viernes, 6 de noviembre de 2020

Tipos de fobia: explorando los trastornos del miedo

NAHUM MONTAGUT RUBIO    |     Psicología y Mente

Todo el mundo ha sentido miedo más de una vez, y es normal. Es una emoción que ha garantizado la supervivencia no solo de la especie humana, sino de todos los animales con cerebro.

El saber identificar una situación que puede implicar peligro para el individuo es algo necesario para poder alejarse de ella y, así, evitar sus nocivas consecuencias. Sin embargo, a veces puede darse el caso de que la respuesta dada ante un estímulo visto como amenazante sea exagerada, y es aquí cuando se habla de fobia 

Fobia y miedo: ¿no son lo mismo?.- Antes de entrar con más detalle sobre las principales diferencias entre los conceptos de miedo y fobia, se hace necesario describir ambos términos brevemente.

En primer lugar, se entiende por miedo a la emoción que se manifiesta ante una situación que puede ser amenazante para el individuo. Normalmente, en la mayoría de los casos en los que aparece, lo hace de forma casi innata, sin necesidad de que haya habido un aprendizaje previo de la situación amenazante. Otras, en cambio, mediante la experiencia, se aprende qué situaciones deben ser temidas, dado que pueden poner en riesgo la integridad de la persona. 

El miedo, al igual que todas las emociones que conforman el amplio espectro emocional humano, tiene una muy importante función adaptativa, siendo su finalidad garantizar la supervivencia del individuo.

Las fobias, en cambio, son consideradas patrones de conducta no ajustados. Implican un grado de temor muy alto, demasiado en relación con el estímulo al que se teme. Lo que cause esta fobia puede ser cualquier cosa y normalmente es adquirida, ya sea mediante un trauma o mediante aprendizaje vicario.

Son muchos los psicólogos quienes consideran, desde la perspectiva del psicoanálisis, que el origen de las fobias se da durante la infancia, especialmente durante la etapa fálica (de 2 a 5 años). En esta etapa, el niño desarrolla una fuerte angustia frente a la vivencia de un suceso desagradable, haciendo que aplique un muy fuerte mecanismo de autodefensa que, eventualmente, será el trastorno fóbico.

Diferencias entre la fobia y el miedo normal.- A continuación veremos las diferencias fundamentales entre la fobia y el miedo, además de cuáles son los factores que pueden estar detrás de ellos, su importancia a nivel psicopatológico y las respuestas asociadas.

1. Grado de control

El miedo no es una emoción que facilite pensar racionalmente, sin embargo, no deja de ser un mecanismo de supervivencia, con lo cual, permite actuar rápido y decidir qué hacer para asegurarse que se evita el estímulo dañino.

Dentro de los casos en los que no hay psicopatología, las emociones son responsabilidad nuestra, es decir, se pueden aprender a controlar. El miedo no es una excepción.

Es posible tener un cierto grado de control sobre esta emoción, sin dejar de ser consciente de que se está ante algo que puede ser perjudicial, pero teniendo en cuenta que cuanto más claramente se piense más eficiente se será a la hora de hacerle frente.

En cambio, las fobias, como psicopatológicas que son, implican una enorme dificultad para controlar tanto su intensidad emocional como la capacidad de pensar fríamente de la persona.

Tanto si se está delante del estímulo temido como si solamente se estaba pensando en él, la persona pierde por completo el control sobre su pensamiento, viendo como ideas auténticamente terroríficas invaden su mente.

2. Signos fisiológicos

Es normal que ante un susto se muestren algunos signos fisiológicos, como pueden ser taquicardia, sudoración o incluso temblores. Sin embargo, los signos que muestran las personas con fobia a algún estímulo concreto son muy intensos.

La reacción fisiológica en estos casos puede llegar a ser desbordante, siendo muy comunes los problemas gastrointestinales como náuseas y sequedad de boca, además de sudoración excesiva, dolor en el pecho, mareos e, incluso, dolor de cabeza.

Cabe destacar que los signos que causa el miedo se dan ante la situación temida, mientras que en el caso de la fobia, con tan solo pensar en el estímulo fóbico o hablar sobre él favorece que se dé toda la sintomatología aquí descrita.

3. Intensidad de la respuesta

Cuando se está frente a una amenaza real, lo normal es prepararse para la huida o evitar que el factor que puede resultarnos perjudicial vaya a más.

Por ejemplo, si nos persigue un perro por la calle, situación claramente temida, la opción más lógica y proporcional a la amenaza es o bien escapar o bien atacar al animal antes de que nos lo haga a nosotros.

En cambio, en el caso de la fobia, la respuesta ante el estímulo es totalmente desproporcionada, independientemente de si realmente se está ante algo que pueda dañar la integridad física y psíquica de la persona o, por el contrario, algo inofensivo.

La persona puede gritar, llorar, perder por completo su racionalidad, atacar a las personas de su alrededor… las conductas que realiza la persona con una fobia pueden ser de todo tipo y casi ninguna de ellas se puede considerar adaptativa.

4. Intromisión en la vida diaria

Todo el mundo tiene miedo de algo, pero normalmente esta emoción no implica un grado de afectación grave en la rutina, dado que en la mayoría de los casos las situaciones temidas no son comunes.

Por ejemplo, todo el mundo tiene miedo a ser comido por un tiburón, pero, realmente, ¿cuántas posibilidades hay de que nos crucemos con un escualo nadando en la playa?.

En caso de que haya la posibilidad de encontrarse dentro de una situación peligrosa, la mayoría de los seres humanos toman las precauciones necesarias para evitar tal situación, y la vida sigue su curso normal.

