Sabemos que no hay emociones buenas ni emociones malas, por la tanto, y esto es algo básico, «no llores» no puede ser una respuesta válida para un niño que está llorando. Los niños lloran, al igual que los perros ladran. Es la vida y a quién no lo entienda o le moleste, le recomendamos el mindfulness.

 

En cualquier caso, vamos a darle un sustento psicológico a por qué es una mala idea pedirle a un niño que deje de llorar. «Al final, estamos prohibiendo una necesidad que puede ser imperante. ¿Te estás parando a pensar qué es lo que está necesitando ese niño con su llanto o rabieta?, ¿o nuestra actitud responde a que 'esto no lo puedo permitir porque me supera'?. Corrientes como la disciplina positiva apuestan porque nosotros nos autorregulemos primero, como adultos que somos; y, a partir de ahí, intentemos regularles a ellos. Pero no intentes que tu hijo cambie algo simplemente porque a ti te molesta», explica el psicólogo. “no intentes que tu hijo cambie algo simplemente porque a ti te molesta”

 

Una vez más, nos encontramos con que es el mundo adulto el que necesita interiorizar un concepto para mejorar la calidad de vida y proteger la salud mental de los más pequeños. Debemos recordar que ellos son niños. 

 

3. «No te soporto cuando haces eso»: no uses la retirada de afecto como castigo 

 

Recuerdan los psicólogos que no hay peor castigo para un niño que la retirada de afecto. ¿Has pensado alguna vez en lo que esconden frases como «cuando haces esto, no te soporto»? Es a lo que los psicólogos llaman 'amor condicionado'. Evítalo.

 

«La mayor angustia para un niño es la separación o el abandono. Si a un niño le das a entender que le puedes dejar de querer por ser de determinada manera, ese niño sacrificará esa manera de ser por no perdernos. Hipotecarán sus emociones por y para ti. Frases como 'cuando haces esto, eres insoportable', hacen mucho daño. El niño va a dejar de ser él mismo por miedo a perder ese amor», explica Picatoste.

 

En el día de mañana, este tipo de frases, según explican los profesionales de la salud mental, podrían derivar en actitudes que nos impidan «conectar con nosotros mismos en aras de querer conectar más con lo que otros necesiten ver de nosotros». A estas alturas, deberíamos ser conscientes de la importancia que tiene conectar con nuestras emociones y necesidades. Es fácil llegar a la conclusión de que será difícil lograrlo si de niño se nos pide negarlas o reprimirlas con chantaje emocional. Además, propiciaremos un clima de desconfianza sobre el que será difícil construir un vínculo seguro que nos permita expresar cualquier tipo de emoción». 

 

4. No, tu hijo no es el mejor del mundo

 

Si bien recordarle a un niño o niña de manera constante que es «lo peor» es una idea nefasta, hacer lo contrario tampoco tiene demasiado sentido. Como ya se ha dicho, los niños son esponjas, cualquier cosa que se les diga la van a hacer suya, asumiéndolo de una manera muy potente en la construcción de su propia identidad. Para lo malo, pero también para lo teóricamente 'bueno'. 

 

«Imaginemos a un niño al que su entorno le asegura de manera constante que es 'lo mejor'. No solo corremos el riesgo de construirle una idea de sí mismo irreal o una personalidad narcisista, el problema es que los niños no son tontos. Si le repetimos constantemente que es el más listo, al final estaremos regalando una incoherencia de la que el niño va a ser consciente. Esos mensajes van a calar, traduciéndose en desconfianza e inseguridad; impidiendo construirse una personalidad real que le haga sentirse seguro de sí mismo. Provocará una necesidad de recibir constantemente halagos o mensajes positivos. En cuanto salga de ese entorno familiar, el niño se dará cuenta de que esa realidad que le hicieron creer que existía, no existe», expone Picatoste. Y añade una reflexión: «Hoy en día, parece haber una necesidad por diferenciarse. Si no destaco, si no soy diferente al resto, no soy nadie. Eso es mentira. Ser parte del rebaño es algo bueno también».

