Desde distintos frentes, tanto
políticos como sociales y sanitarios, se insiste en la importancia de cuidar la
salud mental y en la necesidad de hablar de ello sin tapujos, pero aún quedan
escollos que siguen siendo objeto de estudio y análisis
Desde la pandemia
el interés por la salud mental no solo se ha normalizado
sino que ha crecido de forma exponencial. Se aprecia en el aluvión de libros publicados sobre psicología,
desarrollo personal y autocuidado, en las apuestas editoriales de los medios de comunicación, en los temas tratados en pódcasts, en los contenidos de las redes sociales,
especialmente en las cuentas de instagram y Tik Tok de los principales
divulgadores, en talleres, cursos y retiros y en decenas de formatos creados en
los últimos años para dar visibilidad tanto a la salud mental como al bienestar
físico, mental y emocional.
Desde distintos frentes, tanto políticos como sociales y sanitarios, se
insiste en la importancia de cuidar la salud mental y en la necesidad de
normalizar y visibilizar un sufrimiento que, aunque no sea visible como las
enfermedades físicas, provoca un profundo malestar en quienes lo padecen. Y
parece que en este sentido se ha avanzado pues ya se habla sobre el tema sin
tapujos. Sin embargo, aún quedan unos cuantos escollos por superar.
Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, hacemos un repaso de algunas de
las reflexiones que en la actualidad forman parte de la conversación y que son
objeto de análisis y estudio para seguir mejorando.
1. El trabajo,
atención prioritaria
La salud mental
puede llegar a representar hasta el 8% del coste total de la nómina anual,
generando una presión significativa sobre la rentabilidad y la operativa de las
empresas. Según los datos de ifeel, las empresas que invierten de manera proactiva
en la salud mental de los empleados obtienen una mejora en sus finanzas, lo que
resulta en una ventaja competitiva respecto a otros
actores del mercado que no ven la salud mental como un activo estratégico.
La especialista en bienestar emocional ha compartido
una reflexión sobre el agotamiento interior que sufren muchas personas en la
actualidad
La
doctora Marian Rojas Estapé ha vuelto a poner el foco en un tema que cada vez
preocupa más: la delgada
línea entre la tristeza, la apatía y la depresión. Durante una
intervención en @Sanandotupsique, la psiquiatra reflexionó sobre cómo muchas
personas interpretan el vacío
existencial como una enfermedad, cuando, en realidad, lo que les
ocurre es que han perdido la ilusión por vivir.
“Mucha gente no tiene una depresión, lo que tiene es una vida vacía”, afirmó
Rojas. La autora de Cómo hacer que te pasen cosas buenas insistió en que el
problema no siempre es químico o clínico, sino emocional y vital. Según
explicó, cuando una persona se levanta sin propósito ni motivación, su cerebro
“se va apagando a lo largo del día”.
Durante su intervención, la psiquiatra relató la
historia de Ana, una maestra jubilada que había dedicado su vida a la
enseñanza. Sin familia ni proyectos nuevos, su día a día se había convertido en
una sucesión de horas vacías. “Mi padre le dijo: Se te ha vaciado la vida”,
recordó Rojas. La clave fue sencilla: retomar actividades que despertaran su
interés. “Llamó al ayuntamiento de su pueblo, preguntó
por clases de pintura y baile, y en un mes era otra persona”, explicó.
El caso de Ana, según Rojas, es representativo de una
realidad más común de lo que parece. “Cuando
perdemos las ilusiones, se nos arruga el corazón”, apuntó la
especialista, subrayando la importancia de mantener viva la curiosidad y el
contacto social como parte de la salud mental.
Rojas
sostiene que la ilusión es una de las fuerzas más poderosas del ser humano. “El
cerebro se transforma cuando hay ilusión. Las moléculas del organismo cambian,
la energía vital se renueva”, afirmó. Por eso, recomienda buscar pequeñas metas que generen entusiasmo:
un hobby, un proyecto, una nueva rutina o algo tan simple como una conversación
significativa.
En su
visión, muchas personas que hoy creen estar deprimidas, en realidad, están
desconectadas de aquello que les daba sentido. El vacío no siempre se llena con
medicación, sino con propósito. Y, para ella, ese propósito
se alimenta a través de la acción: apuntarse a una actividad, ayudar a otros,
aprender algo nuevo o recuperar una afición olvidada.
La
psiquiatra recuerda que no todas las etapas difíciles requieren tratamiento
farmacológico. “Hay que aprender a
reactivar la ilusión, porque sin ella la mente se marchita”, afirma.
De ahí su insistencia en que el bienestar emocional no depende solo de las
circunstancias, sino también de la actitud ante la vida.