En el caso de la fobia, el miedo a encontrarse ante la situación temida es tal que la persona puede iniciar una serie de cambios integrales en toda su rutina, haciendo que se vea perjudicado su bienestar, solo para evitar encontrarse ante el estímulo fóbico.

Por ejemplo, una persona con aracnofobia puede evitar pasar por un parque al ir hacia el trabajo, pese a ser el camino más corto, o disfrutar de excursiones con sus amigos por el simple hecho de temer encontrarse con una sola araña.

Así, la persona va desarrollando un amplio repertorio de estrategias que le otorgan una cierta sensación de seguridad, pero a costa de su nivel de vida y su desarrollo como persona.

5. Diferencias individuales

Normalmente, todo el mundo tiene miedo a prácticamente los mismos estímulos. Por poner unos pocos ejemplos, sería el estar delante de un león, ir de noche por un barrio marginal, estar delante de personas con apariencia violenta…

No son pocas las situaciones en las que la inmensa mayoría de la población humana no le gustaría encontrarse. En cambio, en el caso de las fobias específicas hay un mayor grado de diferencias individuales. Hay fobias para todo: cucarachas, serpientes, sexo, vidrio…

Son en este tipo de trastornos de la ansiedad en donde se puede ver con mayor claridad cómo hay estímulos que son prácticamente inofensivos para la mayoría pero un pequeño grupo de la población les tiene un pavor para nada adaptativo ni proporcionado.

6. Recuerdo de la situación temida

Normalmente, cuando se recuerda una situación o estímulo que genera miedo adaptativo, la persona es capaz de recordar el recuerdo de forma intacta, sin distorsiones ni exageraciones, aunque implique un cierto grado de emocionalidad, como ansiedad.

En el caso de la fobia, no obstante, dado que la persona siente una elevada activación fisiológica y psicológica, prefiere evitar evocar el recuerdo. Bloquea la parte de la memoria en donde se encuentre la situación temida.

7. Psicopatología

Por último, pero no menos importante, se debe aclarar la diferencia fundamental entre el miedo normal y las fobias.

El miedo, como ya hemos ido indicando a lo largo de este artículo, implica un patrón de respuesta que se encontraría dentro de lo normal, y tiene una función adaptativa: garantizar la supervivencia de la persona frente una amenaza. 

En cambio, las fobias son consideradas trastornos dentro del grupo de los trastornos de la ansiedad. Las fobias suelen darse ante situaciones que son poco reales o que realmente implican un grado de amenaza insignificante y, por tanto, no son adaptativas.

Como trastornos que son implican una serie de síntomas a nivel psicológico que el miedo normal no manifiesta, siendo el principal el pensamiento distorsionado respecto al estímulo fóbico, además de no hacerle frente ni pensar de forma racional su grado de peligrosidad real


martes, 3 de noviembre de 2020

Que la infancia y la adolescencia no se vuelvan invisibles.

                                                                    

Patricia Elmeaudy    |     Infobae     |     17/05/2020

 

Esta pandemia, con cuarentena indefinida incluida, tiene mucho dicho y escrito sobre los adultos y más aún sobre los adultos mayores. Los riesgos, la letalidad del Covid-19 para ellos, e incluso un enorme debate sobre si corresponde ser coercitivo con las medidas de aislamiento, o si se debe apostar en todo caso a la conducta asertiva. Todo ello para cuidarlos de la enfermedad por coronavirus Covid-19, pero sin descuidar su salud mental y respetando sus derechos.

 

Entre tanta preocupación “adulta por los adultos” recordé que desde tiempos remotos la infancia y la adolescencia fueron invisibles para la sociedad. Es más: durante la mayor parte de la historia del mundo no fueron tenidos en cuenta, o aún peor fueron sometidos y/o abusados por la sociedad de la época. Es hora entonces de priorizarlos o al menos proponernos tenerlos en cuenta.

 

Como dice Joan Manuel Serrat en uno de sus maravillosos poemas, “uno solo es lo que es y anda siempre con lo puesto”. Quizás por eso que yo no puedo dejar de pensar como pediatra...

 

Todos tenemos miedo, estamos más o menos asustados, o al menos inquietos con esta realidad tan incierta.

Qué difícil debe ser para los más pequeños no poder correr, saltar, tirarse del tobogán, caminar “sin ton ni son” y ensuciarse en el parque, el arenero o la plaza del barrio. Porque esa es su manera de conocerse y conocer el mundo, el que van construyendo junto a los adultos. Ni que hablar los que empezaban su etapa de socialización, de juego compartido, de pequeña rutina y normas de convivencia con sus pares.

 

¡Y qué decir de los adolescentes! Esa etapa tan compleja de la vida en la que necesitamos tanto de nuestros amigos, de ese otro espejo que nos va construyendo y modelando más allá de nuestros padres. Justamente esa enorme necesidad de ser un otro distinto de mi mamá y mi papá. Tan difícil y tan necesario para su independencia, autonomía y desarrollo de una vida adulta saludable. Entender en esta etapa de rebeldía y “ebullición” que tengo que quedarme en casa con mis padres 24/7 es pedirles un acto de solidaridad y responsabilidad social gigantesco.

 

A esta altura pensarán: ¿y qué otra posibilidad hay? ¡Los estamos y nos estamos cuidando! Es verdad, pero se me ocurre que tal vez agradecerles por su compromiso para que todos estemos bien, mostrarles nuestra preocupación porque están “adentro”.

 

Incentivar, a la inversa de lo que recomendamos siempre, el contacto con pares a través de las redes sociales, los juegos grupales online, y las charlas con amigos por Zoom o similar.

 

La mayoría de los chicos tienen un celular, de ellos o de los papás que se lo podemos prestar para que estén comunicados, por esta vez sin quejarnos.