 

5. La dictadura de la felicidad: «No te enfades que estás muy fea»


Sara Tarrés recurre a una frase que muchos podríamos reconocer: «Recuerdo una vez en la que una madre me comentaba cómo le decía a su hija de tres años que tenía que estar feliz, que no podía estar enfadada», rememora. Pues bien, la psicóloga infantil nos recuerda algo que quizás pueda sorprender a algunos: los niños tienen el mismo derecho a estar enfadados que los adultos.

 

«Se presupone que, durante la infancia, los niños deben de ser felices simplemente por el hecho de ser niños. Los niños tienen derecho a estar enfadados», recuerda, asegurando que el enfado es una necesidad fisiológica, un «programa emocional que nos viene instalado de serie». Detalla que la alegría, la tristeza, el miedo y la rabia son cuatro emociones básicas, necesarias para la supervivencia. Y tenemos malas noticias, si no permites que fluyan, acabarán saliendo igual. «Cuando empezamos a prohibir emociones, damos paso a otras que nos parasitan. Las emociones son energía y tienen que salir: si no sale en forma de miedo, saldrá en forma de rabia; y si no puede salir en forma de rabia, saldrá en forma de tristeza. A la larga, muchos problemas de ansiedad que vemos en consulta, sobre todo en mujeres, aparecen en personas a las que no se les ha permitido sentir rabia. ''No te enfades que te pones fea''. Al final, acaba apareciendo la ansiedad, que es una emoción parásita. Igual lo que tenían era rabia, pero no se han atrevido a mostrarla por miedo a perder a las personas a las que quieren», apunta Tarrés. 

 

(Continúa en el siguiente artículo)

sábado, 24 de junio de 2023

Dolors Liria, psicóloga:"Si un trabajador tiene ansiedad, podemos tratarla, pero la empresa debe mirar de dónde le viene"


ELPERIODICO.COM     |      15/06/2023

Quedarse más horas en la oficina o exigir la presencialidad total ya no está tan bien visto. La salud mental está más presente que nunca, también en el trabajo. Y la psicología laboral juega un papel fundamental. Nos lo explica Dolors Liria, vicedecana del Colegio Oficial de Psicología de Cataluña (COPC) y experta en salud  profesional

-¿Qué estábamos haciendo mal en el trabajo?

-No nos dábamos cuenta de la importancia de conciliar la vida laboral, personal y familiar. Teníamos esa cultura de la presencialidad y de alargar horas para demostrar que estábamos trabajando.

 

-Hasta el confinamiento.

-Sí, eso fue un salto hacia modelos más adaptados a las necesidades actuales. Empezamos a trabajar de forma remota, aunque no podemos decir que fuera teletrabajo con toda la familia compartiendo habitación y los niños pasando por delante de la pantalla, pero fue un primer paso. Ahora el reto es ofrecer entornos laborales saludables, aprovechando las ventajas del teletrabajo para la conciliación familiar sin renunciar al valor añadido del contacto personal.

 

-¿Cuándo hay un problema, de dónde suele venir, de las empresas o del personal?

-La responsabilidad siempre es compartida. Como profesionales, tenemos la obligación individual de practicar el autocuidado (dormir y alimentarnos bien, hacer ejercicio...), pero no sirve de nada si la empresa toma decisiones que perjudican el bienestar y la salud psicológica de las personas.

-¿Cuándo se llama a los psicólogos y psicólogas del trabajo y las organizaciones?

-Para selección de personal, formación, prevención de riesgos, coaching... Pero si hablamos de resolver dificultades, una demanda muy habitual es la del líder que ve a su equipo muy estresado o quemado.

 

-¿Cómo empiezan la intervención?

-Con una reunión diagnóstica, para entender qué está pasando. Y muchas veces es necesario involucrar a los líderes en el proceso, hacerles entender que atender los malestares del equipo es parte de su rol de liderazgo, no pueden delegar en nosotros. Nosotros les ayudamos y asesoramos. Y a partir de ahí se establece un plan de trabajo consensuado. A veces intervenimos en el equipo y otras veces la intervención se limita a ayudar a los líderes para que lo hagan ellos mismos.