Con su habitual tono cercano y realista, Rojas
lanza un mensaje esperanzador: incluso cuando todo parece perdido, es posible
recuperar la chispa. “No hay
felicidad sin tener ilusiones”, concluye. Una frase que resume su
filosofía vital y que invita a mirar hacia dentro para volver a encender el
motor del entusiasmo.
¿Para
qué vivimos? Esa es la pregunta que la filosofía se hace desde hace siglos.
Viktor Frankl planteó su propia respuesta: vivimos para encontrar un sentido a
nuestra existencia..
A lo largo de
la historia de la humanidad, muchos se han preguntado en qué consiste la
felicidad. ¿Es, como decía Freud, la búsqueda del placer lo que nos conduce a
la satisfacción? ¿O, como decía Alfred Adler, se trata de una búsqueda
insaciable de poder? Placer y poder comparten algo en común: jamás se
tiene suficiente de ninguno de ellos. Siempre se puede tener más. Y
una vez conseguido, se pierde fácilmente.
No, la
felicidad no puede estar en algo tan perecedero como inagotable. La
felicidad no puede hallarse en algo efímero como el poder o el placer. Viktor Frankl,
psiquiatra y superviviente del Holocausto, sabía cuál era la verdad. La vida
es una búsqueda de significado, y solo así se encuentra la felicidad.
El sentido como brújula vital
No cabe duda de
que en el momento en el que nacemos y tomamos conciencia de nosotros
mismos, nos diferenciamos de otras especies. Este hecho es discutible, dado
que hay estudios que indican que ciertas especies animales podrían tener
también algo parecido a la autoconciencia. Sin embargo, nuestro lenguaje nos
permite manifestar esta conciencia propia. Y a partir de ahí, la cosa
se complica.
Si fuéramos
animales más simples, nos bastaría con nacer, crecer, reproducirnos y morir. La
vida transcurriría sin mayores molestias, sin dolores de cabeza. Habría hambre,
dolor y muerte. También satisfacción, placer y vida. Eso es, en
esencia, la vida.
Pero cuando el
hombre toma conciencia de si mismo se hace una pregunta: ¿por qué? ¿Por
qué estoy vivo? ¿Por qué yo y no otro? ¿Por qué?
La filosofía
lleva desde hace siglos intentando dar respuesta a esta pregunta que,
sinceramente, no creo que tenga una sola respuesta. Pero ese, nos dice Viktor Frankl, debería ser el motor de nuestra
existencia. Encontrar esa respuesta. Buscar sentido. Porque solo por medio del
sentido, encontramos consuelo.
¿Por qué?
Es importante
comprender la situación en la que se encontraba Viktor Frankl al momento de
elaborar esta tesis. Durante los años previos a la publicación de su célebre
obra, El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl estuvo
en el campo de concentración de Auschwitz. Allí, la muerte, el hambre, el
dolor y la crueldad eran el pan de cada día.
Sin embargo, en
un poderoso pasaje de su libro, el psiquiatra reflexiona sobre la maravilla de
la vida. Un pescado medio podrido sobre la mesa despierta su interés.
La anatomía de su ojo es un auténtico milagro de la naturaleza, una obra
precisa de ingeniería que tiene un por qué, pese a que no lo terminemos de
comprender. Frankl comprende entonces que la vida no es más que una
búsqueda constante de sentido.
No, el poder viene y va. Un hombre
como él lo había experimentado. Había visto como sus títulos y conocimientos no
le garantizaban nada dentro de un campo de concentración. Tampoco el placer
garantizaba nada. Tan rápido como llegaba, se iba. E incluso en el lugar más
oscuro del mundo, el ser humano seguía existiendo. Y permanecía su deseo de
existir.
El sentido era
la respuesta a todo. Y este solo puede entenderse si comprendemos que
existe otro que le da sentido a nuestra vida.
Todos somos uno
Volvamos a los
animales. Parecen crueles. Un león devora a las crías del anterior macho dominante
solo para asegurarse de dejar su descendencia. Un cuco deposita cuidadosamente
su huevo en un nido ajeno, sacrificando la vida de las crías del pájaro
elegido. Todos buscan la forma de sobrevivir. Pero más allá de la supervivencia
individual, cada especie sobre la faz de la tierra busca algo mucho más
importante: la supervivencia del grupo.
Si el ser
humano pudo evolucionar, sostienen los antropólogos, es porque vivían en
grupo. El esfuerzo colectivo, el carácter sociable de nuestra especie,
es lo que propició nuestra evolución. Perfeccionar formas de comunicarnos entre
nosotros, de fortalecer lazos, es lo que nos hizo convertirnos en lo que somos.
Ese es el sentido que todos buscamos, sin darnos cuenta de que lo tenemos en lo
más instintivo.
El sentido
sigue siendo ahora el mismo que entonces: hacer algo que mejore al grupo.