 

Y con los más chiquitos una enorme cuota de paciencia y tolerancia a los almohadones por el suelo, a alguna pared con crayón (aunque si tiene su cuarto es mejor que lo haga allí...) y a que corran alrededor de la mesa “todo el día”. Es su aporte a que nos quedemos en casa. En fin, todo esto pensando en que no nos olvidemos de ellos, que haya mucho hablado y escrito sobre cuánto nos preocupa lo que les pasa con esta pandemia, con tanta incertidumbre y tanto miedo rondando...

 

Y un capítulo aparte para aquellos niños que además cursan una enfermedad que no es COVID-19 y les corren las generales de la ley en todo lo dicho; para ellos y sus familias, el mayor respeto y solidaridad. Me atrevo a decir desde todos los que somos profesionales de la salud.

 

Para que la infancia y la adolescencia al menos en esta oportunidad no se vuelvan invisibles.

 

La autora es médica pediatra del Hospital Garrahan (Argentina)

 

lunes, 2 de noviembre de 2020

Cómo se disfraza la forma más sutil de chantaje emocional, y qué hay que hacer para desnudarla.


LUIS SALINAS MATEO   |   El País   |   16/08/2020  

Las víctimas solo ven seducción, y no son conscientes del peligro hasta que ya han cedido el control de su voluntad. Pero tiene remedio.

Lo único ficticio de esta historia sobre el chantaje emocional de Lorenzo es el nombre. Todo lo demás es cierto, y resume cómo actúan los chantajistas de su tipo. En su caso, su pareja se llamaba Begoña. A los 15 años comenzó una relación con Lorenzo que se alargó durante una década y ha dejado huella: “Me hacía sentir pequeñita y actuaba de un modo siempre beneficioso para él, pero haciéndome creer que era yo la que salía beneficiada”. Afortunadamente, Lorenzo comparte psicología y técnicas con otros como él y esta historia es la de cómo se detectan y anulan sus malas artes.

El control de Lorenzo sobre Begoña estaba basado en dos cosas que no se rechazan a las primeras de cambio: promesas y buenas palabras. Por ejemplo, si ella organizaba un viaje con sus amigas, él se descolgaba poco después con planes para ambos que casualmente les ocuparían las mismas fechas. Cuando Begoña se disgustaba, llegaba la compensación en forma de zalamería: “Me decía que es que no quería perderme, que me adoraba y no quería que me fuera de su lado…”. Siempre decía que estaría a su lado para siempre, que era el amor de su vida e, incluso, que daría la vida por ella. Y ella lo dejaba todo por él. Una y otra vez.

Por si eso no era suficiente, los regalos hacían su parte. “Muchas veces desaparecía fines de semana enteros y luego me hacía un regalo. Empecé a sospechar que me era infiel y, tras cada una de las discusiones que manteníamos sobre eso, también me regalaba cosas”, recuerda Begoña. “Empecé a saber cuál era un regalo porque sí y cuál era un regalo de arrepentimiento”, añade. No eran humildes detalles ni dádivas discretas; después de la primera vez en la que detectó que su pareja podía estar engañándola, trató de compensarle con un espléndido viaje a París. “Nunca reconocía que lo que me regalaba era por la discusión que habíamos tenido ni para pedirme perdón, simplemente aparecía con un regalo. Muchas de esas veces me mandaba flores al trabajo, y creo que ahora odio las rosas rojas porque me recuerdan a aquello.

Parece una conducta exagerada, pero es habitual en la variante de chantajista de las emociones que se conoce como ‘seductor’, que, según los expertos, es el que más cuesta detectar. Existen otros tipos, con técnicas más previsibles. Por ejemplo, los castigadores tratan de doblegar a la víctima a través de enfados y castigos. Los autocastigadores, por su parte, son aquellos que amenazan con infligirse a sí mismos un daño si no obtienen el bien deseado —aquí entrarían aquellos que han pronunciado a veces con ligereza la expresión “si me dejas, me mato”—, y también están los silenciosos, que utilizan el silencio para lograr que su víctima se sienta verdaderamente incómoda.

Cómo detectar a un manipulador y desarmar sus intrigas

Alrededor del 3% de la población puede catalogarse como tal, y son capaces de estar muy cerca sin que se note su presencia.

El sistema operativo del chantajista seductor es complejo, y pasa por acceder al inconsciente de sus víctimas y prometerles que satisfarán sus deseos más íntimos, anhelos del calibre del amor eterno. “A través del chantaje van a intentar conseguir sus objetivos, esa forma de adularte busca que te sientas muy querido y cuidado. Los regalos siempre son un caramelito, es difícil ponerse a la defensiva cuando se recibe un regalo, pero ellos nunca los entregan gratis, siempre van a querer algo a cambio: que les correspondas, que no les abandones, controlarte…”, dice la psicóloga clínica Lara Ferreiro, de El Prado Psicólogos. Y advierte de que hay que prestar mucha atención a estas actitudes, pues a veces son el comienzo de una relación de maltrato psicológico.

Ante la duda, hay que evaluar las promesas para determinar si son vacías, y cerciorarse muy bien de que la adulación no se convierte en un trato nocivo. “Al principio de la relación él decía que me apoyaba en mis cosas, pero cuando acabé la carrera y conseguí un buen puesto en una editorial, en el que tenía que viajar muy a menudo, acabó por soltarme frases tan terribles como que yo era una ‘snob’ de aeropuerto y gimnasio”, recuerda Begoña. Este cambio de las palabras dulces a la ira tiene su explicación. Ferreiro subraya que los chantajistas emocionales seductores despliegan sus encantos y sus estratagemas hasta que advierten que su víctima ha caído en la trampa: “Cuando ya sienten que estás enamorada y hay un vínculo fuerte esas promesas pueden evaporarse, tú piensas que la persona es así, pero luego eso desaparece. Son lobos con piel de cordero”.