 

-¿También realizan trabajo individual?

-Sí. Entendemos que los problemas personales repercuten en el trabajo y viceversa. La cuestión es que, si la persona está estresada y además tenía una base de ansiedad, podemos trabajar en ello, pero lógicamente, la organización también deberá ver cuál es la fuente del estrés. Si, por ejemplo, la carga de trabajo aumenta, se deben aumentar también los recursos proporcionalmente, para que una persona no tenga que asumir el trabajo de dos.

 

-Ahora los ‘coaches’ están de moda. ¿Todos tienen la carrera de psicología o deberían tenerla?

-No todos la tienen. Es importante señalar que el ‘coaching’ no surge de la psicología. Pero nosotros defendemos que el perfil más idóneo para ser coach es el de un psicólogo, ya que tiene una formación amplia en el funcionamiento psicológico de las personas y los grupos, y sabe detectar y derivar los casos que requieren un abordaje sanitario. Porque a veces las personas inician un proceso de ‘coaching’ pensando que simplemente necesitan alcanzar un objetivo, y aparecen malestares que hasta entonces estaban latentes, y entonces el profesional debe saber qué hacer al respecto. Es peligroso "abrir la caja de Pandora" de un conflicto si no se tiene la formación ni la titulación necesarias.

 

-¿Qué le recomendaría a una persona que lo está pasando mal en el trabajo?

-En primer lugar, entender cuál es el origen de su malestar y buscar cómo se sitúa frente a él: ¿no puede poner límites ante una demanda insostenible?, ¿es incapaz de desplegar herramientas cuando alguien le hace sentir mal? Si la situación está limitándola, lo más responsable es pedir ayuda, primero poniéndolo en conocimiento de la empresa y utilizando sus canales formales. Si no es suficiente y el malestar persiste, hay que pedir ayuda profesional para protegerse. Y si la situación es insostenible, hay que valorar todas las opciones, como coger una baja temporal o cambiar de trabajo. Desafortunadamente, no todos tienen esa opción, pero incluso en ese caso, seguro que hay algo que le podemos aconsejar para aliviar la situación. Lo más importante es preservar la salud.

 

-¿Dónde podemos buscar un psicólogo o psicóloga del trabajo?

-El medio con más garantías es el directorio profesional del COPC. Aquí están todos los profesionales colegiados y con la titulación requerida para ejercer su profesión. Te permite filtrar por experiencia, zona geográfica y especialidad.

 

-¿Se resuelven todos los conflictos?

-Alrededor del 95%. Salvo algunos casos muy arraigados en el tiempo, con medidas poco efectivas por parte de la organización y gran dificultad de la persona para establecer límites. La clave está en identificar el problema y ayudar a las personas a gestionar las tensiones de manera efectiva y saludable.

 

-¿Qué retos deben enfrentar aún las empresas?

-Hablan mucho de misión, valores y salud mental, pero queda mucho por hacer. No se trata de explicar a los trabajadores cómo ser felices, sino de entender que donde hay relación es fácil que haya tensiones y conflictos, por lo que es necesario que integren medidas, como formaciones preventivas, recursos específicos, beneficios sociales, espacios de ‘mindfulness’ o psicoterapia..., y que tengan en cuenta la salud mental de su personal no solo cuando hay un problema, sino también al tomar decisiones.

jueves, 22 de junio de 2023

Este es el secreto de la gente feliz: un ritual de paz mental y alegría natural


María del Pilar Díaz     |     Alimente.elconfidencial.com     |    21/01/2023

La amistad es, como dije en un artículo anterior, más duradera que el amor, pero menos intensa; requiere cuidados y mucha atención. Está sujeta a los vientos exteriores, a las vicisitudes y altibajos de la vida.