Garantizar la supervivencia de la especie. Ayudar a las personas que nos
rodean. Dar de nosotros lo mejor de lo que disponemos para ponerlos al
servicio de los demás.
Puede ser una
sonrisa tímida por la calle, un agradecimiento sentido a la persona que te
atiende, un trabajo bien hecho que beneficia a los demás. O cuidar de tu
familia con esmero. Pero solo cuando nos ponemos al servicio del sentido, al
servicio de ese otro que da sentido a nuestra vida, estamos
comprendiendo el verdadero significado de la existencia. Y solo así, podemos ser
felices.
Cuáles son los comportamientos inadvertidos que
afectan la autopercepción y qué estrategias utilizar para fortalecer la
autoestima y mejorar las relaciones personales y profesionales
Sentir inseguridad representa una experiencia común
para las personas, aunque muchas veces no sea percibida ni por quienes la
sufren. De acuerdo con especialistas citados por Verywell Mind, a veces puede manifestarse de forma tan sutil que resulta difícil identificarla. Reconocer estas
señales y comprender su origen constituye el primer paso para enfrentarla y
fortalecer la autoestima.
Según la consejera profesional licenciada y terapeuta
certificada en trauma, Janice Holland, la inseguridad se define como una sensación interna de
incertidumbre. Holland explica a Verywell Mind que este estado suele darse como resultado de traumas
no resueltos o necesidades emocionales insatisfechas, factores que generan una
vigilancia constante del entorno y una búsqueda continua de validación externa.
Esta dinámica conduce a analizar en exceso las propias acciones y a cuestionar
el valor o las capacidades, sobre todo en determinados contextos sociales.
El impacto de la inseguridad trasciende el plano
individual. Aunque se experimenta de forma interna, influencia de modo directo
la manera en que las personas interactúan con el mundo y con quienes las
rodean. En lugar de actuar con confianza, la inseguridad motiva a responder con
temor, lo que afecta la calidad de los vínculos, así como la autopercepción.
Señales de inseguridad en la vida cotidiana
Existen 9 señales sutiles que, según los expertos
consultados por Verywell Mind, pueden indicar la presencia de inseguridad
diaria:
1.Exceso de disculpas: solicitar perdón es parte de la convivencia, pero
hacerlo de manera constante puede reflejar temor a ser una carga o cometer
errores. Holland señala que quienes se disculpan en exceso suelen dudar de su
valor y tienden a minimizarse para ser aceptados, con el objetivo inconsciente
de evitar el rechazo y mantener la armonía. Este comportamiento puede generar
tensión innecesaria en los vínculos.
2.Dificultad para aceptar cumplidos: la
neuropsicóloga Sanam Hafeez,
directora de Comprehend the Mind,
indica que rechazar o restar valor a los elogios revela inseguridad. La
incapacidad de aceptar un cumplido y la respuesta con autocrítica evidencian
problemas de autoaceptación.
3.Necesidad constante de validación: buscar
aprobación reiterada, ya sea en forma de reafirmación o halagos, termina
debilitando las relaciones y demuestra una falta de confianza en las propias
decisiones y habilidades.
4.Aislamiento social: la inseguridad
puede llevar a evitar reuniones o a permanecer en silencio en grupos por miedo
al juicio o a no encajar. Hafeez advierte que este aislamiento alimenta la
sensación de insuficiencia y limita las oportunidades de conexión.
5.Evasión de desafíos: Holland
explica que evitar retos o preferir la zona de confort se disfraza a veces de
prudencia, pero en realidad corresponde al miedo al fracaso o a la
vulnerabilidad. Esta actitud impide el crecimiento personal y profesional.
6.Sobrecompensación: exagerar
logros o virtudes para ocultar dudas internas es otra señal. Quienes
sobrecompensan tienden a resaltar sus méritos o a dominar las conversaciones,
generando incomodidad en el entorno.
7.Perfeccionismo: buscar la perfección en todo puede parecer
positivo, pero revela una inseguridad profunda. Holland afirma que el
perfeccionismo suele justificarse por el temor a la crítica o al rechazo, y la
creencia de que el valor personal depende de un desempeño sin errores.
8.Celos y comparación: observar
los logros ajenos y compararse todo el tiempo reduce la autoestima y genera
resentimiento. Esta actitud suele estar vinculada a una lucha interna con la
propia valía y al miedo a no ser suficiente.
9.Complacencia excesiva: anteponer
las necesidades de los demás a las propias, incluso sacrificando el propio
bienestar, evidencia la búsqueda de aceptación. Holland sostiene que, aunque
parezca generosidad, en el fondo obedece al temor a la desconexión o al
rechazo, y a la creencia de que el afecto debe ganarse.