La sutileza y el hecho de que se esconda bajo elementos aparentemente positivos, como son los regalos y las promesas, ciertamente convierte a este tipo de chantaje emocional en un arma de manipulación muy refinada (no es la única), pero hay una serie de señales que pueden ayudar a que las alarmas salten a tiempo. Por ejemplo, sentir culpa frecuentemente y hacer cosas que no queremos con el fin de que disminuya este sentimiento. “Para que no salgas por tu cuenta te pueden decir ‘me encuentro mal, pero no te preocupes, tú vete con tus amigos, que ya me quedo yo aquí solo…”, apunta la psicóloga.

Otra de sus tácticas es la del aislamiento progresivo mediante la crítica al entorno, algo que conoce bien Begoña: “Siempre intentaba ponerme en contra de los amigos que me advertían de su forma de ser. No quería que tuviera a mi alrededor gente que pudiera trastocar sus planes. Decía de ellos que eran unos metomentodo, unos cotillas…”. Por último, del mismo modo que los chantajistas silenciosos, es frecuente que empleen lo que los expertos llaman un silencio congelado o castigo de silencio, con el que castigan a su víctima cuando esta les anuncia una decisión que puede entorpecer sus planes. Pero hay que hablar para romper la dinámica, y con mucha claridad.

Si te proponen hacer tu trabajo, sube la guardia

Las relaciones de pareja son un campo abonado para este chantaje emocional, pero que no te hayas topado con ellos en este contexto no significa que estés a salvo. Pueden actuar en otros universos, como en el de hijos de padres separados. Los progenitores, tras una separación o el divorcio, con frecuencia entran en liza y quieren granjearse el afecto de sus hijos y que estos les apoyen más a ellos que a su expareja. “Es habitual, y yo lo veo en consulta, que un padre, por ejemplo, compre el silencio de sus hijos con regalos para que estos no le digan a su madre que ha empezado una relación con una persona nueva”, revela Ferreiro.

Las oficinas (y tiendas, talleres, fábricas…) también son testigos de cómo urden sus planes estos expertos del chantaje. En este caso, el regalo envenenado viene en forma de ayuda con la carga laboral, pero lo más aconsejable es que lo rechacemos si no estamos dispuestos a otorgar la contraprestación que pensamos que pedirá después. Si no entramos en el juego, es relativamente sencillo ponerle límites a este tipo de chantaje y las técnicas para mantener a raya a un chantajista emocional son siempre las mismas, independientemente de que sea nuestra pareja, nuestro amigo, compañero o familiar.

En el momento de poner los límites y rechazar el regalo, es importante no olvidar nuestros objetivos a pesar de la verborrea incesante que el chantajista puede llegar a desplegar. Para eso es recomendable emplear el llamado ‘banco de niebla’, por el cual le comunicamos que entendemos cómo se siente, pero que no vamos a permitir las actitudes que venimos viendo en él, o también la técnica del ‘disco rayado’, por la que repetiremos siempre el mismo discurso ante el chantajista. “Podemos decirle que está muy bien que nos compren un bolso, pero que no por ello vamos a hacer determinada cosa o a perdonarles una falta. Se trata de descubrirles de un modo elegante”, concluye la terapeuta.

lunes, 26 de octubre de 2020

Equilibra tu vida y gánale al stress

MARIANA ALVEZ     |     Uruguay   |    6/10/2020

La ansiedad y el stress son moneda corriente en nuestra actualidad así que quiero compartirte unos consejitos para que puedas aprender a equilibrar al cortisol, hormona responsable de que te sientas abrumado y sobregirado cuando se segrega en exageración.

El cortisol puede ser segregado en exceso cuando te enfrentas a situaciones estresantes de manera frecuente y sostenida, cuando estás inmerso en vínculos tóxicos, al haber experimentado un trauma fuerte, cuando no descansas lo suficiente, cuando te sobreexiges constantemente, por conflictos emocionales, hacer demasiadas cosas en un día, exceso de cafeína, etc.

El cortisol elevado de manera frecuente trae diversas consecuencias como cambios bruscos de humor e irritabilidad, inquietud, sudoración, sentimiento de estar acelerado, pensamientos obsesivos o rumiantes, aumento de presión arterial, dificultades para conciliar o mantener el sueño, ganancia de peso, inflamación en el abdomen.

Para poder encontrar el equilibrio debes propiciar el ambiente para ello, a través de ciertos cambios que puedes implementar.

Relájate luego de haber estado demasiado activo, el constante hacer y hacer nos agota. Bríndale a tu cerebro ocio reparador y no te repletes de cosas.

Baja los niveles de exigencia, deja de creer que tienes que ser perfecto y exigirte para alcanzar la perfección, es importante que te dejes de exigir ser amado y aceptado por todo el mundo, que todo te tiene que salir bien, tener éxito en todos los sentidos, complacer a los demás. No todo es tu responsabilidad, hay que aprender a soltar, tú eres suficiente y no tienes que demostrarle nada a nadie.

 Organiza tus tiempos, evita acumular pendientes e ir a prisa

 Resuelve lo que te preocupa, deja de preocuparte y empieza a ocuparte, en resolver aquellas cosas que no te gusta que estén pasando o que no quieres que sucedan. Distingue cuándo hay que soltar el control, cuándo no te corresponde resolverlo todo, y poner tu atención en el presente.