 

Felicidad es conseguir que lo que uno soñó en sus años de juventud se haga realidad, pero sabiendo moderar las ambiciones.

 

La Real Academia Española describe la felicidad como un “estado de grata satisfacción espiritual y física”. Existen infinidad de canciones a la felicidad, libros con finales felices, vídeos en las redes sociales que nos hacen sonreír, películas que acaban bien y triunfos que celebrar. Nos encanta la felicidad, celebrarla y regodearnos en ella. La buscamos en cada rincón, tal vez como un método para sobrevivir en este mundo caótico o tal vez como meta definitiva en nuestro camino de vida. Pero ¿cómo se consigue ser feliz?

 

La psicóloga Maribel Jiménez, en su libro La cámara secreta del corazón, nos da la clave que hay detrás de la gente feliz. La felicidad no es tener una casa más grande, un mejor trabajo o cinco cifras en la cuenta del banco, la dicha se alcanza cuando aprendemos a vivir en el aquí y en el ahora. Con esta explicación, Jiménez consigue que se nos caiga una venda de los ojos. Estábamos equivocados.

 

Entonces, según Maribel Jiménez, no encontraremos la felicidad en cosas externas o en otras personas, sino en nosotros mismos. Básicamente, “la felicidad está en la paz mental, en el desapego, en la alegría natural, sin una razón particular, en la satisfacción de hacer lo que hemos venido a hacer, poniendo nuestros dones y talentos al servicio de los demás”. Esto significa que, aunque nuestra felicidad no dependa de otras personas, sí será mayor cuando podamos ser útiles y ayudar a los demás, sin apegarnos a ellos.

 

Paz mental y felicidad

 

Por otra parte, la paz mental juega un gran papel en la concepción de felicidad. Como explica Jiménez, la mayoría de las personas siempre están buscando la felicidad para suplir el bienestar que han perdido. Es un comportamiento automático, pero no es la dirección correcta. No seremos más felices por buscar el dinero que nos falta, la casa que no tenemos o la vida que no tenemos. Eso solo nos hará sentirnos desesperados y agitados. La felicidad está dentro de nosotros, en cada día que pasa, “descubrirlo está en cada uno”. 

Las personas infelices se centran en lo que no tienen, las felices se centran en el presente.


Para entenderlo mejor, una persona feliz tiene el foco de su atención en el aquí y el ahora, disfruta de las cosas pequeñas, siente paz y, de esta manera, la alegría natural puede florecer. Por el contrario, una persona infeliz siempre “está enfocándose en lo que le falta, en lo que no tiene y en la queja. Y además se pasa la mayoría del tiempo rememorando el pasado o proyectando sobre el futuro”, explica Jiménez.

 

Una persona feliz siente que está haciendo lo correcto, que todo tiene coherencia, lo que hace y lo que piensa. El individuo que siente felicidad no significa que no tenga dificultades que superar, significa que es coherente con sus acciones, que va a favor de la corriente y que vive en el momento presente. Al final del camino, obtiene sus resultados y sus logros, sin que estos sean el motivo de su infelicidad.

 

Entonces, ¿cómo soy feliz? La clave del ritual

 

Maribel Jiménez lo tiene claro: la práctica de rituales nos ayuda a estar más presentes. “Centrarte en lo que te gusta, en lo que es bueno para ti, en lo que te nutre, en esas cosas simples o en esos pequeños placeres (a veces inesperados, a veces preparados) que te llenan de satisfacción, permiten estar presente, en el aquí y en el ahora”, afirma.

 “El individuo que siente felicidad es coherente con sus acciones y vive en el presente”

Los rituales son momentos de paz, como por ejemplo una meditación o un ejercicio de respiración, pero también un paseo por la naturaleza, un baño por la tarde o una rutina de autocuidado. En el ritual, estás creando un espacio personal, tu momento de paz y de atención plena. Durante estas prácticas personales, se activa el sistema límbico, conectándonos con emociones positivas. Al repetirlo a menudo, conseguiremos poner orden y armonía al día a día, así como alcanzar la paz mental y, con ella, la felicidad.

martes, 20 de junio de 2023

María Martínez-Hervés, psiquiatra infantil y juvenil: "Las cenas familiares son el factor más protector que hay frente al bullying"


LAURA MIYARA       |       lavozdegalicia     |     14/03/2023      

 

La experta en ciberacoso analiza los efectos que pueden tener estas agresiones, incluso a largo plazo en la vida adulta.