Consecuencias
y estrategias para superar la inseguridad
Estas conductas, aunque
discretas, pueden tener consecuencias significativas. Las inseguridades ocultas afectan la
comunicación, generan distancia emocional y dificultan la expresión de
necesidades, lo que puede derivar en relaciones
poco satisfactorias. Hafeez advierte que, en el contexto laboral, la
inseguridad reduce la confianza y limita el desarrollo profesional, mientras
que en el plano personal impide la construcción de vínculos auténticos.
Para superar la inseguridad,
los especialistas consultados por Verywell Mind sugieren varias estrategias. Holland recomienda
desarrollar la autoconciencia mediante la observación de pensamientos y
conductas sin juicio, aplicando herramientas como la escritura reflexiva o la
atención plena. Esta práctica ayuda a identificar en qué momentos surgen las
inseguridades y permite elegir respuestas más saludables.
Otra estrategia consiste en
practicar la gratitud diariamente, ya que enfocar la atención en los
aspectos positivos fortalece la autoestima. Hafeez destaca la relación entre la gratitud y
el bienestar emocional. Además, los expertos aconsejan desafiar las creencias
negativas sobre uno mismo, reemplazándolas por pensamientos compasivos y
realistas, y limitar la tendencia a compararse con otros, sobre todo en redes
sociales o entornos competitivos.
La autocompasión debe
convertirse en un eje fundamental. Holland señala la importancia de permitir
momentos de descanso, aprender a decir que no y tomar decisiones alineadas con
los propios valores, recordando siempre que la imperfección forma parte de la
experiencia humana. Contar con el apoyo de personas de confianza y establecer
una red de contención también resulta clave para aumentar la autoestima y el
sentido de pertenencia, según Hafeez.
El BDNF (del inglés,
Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro), es una proteína esencial para el desarrollo,
el mantenimiento y la plasticidad del sistema nervioso.
Su función
principal es promover la supervivencia de las neuronas, estimular la formación
de nuevas conexiones y facilitar el nacimiento de nuevas neuronas,
especialmente en el hipocampo, una región clave para la memoria y el
aprendizaje.
Durante el
embarazo, el BDNF participa en la maduración de las neuronas y la formación de
circuitos cerebrales. En el cerebro adulto, sigue siendo fundamental y se lo
considera un actor clave en la capacidad del cerebro para adaptarse,
reorganizarse y recuperarse frente a cambios internos o externos.
Para la
salud mental, el BDNF se ha convertido en un biomarcador de interés, ya que su
disminución se asocia con diversas patologías psiquiátricas y neurológicas,
como la depresión mayor, la esquizofrenia, el trastorno bipolar y el Alzheimer
y el Parkinson.
Uno de los
hallazgos más consistentes en la investigación clínica es la relación entre el
BDNF y la depresión dado que numerosos estudios han demostrado que las personas
con depresión presentan niveles más bajos de BDNF en sangre y en el
cerebro.
Además,
los tratamientos antidepresivos eficaces elevan sus niveles, lo que sugiere que
esto podría ser un componente esencial de la mejoría clínica.
El estrés crónico y los factores adversos sostenidos
provocan una disminución del BDNF, lo que a su vez afecta negativamente la
regeneración de las neuronas, la conectividad entre ellas y la función
sináptica.
Esta contribuye al desarrollo de síntomas como la falta
de placer, la apatía, dificultades cognitivas y el predominio de vivencias
negativas.
En ese contexto, aumentar el BDNF representa no solo
una estrategia terapéutica sino, también, una forma de prevención. No solo los
fármacos pueden elevar el BDNF ya que diversas prácticas tienen un impacto
directo en mantener o elevar sus niveles.
El
ejercicio físico, especialmente el aeróbico sostenido, es uno de los estímulos
naturales más potentes para aumentarlo en el cerebro.
También la alimentación influye: las dietas ricas en
antioxidantes, omega-3 (presente en pescados grasos) y polifenoles (como los
del cacao o el arándano) pueden promover la producción de BDNF.
Puede reducirlo el consumo excesivo de grasas
saturadas, azúcar refinada y alimentos ultra procesados, afectando
negativamente la salud mental y cognitiva. El sueño es otro buen regulador ya
que el mal dormir reduce sus niveles, mientras que un descanso adecuado
favorece su producción.
La meditación, el aprendizaje de nuevas habilidades y
la estimulación cognitiva también se han vinculado a incrementos en BDNF,
reforzando la idea de que una actividad mental activa protege el cerebro y
mejora su funcionamiento.
El BDNF también participa en la
regulación de funciones metabólicas, la sensibilidad a la insulina y el control
del apetito. Por eso, su alteración no solo se asocia con enfermedades
mentales, sino también con trastornos metabólicos como la obesidad o la
diabetes tipo 2.
La psiquiatría y la neurología probablemente continúen
profundizando en el BDNF como una vía para la prevención y el tratamiento de
múltiples condiciones mentales y neurodegenerativas.