Ten relaciones positivas y deja ir a quienes te hacen daño

Siéntete seguro de ser ti mismo, cuando tienes ansiedad, tienes miedo a ser tu mismo, miedo a que te rechacen. Deja de lado la expectativa o creencia de “tengo que ser amado y aceptado por todas las personas, y convertirme en otra persona para lograr su aceptación”. Date el permiso para ser tu mismo, mostrarte como eres, y poco a poco suelta la opinión o aceptación de los demás.

Sana el trauma, puedas hacer un trabajo terapéutico para sanarlo, acompañado de un psicólogo para que puedas dejar de mandar la información a tu cerebro de “estoy en peligro”, cuando en realidad ya no lo estás.

Tu cuerpo está hecho para mantener su equilibrio interior, enfócate en potenciar tu bienestar, invierte tiempo para tener más momentos de relajación en el día, que de los de activación interior (o sea, emociones fuertes o preocupaciones).

El desgaste físico de hacer muchas cosas resiente al cuerpo, pero el desgaste mental afecta tus emociones, comienza con pequeños cambios y poco a poco irás construyendo tu equilibrio que te permitirá tener la vida que deseas.

sábado, 24 de octubre de 2020

¿Cómo nos puede afectar psicológicamente un nuevo confinamiento?

RAQUEL SAEZ    |   La Vanguardia   |   02/10/2020

Varios especialistas nos dan las claves para afrontar las nuevas restricciones y ponen en valor la figura del psicólogo durante esta crisis sanitaria.

Hace meses que salimos del confinamiento general, pero la alta incidencia del coronavirus amenaza a muchos territorios con volver a esa situación. La Comarca del Segrià (Lleida), A Mariña (Lugo) o Lorca (Murcia) son solo algunos de las zonas que han tenido que dar marcha atrás. La ciudad de Madrid podría unirse a ese grupo de territorios que han sufrido un nuevo confinamiento, si finalmente se siguen las recomendaciones del Ministerio de Sanidad.

Claves para afrontar el confinamiento

Pero, ¿estamos preparados para enfrentarnos a otro confinamiento? “Lo más importante es procurar mantener el equilibrio psicológico y recordar la importancia de asumir y aceptar nuestras emociones. Es decir, si estamos mal lo aceptamos, pero no nos quedamos ahí, sino que vamos a buscar la solución, un plan para evitar las emociones negativas”, explica la tutora del Máster Internacional en Psicología de Catástrofes, crisis y emergencias del Instituto HES, Irene Solano.

La experta da algunas claves para afrontar esta situación: encontrar distracciones y ocupaciones, evitar la sobreinformación para reducir la ansiedad, mantenerse activo realizando ejercicio físico y practicando aquellas actividades que más nos gusten, establecer una rutina para mantener la máxima normalidad posible frente a la situación y reforzar las relaciones sociales con nuestros seres queridos.

Nadie nos preparó para afrontar una crisis sanitaria. Por eso, nuestra reacción puede ser desigual, según cada persona. “Reacciones como el estrés postraumático, la ansiedad, desgana o impotencia son habituales en estas circunstancias. Estos desequilibrios del estado de ánimo vienen acompañados de alteraciones relacionadas con el sueño, la alimentación y otros hábitos. Situaciones como la actual alteran el ritmo de vida y producen una mayor inestabilidad emocional por el miedo, la incertidumbre y la falta de control que desencadenan sobre nuestra vida”, apunta Solano.

No solo los adultos sufren las consecuencias de un nuevo confinamiento. También hay que vigilar la reacción de los más pequ eños de la casa, los niños. Según el estudio Seis semanas de confinamiento: Efectos psicológicos en una muestra de niños de Educación Infantil y Primaria, desarrollado por académicos de la Universidad Complutense de Madrid y la UNED, las consecuencias del primer encierro no han sido tan duras como cabría esperar.

Entre las conclusiones, los niños entre 8 y 10 años han desarrollado un mayor bienestar emocional durante el confinamiento, debido especialmente a una menor presión por la rutina diaria. El 30% de los menores encuestados han comentado sentirse a gusto en sus casas con su familia durante en confinamiento. Paradójicamente, es en los niños de hasta 6 años dónde sí que se han encontrado casos más ansiosos e hiperactivos. La alimentación, el rendimiento académico o la falta de descanso han sido motivos de estrés y ansiedad en algunas ocasiones para los más pequeños de la casa.

“La afectación dependerá de diferentes factores como puede ser la edad, la situación socio-económica, los trastornos mentales o del desarrollo previos, la violencia de género o situación de maltrato infantil, etc. Todavía no hay estudios concluyentes puesto que es una situación que aún estamos experimentando, pero se sabe que el confinamiento puede causar trastornos de ansiedad, problemas de aprendizaje, exclusión social, disminución de autoestima, dificultades en las relaciones sociales, así como problemas en el desarrollo psicomotor, entre otros”, sostiene la profesora del Máster en Psicología infantil y juvenil y Máster en Coaching e Inteligencia Emocional de ISEB, Sara Matarredona .

Ante un confinamiento, la comunicación con los niños es clave. “Tenemos que dar la información contrastada y adaptada a cada grupo de edad, transmitiendo seguridad y mostrando tranquilidad. Además, es esencial dejar a los niños y adolescentes expresar sus sentimientos y emociones, escuchar su opinión, y resolver sus inquietudes siempre que se disponga la de la información válida y fiable. Acompañarlos en su estado emocional, ayuda al afrontamiento de cualquier situación”, recuerda Matarredona .