 

Los problemas de salud mental entre la población joven están aumentando a un ritmo alarmante. Así lo confirman los datos, y los casos recientes de suicidio vienen a reafirmar una situación que debería poner a toda la sociedad en alerta. Pero ¿por qué son tan vulnerables los adolescentes a estos problemas? Uno de los grandes acusados es el bullying, o acoso escolar, que apoyándose en la tecnología ha trascendido el ámbito de los colegios en el último tiempo para convertirse en una amenaza que está presente las 24 horas del día en la vida de muchos jóvenes.

 

La psiquiatra ferrolana María Martínez-Hervés es especialista en el tema. En el 2012 recibió una beca para trabajar en un proyecto de investigación de cyberbullying en el Imperial College del Reino Unido y desde entonces se radica en Londres, donde atiende a niños y adolescentes afectados por este tipo de problemas en el Barnet Enfield and Haringey Mental Health NHS Trust. En diálogo con La Voz de la Salud, la experta analiza el panorama al que están expuestos los jóvenes en España desde la perspectiva que da la distancia.

 

—Los jóvenes interactúan en contextos que los adultos no siempre entienden. ¿Cuándo podemos hablar de bullying?

—El bullying se define como un acto de agresión que puede ser física, verbal, directa o indirecta. No tienen por qué decírtelo a la cara, pueden estar hablando de ti por detrás, puede haber muchos tipos de bullying. Incluso puede haber cyberbullying. Los criterios que tiene que tener esa agresión para que sea bullying es que haya un desequilibrio de poder social, psicológico o físico entre las partes, y que esa agresión sea repetida en el tiempo. Esas son sus características principales. 

 

—¿Qué efectos tiene el bullying en la salud mental de las personas?

—El bullying no afecta a todo el mundo por igual. En psiquiatría, lo vemos desde una teoría biopsicosocial de los problemas mentales. Cuando hay vulnerabilidad, si hay elementos estresores a nivel social y personal, eso puede afectar mucho más que cuando no hay esa vulnerabilidad. El bullying se ha demostrado que puede producir en aquellos que lo sufren, pero también en los acosadores y en los que son víctimas y acosadores al mismo tiempo, síntomas de depresión, ansiedad. Y, recientemente, se ha visto también que puede producir síntomas de trauma. Hay un estudio del King's College de Londres que muestra que el bullying en la adolescencia o en la niñez puede producir efectos que persisten incluso 40 años después en forma de depresión o suicidio. Estos efectos están bastante bien documentados.

 

—¿Cómo llega a afectar a la persona a un nivel tan profundo?

—Teniendo en cuenta el desequilibrio de poder, si una persona con mayor fuerza física o mayor estatus social te está tocando las narices constantemente, eso, al final, hace mella en la autoestima de una persona. Lo que hace es que empieces a pensar que no vales lo suficiente y eso trae consigo una visión negativa de la vida, puedes acabar con depresión, con ansiedad por volver a ver a esa persona otra vez, con miedo a volver a vivir esa misma situación con otros. Todo eso se junta.

 

—¿Esto es más frecuente en niños pequeños o en los más mayores?

—El bullying que impacta es más frecuente o, en realidad, más aparente en adolescentes. Pero muchos niños te cuentan que todo empezó en primaria, o incluso en la guardería. Esos suelen ser niños más vulnerables, y ahí empiezas a pensar en qué hay detrás, por qué ese niño está  sufriendo tanto. A lo mejor, tiene problemas en las relaciones interpersonales o en otras áreas de su vida.

 

—¿Cómo es el abordaje de estos casos?