Apostar por el asesoramiento

En este contexto, el asesoramiento por parte de un especialista es esencial. El papel de los psicólogos es clave para afrontar esta crisis sanitaria. Además, se trata de un perfil profesional reforzado por la pandemia del coronavirus. El interés por este sector crece y es determinante elegir un buen programa formativo, que refuerce los conocimientos del usuario. En el caso de CEAC, apuestan por potenciar “cursos cada vez más necesarios en los tiempos que vivimos”, aseguran desde el centro. Ante un posible desbordamiento emocional de los menores, argumentan que cursos como el de Técnico en Psicología Infantil y Juvenil son más necesarios que nunca.

“El papel del psicólogo tiene una especial repercusión en situaciones de crisis de cualquier índole. Este profesional puede ayudar a las familias en particular, y a la sociedad en general a reforzar y potenciar las estrategias de afrontamiento que todo ser humano posee, y crear nuevas en caso que sea necesario”, explica Matarredona.

“El rol principal es conocer, comprender y regular las emociones negativas en situaciones de crisis, para poder guiar al paciente en la mejora de su estado emocional. Para ello, es indispensable que los profesionales en Psicología se informen correctamente sobre la situación actual para evitar estados de ansiedad y ayudar a las personas afectadas”, termina Solano.

"Sin autoestima no se puede sacar partido a la vida" - Luis Rojas Marcos

ANTONIO LOZANO   |   La Vanguardia   |   21/10/2020

El psiquiatra andaluz, profesor en Nueva York, defiende el optimismo como elemento clave para una existencia saludable

El optimismo se presta a muchos malentendidos y auto sabotajes, asegura el doctor Luis Rojas Marcos (Sevilla, 1943), quien fuera Jefe de los Servicios de Salud Mental del municipio de Nueva York y director del sistema de sanidad y de hospitales públicos de la misma ciudad. Por citar unos pocos: nadie es monolíticamente optimista o pesimista; contamos con un amplio margen de maniobra a la hora de potenciar una visión optimista de cuanto nos rodea; cometemos un gran error abandonándonos a pensamientos del tipo “que sea lo que Dios quiera”; en ningún caso deberíamos confundir optimismo con ingenuidad. Convendremos que el marco de angustia e incertidumbre generalizados provocado por la pandemia revisten su reciente ensayo divulgativo Salud y optimismo. Lo que la ciencia sabe de los beneficios del pensamiento positivo (Grijalbo) de una pátina de manual de supervivencia.

A sus 78 años, el hoy profesor de Psiquiatría en la Universidad de Nueva York y director ejecutivo de Médicos Afiliados de Nueva York -una organización sin ánimo de lucro compuesta de cuatro mil médicos y profesionales de la salud- sabe muy bien de lo que escribe cuando aborda la naturaleza y las propiedades del optimismo, tanto por su relumbrante hoja de servicios -basta citar su papel en la atención a las víctimas y familiares del 11S como miembro de Consejo de Emergencias- como por sus propias heridas emocionales -entre ellas la pérdida de un hijo y haber sufrido dos depresiones. Rojas Marcos atendió por Zoom a Magazine Lifestyle desde su apartamento de Manhattan mostrando una afabilidad y un sentido del humor que refuerzan los argumentos expuestos en su libro.

PREGUNTA.- La primera pregunta es obligada. ¿Cómo está llevando la crisis actual del coronavirus tanto a título personal como laboral?   |   RESPUESTA.- Personalmente tengo suerte porque no me ha afectado, me he protegido bien y no ha interferido en mi capacidad de disfrutar de la vida. A nivel profesional es otro cantar, pues en tanto que coordinador de un amplio equipo médico en diversos hospitales públicos, incluyendo los de algunas cárceles, de Nueva York, he estado en contacto diario con enfermos. La incomunicación con los familiares y lo mucho que se está extendiendo la enfermedad complican mucho el panorama. El sector sanitario se enfrenta a una situación muy compleja.

P.- En el actual contexto de pandemia global, ¿estamos más necesitados que nunca de optimismo, en sentido literal, pues quizá el miedo y el malestar no han estado jamás tan extendidos como en estos momentos?   |   R.- Sin duda, las Guerras Mundiales, por ejemplo, estaban acotadas y en ellas el enemigo era visible. El coronavirus atenta contra nuestro sentido de futuro, la mitad de nuestras conversaciones versan sobre lo que vamos a hacer mañana, las próximas vacaciones, el año próximo… Al resquebrajarse este pilar de nuestra existencia y expandirse la incertidumbre -sólo hemos de pensar en los millones de personas desempleadas-, se disparan la angustia y la vulnerabilidad, con el riesgo de derivar en depresión.

P.- ¿Qué es el optimismo?   |   R.- "Hemos de explicar un poco lo que es el optimismo. Los escritores y filósofos del siglo pasado tenían una visión muy negativa del mismo, lo asociaban a la ignorancia y la ingenuidad. En la década de los 90 del siglo pasado empieza a estudiarse de un modo más científico, coincidiendo en el tiempo con la medicina de la calidad de vida. Ya no se trata sólo de curar enfermedades sino de mejorar y alargar la vida. En farmacología la primera medicina que va en esta dirección es la píldora anticonceptiva. También comienzan a analizarse los beneficios del ejercicio físico. En este contexto, el optimismo se pone bajo la lupa y se descubre ligado al concepto de esperanza -pensar que lo que deseamos va a ocurrir- y al descubrimiento del centro de control dentro de uno mismo -poder decirnos: 'yo soy capaz de hacer algo para salir de aquí y por protegerme', en vez de fiarlo todo a la suerte. Otro rasgo del optimismo está vinculado a la forma de explicarnos las cosas. Dado que el cerebro humano no funciona sin explicaciones, todos con el tiempo desarrollamos nuestro estilo explicativo, de modo que las personas más optimistas se caracterizan por no culparse ante los fallos y por pensar que el daño se va a arreglar. Y otro ingrediente del optimismo es la memoria biográfica positiva, es decir, centrarse en los buenos recuerdos a la hora de enfrentarnos a una adversidad".

P.- Comenta en su libro que “catalogar a las personas de optimistas o pesimistas no hace justicia a la complejidad de la perspectiva humana”. ¿Por qué fomentamos pues una visión tan reduccionista de nosotros mismos?  |  R.- Salvo las víctimas de depresión, todos somos un poco optimistas. Tendemos a simplificar en exceso, “este es listo y este es tonto”, “este es guapo y este es feo”… lo que sólo nos conduce a emitir juicios rápidos, a cerrar la puerta a la complejidad que implica cualquier reflexión en profundidad. Esta forma binaria de pensamiento, que se nos inocula desde la infancia, está en la base de grandes problemas como el racismo o la discriminación social.

P.- También sostiene que “la gran mayoría de los hombres y mujeres de cualquier edad, estrato social o lugar de procedencia, encaja dentro del amplio grupo de optimistas”. ¿Puede que tengamos la impresión contraria ya que, por motivos dramáticos, estamos rodeado de ficciones protagonizadas por seres atormentados y hundidos?   |   R.- A las ficciones que comentas se suma el sesgo de las noticias periodísticas. Yo ya me he acostumbrado a decir “vamos a ver las malas noticias”. Aquí tiendo a sintonizar el canal público de televisión, el PBS, porque me parece el más equilibrado entre tragedias y alegrías. Sin embargo, en general, el 99,9% de noticias son negativas. Los responsables de las cadenas lo justifican aduciendo que esto es lo que hace que la gente se conecte. Si de los seis millones de neoyorquinos, dos individuos no vuelven a casa por la noche, esto es noticia. Ahora bien, por lo general basta con preguntarle al que cree que el mundo es un desastre total cómo le va a él la vida para obtener una respuesta positiva.

P.- Asimismo pone el acento en la influencia del ambiente y de las circunstancias en las que nos desarrollamos en la composición de nuestro temperamento, en oposición a los que lo achacan todo a la genética. R.- Los genes juegan sin duda un papel determinante, para bien y para mal. Lo vemos en una unidad de recién nacidos, donde algunos bebés ya berrean desde el minuto uno y otros duermen plácidamente. Por ponerme como ejemplo: ¡me han diagnosticado una diabetes pese a cuidar mucho la alimentación y hacer mucho ejercicio físico! Ya… pero es que algún pariente me lo ha transmitido. Dicho esto, también desarrollamos nuestra personalidad, nuestra forma de ver la vida, nuestras creencias… el medio en el que crecemos va a tener un impacto tremendo sobre nuestros genes. Puedes tener unos genes estupendos pero, si has crecido en un ambiente terrible, seguramente te enfrentarás a muchas adversidades. En definitiva, es una mezcla entre lo que traes de serie y tus experiencias -y aquí los primeros 15/20 años son fundamentales- y, ojo, también lo que decidas aprender, esto es, el tiempo, le energía y la motivación para cambiar rasgos negativos de tu personalidad.

P.- Insiste a lo largo del libro en la necesidad de fortificar los aspectos favorables de nuestra naturaleza y de recurrir al estilo optimista de explicar las cosas. ¿Por dónde empezar? | R.-Lo primero es identificar el problema y hacerse la pregunta -por ejemplo, ¿cómo puedo ver la vida de otra forma?, o, ¿cómo mejorar las relaciones con mi entorno?-, luego hay que dar el paso de concretizar -por ejemplo, explorar aquello que te traiga satisfacción y diversión ante un cuadro de infelicidad permanente. Aquí no hay magia que valga, uno ha de reflexionar, organizarse y aceptar que en muchos caso vamos a necesitar de la ayuda de terceros. Es un proceso que requiere conciencia y trabajo.

P.- “Una visión favorable del pasado nos predispone a abordar con confianza los retos que se cruzan en nuestro camino”, escribe. No ser muy duros con nuestro yo de antaño y saber perdonar a quienes nos hicieron daño es fundamental para encarar lo que nos viene  |  R.-Hay que esforzarse por no estancarse y pasar página. Es normal sentirse víctima durante un tiempo si hemos sufrido daño y agravios pero enrocarnos en una identidad de víctima es muy pernicioso. Agarrarse a un pasado doloroso te roba la flexibilidad y la esperanza. Las asociaciones de víctimas son muy útiles al principio pues son lugares que te ofrecen apoyo y solidaridad pero tienen caducidad, deben ser pasajeras.

P.- “De todas las opiniones que nos formamos a lo largo de la vida, la más relevante es la que nos formamos de nosotros mismos”, comenta. ¿Cuál es la vía más eficaz para corregir una baja autoestima?  |  R.- Sin una autoestima moderada o positiva no se puede sacar partido a la vida. El primer paso es valorar qué aspectos de nosotros mismos, ya pertenezcan a nuestro físico o a nuestra forma de ser, nos causan molestar o nos acarrean problemas. Hay que estar muy atentos al salto que se produce entre no gustarnos y rechazarnos con virulencia (“no valgo para nada”), lo que puede alertarnos de la gestación de una depresión. Una vez detectado el mal hay que apuntarlo, comprenderlo y, si es necesario, buscar ayuda.