—Lo primero es preguntar. Muchas veces, si no se lo preguntas, no te lo dicen. Entonces, hace años aprendí a preguntarles: ¿sufres bullying?, ¿acosas a otros niños?, ¿te acosan online? Y cuando se lo preguntas, a veces te dicen que se lo contaron a otros niños, a sus amigos, pero no se lo quieren. No se lo cuentan al cole, porque piensan que no van a hacer nada. A veces, el bullying es muy indirecto y los adultos no se dan cuenta. Una vez, una niña me contó que estaba sentada a la puerta del despacho de la profesora, porque quería ir a hablar con ella, y las dos niñas que le hacían bullying simplemente se le sentaron una a cada lado, sin decir nada, pero el mensaje era claro: «Como digas algo, esto va a ir a peor». Al final, la niña no dijo nada. Entonces, la mayor parte de las veces, no lo dicen más que a sus amigos más cercanos. Y cuando lo dicen a los padres, ellos no siempre saben qué hacer. Ni siquiera los profesores tienen un protocolo adecuado, muchas veces no hay una cultura de manejo del bullying a nivel escolar. Al final, es la pescadilla que se muerde la cola.

 

—¿Qué aportes puede ofrecer la psiquiatría?

—El tratamiento del bullying no es medicación, a no ser que haya una enfermedad comórbida que haya que tratar. Si hay una depresión clínica, por ejemplo, la tienes que tratar, tienes que considerar medicación o terapia, o una combinación de ambos si hay estrés postraumático severo, o una desregulación emocional muy grave. Pero, normalmente, los efectos del bullying en sí se tratan con un equipo multidisciplinar que requiere la colaboración de los padres, el colegio y los trabajadores sociales. Una vez vino a verme una niña que llevaba un año y medio sufriendo ciberacoso severo y grooming de extraños que le pedían fotos con un chantaje emocional del tipo: «Si no me la mandas, me voy a matar». Al final de la evaluación de esa niña, lo que hice fue contactar a los servicios sociales inmediatamente para que investigaran qué estaba pasando. Hablé con el colegio también, pero esto era algo externo que pasaba a través de Instagram. Ese caso se reportó también a la policía. Entonces, el abordaje es muy multidisciplinar. En cada caso, hay que considerar desde todos los ángulos lo que está pasando, por qué está pasando, y qué se puede hacer para que el niño deje de sufrir.

 

—¿El abordaje cambia cuando el niño tratado es el agresor?

—Es igual. También se usa un enfoque multidisciplinar. Tienes que evaluar si hay algún trastorno que esté afectando al niño, un trastorno antisocial, un TDAH que esté influyendo su forma de comportarse. Luego, se evalúa la dinámica familiar: si hay problemas de comunicación, si hay algún tipo de problema de aprendizaje y eso hace que se sienta menos y lo pague haciéndole bullying a los demás. El enfoque siempre es multidisciplinar, porque no se puede decir nunca: «Es el TDAH lo que está haciendo que el niño haga bullying» o «Es la depresión lo que hace que el niño sufra bullying». Son muchos factores que hay que tener en cuenta.

 

—¿Qué particularidades tiene el ciberacoso frente a lo que sucede en un entorno presencial?

—Primero, que no ocurre dentro de la escuela, entonces no está limitado a un período de ocho horas diarias. El cyberbullying puede ocurrir 24 horas al día, con una audiencia masiva, infinita. Se puede repetir exponencialmente. No hay escapatoria, en realidad. Luego, puede ser anónimo, también. No ves a la persona, puedes no saber quién es, incluso puede ser un extraño. Esas son las características principales, y son diferencias importantes, porque los efectos que desencadena el bullying en una serie de actos, el cyberbullying los puede producir en uno. Alguien pone una foto tuya online con un comentario, lo comparte con diez amigos, esos diez amigos lo comparten con otros tantos, y tú no te das cuenta de lo que está pasando, porque estás cenando con tus padres. O te meten a un grupo de WhatsApp y de repente tienes a 20 personas hablando de ti. Dependiendo del acto, el cyberbullying puede ser mucho peor.