P.- Destaca la relevancia de la extroversión, de compartir nuestras emociones y sentimientos, de desahogarnos, de poner orden en nuestros pensamientos… por medio de la conversación. ¿Diría que esta necesidad humana tan básica está más amenazada que nunca por el aislamiento y la desconexión que provocan las pantallas?  |  R.- El ser humano está hecho para hablar -ojo, también para hablar en alto, para nosotros mismos, pese a su mala fama es muy útil a la hora de ver cómo nos vemos y tratamos- y compartir. Hoy tenemos un problema en la comunicación física, cara a cara, pero no hay que perder de vista que la tecnología también nos ayuda a comunicarnos, en estos tiempos de pandemia ha sido un salvavidas, imagínate no haber contado con móviles ni ordenadores. La tecnología por sí sola no es el problema, lo es qué uso hacemos de ella.

P.- Establece una distinción entre la valoración del optimismo como negativa entre Europa y como positiva en Estados Unidos. ¿A qué lo achaca principalmente?  |  R.- La culpa de su estigmatización europea la achaco a los filósofos y los líderes religiosos del siglo XVII, XVIII y XIX, los sabios de quienes emanaba la educación del pueblo, proclives a vernos nacidos con pecado o perversión incorporados. En Estados Unidos, por el contrario, el optimismo está glorificado, pobre de ti si en una entrevista de trabajo no te defines como tal. Aquí cunde la idea de que a más optimista y feliz, más posibilidades de ser reconocido y compensado en la otra vida. Es una exigencia muy nociva porque el infeliz automáticamente se ve como un fracasado y lleva, en general, a la negación de los problemas y a marcarse unos objetivos inalcanzables. Al mismo tiempo, la cultura de la queja en España, con el consiguiente efecto de ir minando el optimismo, no me parece menos perjudicial.

P.- Quizá por efecto contagio de Estados Unidos, ¿no existe asimismo en Europa una obsesión creciente con el bienestar y la felicidad, quizá impulsada en parte por la industria de la autoayuda? Es como si a las personas no se nos permitiera o se nos castigara por no estar bien y animosa y radiante las veinticuatro horas del día.  |   R.- Hay contagio, indudablemente. Para empezar no deberíamos recurrir al término felicidad, muy contaminado, sino al de satisfacción. Pensar en términos de la primera es poner el listón muy alto y referirse a algo que resulta bastante inalcanzable. Al principio yo definía mis libros como de autoayuda pero hoy reviste unas connotaciones denigrantes, algo superficial y que carece de base científica, limitado a lanzar consejos del tipo “quiérete a ti mismo”, de modo que ahora huyo de la etiqueta como de la peste. En Estados Unidos sigue teniendo una pátina positiva porque la idea de autoayuda surgió en el seno de los grupos de alcohólicos anónimos, quienes decidieron reunirse con regularidad para ayudarse unos a otros sin el auxilio del terapeuta oficial, los cuales se demostraron muy útiles.

P.-Se detecta cada vez más resistencia a recurrir al lenguaje bélico al abordar enfermedades, el ejemplo más extendido es el cáncer, contra el cual siempre se anima a luchar y batallar. ¿No encierra algo perverso depositar tanta responsabilidad en los esfuerzos de los pacientes?   |   R.- El lenguaje al que recurrimos puede convertirse en una carga adicional para los pacientes, quienes no sólo han de hacer frente a tratamientos dolorosos y a la angustia y al miedo sino que se ven exigidos a sacar unas fuerzas y una actitud de las que no disponen. Estamos delante de un gran error. Ahora bien, si el médico percibe que el paciente está perdiendo la esperanza y la ilusión, sí que debe, evidentemente, intentar ayudarle y fomentar un cambio, Pero el camino no es decirle “luche, luche, luche” sino hablar del problema, ponerse en contacto con los familiares, recurrir a una medicación…

P.- ¿No debería el sistema educativo enseñarnos con mucha más determinación a cuidar de nuestra salud mental y física?   |   R.- Sería esencial. Yo empezaría por enseñar a los niños, a partir de los cinco o seis años de edad, a hablar consigo mismos y además a tratarse con cariño en el proceso. La calidad de vida arranca aquí, esto va a contribuir a que se sienta mejor y a que su corazón funcione mejor. De modo que, desde primaria, tendría que haber una asignatura de salud física y una de salud mental que animara a expresar las emociones y sentimientos de los alumnos. Recordemos que la definición oficial de salud que da la Organización Mundial de la Salud comprende “el estado completo de bienestar físico, psicológico y social”.

P.- En un momento del libro confiesa haber sufrido una depresión. ¿Qué lecciones extrajo de una experiencia tan difícil?  |  R.- La tristeza es más gestionable si sé qué me la provoca y se complica cuando no detectamos la fuente. La pérdida de energías, ganas e ilusión es la evidencia más clara de que nos encaminamos hacia una depresión. Yo he tenido la suerte de conocer los síntomas para buscar ayuda y ponerles remedio a la mayor celeridad posible, es decir, la detección temprana es clave. De nuevo, sin tener conciencia de enfermedad o problema no podemos hacer nada porque no hay motivación y reacción.

P.- Es conocida su afición a los maratones. ¿Qué le ha aportado a su vida el ejercicio físico en general, y una prueba tan exigente como el maratón en particular?  |  R.- Llegué muy tarde al ejercicio físico, ya en la cuarentena, y lo hice por recomendación de un amigo ante la situación de elevado estrés laboral que atravesaba y que me llevaba a sufrir de hipertensión. Me compré una cinta para correr en el dormitorio y enseguida noté cómo mejoraba mi presión arterial y mi estado de ánimo por lo que quedé enganchado. Ya en el año 92 me plantearon el reto de participar en un maratón y, como los desafíos siempre me han estimulado mucho en la vida, me animé. Desde entonces he participado en todas las ediciones, salvo esta última que se canceló por el coronavirus, aunque ahora me cueste cinco horas y media completarlo. La constancia nunca me ha faltado. Puede sonar exagerado pero quizá sin el ejercicio físico no estaría hoy vivo.