 

—¿El bullying puede llevar a alguien a tener conductas suicidas?

—El bullying en sí no es una causa directa del suicidio. El suicidio es la consecuencia de un problema multifactorial. El bullying es simplemente uno de esos factores. Tienes que ver si hay algún problema de salud mental que esté presente, si hay problemas a nivel de integración social, de comunicación familiar, si hay algún problema en el aprendizaje, algún problema a nivel físico. Hay mucho bullying, pero no todo el mundo se suicida. Y hay que ser cuidadosos al comunicar que hay un problema. Cuando se habla de los métodos de suicidio, hay que saber que los niños copian. Yo trabajé en una unidad de agudos durante once años y en cuanto una persona empezaba a tener conductas autolesivas, teníamos a todos los otros niños haciendo lo mismo. Se copian los unos a los otros. No es que lo hagan intencionalmente, sino que ven que otros manejan la situación de esa manera y piensan que a ellos también les puede valer. Entonces, hablar de métodos no es seguro. De todos modos, lo más importante es saber que el suicidio es multifactorial. No se le puede atribuir al bullying, aunque la persona lo ponga en una nota. Puede que sea el mayor factor, pero también hay que tener en cuenta el cuadro y como sociedad tenemos que ver la imagen completa de lo que está pasando.

 

—¿Están aumentando los casos de bullying?

—En las cuatro décadas que han pasado desde que hay estudios, el bullying no ha aumentado. Todos los estudios indican que el porcentaje de bullying no ha crecido. Lo que sí ha aumentado exponencialmente durante los últimos 15 años son los problemas de salud mental en los niños. Hace diez años, lo que está pasando ahora en España no pasaba. Y no lo podemos atribuir al bullying, porque este se mantiene estable, y la prevalencia del cyberbullying tampoco es muy alta. Entonces, tenemos que pensar en qué está pasando con la salud mental de los adolescentes a nivel global. Las redes sociales han tenido impacto, el covid ha tenido impacto, pero no podemos decir «Son las redes sociales» o «es el covid». Ha habido un gran cambio de los valores familiares en los últimos años.

 

—¿Por qué los adolescentes en particular son tan vulnerables al bullying?

—Los niños, mientras son niños, tienen la protección total de los padres, lo comunican todo con ellos. La adolescencia es un momento de desarrollo de la identidad personal. Dejas de ver a tus padres como el modelo a seguir y empiezas a buscar a la gente de tu edad, porque los padres dejan de ser la persona ideal. Y a veces, los compañeros a los que empiezas a buscar no son los mejores. Al mismo tiempo, dejas de tener esa protección directa que tenías contándole todo a tus padres. El paso de la niñez a la adolescencia es uno de los mayores cambios que hay. Los niños normalmente no tienen problema en contarlo todo, y si no lo cuentan ellos, lo cuentan los profesores, porque lo ven. El adolescente ya tiene una vida mucho más privada, separada de los padres y de los profesores. El bullying, seguramente, pasa un poco más lejos de los profesores. En función de mi experiencia trabajando con ellos, y de toda la investigación, está claro que ellos no cuentan lo que les pasa.

 

—¿Cómo pueden incidir los padres en esto?

—Favorecer la comunicación intrafamiliar es el factor más protector que hay. Hay investigación acerca de las cenas familiares y se ha visto que son un momento de reunión de la familia. Asegurarse de que las cenas familiares van a ser un momento protegido para la familia, para juntarse, para hablar del día, ahí es cuando los padres y los hijos intercambian, y puedes ver más o menos sus cambios de humor. Si el niño no viene a cenar porque está en su habitación, y un padre cena a una hora, el otro a otra... Así no puedes ver si el niño está pasando por algo. Suena muy simple, pero ese momento de la cena es muy importante, porque establece una comunicación, el niño se va a la cama más tranquilo y si hay un problema se pueden hacer planes de cómo manejarlo.